El Corcovado
Por Promethea
Bien podría afirmar que a mis treinta y cuatro años me
conservaba atractiva a pesar de que tenía tres hijos, y me esforzaba en
mantenerme en forma prestando atención a ciertas dietas y ejercicios para
agradarle a mi marido.
Trabajaba como educadora en un conocido kinder de un pueblo
de México y llevaba una vida normal y tranquila. Aquella era mi profesión y mi
medio de desarrollo y puedo decir que me sentía realizada.
Tenía mis compañeras de trabajo y mis alumnos, con quienes me
sentía identificada. Me gustaban mis ocupaciones de maestra porque desde que
estudiaba la licenciatura me di cuenta de que me agradaban los niños. Pero la
paga no era mucha y las necesidades familiares crecían cada día.
Mi hija mayor estaba por matricularse en la enseñanza media y
mi marido tuvo que cambiarse a un trabajo de mayor remuneración en una ciudad
lejana, muy cerca de la frontera. Tener conciencia de que nos separaban tantos
kilómetros me llenaba de impaciencia, sobre todo porque eso significó
distanciarnos por largos períodos, aunque siempre estuvimos dispuestos a hacer
el sacrificio.
Al principio lo extrañé bastante; sentía que algo me faltaba
y a veces hasta lloraba. Poco a poco, sin embargo, nos fuimos acostumbrando a
estar solas, y más que nunca me enfrasqué en el trabajo dedicándome de lleno a
mi labor docente. Debo decir que siempre le fui fiel a mi marido, sobre todo
porque estando juntos no tenía la menor inquietud en el aspecto sexual, salvo
las que pudiese sentir una mujer en plenitud de facultades como yo.
Con el paso del tiempo y debido a que sólo nos veíamos un par
de veces por año, comencé a sentir un extraño desasosiego y en ocasiones se me
dificultaba conciliar el sueño pensando en nuestras intimidades. Mis hijos
también lo extrañaban pero nos vimos obligados a adaptarnos a aquella nueva vida
donde sólo las ocupaciones en la escuela y el cuidado de mi familia me
procuraban distracción. Disponía de una muchacha que me ayudaba a cuidar a los
menores mientras me iba al trabajo, ya que Katrina cada día se hacía más
independiente, y como es natural, había creado su propio mundo con sus amigas
del colegio.
Soporté vivir de esta manera por meses intentando mantenerme
ocupada. A menudo pensaba en mi marido ausente y me esmeraba en atender a mis
hijos, hasta que comenzaron a suceder cosas extrañas que me llevaron a un cambio
insospechado.
En cierta ocasión, por razones de trabajo, me vi obligada a
hacer un viaje a la Capital junto con un grupo de educadoras. Había que realizar
ciertos trámites para promovernos de nivel y nos pusimos de acuerdo para partir
muy temprano. Se trataba de un viaje rápido, pues no nos era posible dejar los
grupos desatendidos tanto tiempo. La noche de la víspera, al ordenar los
papeles, me di cuenta de que había olvidado en el salón el fólder con documentos
que necesitaba llevar.
Como eran apenas las nueve, le dije a Katrina que tendría que
volverme a la escuela para recuperar los papeles, ya que de lo contrario mi
viaje sería infructuoso. La dejé a cargo de los niños y me dirigí al salón, que
se hallaba apenas a tres calles de nuestra casa. Cuando llegué, advertí que el
portón no tenía puesto el cerrojo de seguridad. Al principio me alarmé pensando
que tal vez el conserje había olvidado cerrarlo, pero al ver que todo estaba
oscuro me animé a entrar, aunque con ciertas precauciones.
Al atravesar el patio no noté nada anormal y me animé a
caminar hasta la entrada del salón. Abrí la puerta, encendí la luz y me puse a
buscar el fólder, comprobando que lo había olvidado sobre mi mesa de trabajo.
Luego de recuperarlo me dispuse a regresar. Fue entonces cuando escuché la voz
que me llamaba por mi nombre.
-Maestra Ale, ¿qué anda haciendo en la escuela a estas horas?
Escuchar mi nombre me sobresaltó, pero pronto me tranquilicé
al advertir que se trataba de Nereo, el conserje de la escuela.
-Ay Nereo, me asustaste…
-Disculpe Maestra, no fue mi intención.
-Vine por unos papeles que olvidé. Nos iremos a las cuatro a
la Capital y hasta ahora me di cuenta que no los tenía.
-Qué bueno que se acordó. ¿Se imagina que se hubiera ido sin
ellos?
-Ni lo digas; nunca me lo hubiera perdonado. ¿Qué andas
haciendo a estas horas?
