Una densa cortina de agua impedía ver más allá de las
cristaleras empañadas. Desde la tienda de juguetes, donde había entrado a
comprar un recuerdo del viaje para sus hijos, Eulogio contemplaba descorazonado
como los escasos taxis que surcaban la calle estaban ya ocupados. Jugueteaba con
el paraguas con una mano y con el rosario que siempre llevaba en el bolsillo de
la chaqueta con la otra, comprobando nervioso en su reloj de pulsera como se
aproximaba la hora de su conferencia sin que pudiese ni siquiera atreverse a
salir de la tienda.
Al fin, salpicando aparatosamente a los viandantes, vio la
luz verde sobre el vehículo amarillo y negro surgido del País de Nunca Jamás que
se detenía en el semáforo unos pocos metros más adelante. Sin pensárselo dos
veces empujó la puerta acristalada, abrió el paraguas al tiempo que intentaba
proteger los paquetes recién adquiridos con el cuerpo. Demasiado tarde se dio
cuenta de que la lluvia había pasado de la categoría de chaparrón mediterráneo a
la de galerna del Cantábrico para acabar en huracán tropical de fuerza seis.
Saltó como pudo sobre la acera, intentando posar el pie en aquellos puntos en
que el suelo parecía más cercano a la superficie del agua, todo hay que decirlo
sin demasiado éxito. Acercó su mano a la portezuela y:
– Caballero, este taxi lo he visto yo antes –le recriminó una
voz femenina que parecía brotar de detrás de un paraguas idéntico al suyo, solo
que de color amarillo limón
Eulogio sintió que la rabia le dominaba mientras la tormenta
empapaba su cara y sus zapatos empezaban a hacer aguas. Sin embargo, intentó
contenerse desviando su cólera hacia la empuñadura del paraguas, la oprimió con
fuerza hasta que sintió que los dedos le dolían. El pensamiento consciente
desapareció absorbido por una vorágine de sentimientos agresivos. La dolorosa
pulsión en las sienes le avisó de que la apoplejía estaba llamando a sus
puertas. Intuyó rápidamente que discutir con un paraguas amarillo bajo las aguas
del Diluvio carecía de sentido, la única oportunidad era negociar.
– ¡Por Dios, señorita, se lo ruego, no discutamos ahora! Le
acompaño adonde sea y yo pago el taxi –respondió con los ojos aún inyectados en
sangre
– ¡Está bien, está bien, pero déjeme pasar o me va a quedar
el pelo hecho un desastre! –le respondió la voz en tono condescendiente
Sintió como su ira desaparecía inmediatamente disuelta por el
aguacero. Se hizo a un lado, abrió la puerta del taxi y dejó pasar a su nueva
compañera de viaje hacia la que de forma instantánea había empezado a sentir
gratitud. El enorme sol que era el paraguas amarillo le impidió ver a la mujer
mientras entraba en el coche como era su intención.
Él entró detrás, empujando los paquetes de regalo, plegó como
pudo su paraguas evitando que se lo llevase el viento y se dirigió hacia su
nueva compañera:
– Yo voy al Hotel "Mari Bárbola de Borbón". ¿Y usted…?
– Yo… yo también iba al "Mari Bárbola de Borbón" –respondió
ella con una mirada de asombro.
– Entonces –ordenó dirigiéndose al taxista–, al hotel "Mari
Bárbola de Borbón" y por la vía más rápida, por favor, tengo bastante prisa.
El chofer bajó el volumen de la radio, donde Jiménez Los
Santos, bramaba maldiciones apocalípticas en una de las emisoras de la
Inquisición. Al doctor Sigüenza aquellos desvaríos le resultaron familiares, su
esposa trabajaba como redactora en la emisora local de la cadena.
– ¿Por dónde quieren que vaya? –contestó el taxista
– Personalmente no tengo ninguna preferencia –repuso el
médico, al cual todas las calles de aquella ciudad extraña le parecían la misma.
– Creo que lo mejor será que usted elija el camino –respondió
a su vez la mujer
Eulogio pudo, por fin, fijarse en ella. Parecía alta, al
menos sentada. Le dio la impresión de que debía ser casi tan alta como él.
