Os había dejado en el momento que el timbre interrumpía el
magreo que Elena y yo nos estábamos dando. Nos separamos despacio, mirándonos a
los ojos. Los noté brillantes, y como velados por la niebla del alcohol. Pero
sonreía. Aún bebida como estaba percibía que aquella sería una noche especial
para todos.
Fuimos los dos hacia la puerta. Eran ellos, Joaquín y María.
Ambos aparecían bien despejados, y aunque estuve seguro de que a Joaquín, el
oso, no se le podía haber pasado el pedo que llevaba, claramente había
remontado, y estaba parlanchín y vocinglero. El también se había puesto traje y
corbata. María llevaba un traje que yo ya conocía. Era el de falda corta que se
había probado la noche que estuvo probándose ropa en casa. No llevaba camisa, y
llevaba la chaqueta desabrochada lo justo para enseñar solamente las puntillas
de su sujetador, que hoy era blanco. La falda me pareció aún más corta que el
primer día.
Los besos de rigor, los comentarios habituales de lo guapos
que estábamos todos y pasamos dentro. No había preparado la mesa del comedor,
sino que habíamos dispuesto la cena en la mesa baja, en la zona de sofás. Tenía
todo una pinta estupenda, con marisco en abundancia, incluyendo 3 docenas de
ostras de buen tamaño. Joaquín y yo nos sentamos en el tresillo, y ellas se
sentaron en los sofás individuales. Lo hicieron cruzadas. Quiero decir que María
se sentó en el que estaba junto a mí y Elena lo hizo en el que estaba junto a
Joaquín. Junto a mí dos cubos con hielo mantenían el vino blanco frío. Allí
estaban también las dos botellas de vino tinto, ya abiertas y a temperatura
ambiente. Eso me daba el poder de servir el vino, y así influir en lo que tenía
previsto que pasara después.
Serví la primera copa y empezamos a cenar y a charlar. Como
cabía esperar la conversación era intrascendente. Cada vez que se vaciaba una
copa yo llenaba todas. La de Joaquín era siempre la primera en vaciarse. Elena y
María bebían con más mesura. Yo apenas había probado el vino cada vez que
simulaba llenarme la copa.
Elena estaba radiante. Parecía haberse despejado totalmente,
aunque yo supiera que eso no era posible. Hablaba rápido y fuerte, seguía todas
las conversaciones. Reía, hablaba alto, y se movía mucho. Esto nos proporcionaba
a los demás ocasión de ver su cuerpo a fondo. Cada movimiento de sus piernas era
un brillo oscuro de raso entre ellas. Cada bocado que recogía de la mesa era un
espectáculo de tetas moviéndose dentro de un vestido tan ahuecado que aceptamos
ya sus pezones al aire como parte de la decoración. Lejos de molestarme esta
exhibición delante de Joaquín, y viendo que él poco a poco estaba cada vez en
peores condiciones para acordarse al día siguiente, Elena consiguió ponerme
burro otra vez. María participaba con igual alegría de la conversación, pero
mucho más comedida, como reservándose. Por su posición y por su atuendo,
solamente acertaba a ver la puntilla de un sujetador, dentro del que unos pechos
rebosantes amenazaban con estallar de un momento a otro. Cada vez que me volvía
a mirarla coincidía que ella me estaba mirando. Joaquín cada vez contaba menos.
Poco a poco dejó de comer, dejó de hablar, y solamente bebía. De manera mecánica
vaciaba las copas que yo le llenaba.
La conversación y el apetito decayeron a la vez. Aún quedaba
mucha comida. Joaquín era un vegetal sediento a mi lado, con la mirada perdida
en la entrepierna de su mujer. María seguía casi normal, pero Elena empezaba a
amodorrarse. Seguía activa, seguía participando, pero su tono de voz empezaba a
decaer, y sus palabras no eran ya el torrente que al principio de la cena habían
sido. Su voz era un poquito más grave, y cada vez sus silencios eran más largos.
A pesar de todo fue precisamente ella quien lo propuso.
Podíamos jugar a algo, ¿no? De momento no me cabe
una ostra más, y como no me espabile un poco me voy a quedar frita
como este. ¡Joaquín! ¡Que te estas durmiendo!
Esto último, lo dijo inclinándose para sacudir al oso por una
rodilla. Al hacerlo tuvo que inclinarse, haciendo que se le ahuecara de nuevo el
vestido, y dándonos una completa visión de sus pechos. Dudé que el oso, en su
estado se diera cuenta, pero cuando volvió su cara hacia ella se quedó
mirándoselos fija y descaradamente.
- No,…, yo, … , os estaba escuchando…
Su voz delataba el tremendo colocón que llevaba, pero sus
ojos no se separaban de los pechos de Elena.
Ella se los cubrió con la mano sin deshacer la posición. Lo
hizo despacio, y mirándome a mí. Luego volvío a recostarse en el sofá.
- Bueno, ¿Jugamos a algo?- insistió.
María y yo nos miramos. No sabíamos muy bien que quería. En
alguna ocasión, siendo más parejas habíamos jugado a algo, en más de una ocasión
incluso intentamos jugar a algo subidito de tono, tipo pirámide del amor y cosas
así, pero siempre habíamos tenido que dejarlo precisamente porque Elena se
cortaba a la mínima.
Vale,- dijo María - pero ¿a qué quieres que
juguemos?
No sé. A las películas o algo así, había pensado.
Por mi vale, pero yo no voy con Joaquín. Está como
para jugar a nada.
Los cuatro, el oso incluido, estuvimos de acuerdo en que
Joaquín no estaba muy despejado, por lo que descartamos jugar. En lugar de eso
me levanté y puse música. Seleccioné música tranquila y melódica, y seguimos un
rato más charlando.
María me tomó el relevo en la tarea de llenar las copas de
todos. Pasó a los combinados sirviendo un combinado a cada uno de nosotros.
Nuestros vasos estaban juntos, y, como por error, probé su copa. El sabor de su
cuba libre me confirmó que estaba pasando a la ofensiva, puesto que ni de lejos
encontré la punta de sabor amargo de la ginebra.
Elena seguía participando sin problemas, aunque cada vez
arrastraba más las palabras, pero el oso estaba cada vez más definitivamente
perdido. Sus ojos, vidriosos y entrecerrados, se fijaban en un punto, o en su
copa y quedaba largos ratos así, absorto, sin hablar, aparentemente sin
escuchar. Las veces que intentó decir algo fue peor. Solo emitía sonidos
guturales, semiarticulados, y en todo caso ininteligibles.