-Vine por la bicicleta. Tuve que ir a arreglarle el lavabo a
la maestra Ana y apenas terminé.
-¿A Ana? No sabía. Ella también irá con nosotras.
-Eso me dijo. ¿Se van siempre a las cuatro?
-Si, tenemos que madrugar.
Observé la figura bajita de Nereo y noté sus ropas sucias y
pegajosas. Su cuerpo y su cara estaban sudorosos.
-Vine para ducharme –dijo, al ver que lo miraba con
atención-. No quiero llegar así a la casa; luego mi mujer me dice de cosas.
Yo sonreí. Todas las maestras estábamos al tanto de los
rumores que circulaban en la escuela sobre la vida de Nereo, y sabíamos del
carácter hosco de su mujer y de lo que el conserje batallaba para cumplirle sus
caprichos.
-Tengo que irme –le dije-. Dejé a los niños con Katrina y no
quiero que esté sola tanto tiempo.
Nereo me recorrió de arriba a abajo antes de volver a
sonreírme. Era un hombre de unos treinta y dos, de piel morena y piernas
corcovadas, de anchas espaldas y torso musculoso. Sus modos eran acampesinados y
sumisos, y con el tiempo había aprendido a socializar con todas y por eso le
apreciábamos, aunque no pudiéramos decir lo mismo de su mujer, que aunque podría
decirse que era más bien fea, siempre se mostraba altiva y pedante con la gente.
Nereo, en cambio, era un hombre de espíritu servicial, siempre dispuesto a
quedar bien con las docentes.
Al ver que jalaba yo la puerta, se despidió de mí con un
gesto. Lo ví avanzar hacia la parte de atrás, donde se hallaba la ducha, hasta
que desapareció. Entonces me dirigí a la salida. Mientras aseguraba el portón
pude ver el resplandor que salía del baño a través de los cristales del aula.
Sentí un estremecimiento entre los muslos al imaginarme a Nereo desnudo bajo la
regadera, enjabonándose quizás el cuerpo. Un leve sentimiento de culpa me asaltó
y traté de pensar en otra cosa mientras hacía el camino de regreso.
Al llegar a casa me encontré a Katrina en el corredor
charlando con su amiga Carla, quien había llegado a verla en su motocicleta. Me
dijo que los niños se acababan de dormir y me informó que Carla se quedaría un
rato para ver una película en su habitación.
Mientras las chicas se entretenían en lo suyo me puse a
revisar el fólder con los documentos y lo acomodé en el maletín. En ese momento
me asaltó de nuevo la imagen de Nereo, con su cuerpo sudoroso y su sonrisa
servicial, y una vez más experimenté la extraña inquietud entre las piernas que
había sentido antes.
Quise evadir mis incómodos pensamientos tratando de hacer
algo en la cocina, pero no pude. A veces las mujeres no podemos entender
nuestras motivaciones, y creo que eso fue lo que me sucedió aquella noche. Entré
en la recámara para mirar a los niños, que ahora dormían plácidamente, ajenos
por completo a mis turbaciones. Con ellos no tenía pendiente. Sabía que estarían
seguros bajo el cuidado de la niñera mientras me iba a la Capital.
Podía escuchar el rumor que surgía de la casetera en la
habitación de Katrina, quien de vez en cuando soltaba algún gritito que era
correspondido con alguna risotada de su amiga. Miré el reloj que colgaba de la
pared: eran apenas las nueve con veinte.
Volví a tomar las llaves de la escuela y me asomé tímidamente
en la puerta del cuarto.
-Kari…
-¿Qué pasa mamá?
-Me hizo falta un documento y tengo que volver para buscarlo.
–dije lo más tranquila que pude-. Te encargo a los niños un momento.
-Anda vé, no te preocupes.
Salí de casa a paso rápido y me apresuré a retornar a la
escuela, sintiendo que una extraña agitación me golpeaba el pecho. Cuando llegué
me di prisa en abrir el portón y lo aseguré por dentro. Atravesé la explanada
para ir hasta el salón, mirando hacia todos lados. Todo a mi alrededor se
hallaba a oscuras excepto por el débil resplandor que salía del cuarto de baño y
que podía distinguir a través de los cristales. Inserté la llave y me introduje
en el aula. Me puse a hurgar nerviosamente entre los papeles del archivero sin
saber qué hacer.
No pasaron ni diez minutos cuando escuché de nueva cuenta la
voz de Nereo en la entrada de la puerta.
-Maestra, ¿todavía no se ha ido?
-Tuve que regresar… por el certificado –dije en una frase que
temí le revelase mi turbación.
Sentía que una incómoda pesadez amenazaba con quebrarme la
voz.