Llevaba el pelo cortado en una media melena azabache, liso, con un corte que le
recordó los años veinte. Iba muy maquillada, por un momento pensó que era
mulata, pero el colorete y la penumbra del interior del coche en un día tan
sombrío le hicieron dudar. Lo primero que llamó su atención cuando habló fueron
sus labios: gruesos, líquidos y pintados en tono carmesí brillante. Sin embargo,
fueron los ojos lo que acabaron encadenando su mirada, eran enormes, oscuros,
enmarcados en una corona de pestañas negras, curvadas y brillantes.
– Menuda casualidad –contestó a su vez Eulogio– Yo tengo que
dar una disertación en menos de media hora. Espero que lleguemos a tiempo…
– No se preocupe, aunque parezca que todos estamos parados,
en menos de veinte minutos les dejo en la puerta –escuchó que decía el taxista
– Yo tan solo voy a ver a un amigo que se hospeda allí
–añadió la mujer. El tono bajo y grave de su voz y la dulzura del timbre cada le
gustaban más a Eulogio.
– Perdone, no me he presentado. Me llamo Eulogio… Doctor
Eulogio Sigüenza. Soy proctólogo en Palencia, he venido a presentar un nuevo
enfoque de mi especialidad médica en el Congreso Latino de Proctología Avanzada,
pero me he despistado comprando unos recuerdos para mis hijos.
– Yo me llamo Marcela –contestó ella sencillamente.
El taxista, tal y como había prometido, les llevó en veinte
minutos exactos a la puerta del Hotel. Eulogio intentó trabar conversación un
par de veces, pero la mujer no parecía interesada. En vista de lo infructuoso de
su tarea se concentró en intentar adivinar como conseguía el conductor saber por
dónde estaba circulando. Las lunas del vehículo, completamente enteladas, eran
como tan opacas como sábanas sucias y ver a través de ella hubiera requerido una
prodigiosa visión de Rayos X. Supuso que el gremio de taxistas exigía que sus
miembros realizasen cursos de orientación y pilotaje en condiciones de ceguera
absoluta, o quizá la respuesta era que el taxista emitía ultrasonidos y luego
recogía el eco en sus enormes pabellones auditivos como había oído hacían los
murciélagos. Estaba sumido en estas científicas meditaciones cuando el taxista
anunció:
– El Hotel "Mari Bárbola de Borbón"
Eulogio miró incrédulamente por la ventanilla, pero el gris
insulso que para él era el mundo exterior continuaba siendo igual de turbio.
Abrió la puerta y observó maravillado que se encontraban bajo la marquesina del
hotel al abrigo del diluvio que descargaba unos pocos metros de distancia. Como
había prometido, pagó el importe del trayecto y se despidió de la mujer nada más
cruzar la puerta giratoria.
La conferencia fue mucho más larga de lo que él había
previsto. La nueva disciplina de la psico–proctología despertó una polémica muy
animada. Deducir el estado físico y anímico de una persona a través de los
pliegues del esfínter anal fue demasiado para algunos galenos escépticos poco
abiertos a nuevas ideas. Las teorías del doctor Sigüenza debieron bregar durante
horas con las ideas preconcebidas, los prejuicios, la irracionalidad, la inercia
de años de profesión y una miríada de combinaciones entre la pereza mental e
irreflexión y, porqué no decirlo, también con la chanza y la chirigota
generalizadas.
Cuando acabó la presentación de sus revolucionarias ideas era
prácticamente la hora de comer. Eulogio salió acompañado por un servil
representante del laboratorio farmacéutico que organizaba el evento. En el
vestíbulo repleto de gente, todas las voces se fueron acallando por un segundo
como si una ola de silencio estuviese barriendo el hall. Él se fijó en el
epicentro de tan singular portento y comprobó que todas las miradas convergían
en una mujer que avanzaba directamente hacia ellos. Era una dama como nunca
había visto, ni siquiera en sus sueños más lujuriosos, estaba admirando
boquiabierto la quintaesencia de la lascivia en su forma femenina. De cabello
oscuro y piel tostada, alta, atlética, todo en ella era puro sexo: su decidida
forma de caminar, de moverse entre la muchedumbre como si allí no hubiese nadie,
de lucir con elegancia el vestido corto con rayas azules y blancas, incluso la
forma torera en que llevaba la gabardina colgada del brazo. Le dio la impresión
de estar viendo un buque rompehielos abriéndose paso en la banquisa helada: los
grupos de proctólogos latinos avanzados se deshacían y se apartaban a su paso
conforme ella se dirigía a la puerta, pero no se volvían a cerrar, una vez había
pasado, todos parecían quedar congelados admirándola en silencio, sin poder
apartar la vista, dejando un sendero abierto en el que aún parecía flotar su
presencia. Al llegar a la altura del doctor Sigüenza le saludó con un leve
movimiento de cabeza, una sonrisa y un guiño.
