Me quedé dormido durante un par de horas después de la
peculiar experiencia vivida. Al poco rato de despertarme, apareció Elena, una
buena amiga con la que tuve, en su día, un buen par de encuentros. Vestía unos
ceñidos pantalones vaqueros y una interesante camiseta de tirantes. Sus tacones
resonaban al andar y la abundante bisutería que decoraba sus manos tintineaba
cuando levantaba los brazos. Verla me hizo recordar con nostalgia aquellos
buenos ratos que pasamos como algo más que amigos.
- Qué tal se encuentra mi jugador favorito?
- Hecho polvo, como te podrás imaginar.
- Venga, seguro que no es para tanto.
- Es muy duro. No veo el momento de volver a jugar.
- Ya, pero es porque estas paredes te deprimen. Ya verás cómo en cuanto te den
el alta pierdes todo ese pesimismo.
- No sé, ...
- Ya lo verás. Todos estaremos a tu lado.
- Lo sé.
- Claro que sí.
Es extraño, pero su sola presencia ya me había animado. Sí,
era una de las cualidades de Elena. Era totalmente incapaz de ver el vaso medio
vacío, todo tenía su lado bueno, y además contagiaba su optimismo allá por donde
fuese.
- Y qué es tu vida? A quién se la estás alegrando ahora
mismo?
- Espero que a tí.
Respondió escuetamente mientras comenzaba a reírse. Optimista
y evasiva, así era Elena. No le gustaba, más bien odiaba, hablar de sí misma.
"Por tus actos te conocerán", solía decir, "para qué añadir más?".
- Nunca cambiarás, verdad?
- Crees que debería?
Se había sentado sobre la cama, a mi lado. Podía notar su
ligero peso cercano a mi cintura. Su pelo castaño caía ondulado hacia sus
hombros, ocultando parte de su piel visible. Aquel top que llevaba puesto me
hizo recordar uno de aquellos buenos momentos vividos en compañía, precisamente
porque era el mismo que llevaba aquella noche veraniega.
Después de que nos echaran del último bar abierto del paseo
marítimo, echamos a andar por la larga playa. De pronto, Elena se volvió hacia
el mar y dijo que le apetecía darse un remojón. Dos segundos después, se estaba
quitando el top mientras se descalzaba hábilmente, para poco después, deshacerse
de la minifalda y dirigirse al encuentro de las olas. Recuerdo cómo me impactó
su desparpajo, pero no mucho más. Sí sé que aquella fue la primera vez que follé
en la playa.
- Sabes qué?
Elena me sacó bruscamente de mis recuerdos cuando ya casi
podía recordar el tacto de sus pechos.
- Me apetece hacer una cosa.
Se levantó y meneó su lindo trasero hasta la puerta de la
habitación para, a continuación, y tras echar una rápida ojeada al pasillo,
cerrarla.
- Y creo que a ti te vendrá bien para olvidarte de esa
absurda depresión.
Se puso delante de la cama, mirándome fijamente a los ojos y
en un abrir y cerrar de ojos, se quitó el top con ambas manos, sacándolo por
encima de su cabeza. Tampoco aquel día llevaba sujetador; no se podía decir que
fuera una de sus prendas favoritas. Su pelo se alborotó sobre su cabeza y el
tintineo de sus pulseras llenó mi cabeza, la cual no podía asimilar aún la
desnudez de sus pechos.
- Te acordabas de estas? Veo que te alegras de verlas. Ellas
también se alegran.
Yo, en realidad, ya estaba cachondo desde el momento en que
había comenzado a recordar la noche en la playa, pero la erección plena y total
no apareció hasta aquel instante.
- A ver cuánto has cambiado durante este tiempo.
Apartó de un tirón las sábanas blancas y fijó su vista en la
montaña formada por mi erecto miembro. Rodeó la cama y se acercó a su objetivo.
Lo tomó con una mano, abarcándolo por encima de la bata.
- Parece que no has perdido la forma, eh?
Continuó acariciándome mientras hablaba. El tintineo de sus
pulseras continuaba eclipsando mi mente. Elena destapó mis vergüenzas y se
relamió al ver mi polla erguida.