-Si quiere le ayudo a buscarlo. –dijo Nereo con su
acostumbrada solicitud.
-¿No te entretendrás por ello?
-No; aún es temprano.
-Bueno. –respondí.
En aquel momento levanté la vista para mirarlo y advertí que
sus ropas se hallaban en las mismas condiciones en que lo había visto antes.
-¿No ibas a ducharte? –se me ocurrió preguntarle.
-No hay una gota de agua, ¿usted cree? Ya sabe que la
racionan, pero esa gente del municipio se pasa.
-Qué contrariedad.
-Pero no hay problema. Estaba a punto de pasarme por la casa
de mi hermano para bañarme allá. ¿En donde quiere que busque?
-Puedes empezar por ese montón de ahí –solté en voz baja-, yo
seguiré mirando si está en el archivero. Es mi certificado de secundaria.
Nereo comenzó a hurgar entre la pila de papeles amontonados
en el piso. Yo aproveché para observarlo con el rabillo del ojo. Su camisa
seguía empapada de sudor y la cara le brillaba. Los viejos pantalones de
mezclilla ceñidos por completo a su cuerpo hacían notoria su virilidad, y esa
imagen me llenaba de inquietud.
-Maestra Ale, ¿tiene foto el certificado? –preguntó de
repente.
-Si. Aunque creo que ni me reconocerás…es una foto muy
antigua –respondí, tratando de esbozar una sonrisa que debió parecer más una
mueca.
Continuamos en lo nuestro mientras un nerviosismo cómplice me
llenaba de sobresalto. Aunque aturdida, podía reconocer que yo, la maestra Ale,
me hallaba allí, sola en el aula con un hombre, buscando un papel inexistente, y
mi razón me dictaba que parase, que pusiese fin a aquella farsa. Pero mis
deseos, que ahora se revelaban como si despertasen de un letargo, se interponían
anclándome al suelo del salón, parada ahí junto al viejo archivero marrón que
por tantos años había sido el silencioso testigo de mi trabajo educativo, de mis
bulliciosas sesiones con los niños, de los juegos didácticos que dictaba cada
día con voz dulzona.
De reojo miraba a Nereo y una extraña agitación me subía del
pecho hasta colmarme la cabeza. Doblé mis rodillas y me agaché para abrir el
cajón mientras fingía examinar lo que había adentro. En un acto deliberado al
que quise dar el tamiz de un descuido, separé un poco las piernas.
-Nereo, ¿tú tienes tu certificado? –pregunté en un susurro.
-Si maestra. Fue el último que me dieron porque ya no pude
seguir.
-Pues procura conservarlo porque te hará falta cuando menos
te lo pienses. ¿No has pensado en estudiar algo?
-Mi mujer siempre me reclama eso, pero yo le digo que ya no
estoy en edad de ir a la escuela.
-¿Y por qué no? Aún eres joven y puedes; mucha gente lo hace.
-Eso me dice ella.
-Y en eso tiene razón.
Al levantar la vista me di cuenta que Nereo, hincado a
escasos metros de mí, había clavado con azoro sus ojos en mis rodillas. Sentí
que una oleada de rubor se me trepaba a la cabeza y me recorría todo el cuerpo,
pero intenté controlarme.
-¿No has encontrado nada? –dije con la voz quebrada-. No
recuerdo si lo metí en este cajón o lo puse entre esos papeles.
-No maestra… pero déjeme seguir buscando.
De cuando en cuando Nereo volvía a mirar hacia mis piernas en
actitud sigilosa, tratando de que yo no lo descubriese. Eran miradas fugaces y
torpes que atisbaban entre mis rodillas para volver a posarse en los papeles,
mientras su rostro se ponía cenizo. Tratando de disimular mi turbación me
levanté un momento para abrir el cajón de arriba. Metí las manos y revolví las
carpetas.
-Ay Nereo, aquí no hay nada… y ya me estoy desesperando
-Lo encontraremos Maestra… tenga calma.
Volví a ubicarme en la misma posición, pero en un ángulo que
le quedase más a modo. Nereo se dio prisa en volver a observarme y descubrí en
sus ojos una sombra de incontención. Lentamente fui abriendo las piernas
mientras sentía que la transpiración me empapaba las axilas. Él continuaba en su
búsqueda como si nada, pero ahora sus atisbos se hacían mucho más frecuentes.
Advertí que a pesar de lo ceñido de su pantalón, éste no alcanzaba a ocultar el
bulto que comenzaba a levantarse entre sus piernas dobladas.
-Ay Maestra –exclamó-, parece que aquí no hay nada.
-Ven a ayudarme acá –murmuré con un atrevimiento que me
sorprendió-. Seguro debe estar en este archivero.