Eulogio, se quedó aún más mudo que el resto de público: era
Marcela. Se reprendió a sí mismo por no haberla reconocido a la primera. Pero la
mujer que había entrado escondiéndose bajo el impermeable y el paraguas y la
diosa del amor que ahora salía triunfante eran dos personas distintas. Alargó la
mano y, adelantándose al portero uniformado, le ayudó a colocarse la trinchera
sobre los hombros al tiempo que se abrían automáticamente las puertas
acristaladas del hotel dejando entrar la humedad exterior.
– Gracias, Doctor Sigüenza –saludó al pasar
– Hasta luego –acertó a decir el Doctor Sigüenza mientras
ella se ajustaba la gabardina.
El mentecato que ejercía de representante se quedó pasmado,
boquiabierto.
– Doctor Sigüenza, menudo sinvergüenza, ¿conocía a esa chica?
– Hemos compartido el taxi que nos ha traído hasta aquí… solo
eso –respondió Eulogio
Durante la tarde, mientras en el salón de congresos se
sucedían las ponencias, en el exterior la tormenta fue cediendo paso a un cielo
azul, claro y despejado. Cuando los congresistas abandonaron el "Mari Bárbola de
Borbón" después de la cena, cientos de millones de estrellas tachonaban el manto
negro del cielo. Eulogio decidió aprovechar para dar un agradable paseo hasta el
hotel. Se deshizo como pudo de la untuosa presencia del representante
farmacéutico que le habían asignado, se acercó a la Diagonal y caminó,
disfrutando de la noche y del clima hasta llegar a la Rambla de Catalunya, allí,
se acercó a ver la estatua e inició el descenso.
La Rambla de Catalunya, a diferencia de las Ramblas, es un
paseo urbano que por la noche suele carecer de cualquier tipo de animación. Sin
embargo, observó extrañado, una fila casi inmóvil de coches ascendía por un
lateral, mientras otra, igualmente inmóvil, descendía por el otro con la
lentitud de las coladas de lava en un volcán de tipo hawaiano. Prestó más
atención y vio que en las aceras, una fila de mujeres invitaba a detenerse a los
vehículos con aspavientos, lúbricos ademanes y gestos lascivos. Eulogio decidió
ponerse las gafas recién graduadas para poder apreciar mejor los detalles del
espectáculo que se ofrecía a sus ojos.
El Doctor Sigüenza se quedó fijo como una estatua de sal en
el desierto paseo central, comprobando que lo que había creído mujeres eran en
realidad travestís. "Travestís espectacularmente dotados, todo hay que decirlo",
pensó. En su interior se desató una dramática lucha interior entre seguir los
dictados de sus instintos o resistir cristianamente a las tentaciones del
demonio. Por fin, su espíritu científico salió en ayuda de sus bajas pasiones y
se justificó a sí mismo diciéndose que iba a estudiar el fenómeno más de cerca.
Salió de su inmovilidad deshaciendo el nutrido grupo de turistas japoneses que
había formado un círculo a su alrededor y disparaba metódicamente los flashes de
sus cámaras creyéndole una de tantas esculturas vivientes como pueblan nuestros
paseos. Cruzó entre los coches sin prestar atención al peligro mortal que
constituían los conductores dopados por sus propias hormonas y se dispuso a
descender por una de las aceras laterales. Las chicas, con sus zapatos de tacón
eran más altas que él y cuando pasaba por su lado se le insinuaban abriendo los
abrigos y mostrándoles sus encantos.
– ¿Doctor Sigüenza…? –escuchó como le reclamaba una voz que
le resultó extrañamente familiar.
Levantó la cabeza e intentó descubrir quién le estaba
llamando. Unos metros más adelante, un cuerpo escultural, cubierto únicamente
por unas braguitas y un sujetador de fantasía le saludaba desde dentro de una
gabardina abierta de par en par. La voz le era familiar, pero no conocía ningún
cuerpo como aquel. De sus años de facultad le vino a la memoria que era más
sencillo reconocer una cara que un cuerpo, levantó la vista y se encontró por
tercera vez en el mismo día con la cabeza de Marcela. Así que aquel cuerpo que
le saludaba tan alegremente era sin duda el cuerpo de Marcela, el conocimiento
médico acumulado en tantos años de profesión le decía que los poseedores de
cuerpos como aquel no suelen cambiar las cabezas con amigos, ni siquiera por
mucho dinero.