Cuando la conversación volvió a decaer María se levantó de
pronto, y, mientras se alisaba la minifalda en la que iba embutida, dijo:
- Pues si no jugamos a nada, habrá que bailar. Pero como mi
pareja está indispuesta…- se volvió hacia mí, haciéndome pensar que iba a
sacarme a bailar-… ¿me prestas a tu mujer?
Desconcertado, tardé unos instantes en reaccionar y asentir
con un gesto. Elena tenía cara de estar tan sorprendida como yo, pero finalmente
sonrió y tendió una mano a María para que la ayudara a levantarse. Cuando estuvo
de pie empezaron a bailar abrazadas. Empezaron, muy separadas, como envaradas.
Pero al poco sus cuerpos se juntaron, y Elena, más bajita, cerró los ojos y
apoyó su cabeza sobre María. Le quedaba casi en los pechos de María. Siguieron
un rato, y fue María quien bajó las manos, apoyándolas primero sobre las caderas
de mi mujer, y luego decididamente sobre su trasero. Elena primero respingó,
pero luego miró a Mar, sonrió y bajó también las manos al trasero de María. Sus
ojos se centraban alternativamente entre los de la pareja de baile y mis ojos,
ignorando al oso, que permanecía sentado con los ojos perdidos en algún punto de
la pared. No sabría decir que par de manos se activó primero, el caso es que
empezaron a acariciarse la espalda una a otra, llegando a masajearse las nalgas
con decisión. Lo hacían ambas provocándome, mirándome a los ojos. No aguante
más, y me levanté, esperando participar.
Ellas se separaron, y Elena se quedó en posición de
recibirme. Aún no siendo mi idea original, como Elena se adelantó un paso, me
acogí en los brazos de mi mujer y empezamos a bailar, mientras María se sentaba.
Desde la cara de Joaquín, dos ojos turbios nos miraban sin vernos. María se puso
junto a él, pero no le hizo ni caso, y él no pareció darse cuenta siquiera.
Elena y yo bailábamos. Observé que sus lentos movimientos, en
los que yo había percibido sensualidad, estaban ralentizados por una extraña
modorra, que pronto empezó a ser la descarada torpeza de la borrachera. Estaba
muy bebida. Cuando su boca encontró la mía, saboreé en su lengua el ron con
limón fresco, pero también noté el extraño gusto gástrico de los gases que
empezaban a subir.
Una pieza. Dos. Tres. Yo aprovechaba cuando estaba frente a
María para mirarla fijamente y sonreirle. Ella hacía lo mismo. Jugueteaba con el
botón superior de su chaqueta. Dí un paso más allá.
Ponte cómoda, María.- lo había hecho sin dejar de
mirarla a los ojos.
Cuando estuve de espaldas a ella oí a Elena arrastrar las
palabras con voz grave.
- ¿Tan cómoda? Buffff, Tony. Me parece que esta se siente
como en casa. Jijijiji.
Volví la cabeza sin dejar de bailar, y vi que María se había
desabrochado completamente la chaqueta, con lo que sus pechos, apenas cubiertos
con aquel insuficiente sostén blanco, se ofrecían casi libres a mis ojos.
Conforme Elena, hablando sola, fue quedándose de espaldas a ella, lentamente
separó las piernas, mostrándome su entrepierna, y pasándose sobre el tejido del
tanga el dedo índice de abajo a arriba de su sexo, las volvió a cerrar.
Las hostilidades estaban rotas. A partir de ese momento había
que lanzarse. Ya no había marcha atrás. La mejor amiga de mi mujer, delante de
su marido que era mi mejor amigo, estaba ofreciéndome sexo sin disimulo.
Joaquín, aunque despierto parecía no ver nada. De vez en cuando emitía algún
sonido ininteligible, pero nadie le hacía caso.
Subí una mano por el costado de Elena, acariciándola mientras
seguíamos girando. Notaba la piel tibia a través del fino tejido de raso. Del
mismo modo, notaba que al hacerlo tiraba un poquito del vestido hacia arriba.
Esto hizo que mostrara buena parte de su muslo a María y a Joaquín, que por unos
instantes, pareció recuperar parcialmente la consciencia, y fijó sus ojos en el
muslo de Elena. Quise ver hasta donde era capaz de llegar mi mujer aquella noche
y con las dos manos cogí el culo de mi mujer. Primero por encima del vestido,
pero enseguida por debajo de el, haciendo subir su borde y permitiendo que tanto
María como Joaquín se lo vieran a gusto. Elena se había puesto aquella noche un
tanga de raso negro, que imaginaba se ocultaría entre sus nalgas. Hizo un
intento de protestar, pero mis labios en los suyos acallaron la protesta hasta
que se acostumbró o se olvidó de que estaba enseñándoles el culo a nuestros
amigos. Lo notaba frío y tenso en mis dedos. Clavó su cabeza finalmente en mi
pecho, como avergonzada, pero la levantaba de cuando en cuando para mirarme a mí
o a ellos.
Cada giro que dábamos, encontraba a María más provocativa.
Las piernas descuidadamente abiertas una vuelta. Una mano acariciándose los
muslos en la siguiente,… finalmente encontró la posición definitiva, recostada,
con un pie en el suelo y el otro en el paquete del oso, intentando reanimarlo.
Sus manos acariciándose, ya sin disimulo, el vientre y el interior de los
muslos. Su ropa interior blanca totalmente expuesta.
Yo también me fui animando más. Dejé el culo de Elena al
aire, sujetando el bajo de su vestido a la goma de su tanga, y mi mano buscó de
nuevo su costado, subiendo por él hasta su pecho. Lo acaricié primero por encima
del raso. Luego llevé mis dedos al hombro de Elena, y despacio dejé caer el
tirante. Uno de sus pechos quedó completamente expuesto. Ella no reaccionó.
Únicamente hundió aún más su cabeza en mi pecho. Yo me entretuve en acariciar el
pecho liberado, aprovechando para exponerlo cuanto pude a la vista de todos los
presentes.
Elena empezaba a dar tropezones a cada poco.
Estás un poco mareada.- le dije- ¿Quieres sentarte
un rato?
No contestó. En su lugar se oyó la voz de María.