Le vi acercarse lentamente para plantarse frente a mí con las
piernas dobladas. Metió las manos entre la pila, sacó un fardo de carpetas y las
puso sobre el piso. Sus brillantes ojos se clavaron entre mis muslos y yo supuse
que parte de mi calzón debía hallarse esta vez al alcance de su vista.
La excitación que me invadía era intensa, pero necesitaba
contenerme. Por largos minutos me estuvo observando sin que yo dejara de separar
las piernas. Su rostro sudoroso ahora estaba colorado, y sus ojos despedían un
fulgor extraño. Ahora podía admirar su bulto más de cerca, apreciando que cada
vez se hacía más notorio.
-¿No encuentras nada? –volví a preguntar en un susurro
ahogado.
-Nada, Maestra, ¿y usted?
-Tampoco yo.
-Pues sigamos buscando. –dijo con la voz pastosa-. Seguro lo
encontraremos.
Empecé a sentir que las piernas me temblaban. Consciente de
que no podría mantenerme en esa posición por mucho tiempo, le dije:
-Tú sigue buscando aquí abajo… yo lo haré en las gavetas de
arriba.
El conserje asintió con la vista nublada. Me levanté
rápidamente y me puse de espaldas, casi por encima de él. Ahora Nereo tenía una
perspectiva mucho más clara que la anterior, acurrucado sobre el piso, en tanto
yo me elevaba sobre la punta de los pies simulando manipular en las carpetas.
De cuando en cuando alzaba la vista para ver lo que yo hacía
tratando de que no me diera cuenta. Entonces inclinaba la cabeza para fisgar por
debajo del vestido y se embebía a sus anchas con el panorama. Considerando que
era él quien me espiaba sin que lo yo advirtiese, el conserje hacía intentos
desesperados por mirarme más adentro. Yo, entretanto, procuraba cooperar
disimuladamente abriendo y cerrando las piernas lentamente.
En determinado momento el hombre no pudo contenerse más y me
rozó la pierna fugazmente con el hombro. Yo nada dije, sino que hice como si no
hubiera sentido el contacto. El conserje, alentado por mi silencio, volvió a
restregarse contra mí como si se moviera para hurgar en el cajón.
Aprovechando aquel instante memorable, me atreví a decirle en
voz muy baja:
-¿Qué tanto miras, Nereo?
La cara del conserje cambió de color y desvió velozmente la
mirada hacia los papeles.
-Nada maestra… es sólo que…
-No te preocupes; sigue buscando, que me urge hallar el
documento –dije en tono tranquilizador.
Él asintió desconcertado. Me di cuenta que su pantalón ya no
podía contener el abultado ensanchamiento que había debajo.
-Ay maestra –musitó-, déjeme buscar en estos bultos de abajo
que presiento que aquí lo voy a encontrar.
-Tú sigue… no te detengas.
Al parecer mis palabras tuvieron la virtud de incitarlo, pues
pronto me di cuenta que sus fisgoneos se volvieron más atrevidos e incluso se
aventuró a mirar abiertamente entre mis piernas con la cabeza casi pegada al
suelo.
-Ay Maestra –dijo en un murmullo.
-¿Sí?
-Creo… creo que tendré que buscar papel por papel.
-Pues hazlo –alcancé a decir entre dientes.
Sus frases eran tan irregulares como las mías, y el tono de
su voz me revelaba claramente lo que sentía. Yo, por mi parte, experimentaba un
fuego desbocado justo ahí donde su mirada se clavaba cada vez con más
intensidad.
-Sigue, Nereo…sigue buscando. –volví a alentarle.
A los pocos minutos pude percibir que su dificultosa
respiración se confundía con la mía.
-Maestra Ale…
-¿Sí?
-¿Aún no ha… encontrado nada?
-No…aún no. –vociferé casi sin aliento.
-Debe estar… por aquí –balbuceaba con dificultad-. No deje de
buscar…siga buscando ahí arriba… tenemos que encontrarlo…
-Si… sigamos…
Poco a poco Nereo se fue volviendo más audaz. Ahora podía
sentir el halo de su aliento caliente que se cernía sobre la parte trasera de
mis rodillas, y de reojo podía ver su cara ansiosa que se perdía una y otra vez
bajo los pliegues de mi falda. Advertí que sus ojos eran dos óvalos encendidos
que miraban en una sola dirección. Estremecida por el cuadro que representaba la
descompuesta figura de aquel hombre, eché una pierna hacia atrás para ampliar su
ángulo de perspectiva. Mi piel volvió a rozar con su cabeza y la fuerza del
contacto fue electrizante. Un impulso fugaz me recorrió la espalda y se me fue a
meter entre las redondeces de mis nalgas.