– ¡Buenas noches Marcela! ¿Cómo tú por aquí…? –preguntó con
la misma inocencia que si se hubiese encontrado a una colega proctóloga en el
pasillo de un hospital extraño.
– Mire, doctor, no sé cómo decírselo, pero, pero, pero es que
yo… Verá, yo trabajo aquí… –respondió Marcela entre un coro de carcajadas del
resto del personal femenino.
– Por supuesto…, por supuesto… Es que me ha sorprendido. Ésta
es la tercera vez que nos vemos en un mismo día –razonó Eulogio
– Quizá se trate de una señal de los dioses… Quizá podría ser
usted mi primer cliente de la noche…
– O tú, mi primera clienta…
– Parece un intercambio justo ¿Dónde se hospeda usted?
– En el "Enano Nicanor"… Está al final de esta calle
– ¿Vamos entonces…?
– ¡Vamos!
La experta vista del galeno descendió nuevamente por el
escultural tronco de la muchacha hasta detenerse en las braguitas que cubrían su
sexo. En lugar del suave abultamiento levemente hendido en el centro que se
hubiese denotado la presencia de un Monte de Venus femenino, la transparencia de
la prenda dejaba ver bien a las claras que el miembro masculino más largo y
grueso que en su larga carrera hubiese visto estaba embutido a presión en aquel
minúsculo trozo de tela y solo era cuestión de tiempo que lo reventase.
– ¡Coño, coño, coño…! –murmuró Eulogio
– No, doctor, no, eso no es un coño… Ya tendría que saberlo
–respondió la voz de una pelirroja despampanante que había asistido a toda la
conversación como convidado de piedra. Todas las demás chicas secundaron la
ocurrencia con sus risotadas.
Las carpetovetónicas gónadas del doctor Eulogio Sigüenza
trabajaban a destajo vertiendo en su torrente sanguíneo una catarata de hormonas
surtidas, de resultas de lo cual le subió la presión, los ojos se le salieron de
las órbitas, se le erizó el vello de la nuca y sintió un súbito prurito en el
escroto que le obligó a rascarse la entrepierna, como solía sucederle siempre
que se excitaba.
Decidieron que sería más discreto bajar en taxi que pasearse
por la ciudad con el riesgo evidente de ser reconocidos por algún otro asistente
al congreso. Mientras el taxi recorría los escasos quinientos metros que
separaban el inicio del paseo del hotel "Enano Nicanor", Marcela se interesó:
– ¿Ha conseguido secar los juguetes de sus hijos?
– No, pero tampoco tiene mucha importancia. ¿Sabes? Yo
mantengo una relación estrictamente profesional con mi familia: me la paso por
el culo.
Marcela sonrió, más para disimular su desconcierto por la
salida de tono que porque la frase le hubiese hecho la más mínima gracia. No
entendía el despego del Doctor Sigüenza con respecto a su familia. Aquello no le
parecía normal.
Al llegar al hotel, nadie les importunó ni les hizo ninguna
pregunta. El recepcionista del "Enano Nicanor" les dio la llave con tan solo un
"Buenas noches" como único comentario.
Una vez en la habitación, el Eulogio se dirigió a Marcela:
– Esta noche te tengo que pedir un favor…
Marcela, que a estas alturas de su vida ya estaba curada de
espantos, se preparó para escuchar la petición:
– Necesitaría estudiar tu ano con detenimiento
– Doctor Sigüenza….
– Llámame Eulogio, por favor, ahora no estamos estrictamente
en una consulta médica, ¿qué es lo que te sorprende?
– Más o menos el cincuenta por ciento de mi clientela en un
momento u otro de nuestra relación comercial se dedica a un estudio profundo,
aunque, todo hay que decirlo, gozoso de mi culo. Forma parte de nuestro acuerdo.
Del que, por cierto, aún no hemos concretado el estipendio.
– Naturalmente, naturalmente…
– Cobro cinco mil pesetas por un servicio de media hora, con
o sin penetración. Una hora será el doble, es decir, diez mil, y si me quedo
toda la noche, dada la hora que es, le costará treinta mil.
– ¿Treinta mil…? Me parece perfecto. Te quedarás aquí hasta
mañana… veremos que podemos hacer para entretenernos.