- Si, Elena. Y a ver si tú consigues animar a este, que
yo como si nada.
Elena se separó de mí, y se dirigió al sofá. Se tambaleaba
ligeramente, mientras, con el culo aún al aire, ocupaba el sitio de María. Justo
antes de sentarse acertó a arreglarse el vestido, si bien dejó el pecho que
llevaba descubierto al aire. Joaquín seguía sin dar más señales de vida que el
movimiento de sus ojos siguiendo a la hembra que tomaba la iniciativa en cada
momento. Elena no tenía demasiada, pero con un pecho al aire, tomó la postura de
Mar, incluyendo un pié en el paquete de él, por lo que se ganó por unos segundos
ser el objeto del atisbo de atención que se adivinaba en la turbia mirada del
oso. Tuvo ella cuidado en que la falda le cubriera la entrepierna, lo que me
llamó mucho la atención, pues llevaba una teta al aire, y la otra casi.
Centré mi atención por unos instantes en María. La recibí
directamente poniendo las manos en su espalda, por debajo de la desabrochada
chaqueta. Mis dedos acariciaban directamente la piel de su espalda. Jugaban en
el borde de su falda por abajo, y arriba se entretenían en recorrer la goma de
su sujetador, tironeando del broche. Amagaba que lo abría, para dejarlo como
estaba.
- Hazlo ya.- me susurró María.
Pero en lugar de hacerle caso, dejé el juego y volví la cara
hacia los que permanecían en el sofá. El oso seguía pendiente de algún extraño
suceso en algún lejano punto del universo. El pié de Elena le trabajaba sus
partes. Ella, Elena, nos miraba con los ojos entrecerrados. Por su expresión era
difícil decidir si continuar o esperar a que se durmiera. Pero el pezón erecto
entre sus dedos me animó a seguir.
Dejamos de dar vueltas, y continuamos moviéndonos sobre el
mismo sitio, con la vista fija en Elena. A la vez que restregaba mi paquete en
la entrepierna de Mar, separé un poco su tronco. Luego, muy despacio, y sin
dejar de mirar a mi mujer, bajé la chaqueta de María liberándola de sus hombros.
La dejamos caer al suelo, y con una mano, empecé a sobarle los pechos. Primero,
sobre el tejido del sujetador. En seguida mis dedos traspasaron la goma de las
copas, y buscaron su pezón, acariciándolo. Elena abrió mucho los ojos, no dando
crédito a lo que le decían sus ojos. Forcé el tejido hacia un lado, descubriendo
un tieso pezón, y sin dejar de mirar a Elena lo besé.
Elena respingó, y recompuso la figura. No dijo nada, pero
apartó su pie del oso cerrando las piernas, y se cubrió el pecho, agachando la
vista.
María se separó de mí, y se acercó rápidamente a Elena. Ya
sin chaqueta la abrazó, como si fuera una niña, mientras le acariciaba el pelo y
la cara.
- Tranquila. No pasa nada. Solo se trata de pasar un buen
rato. Tranquila.
Mientras la seguía acariciando y susurrándole palabras
tranquilizadoras, sus manos iban guiando a las de Elena. Joaquín, con la mirada
perdida, parecía no enterarse de que las manos de su mujer guiaban a las de la
mía hasta su rodilla, hasta sus muslos, hasta su entrepierna. Ni siquiera
reaccionó cuando el empuje suave de María puso la cabeza de Elena sobre su
entrepierna. No veía la cara ni los labios de mi mujer, pero el movimiento de su
cabeza, me decía que había empezado a besuquearle sus partes por encima de la
ropa, animada por las caricias y el tono meloso de la voz de María.
María volvió a levantarse y se acercó a mí. Yo había asistido
de pie a la escena, y la recibí con poca intención de bailar más. Lo cierto es
que estaba cada vez menos pendiente de María y de mí. Me era difícil apartar los
ojos de Elena, que poco a poco se fue quedando de rodillas en el suelo, besando
por encima de la ropa el sexo del animal de mi amigo, que seguía totalmente ido.
María me quitó la corbata y me desabrochó la camisa y
volvimos a acariciarnos, mientras terminaba de quitármela. Fue ella quien se
desabrochó y quitó el sujetador mientras mis manos intentaban abordar su trasero
por debajo de su mínima minifalda. Misión imposible. Le estaba tan prieta que
eso era imposible, así que me intenté concentrar en sobarle bien los pechos,
cuyos pezones parecían querer escapar del calor de sus senos. Fue nuevamente
ella quien se desabrochó y se "despegó" la minifalda, quedando expuesta ante mis
ojos y mis manos vestida únicamente con un mínimo tanga. Había esperado ese
momento durante años, pero … algo no funcionaba.
No conseguía que mis sentidos estuvieran pendientes y
disfrutaran de aquel cuerpo maravilloso que se me ofrecía.
Mis dedos recorrían la tira de tela semioculta entre sus
nalgas, pero no encontré confortable la tierna frescura de su carne, ni
excitantes sus sensuales movimientos.
Sus dedos recorrían mi espalda y mi nuca, pero no me
provocaban las descargas eléctricas que había esperado.
Mi lengua no encontraba dulce el sabor de la humedad cálida
de su boca.
Mis ojos no captaban la belleza de sus formas cercanas y
perfectas.
No conseguía disfrutar, demasiado preocupado, más bien
sorprendido, de las actividades de Elena sobre mi amigo. Deslizaba miradas
furtivas hacia donde ella estaba a cuatro patas. Luego, fui incapaz de separar
mis ojos de los movimientos de su cabeza, de su trasero bamboleante.
María se dio cuenta. Me miró fingidamente contrariada, y
luego, sonriendo se separó de mí, acercándose a Elena. No aprecié los felinos
movimientos de sus pasos. No vi sus nalgas firmes, ni su espalda torneada, ni la
fina tira de raso blanco de su tanga. Solo veía subir y bajar la cabeza de
Elena.
Así no vas a conseguir nada, Elena. Con el pedo que
lleva este después de los primeros 20 segundos ni siquiera sabe que
estás ahí.
Elena siguió la faena sin hacerle caso, como si quisiera
ocultar su rostro en el regazo de él. Fue María la que suavemente la cogió por
la cintura y la hizo levantarse.
Tienes que estimularlo, que hacerlo despertar.