-Maestra…
-¿Si?
-Yo creo que…
-¿Qué? –le interrumpí en un susurro-. ¿Hallaste algo?
-No…nada todavía.
Sentía que la humedad me calaba las bragas pero no quise
moverme de donde estaba. Nereo seguía metiendo la cabeza por debajo del vestido
y ahora se quedaba ahí por más tiempo, y todo lo que hacía me llenaba de
lascivia. Jamás había hecho una cosa como esa y las sensaciones que sentía,
todas nuevas, me colmaban de un furor extraño. Volví a moverme otro tanto hasta
que mis piernas chocaron con sus cabellos. Percibí que algo se deslizaba por la
piel de mis piernas y cerré los ojos para disfrutar el contacto.
-Maestra Ale…
Quise articular una frase para responderle algo, pero no
pude. Mi cuerpo se quedó paralizado como si estuviese esperando algo más. Una
puntilla húmeda se había posado de pronto entre mis piernas y ahora la sentía
subir lentamente hasta los muslos. Casi de inmediato advertí que sus labios me
chupaban la piel, y que la redondez de su cabeza se me introducía por debajo.
En aquel momento no me importó que la puerta del aula
estuviese abierta. Ahora sólo estaba interesada en apreciar la caricia, en
sentir la aventurada intrusión de la cara de Nereo por debajo del vestido. Su
lengua me lamió la parte interna de los muslos, subiendo después lentamente
hasta chocar con mi pubis. Entonces abrí las piernas para dejarlo pasar, ahogada
entre intensos suspiros.
-Maestra Ale…
-La puerta… -alcancé a exhalar-.
El hombre se levantó para cruzar la estancia y cerrar
presuroso la hoja, volviéndose para mirarme con los ojos llenos de codicia.
Luego se me vino encima como un desquiciado. Sus manos se metieron bajo mi falda
y me la levantó hasta la cintura para apretarme las nalgas con desesperación
mientras su cara se hundía entre mis pechos, mordiéndome los senos con ferocidad
por encima de la tela.
Alcé los brazos para acurrucarlo entre mis senos apretando su
cabeza contra mis tetas. Ahora Nereo me había metido las manos bajo la braga y
me apretaba los glúteos con fuerza mientras su sudado cuerpo se soldaba con el
mío. Nuestros gemidos inundaron el aula y se desbordaron como un río impetuoso,
sin que el entorno nos importase.
-Hace tanto que… no lo hago –susurré.
-Maestra, Maestra Ale…no se imagina cuánto la deseaba.
–exclamaba él en voz baja sin apartarse de su cálida tarea-. Sus nalgas me
gustan…siempre las había deseado…alguna veces le ví los calzones cuando se
descuidaba y yo…yo me masturbaba pensando en usted.
-Yo…yo…no sabía…
No pude terminar la frase, pues Nereo me había levantado los
brazos para hundir su cara en mis axilas. Me chupó los sobacos como un
desesperado en tanto sus manos terminaban de bajarme la pantaleta. Dejó la
prenda a la altura de las rodillas y se hincó para abrirme la vulva con los
dedos. Su lengua devoró mi gruta con perturbadora enjundia y tuve que abrir las
piernas al máximo para dejarlo actuar a su antojo. Su lengua se perdió en mi
raja moviéndose con velocidad salvaje. El primer orgasmo me llegó ahí mismo,
dentro de su boca, y Nereo aprovechó los estertores del clímax para beber mis
humedades suspirando como un poseso.
-Maestra Ale… qué culo tiene usted…
Encendido hasta el delirio, el conserje no quiso esperar a
que acabara de vaciarme y me levantó para ponerme sobre la mesa dejándome boca
arriba, con las piernas colgando. Mi vulva ahora aparecía levantada ante sus
ojos como si fuese una duna oscurecida, sumergida bajo la mata de pelos negros e
hirsutos que nunca me depilaba. Abrí un momento los ojos para admirar el robusto
cuerpo de Nereo, que en esos instantes trataba deshacer el broche de su
cinturón. Percibí el olor de su transpiración y el grueso manchón húmedo que
había bajo sus brazos y que mojaba la tela de su camisa.
-Nereo…Nereo… -susurraba tiritando.
Le ví bajarse los pantalones hasta las rodillas y acercarse a
mí con la cara enrojecida. Un bulto grueso y sin formas se levantaba bajo la
trusa haciéndome sentir un estremecimiento de angustia.
-Ya Nereo…por favor… -solté en un gemido ahogado.
Sus dedos exploraron bajo la tela de su calzón para sacar un
pedazo de carne venosa, larga y prieta, cuya cresta brillaba totalmente
humedecida.
