AL FINAL DE LAS SOMBRAS
El Despertar
La cabeza me daba vueltas hasta hacerme enloquecer de vértigo
nauseabundo y mi pecho ardía como el más inclemente fuego, avivándose el
sufrimiento cuando por alguna u otra razón tenía que moverme para mostrar un
poco de señales de vida para cualquiera que se acercase y pensara que aquel
cuerpo olvidado tras una noche de prolongado éxtasis químico pertenecía aún al
mundo de los vivos, aunque todo expresase lo contrario: la tez macilenta que se
extendía por toda piel que la ropa no dejase de cubrir con afán; vómito por aquí
y vómito por allá, decorando el piso de tonos amarillentos y rojizos a tal grado
que no se podía distinguir el original color de aquél suelo pilar de las pisadas
vacilantes que los marchitos presentes se negaban a efectuar con un poco de
tino. Poco a poco se recobraban los sentidos que con demencia iban y regresaban
al azar, uniéndose en caótica armonía que merecía el más demente grito que
pudiese emitir la más lacerada garganta, proclamando libertad a una etérea brisa
helada que se colaba desde un ventanal negro enorme y aún cubierto por gruesas
cortinas que permitían una muy parcial vista de todas las formas posibles que en
la imaginación del despertar se creasen, mezclando en las sombras de oscuridad
el penetrante olor de las inmundicias humanas, hiriendo hasta lo más hondo lo
que de sensibilidad sobrase en aquella multitud de inertes desconocidos.
Con una gran dificultad me incorporé de lo que parecía ser un
montón de escombros desnudos pero colocados de tal manera que sirvieran de un
aposento aceptable, miré fatigosamente de un lado hacia otro y no reconocía en
lo más mínimo el lugar en el que me encontraba y mucho menos de cómo llegué ahí
y con quien. Algunos restos humeantes de extinguidas fogatas se esparcían por el
limitado horizonte otorgando un aspecto un poco más siniestro al ya mencionado
lugar por lo que inmediatamente me dirigí hacia lo que parecía ser un enorme
portón de acero distante unos cuantos metros de mi persona. Tomé el pasador con
firmeza y lo deslicé con exacerbado cuidado ya que uno no sabe que tipo de
personas se albergarían ahí y que intenciones tendrían después de haber sido
regresados con estrépito a una realidad de la cual se podían dar el lujo de
prescindir aunque sea por solo unas cuantas horas. Mi intención fue fallida y
provoqué un chasquido metálico que taladraba mis oídos con insistencia inaudita
pero logré desplazar completamente el obstáculo entre mi encierro voluntario y
la serenidad exterior y su inefable falta de juicio. Algunas palabras
incoherentes se escucharon a la lejanía y algunas maldiciones vinieron a
confirmar mi firme deseo de apartarme de aquel sitio lo mas pronto posible. Una
luz cegadora invadió mis ojos y un fragante aire refrescó mi pecho y su
enrarecido fluido interior. Instintivamente mis manos se dirigieron a mis ojos
para aminorar la percepción dolorosa, ahora si podía sentir mis dedos helados
posados en mis párpados hirvientes.
Cuando mis sentidos se acostumbraron un poco a su nueva
situación recobré un poco la capacidad de juicio de mi atormentado cerebro y
revisé con ahínco todas las partes de mi cuerpo: mis extremidades se encontraban
débiles, frías y entumidas; mi pecho se encontraba mejor que dentro de aquél
edificio pero aún lastimaba con dolor a cada respiración y mi cabeza era una
maraña tiesa de suciedad y pelos enjutos que conservaban algo de su peinado
original, aunque solo fuera un vago parecido. Mis dedos, un poco más temblorosos
que de costumbre, hurgaron en todos los bolsillos de mi pantalón que lucía
terroso pero hasta cierto punto decente, intentando encontrar un poco de dinero
con el cual regresar a casa y a la realidad. En vano fueron todos mis intentos
por recuperar algo que me permitiera desplazarme sin tener que mover mis
cansadísimas piernas que no aguantaban siquiera mi propio peso y me hacían
balancear de un lado hacia el otro. No sabía siquiera donde me encontraba y como
llegar a casa, solo alcanzaba a distinguir bodegas y más lóbregas bodegas
abandonadas por donde quiera que dirigiera mi vista. Ya antes había estado en
situaciones semejantes así que el pánico no formó parte de mis pensamientos y
pensé que no había otro remedio más que caminar hasta encontrar a alguien a
quien preguntarle: ¿Dónde demonios estoy?, pero entonces me asaltó una duda aún
más demencial que recorrió como un tremendo escalofrío haciéndome nublar mi
cerebro aún más: ¿Quién demonios soy?. No había respuesta posible... al menos en
ese momento.