Dicho esto la abrazó y quedaron ambas de perfil. María solo
con el tanga y los zapatos. Elena vestida, y con la vista baja. María chasqueó
los dedos junto a la cara de Joaquín unas cuantas veces. Cuando le pareció que
había conseguido su atención le estampó a Elena un besazo en los labios. Elena
se tensó y se puso rígida, pero finalmente respondió al beso. Intuí en los
abultamientos de sus mejillas la pelea que desarrollaban las lenguas de las dos
mujeres. Las manos de Elena acariciaron la espalda y las caderas de María. Se
separaron un poco, dejándonos premeditadamente ver sus lenguas unidas al
hacerlo.
María comenzó a moverse de nuevo al ritmo de la música que
seguía sonando. Se inclinó un poco y acarició el sexo de su marido. Elena se
mantuvo apartada, pero empezó a moverse acompasada con María. Cuando María se
incorporó ambas continuaron bailando, muy sensualmente. Elena se dejaba llevar
por María, que se colocó detrás suya. Elena quedó frente a Joaquín, y mientras
bailaba, las manos de su amiga recorrían su cuerpo. Joaquín, aunque muy
borracho, empezaba a darse cuenta de lo que pasaba alrededor. No articulaba
palabra, no movía un músculo, pero sus ojos permanecían fijos en mi mujer,
concretos, conscientes.
Cuando Elena alzó los brazos y acentuó sus movimientos,
cargándolos de erotismo creí enloquecer. Empecé a acercarme a las mujeres desde
atrás, sin tener muy claro para que. Aún hoy al relatarlo recuerdo la ira.
Recuerdo las ganas de gritar, de emprenderla a patadas con los tres.
En lugar de eso me coloqué detrás de María, y mis manos
sustituyeron a las suyas sobre el cuerpo de mi mujer. María dedicó las suyas a
desabrocharme el pantalón, que sin sujeción cayó al suelo. Mi sexo hinchado se
encajaba a la perfección entre sus nalgas.
Entretanto mis manos traspasaron el tejido del vestido de mi
mujer, y comenzaron a acariciar la piel directamente. No lo veía, pero era
perfectamente consciente de que estaba desnudando a mi mujer a los ojos de
Joaquín. Primero subí el vestido, sujetándolo con la mano que acariciaba las
tetas de mi mujer. Esto permitía que Elena tuviera su vientre y su pubis, solo
cubierto por el raso del tanga, totalmente a la vista. Ella seguía bailando
suave pero lascivamente frente a mi amigo, mientras mis dedos jugaban en su
sexo, introduciendo en él la tela.
Apenas notamos como salía María de entre nosotros. De hecho
solo me di cuenta cuando noté como sus manos trasteaban en mis pies para
quitarme los zapatos y los pantalones. Ahora sí veía la cara de Joaquín. Seguía
como alelado, pero sus ojos seguían los excitantes movimientos de mi mujer. Una
de sus manos estaba ya en su paquete.
Cuando mis manos quitaron el vestido a mi mujer, ella pareció
primero detenerse un instante, como dudando si continuar. Luego facilitó con sus
movimientos que la desprendiera de la prenda, levantando sus brazos mientras
bailaba para que pudiera sacárselo por la cabeza. María me lo arrebató de las
manos, y se lo acercó a la cara a Joaquín para que lo oliera. Él lo recogió en
lo que era el primer gesto consciente en buena parte de la noche y lo mantuvo
pegado a su cara, sorbiendo el tibio aroma ruidosamente. Continué mis caricias
sobre le cuerpo de Elena. Notaba la humedad de su sexo en su tanga, y sus
durísimos pezones respingaban entre mis dedos con su baile.
Noté besos en mi cuello, y unas manos en mi pene,
acariciándolo por encima del boxer. María estaba de nuevo en acción. Dejé que
Elena siguiera su baile sola, y me volví a María para devolver sus besos. De
reojo ví como Elena continuaba su sensual baile frente a Joaquín, y como con las
piernas muy abiertas y muy flexionadas seguía su lasciva danza, con su coño a
escasos centímetros de la cara de Joaquín.
Conseguí concentrarme en el cuerpo de María. Nos besábamos
ávidamente, con los ojos abiertos, buscando cada uno llegar a las entrañas del
otro con la lengua. Las manos de ella en mi sexo y mi espalda acariciaban suave
pero intensamente. Mis manos pronto buscaron su sexo también. Dibujé primero
todo el contorno de su tanga con mis dedos. Luego sujete una nalga con una mano,
dejando que mis dedos jugaran con la goma de su tanga y con su esfínter. La otra
mano la llevé a su pubis, acariciándolo por encima del tanga, percibiendo con mi
tacto la cálida suavidad de los rebosantes labios mayores de su sexo. Pronto
rebasé la tela y acariciando la estrecha franja de vello me dirigí a su sexo que
encontré húmedo y caliente.
Elena se había dado la vuelta, y mirándonos a nosotros mecía
su trasero cubierto solo con el tanga a escasos 30 centímetros de la cara de
Joaquín. Este parecía muy recuperado. Mantenía los ojos fijos en el culo de mi
mujer, continuaba oliendo su vestido, y estaba acariciándose el paquete. Mi
mujer tenía en la cara una extraña expresión, mezcla de lascivia y tristeza.
Lejos de desanimarme, su cara me hizo redoblar mi atención sobre lo que tenía
entre manos. Fue como si de alguna manera quisiera aprovechar para castigar
rápidamente su conducta.
Mordí el cuello de María, a la vez que con ambas manos le
bajaba el tanga. Ella se apartó, y se lo terminó de quitar. Me lo lanzó. Yo lo
cogí en el aire, y lo levé a mis labios, besando su humedad y saboreando su
aroma. Ella volvió a acercarse a mí, y libero mi poya de la tela del boxer. Se
entretuvo solamente un poco en acariciarla con ambas manos. En seguida se dio la
vuelta y agachándose me pidió- Métemela. Pronto.
Elena había dejado de bailar. Se mantenía con el tronco
flexionado y las manos apoyadas en las rodillas, el culo pegado a la cara de
Joaquín y mirándonos perpleja, solo vestida con el tanga. Por la expresión de su
cara se diría que no estaba participando ella también en aquello, que ella solo
era una espectadora. Por su cara de asombro nadie diría que ella estaba con un
exíguo tanga, bailando con el culo en pompa a escasos centímetros de la cara de
Joaquín.