-Esto es para usted, Maestra…desde hace tiempo se lo
guardaba, cuando le miraba las pantaletas en el recreo. –vociferó.
-Entonces… dámelo ya…
El hombre me separó las piernas y se me acomodó entre ellas.
Blandiendo su magnífica herramienta me la puso en la entrada de la rendija y
empujó con todas sus fuerzas. Sentirme penetrada por un hombre después de largos
meses de abstinencia fue para mí como si flotase en el aire. Su miembro se abrió
paso entre mis caladas paredes hundiéndose de un solo golpe. Era tanta la
humedad de mi coño que su verga, aunque era apetitosa y gruesa, se deslizó en un
santiamén en mi rendija atiborrándome por completo.
-Muévete Nereo, anda cógeme… la tienes muy larga…y me
gusta…así… asíiii…
-¿Le gusta más que la de su marido, Maestra? –me preguntó
jadeante, sin dejar de bombearme con vigor.
-Si, la tuya es mucho mejor –grité con lujuria-. Es muy
gruesa y me gusta…así…así…dámela toda...la quiero toda…
Estimulado por mis patentes ambiciones, el conserje se estiró
para hundírmelo hasta el fondo y comenzó a moverse con velocidad y firmeza,
perdido en el interior de mis entrañas. Casi inmediatamente sentí que una
explosión me producía convulsiones y se encadenaba al instante con otra todavía
más fuerte. Nereo seguía penetrándome salvajemente mientras yo continuaba
derramándome sobre su verga hasta que al fin, no pudiendo contener más su
venida, eyaculó profusamente en mi interior.
Nuestros cuerpos se aflojaron y pronto sentí que su miembro
comenzaba a perder firmeza. Dándome cuenta del riesgo que corríamos encerrados
en aquél lugar, lo empujé con suavidad para pedirle que se arreglase mientras yo
me acomodaba la ropa.
-Tengo que irme…Katrina me echará de menos, y los niños…
-Pero Maestra, yo quiero más –dijo con ojos lascivos.
-Será otra vez, Nereo…ahora tengo que irme.
-¿Y el papel que le hace falta?
-Olvídate de él –dije, restándole importancia-. Ya veré como
me las arreglo.
Salí de la escuela con un raro olor a transpiración y a sexo.
El sudor y el aliento de Nereo aún iban conmigo, revueltos con mis olores de
hembra satisfecha.
A partir de ese día mi vida cambió para siempre, y ahora no
me importaba ni mi esposo ni nadie. Se puede decir que mi vida sexual cambió de
propietario para que fuese Nereo quien explotara mis encantos cada vez que se
podía.
La segunda vez que tuvimos un encuentro fue una mañana de
domingo en que aprovechamos que la escuela estaba sola. Dejé los niños al
cuidado de Katrina y le inventé el cuento de que iría a visitar un rato a una de
mis amigas.
Cuando llegué al salón, el conserje ya me esperaba. El hombre
me miró de arriba abajo despertándome las mismas sensaciones que me hacían
temblar de emoción.
-Maestra Ale, por qué me hace sufrir –me dijo en voz baja.
-¿Yo?
-¿No se le hace que ha pasado mucho tiempo desde aquella vez?
-No es por eso…tengo miedo de que lo sepan, de que Katrina
sospeche.
-Pues yo he venido a la escuela por las noches, me siento en
su sillón, contemplo la mesa y me vienen los recuerdos. ¿No se imagina usted lo
que hago después?
Su revelación me cautivó llenándome de ansias.
-Pero es de día, Nereo, y tengo temor de que alguien venga.
-Usted sabe que nadie viene los domingos.
Me asomé por la ventana para asegurarme que nadie andaba
cerca. Después cerré la puerta por dentro.
Nereo se me acercó para abrazarme. Sentir su transpirado
cuerpo pegado con el mío me despertó las mismas ansias que había experimentado
la última vez. El conserje se apresuró a desabrochar los botones de mi blusa
para liberarme las tetas, que se estremecieron al sentir el áspero contacto de
sus dedos.
Mis gemidos no se hicieron esperar y llevé mis manos a su
entrepierna para apretar el bulto que ya empezaba a levantarse formando un duro
monte bajo la tela de su pantalón.
-Ay, Maestra … ¿por qué me hizo sufrir tanto?
-¿De verdad sufriste? –jadeé.
-Mucho, no tiene usted idea.
Nereo se inclinó para meterse un pecho en la boca. Su lengua
se deslizó sobre el pezón erguido y sus dientes me mordisquearon la areola y
después toda la punta. Luego se apoderó del otro pecho y comenzó a chuparlo con
fuerza, provocándome dulces gemidos de placer.