- Ni punto de comparación...
Dijo en un susurro.
Acercó su boca a mi verga y posó sus húmerdos labios sobre el
glande. podía sentir su respiración sobre mi tallo venoso. Golosa, sacó su
lengua para que estableciera un primer contacto. Humedeció mi capullo al
completo y dejó varios regueros de saliva a lo largo del tronco de mi verga.
Besos húmedos recorrieron mis pelotas mientras su mano izquierda esparcía su
saliva caliente por todo mi miembro, en un ritmo lo suficientemente rápido como
para hacer sonar la bisutería que llevaba en su muñeca.
Se subió a la cama con cuidado y se situó sobre mí, situando
sus piernas a ambos lados de mi pierna sana. Comenzó entonces la felación con
entusiasmo, como acostumbraba a hacer. Todos sus movimientos evocaban viejos
recuerdos en mi memoria; no había cambiado su metodología en prácticamente nada.
Hace tiempo ya era una experta en el arte del sexo oral y, al parecer,
continuaba siéndolo. Periódicamente, cesaba en su labor mamatoria para darle un
repaso a mis pelotas. Elena siempre hablaba de los huevos, o cojones como decía
ella, como "los grandes olvidados del sexo masculino", y tal vez tuviera razón,
pues ninguna mujer había tratado mis cojones de forma ni remotamente parecida.
Mientras se dedicaba a dar lustre a mis huevos, sus manos se encargaban de
mantener caliente mi verga.
Cuando lo consideró oportuno, algunos minutos más tarde,
Elena decidió dejar que se reconciliaran sus pechos con mi enardecido miembro.
Se saludaron como viejos amigos. Mi verga apoyó su cabeza sobre, primero, el
pecho izquierdo, y después, el derecho. Pequeños hilachos, mezcla de su saliva y
de las sutancias producidas por mis genitales, se extendían desde sus tetas
hasta mi capullo, quebrándose frágilmente cuando se separaban los suficiente. El
tacto de uno de sus pezones sobre el frenillo me obligó a cerrar los ojos
mientras un escalofrío me recorría el cuerpo entero. Tras la primera toma de
contacto, situó mi verga en el valle formado por sus tetas y se agarró las
mismas firmemente, presionando dulcemente aquella barra de carne caliente y
húmeda situada entre sus pechos. Según aumentaba la rapidez con la que sus
pechos subían y bajaban, se acrecentaba el ruidito producido por sus pulseras al
entrechocar entre sí. La cabeza de mi verga asomaba de cuando en cuando,
curiosa, para encontrarse con la lengua húmeda de Elena.
Las continuas torturas de mi amiga desembocaron en la llegada
de mi orgasmo. Inspiré profundamente, preparándome para la inminente
eyaculación. Elana, conocedora de la situación, se preparó para recibir mi
corrida, controlando mi miembro con sus pechos en espera del acto final y
esperando con la boca abierta, la punta de la lengua rozando la abertura de mi
pene al exterior. En apenas un par de segundos, comencé a correrme. El esperma
expulsado golpeaba su lengua y resbalaba después hacia su barbilla, goteando
sobre sus pechos.
Permanecimos de aquella guisa durante un corto espacio de
tiempo, yo recuperando el aliento y ella mirándome a los ojos mientras se
relamía, haciendo desaparecer los restos de semen de los alrededores. Le
encantaba ver a su víctima derrotada, totalmente abatida tras el orgasmo. Esbozó
su característica sonrisa y liberó mi aún morcillón pene de la opresión de sus
tetas. Comenzó a recoger los restos de esperma de sus pechos con los dedos,
llevándoselos a continuación a la boca. Tras dejar sus tetas impolutas, se
acercó a mi menguante verga para dejar limpiarla también.
Cinco minutos más tarde, Elena volvía a estar vestida y
sentada a mi vera, comentando la jugada. Finalmente nos despedimos dándonos dos
besos amistoso, tal vez demasiado cercanos a los labios. Prometió volver a
visitarme antes de que me dieran el alta. Yo, por mi parte, encantado de que así
sea.