María era como la imagen en el espejo de Elena, solo que ella
estaba completamente desnuda, como a un metro de mí, y que con sus manos se
separaba las nalgas, ofreciéndome la visión de su ano y de su sexo depilado y
brillante por la humedad.
Vamos, Tony. ¡Ahora!
Pegué mi vientre a sus nalgas, dejando que mi poya vagara
entre sus piernas, mientras mis manos sopesaban sus pechos colgantes jugando con
sus pezones. Fue ella la que me cogió la poya y se la ensartó en su sexo.
Nos movíamos despacio, como si quisiéramos hacerlo durar.
Notaba sus nalgas frescas en mi vientre. Sus pechos rebosantes se movían
colgando cuando mis manos los liberaban. No veía su cara, pero la posición de su
cabeza me indicaba que estaba mirando a la cara de mi mujer. Esta seguía en la
misma posición, con esa estúpida expresión de sorpresa en su cara.
Llevé una de mis manos al culo de María y empecé a jugar con
su esfínter justo en el momento que la expresión de la cara de mi mujer
cambiaba, como si se hubiera despertado. Abandonó la perplejidad, y la decisión
se mezcló con la sensualidad en su cara. Flexionó aún más las piernas, y se echó
un poco más atrás, lo que hizo que su sexo se acercara a escasos 5 centímetros
de la cara de Joaquín. Este pareció reaccionar, y adelantó la cara para dar un
beso en el coño de mi mujer. Luego empezó a acariciarlo intensamente con una
mano, haciendo que sus dedos recorrieran los pliegues del sexo de Elena. Desde
mi posición, podía ver perfectamente sus dedos rechonchos y peludos dibujando
sobre la tela los contornos y pliegues de su coño. Ella se dejó hacer.
La ira volvió a venirme. La sangre volvió a bullirme. Pero
toda esa sangre, que no mi atención, estaba concentrada en la pieza de carne que
tenía clavada en María, así que me limité a empujar más y más fuerte. De pié
como estábamos era normal que estos empujones nos hicieran ir avanzando poquito
a poco. Antes de darme cuenta María acariciaba con sus manos los pechos de mi
mujer, a la vez que Joaquín le magreaba el coño a placer por encima del tanga
mientras se seguía acariciando el pene. Borracho o no, se había desabrochado la
bragueta, y lo hacía con la mano dentro del pantalón.
Ya no había dudas ni asombro en la cara de Elena. Solo había
placer, lascivia, sensualidad. Cuando alargó sus manos hacia los pechos de María
encontró allí una de las mías. Por un momento me la cogió y me la apretó. Yo,
entre enfadado y excitado, la rechacé de un manotazo.
Como si el manotazo hubiera sido una señal, Elena se dio
media vuelta y arrodillándose volvió a aplicar sus labios en la entrepierna de
mi amigo. Besaba la mano que él tenía allí, y besaba su sexo por encima de la
ropa. Tenía buen cuidado en que los que estábamos detrás pudiéramos ver lo que
estaba haciendo, girando su cara y retirando el pelo de ella.
Mientras tanto los gemidos de María se habían convertido en
grititos contenidos. Sus manos habían pasado al culo de Elena donde tras
masajear los glúteos concentró un par de dedos en acariciarle el ano.
La ira de ver a mi mujer entregarse a otro hombre se había
concentrado en mi pene, y a pesar de la más que suficiente lubricación, mis
empujones debían estar haciéndole daño. Pero unos segundos después un
estremecimiento me anunció su orgasmo, confirmado por que apoyó sus manos en la
espalda de Elena para sostenerse. Yo aún tardé algunos segundos en mandarle un
chorro potente, largo e intenso a su interior. Noté como los bordes de su vagina
terminaban de exprimírmela, mientras ralentizaba sus movimientos para alargar el
placer. Cuando pude volver a abrir los ojos ella tenía la cara vuelta,
desencajada y sudando, pero sonriendo mientras intentaba mirarme.
Ella se la había metido, y ella se la sacó. Mi poya, aún de
gran tamaño, apuntó al suelo goteando. María se volvió y me besó en los labios y
abrazándose a mí hizo que ambos nos derrumbáramos sobre el sillón junto a la
otra pareja. Los dos allí desnudos continuamos acariciándonos. Ella me cubría de
besos. Pero yo, ya no estaba concentrado ni en mí ni en ella.
A un metro escaso de Elena y Joaquín, ahora de perfil, podía
ver sus acciones perfectamente. Ella estaba a cuatro patas, solo que apoyaba los
brazos en los muslos de él, y con sus manos desabrochaba su pantalón
completamente. Cuando lo abrió tiró a la vez de este y del slip, dejándoselos
por los tobillos. El espectáculo de sus piernas velludas y de la mata de pelo
tupido y largo de su sexo era repulsivo. Su pene, sin llegar a estar en erección
había adquirido un tamaño más que notable, y goteaba no sé bien qué.
Por un momento tuve la esperanza de que Elena se levantara de
un salto y se marchara a vomitar. Pero en vez de eso me miró y comenzó a
acariciarle la poya con una mano. Muy despacio, y sin dejar de mirarme, volvió a
inclinarse, haciendo que sus pechos colgaran, y zambulló su cara en la
entrepierna de él. Comenzó besándole el vientre, pero en seguida bajó más, y,
retirándose el pelo de la cara para que yo pudiera verlo bien, le besó en la
poya. El había dejado de acariciarse, y había colocado su mano sobre la cabeza
de mi mujer. Echado hacia atrás, sus ojos miraban perdidos al techo.
Mis manos en el chocho y los pezones de María contestaban a
sus caricias en mi sexo. Pero era evidente que no estaba concentrado en ella, y
ella lo notó. Se incorporó, y tras besarme en la boca cogió mi cara entre sus
manos y susurró – Tranquilo. Disfruta. Esto es divertido.
Dicho esto se levantó y estudió cuidadosamente la posición
que adoptaba. Quedó de pie, de espaldas a mí con las piernas bastante abiertas y
el tronco flexionado, para desde esta posición acariciar la espalda y los pechos
de mi mujer. Se asomó varias veces entre sus propias piernas, para comprobar que
me dejaba ver lo que Elena estaba haciendo. Sus manos acariciaban la espalda y
los pechos de Elena.