-Ay, maestra Ale… qué lindas chiches tiene.
-¿Te gustan? –suspiré-.
-Mucho…
-Entonces mámalas…
El caliente conserje se solazó en succionarme los pechos con
enjundia mientras sus manos me exploraban las nalgas por encima de la tela de la
falda. Yo había logrado entretanto meterle la mano por arriba de la cintura para
sentir la dureza de su miembro. Al topar con el perfil de aquel bulto
extraordinario que me había hecho soñar por tantas noches en la soledad de mi
cuarto, lo apreté con todas mis fuerzas.
El hombre lanzó un gemido mientras se soltaba el broche del
pantalón. Su miembro surgió como un resorte por debajo del calzón, y entonces lo
cogí con desesperación, oprimiéndolo con las yemas. Le deslicé la trusa hasta
los muslos y su empalmada lanza se tensó en toda su largueza mientras le corría
el prepucio hacia atrás para pelarlo completo.
Quise admirar el suculento nervio grueso y rojizo que se
doblaba hacia arriba como queriendo mirarme a la cara, pero Nereo, ansioso por
desnudarme, comenzó a quitarme la ropa entre suspiros ahogados. Me abandoné por
completo a sus caricias y eché mi cuerpo hacia atrás para dejarle actuar a sus
anchas. Esta vez el conserje no estaba dispuesto a permitir que me mantuviese
vestida, sino que me despojó de la ropa hasta dejarme desnuda.
Le arranqué la camisa y también el pantalón, y él mismo se
dio prisa en sacarse el calzón. Ver su cuerpo sudoroso y desnudo me llenó de
lascivia. Nereo era un hombre fuerte y musculoso, y sus brazos eran dos moles de
carne gruesa bajo los cuales se asomaba la pelambre negra y rebelde de sus
axilas. Metí la mano en sus sobacos y lo atraje hacia mí. Quería sentir su
desnudo pecho restregándose con el mío, y mis bolas fueron aplastadas por su
torso mientras su pene me rozaba las piernas.
-Maestra…maestra… -musitaba en voz baja.
-Yo también te deseaba… –murmuré con voz entrecortada.
Sus manos me acariciaron el pubis deslizándose lentas a lo
largo de mi gruta. Sus dedos se hundieron en mi raja para palpar mis humedades,
que luego llevó a su nariz para oler mis secreciones. Quiso tenderme en la mesa
para montarme en seguida, pero yo no estaba dispuesta a desaprovechar la ocasión
para cumplir el sueño que tanto me obsesionaba. Doblé las rodillas y me agaché
para aferrar su falo inmenso que tanta pasión me despertaba. Tomándolo por el
tallo me deleité en la observación de su cabeza, de su tronco, de su escroto; de
todos sus deliciosos portentos que me hacían pensar en tantas maravillas.
Ciertamente el conserje era dueño de la herramienta más bella
que jamás hubiera visto. Su miembro era un garrote grueso y vigoroso, de largura
espectacular. Recordé en esos instantes los penes que había manipulado en mi
soltería, pero ninguno era tan largo y brioso como el suyo. Rememoré el miembro
de aquel hombre mayor del que me había enamorado siendo apenas una joven de
dieciséis, casi de la edad de Katrina, y al cual había entregado voluntariamente
mis primicias en la zona más apartada del zoológico de la ciudad donde
estudiaba, encubiertos dentro de su coche. En ese entonces pensaba que ningún
hombre tendría el pene tan grande como él, pero hoy reconocía que me había
equivocado.
La verga del conserje era mucho más grande y apetitosa que la
de mi marido, quien ni siquiera daba la talla ante la pomposa herramienta que
ahora sobaba con las manos. En esos instantes fui consciente de la pasión que me
despertaba el miembro de Nereo, y comprendí lo difícil que me sería olvidarme de
un pene tan hermoso. Presa de una lascivia incontenible me lo metí en la boca y
comencé a succionarlo con fuerza, mientras jalaba aire para no ahogarme de
lujuria.
Tener el largo nervio invadiendo mi cavidad me hizo sentir
como una puta, pero bien sabía que ya era eso y no otra cosa; una puta ansiosa
de sexo que sólo podía encontrar sosiego en ese pene que me colmaba la boca
punzándome la garganta. Nereo gemía como gime un niño, suspirando ferozmente con
el cuerpo doblado. Echaba sus muslos hacia delante para empujarme la verga hasta
adentro, saturando mi hueco y restregándolo en mis labios.