El travestido se quedó mirando fijamente a Eulogio, meditando
algo durante unos segundos y finalmente espetó:
– Doctor, si me permite decírselo, en confianza, usted tiene
una vocación verdaderamente pestilente.
– Es posible Marcela, pero en mi experiencia profesional no
he encontrado ningún culo más apestoso que algunos negocios… Por ejemplo, una
vez la familia Zaplana me propuso un negocio inmobiliario en la costa de
Valencia que… Pero, bueno, eso no tiene importancia ahora, tienes razón, es una
mierda de profesión –contestó el médico con una sonrisa.
Marcela se deshizo del abrigo, se arrodilló sobre la cama y
puso el culo en pompa.
– ¿Esta posición es la adecuada para sus exploraciones?
–preguntó
El doctor Sigüenza tardó largos segundos en responder. Sentía
la garganta tan seca como si estuviese hecha de madera de pino y su cerebro no
era capaz de concentrarse lo suficiente para crear las palabras. La imagen de
aquellas ancas elásticas, musculadas, rotundas, esféricas, pulidas y brillantes
había colmado toda su capacidad de raciocinio. Embelesado, solo podía admirar
con la boca abierta el milagro que sus ojos no podían dejar de contemplar. El
hilo posterior del tanga se perdía entre los dos globos, hundiéndose como un río
en un profundo y umbrío cañón entre montañas para reaparecer triunfante un poco
más abajo, allí la tela se expandía súbitamente en un lago intentando vestir sin
éxito los testículos de Marcela que desbordaban las costuras. Él ardía en deseos
de navegar en una expedición espeleológica siguiendo la ruta que parecía
indicarle la parte posterior de la braguita y explorar la profunda sima que se
ocultaba a su vista, disfrutando de todas las cavidades que esperaba se abriesen
ante él.
Eulogio se arrodilló frente a la cama con la misma devoción
que en su infancia se había arrodillado frente al altar mayor en el colegio del
Opus Dei en el que le encerraron sus padres; apoyó las manos temblorosas en los
cálidos cachetes, agachó reverentemente la cabeza, cerró los ojos y siguió con
los labios el recorrido del tanga. Hasta su nariz llegó el aroma de la piel de
la mulata, el olor de la tela y el suavizante, un vago recuerdo del perfume de
la crema hidratante, la gloriosa y excitante esencia de un culo sano y perfecto.
En la posición en la que estaba arrodillado, los pies del
transexual rozaban sus genitales con suavidad. El doctor aún no se había quitado
los pantalones y la furiosa erección, constreñida por los calzoncillos y el
pantalón, se transformó en un suplicio. Le pareció que su miembro iba a reventar
si no lo liberaba. Buscó la cremallera, la bajó y su pené brincó con alivio
fuera de su prisión rebotando contra la suave planta del pie de su acompañante.
Eulogio cerró los ojos, tratando de calmarse escuchó su
propia respiración. Una vez serenado, su atención se dirigió nuevamente a los
glúteos a los que había estado adorando. Separó los hemisferios con las manos,
sus labios musitaron una oración ferviente y sincera de agradecimiento y su
lengua resiguió el camino trazado por sus labios, el sendero del tanga. A medida
que descendía ensalivando la tela, percibía la gradación de sabores de aquel
culo delicioso y un sutil aumento de la temperatura como si se estuviese
adentrando en las entrañas de un volcán.
Se separó unos centímetros y admiró las húmedas paredes
laterales que se combaban hacia el profundo y sombrío interior donde aún yacía
la malla del tanga. Con el dedo índice la tomó y la separó a un lado con
reverencia para poder tener una mejor visión. El vello prieto, empapado de
saliva y sudor, se pegaba a las paredes de piel apuntando a un ojo de chocolate
que parecía lanzarle un beso.
Afiló la lengua y repasó amorosamente las laderas, empezando
por las cumbres y patinando hacia el interior en amplios y lentos círculos. Una
variación en la textura de la piel y un suspiro de Marcela, le indicaron que
había llegado a la sensible zona del ano. Profesionalmente consciente, el
proctólogo punteó la piel con suaves golpes de su lengua, consiguiendo que el
travestido lanzase en cada ocasión un nuevo gemido.
Con una suave presión de las manos separó aún más las nalgas
y hundió la lengua en el ano de la mulata. La facilidad con que éste se dejó
penetrar fue un premio a su paciencia. Mientras hundía rítmicamente su apéndice
bucal en el interior de la mulata, realizaba un estrambótico molinete que hizo
que Marcela se mojase la mano con saliva y comenzase a masturbarse por debajo
del cuerpo.