La visión era impresionante. María de espaldas a mí me
ofrecía una visión magnífica de su sexo, por el que goteaba parte del chorro que
yo le había mandado dentro. Encima de él su ano aparecía como un zurcido entre
sus nalgas. Sus manos interrumpían a veces mi visión directa de la cara de mi
mujer, pero generalmente los dos nos veíamos mientras besaba la poya de Joaquín
y todos sus alrededores. Mi excitación volvía a aumentar, pero mi rabia tampoco
menguaba. Quizá por ello mi rabo ni terminaba de tensarse de nuevo ni disminuía
de tamaño. Intenté olvidarme comiéndome un rato aquel coño perfecto en el que
saboreé sus jugos y los míos. Pero desistí volviéndome a recostar.
Aquella posición, tan estudiada por María, era perfecta para
mí, pero no debía ser muy cómoda para ella. Tras un par de minutos cambió, y se
arrodilló junto a mí. Noté su cuerpo junto a una de mis piernas. Una de sus
manos acariciaba mi pubis y sexo depilados. Sopesaba mis huevos, para acto
seguido acariciar mi poya, especialmente el glande. Se me ocurrió pensar lo
agradable que debía ser para ella en comparación con lo que estaba acostumbrada.
Pero a pesar de ideas extrañas seguí acumulando rabia. Era
extraño, pero me sentía ofendido. Elena alguna extraña ocasión me había dado
algún besito en mis partes, pero poco más que un gesto de cariño. Había dedicado
sin embargo esa noche una buena cantidad de tiempo a besar aquel asqueroso y
peludo trozo de carne de mi amigo. Por no hablar de que había consentido con
hacerle un strip tease, y de que ahora mismo estaba de rodillas sin parar de
besarle la poya. En aquel momento no me daba cuenta del hecho de que yo mismo la
había inducido a ello por acción o por omisión. Así que mi pasiva furia siguió
creciendo.
María debió notar algo, porque como si quisiera hacerme
olvidarlo todo intensificó sus caricias en mi rabo, para erguirse enseguida y
comenzar ella también a besármelo. Su humedad y su calor me hicieron mirarla. No
se lo metía en la boca, solo lo besaba, como hacía Elena con Joaquín. Me miraba
a los ojos mientras lo hacía. A pesar de la rabia, a pesar de todo, empecé a
sentir una nueva erección. María se separó sonriendo y manteniendo una mano en
mi poya empezó a besar el culo de mi esposa. Me incorporé un poco en mi asiento
para facilitarle que siguiera haciendo las dos cosas. Ella repartió sus manos.
Siguió en mi sexo la que ya tenía allí y con la otra empezó a masajear a la vez
el sexo y el ano de mi mujer.
Su boca pasaba unos segundos besando mi poya y otros tantos
en el culo de mi mujer. Yo veía perfectamente como cuatro dedos de su mano
izquierda acariciaban sabiamente el coño de Elena, mientras que el pulgar
masajeaba su esfínter. La siguiente vez que su cara fue al culo de mi mujer
intuí lo que estaba haciendo. Primero por que el respingo de mi mujer me hizo
pensar en que la lengua de María había empezado a pasearse por su ojete, lo que
confirmó el resto brillante de saliva que dejó al retirarse. Segundo porque los
masajes circulares del pulgar de María limitaron su recorrido y pronto la larga
uña roja desapareció totalmente de mi vista dentro de Elena.
Me pareció perfecto. Aquello tampoco me lo había permitido
nunca. Sería mi castigo por sus acciones de esa noche. Mi poya reaccionó
definitivamente con una erección mejor aún que la primera. Miré la cara de
Elena. Ella me miraba mientras seguía besando, y como si supiera lo que estaba
pensando, como si me desafiara, dio un largo lametón, desde los huevos al glande
de Joaquín. Un brillante hilo de saliva y de fluidos preseminales quedó colgando
entre su boca y la punta del rabo aún flácido de Joaquín. La mantuvo unos
instantes así, y sin dejar de mirarme finalmente la sorbió. Aquello era
demasiado. Me pareció casi un insulto.
Al tiempo maría empezó a tironearme del rabo, haciendo que me
incorporara y dirigiéndome de esa manera colocarme detrás de Elena. Ella arqueó
el cuerpo para no dejar de verme, mientras sus manos seguían masajeando el
miembro de Joaquín. Miré para su fruncido agujero donde el dedo de María,
pringado de saliva entraba y salía ya sin dificultad. Puse una mano en el coño
de María, y la otra en el de Elena. En el de Elena disfrutaba de su depilada
suavidad, compartida con la mano de María. En el de esta busqué con mis dedos en
las oscuras cavidades, acariciando y volviendo a percibir su calentón. Allí
siguió esa mano mientras las de Mar abandonaron lo que estaban haciendo, para
separar las nalgas de Elena, que mientras había retirado hacia atrás la piel del
pene a Joaquín. Lo mantenía entre sus manos como un cirio que se hubiera
derretido de no sujetarlo, mientras que de reojo controlaba mis movimientos.
Retiré mi mano de su coño y apunté con mi rabo hacia su ojete. Como si esa fuera
la señal que esperaba se lo metió decididamente en la boca, y empezó a hacerle
una mamada de campeonato.
Si hubiera tenido alguna duda aquello las disipó. Apoyé y dí
un solo empujón. Rápido, seco, violento. Todo el capullo dentro desde el primer
empujón. Su grito sonó ahogado y gutural con toda aquella carne en su boca. Se
repitió cuando le arranqué el tanga, del que parte se había metido con la
embolada. Luego se convirtió en un gemido, pero en ningún momento se sacó
aquella poya de la boca. Sus gimoteos eran de dolor y pena, pero también de
placer y vicio. Así que seguí. Otro empujón. Toda dentro y otro grito ahogado.
Mi mano seguía en el coño de María, que lo miraba todo y seguía ayudando en el
coño de mi mujer.