Aunque me sentía deseosa de probar el sabor de su semen, no
me atreví a hacerlo. No estaba dispuesta a que una eyaculación prematura me
impidiera sentirlo adentro. Voví a chuparle la verga con la salvaje pasión con
que me entregaba a él y que ni siquiera con mi marido experimentaba nunca. Al
fin me había dado cuenta de que lo que sentía en las relaciones íntimas con mi
consorte no era ni la sombra de lo que experimentaba con Nereo, y eso me llenaba
de calentura.
Al sentir que su miembro boqueaba, me aparté de él y me
levanté rápidamente. Comencé a lamerle el cuello, los hombros y las axilas con
desesperación. En aquellos momentos ni yo misma me reconocía; actuaba como una
loca, como una casquivana hambrienta de sexo. Cuando intuí que Nereo había
logrado contener su derrame, volví a coger su verga entre mis dedos para
palparla a todo lo largo deslizando mis yemas por toda la superficie.
Su dureza era inigualable; jamás había sentido que un pene se
tensara de tal modo hasta parecer un grueso cable acerado. Mi gruta se
estremeció al pensar en todo eso y las riadas de humedad me inundaron el coño.
El conserje ya no pudo continuar soportando la presión de mis manos y me tomó de
los brazos para llevarme a la mesa.
Miré su regia verga que se levantaba como péndulo y de cuya
nariz ya brotaban gotitas apelmazadas. Nereo me recostó sobre el escritorio y
auscultó todo mi cuerpo. Sus ojos parecían querer salirse de sus cuencas ante la
visión desnuda que se mostraba dispuesta a recibirlo con pasión. Alzó mis brazos
y me hundió la cara en las axilas, chupando con deleite mis transpiraciones.
Después se apresuró a colocarse entre mis piernas, las que abrió lo más que pudo
para enfilar su duro pito en la entrada de mi raja.
Tan sólo sentir el glande entre mis pliegues me hizo gritar
de lujuria y yo misma me acerqué a él, levantando las nalgas y empujando mi
cuerpo hacia delante. El hombre me arremetió con la fuerza de un huracán,
penetrándome de un golpe. Sentirme atravesada por el largo pendón de nervios fue
para mí como una explosión de placer. Lancé un grito de lascivia incitándolo a
que me atravesara con su poderosa verga, la cual se hundía una y otra vez en mi
rendija golpeándome las nalgas con sus huevos.
Cogiéndome por la cintura, levantaba de cuando en cuando las
manos para apretarme las tetas al tiempo que me bombeaba con un ritmo pavoroso.
Experimentar tantas delicias fue para mi insoportable, y entonces estallé en un
orgasmo tan intenso que mis estertores sirvieron para que su miembro se me
hundiese hasta el tope.
Por lo visto el conserje había estado esperando este momento,
ya que de pronto sentí que me inundaba con sus torrentes en medio de gritos de
lujuria. Apreté lo más que pude la vulva para oprimirle la verga tratando de
drenar totalmente su savia maravillosa. Tardamos varios minutos en aquel trance
caliente mientras él me sobaba los pechos, y no nos despegamos hasta que su pene
comenzó a perder dureza.
Sabiendo que habíamos demorado más tiempo de lo debido, le
dije con voz dulce:
-Tengo que irme, o la niñera sospechará.
-Ay Maestra, no sabe usted lo rico que sentí cuando me vine.
-Yo también, Nereo, pero tengo que llegar a casa.
-¿Cuándo nos veremos? –me preguntó ansioso.
Cavilé un momento en su propuesta y después de calcular las
posibilidades, le dije:
-De día no, Nereo. Será mejor que nos veamos mañana por la
noche. ¿Puedes?
-Claro, Maestra… a la hora que usted me diga aquí estaré.
-¿No sospechará tu mujer?
-No lo creo. Ella sabe que a diario salgo a jugar dominó.
-Entonces podríamos vernos a las once, cuando Katrina y los
niños se duerman.
-Me parece muy bien.
Lo atraje hacia mí y lo besé en la boca. Sentí su lengua
enrollarse con la mía y mi cuerpo volvió a sentir las urgencias de costumbre.
Haciendo un esfuerzo me separé de él y comencé a vestirme.
-Quiero que te quedes aquí un rato más para que no nos vean
salir juntos. –comenté.
-Usted no se preocupe que yo me iré más tarde.
-Y si alguien te preguntara algo procura ser discreto.
Él asintió sonriente.
Cuando salí de la escuela me sentía feliz y plena. Como toda
hembra madura, me daba cuenta cabal de que aquel hombre con apariencia
insignificante escondía un tesoro entre sus corcovadas piernas que muchas otras
mujeres estarían dispuestas a saborear.
Y sin haberlo esperado, reconocí que ese tesoro era mío y que
ahora podría disfrutar de mi madurez en ausencia de mi marido hasta saciarme.
FIN.