Continuamos así un rato. María se corrió enseguida. Pero
siguió colaborando. Yo me retiraba despacio cada vez, casi hasta sacarla, para
de pronto empujar de golpe. Poco a poco dejó de haber queja en sus gemidos. No
lo veía, pero por delante la mamada debía seguir su ritmo. De vez en cuando
tenía que volver a ayudarse de las manos pues la poya de Joaquín no se aguantaba
tiesa sin la ayuda de unas manos o de unos labios. El agujero inicialmente seco
e inhóspito de Elena se hizo cada vez más acogedor. Veía su esfínter ceder hacia
atrás cada vez que me retiraba y como su cuerpo volvía a tensarse esperando cada
nueva embestida. Luego, y con la ayuda de María noté un estremecimiento general
del cuerpo de Elena, que me hizo saber de su intenso y largo orgasmo. Me
concentré en disfrutar de la inmediata contracción del esfínter que trajo
consigo y cerré los ojos para dar tres últimas emboladas, antes de temblar como
un junco durante un buen rato presa del orgasmo más intenso de mi vida.
Cuando conseguí abrir los ojos María acariciaba la espalda de
mi mujer. Esta sudaba copiosamente, y tenía apoyada una mejilla en el muslo de
Joaquín. La poya de este, hinchada pero igual de flácida que toda la noche caía
contra el muslo contrario, y terminaba de expulsar sobre su muslo su esperma. Me
alegré de que no eyaculara sobre la boca o la cara de Elena. No lo habría
soportado.
Me costó sacarla de su ano. Lo miraba al hacerlo, y veía su
esfínter ceder hacia atrás con dificultad, contraido de nuevo después del
esfuerzo. Un delgado hilillo de sangre corría por su muslo. cuando salió del
todo sonó como si abriera un tapper, y ambos nos dejamos caer. Yo me senté en el
suelo y me recosté en el sillón. Elena se movió más despacio. Aguantó unos
segundos en la misma postura que la había dejado, lo que me dejó observar como
los restos de mis jugos se mezclaban en su muslo con su escasa sangre. María le
acariciaba el cabello. Por fín Elena se movió. Intentó primero sentarse en el
suelo, pero lo descartó con una mueca de dolor en su cara. En lugar de eso se
recostó sobre la alfombra, apoyando la cabeza sobre sus bazos cruzados. Al
hacerlo no dejaba de mirarme fijamente. Pude ver entonces el lado de la cara que
había tenido apoyado en el muslo de Joaquín. Y así vi su precioso pelo rubio
pringoso de los líquidos de Joaquín. Espesos chorreones manchaban su cara y sus
labios. Finalmente descubrí que ella sí le había dejado correrse en su boca y en
su cara.
Por si esto fuera poco entreabrió los labios, y me dejó ver
la espesa saliva que retenía dentro. Cuando estuvo segura de que yo había
entendido que no solo era saliva la tragó. En la expresión de su cara solo
quedaba cansancio. Ni pasión, ni sexo, ni asombro, ni enfado. Cerró los ojos y
comenzó a respirar profundamente.
María se mantenía al margen como espectadora de la escena,
entre sorprendida y divertida con la situación. La cogí por la nuca y la besé en
la boca, reanudando la sesión de caricias. No pude concentrarme en lo que hacía.
Pero ahora no era por mi mujer ni por el recuerdo de lo que ella había hecho
(nosotros habíamos hecho). Sencillamente es difícil concentrarse en el sexo
después de haber eyaculado dos veces si tienes a un monstruo de 115 kilos
roncando a un metro escaso.
Joaquín se había dormido. No dijimos nada, pero María y yo
nos levantamos para llevarlo a la cama. Elena, no sin dificultad se levantó y
nos ayudó como pudo. Menuda comitiva. Dos mujeres preciosas desnudas y pringando
de semen, un hombre también desnudo y sucio de sexo, tratando de llevar a una
mole peluda con los pantalones por los tobillos hasta su cama. Ninguno de los
tres tuvimos ganas de adecentarlo un poquito para dormir. Lo dejamos tendido en
la cama como iba, con los pantalones y los calzoncillos bajados, sin quitarle
zapatos, ni corbata, ni chaqueta. Tal y como iba.
Sin decir nada las dos mujeres se fueron al baño. Oí el agua
correr en ambos baños. Yo me fui al salón. Me puse solamente los pantalones y la
camisa, aunque desabrochada, y comencé a recoger. Primero el resto de mi ropa,
dejando intencionadamente la de las mujeres en donde estaba (así tendrían que
recogerla. Cuando terminé de recoger los restos de la cena me serví un güisqui y
me senté. Pensaba en lo distinta que había planeado yo la noche. Yo solo quería
follarme a María. Habría emborrachado a Elena y Joaquín y habría tenido una
noche de sexo inolvidable con María. Pero todo había sido tan distinto… Pero no
conseguía seguir enfadado con Elena. Recordaba cada uno de sus gestos de aquella
noche. Recordaba cada una de sus acciones. Pero ahora también recordaba las
mías, y lejos de enfadarme me daba cuenta de cuanto habíamos disfrutado ambos.
Oí la puerta de uno de los aseos. Enseguida apareció Elena en
la puerta, con el pelo mojado y el albornoz desabrochado. Ni me miró. Empezó a
recoger sus cosas en silencio. Ignoró conscientemente el tanga rasgado y sucio,
que dejó tirado en el suelo. Se dio la vuelta para irse sin decir palabra, pero
finalmente se detuvo. Se giró y se me acercó despacio, dejándome ver por el
camino su preciosa raja rasurada. Al llegar junto a mí se inclinó para besarme
en la boca. Solo el fuerte olor a pasta de dientes me animó a responder al beso
en esa boca que tanto había tragado esa noche.
Hasta mañana, cariño.
Hasta luego Elena.
La puerta del otro cuarto de baño anunció que María también
salía ya. Apareció en la puerta con una toalla enrollada en el cuerpo que se
sujetaba con una mano. Se cruzaron en la puerta. Elena se puso de puntillas, y
besó a María como había hecho conmigo. El beso fue más largo, y lo aprovechó
para meterle la mano bajo la toalla y acariciarle el coño. María se dejó hacer,
y mantuvieron el beso unos segundos. Luego Elena se marchó sin decir una
palabra.
María se sirvió una copa y se sentó junto a mí. Lo hizo
descuidadamente, dejándome verle el sexo, nuevamente fresco y apetitoso.
No lo habías planeado así, ¿verdad?
Sabes que no, María. ¿Y tú?
Tampoco. Pero no sé. Fui reaccionando a lo que el
cuerpo me pedía en cada momento. Ha sido extraño, pero perfecto.
Me acariciaba la nuca mientras hablaba, así que empecé a
acariciarle la pierna. La noche parecía que no acabaría nunca.
Tengo una extrañísima sensación. Ha estado bien,
pero no entraba en mis planes que mi mujer le hiciera una felación a
tu marido.
No te preocupes. Él no se ha enterado.- en este
punto acentuó las caricias, como queriendo consolarme.
Bueno, ya lo estoy asimilando, pero lo que se ha
tragado esta noche Elena no se lo había tragado antes.
¿Y como puedo compensarte?
Era una pregunta retórica. Los dos sabíamos como lo iba a
hacer. Para que no hubiera dudas adelanté mis manos, y le quité la toalla,
comenzando de nuevo los besuqueos y las caricias. Ahora solo pensaba en
nosotros. Ni Elena ni Joaquín. Solo sus pechos duros con pezones que no abarcaba
con mi lengua. Solo su vientre plano, y el sendero de corto vello que llevaba
hasta su sexo húmedo y rosado. Pronto recobró ella la iniciativa, haciéndome
tumbar. Retiró toda mi ropa y de pie junto al sofá recorrió con sus dedos, sus
labios y su lengua zonas de mi piel que ni siquiera recordaba.
Pero pronto se concentró en mi pene y mis testículos. Sus
labios besaron y besaron mi pene, hasta que nuevamente no hizo falta sujetarlo.
Cuando estuvo de nuevo erecto se dedicó a sorberme los testículos. Los ponía en
sus labios y sorbía, haciendo que se introdujeran en su boca, para tras
acariciarlos con la lengua un rato devolverlos al exterior.
Se sentó a horcajadas sobre mi cara, y el aroma de su sexo
atrajo a mi nariz y a mi boca. Comencé a chupar recorriendo sus pliegues con mi
lengua, buscando y encontrando su clítoris abultado. Concentrada en su propio
placer, se limitaba a seguir besándome el sexo. Noté como su placer crecía y
como su espalda se arqueaba buscando ángulos nuevos de mi lengua.
Me ayudaba con las manos en su sexo y en su ano. Pronto un
gemido agudo y un largo estertor me anunció que había vuelto a correrse. Seguí
chupando los largos segundos que tardó en volver a destensarse, saboreando sus
fluidos hasta que se retiró. Volvió a ponerse junto al sofá, esta vez de
rodillas. En su cara pude ver la languidez satisfecha que sucede a un buen
orgasmo.
Me acarició la cara y me susurró – Y ahora te toca a ti.
Me descubrió el capullo y concentró sus besos allí unos
segundos, hasta que finalmente se lo metió en la boca. Sus labios acariciaban el
glande, mientras yo comenzaba a emitir fluidos preseminales (me pareció
increíble después de la noche que llevaba).
Pronto sus labios buscaron el tronco, y mi glande se abrió
paso suavemente en el oscuro abismo de su garganta. Echaba la cabeza hacia
delante muy despacio, a la vez que sus labios aumentaban y disminuían la presión
sobre mi sexo. Mi glande encontraba la blanda oposición de su paladar, y a
partir de este contacto ella adaptaba su posición haciendo que su garganta
cálida abrazara mi pene. Se retiraba también despacio, manteniendo la presión de
sus labios, como exprimiéndome, para acabar besando suavemente la punta.
En otras condiciones hubiera tardado segundos en correrme,
pero después de tantas experiencias, tuvo que pasarse un buen rato en esa
operación. Mejor, porque fue la mejor experiencia sexual de mi vida. Ella,
incansable no dejaba de mirarme, ayudándose de las manos para retirar el pelo de
su cara.
Cuando mi temblor anunció el inminente orgasmo, se apresuró
por llevarla a su garganta, y redujo el movimiento de su cabeza, masajeándome la
cabeza del pene hasta que exploté en un chorro tan intenso como el primero. No
se dio prisa en retirarse, aguantando la mayor parte del chorro en su garganta,
pero reservó para su boca y su cara la última parte de mi jugo.
Tragó lo que tenía en la boca, después de haberla mantenido
unos segundos abierta para que viera. Luego acabó de limpiarme con su boca, sin
dejar que una sola gota más cayera fuera de ella. Yo le limpié la cara y el pelo
con su toalla mientras lo hacía.
Finalmente quedó así, arrodillada junto a mí unos minutos. No
hablábamos. Nos limitamos a descansar, oyéndonos mutuamente la pesada, agotada,
satisfecha respiración.
Finalmente se puso en pie despacio, y, sin molestarse en
cubrirse con la toalla, me besó en la boca.
Hasta mañana, cariño.
Hasta luego, María.
La miré alejarse despacio, sin volverse. Esperé hasta oir
como cerraba su habitación. Luego me levanté yo también y me fui a mi cama.
Elena parecía dormida ya. Totalmente desnuda, acostada boca arriba, sus pechos
ingrávidos brillaban en la penumbra que proporcionaba el alumbrado de la calle.
Su pubis depilado parecía más rasgado que nunca por su sexo. Su vientre plano,
sus piernas perfectas. La vi más bella que nunca, sentí que volvía a quererla,
que volvía a estar enamorado de ella.
No dormí bien. Me dolía el cuerpo y la poya. Durante la noche
me despertaron en varias ocasiones los sollozos ahogados de mi mujer. En
aquellos momentos pensé que quizá algo se había roto.
Pero no. A la mañana siguiente todos desayunamos como si nada
hubiera pasado. Nos hablábamos con la misma naturalidad que si el día anterior
no hubiera existido. Bromeamos con el pedo que se había pillado Joaquín, y el
confesó no recordar nada en absoluto desde que salió de la ducha al volver de la
playa. Creo que ninguno le creímos, pero todos seguimos mintiéndonos y actuando
como si nada. Aún recogimos a los niños y comimos todos juntos en mi casa. Se
fueron por la tarde como si nada hubiera sido real.
Ni siquiera entonces hablamos Elena y yo de la noche
anterior. Nunca lo hemos hecho. Pero nuestra relación parece haber revivido tras
aquella noche. La pasión ha vuelto, y ella es más fogosa que antes, y creo que
más feliz.
A María y a Joaquín seguimos viéndolos como antes y nuestra
relación no se ha resentido por lo que pasó. Es más, con María, a solas, me veo
más que antes, y seguimos montando nuestras fiestas particulares.
Pero como estoy seguro de que lo estaréis pensando os lo
aclararé: no. No he podido volver a echar tres en la misma noche.