El doctor Sigüenza, después de un cuarto de hora disfrutando
de las mil fragancias y sabores que estaba obteniendo de aquella extraordinaria
experiencia, decidió que era hora de utilizar aquellos dedos celestiales que le
habían dado renombre mundial.
Introdujo lentamente el índice realizando la maniobra de
Zütz. Efectuó con precisión el alambicado doble giro que dicha maniobra requiere
hasta rozar el punto cercano a la próstata que había descubierto era un foco de
placer inaudito. Un ronco estertor de regodeo por parte de la mulata le hizo
saber que iba por buen camino. Palpó la próstata de forma experta y luego con
médica paciencia se dedicó a presionarla y acariciarla alternativamente hasta
que Marcela con un sollozo sonoro se corrió abundantemente sobre el cubrecama.
– Doctor Sigüenza, ha sido el mejor dedo que nunca haya
entrado en mi culo –susurró el transexual cuando se hubo recuperado.
– Gracias, Marcela, ¿Crees que ahora estás en condiciones de
que continúe mi exploración con el dedo mayor? –respondió el proctólogo
señalando hacia su miembro en erección.
– ¡Por la calavera de la Virgen Negra! Doctor Sigüenza,
menudo ciruelo tiene usted –comentó ella con admiración– Es usted, y perdone que
se lo diga, más feo que pegarle a un padre, pero hacía años que no veía algo tan
bonito.
Al oír estas palabras el doctor Sigüenza pensó en los exiguos
y aburridos polvos que había pegado con su devota esposa: siete, un número de
connotaciones bíblicas y que, a polvo por niño, le habían proporcionado las
siete bestezuelas que correteaban por su casa. En ninguno de esos siete polvos
su mujer se había dignado mirar su pene, aún menos tocarlo con las manos y por
supuesto jamás se había hecho mención de él, como si al entrar en el matrimonio
aquel apéndice de masculinidad hubiese adquirido el don de la invisibilidad.
Mientras el médico cavilaba amargamente sobre estos temas,
Marcela se desabrochó el sujetador que todavía llevaba puesto y se tumbó boca
arriba procurando evitar el charco de su propio semen sobre el lecho. La visión
que tuvo el doctor Sigüenza, cuando la mulata abrió las hercúleas piernas
enfundadas en medias negras de nilón, casi le provoca un infarto: el
miembro en erección surgía de la banda elástica del tanga aún puesto, descansaba
como una anaconda dormida sobre su vientre y su cabeza dejaba escapar un hilo de
semen unos centímetros por encima del ombligo; los formidables testículos
colgaban laxamente a ambos lados de la prenda íntima; los abdominales se
dibujaban con nitidez a medida que se expandían y contraían siguiendo la
cadencia de la respiración; los globos de los senos ascendían y descendían
siguiendo idéntico ritmo y en el rostro sudoroso se dibujaba una sonrisa
angelical.
– ¿A qué está esperando, doctor? –le recordó Marcela para
despertarlo
Eulogio apoyó el glande ensalivado sobre el esfínter y este
se abrió abrazándolo cálidamente. Agarrando los tobillos del transexual como
punto de apoyo, con una serie de suaves empellones hizo entrar su prodigioso
miembro viril en el estrecho y tórrido conducto. Los años de abstinencia no le
habían preparado para una sensación como aquella, en pocos segundos sudaba
copiosamente. Tras cada embestida, gruesas gotas resbalaban desde su calva
empapada y le caían sobre los ojos produciéndole un escozor insufrible, al mismo
tiempo, el pequeño crucifijo de oro que llevaba colgado al cuello se levantaba y
volvía caer sobre el encharcado vello pectoral. Sin embargo, Eulogio prefería
continuar aferrándose a las pantorrillas de Marcela antes que secarse el sudor,
como si no hubiese nada más en el mundo que aquellas piernas fornidas.
En menos de un minuto, y durante una fracción de segundo,
sintió la gloria de los arcángeles expandirse desde su bajo vientre, ascender,
incendiar todo su cuerpo de placer hasta llegar a su cabeza. Desde la base de la
nuca y avanzando como un rayo hacia su frente, un gozo indescriptible le embargó
y después, después…
El cuerpo del doctor Sigüenza, insigne proctólogo, se
desplomó pesadamente contra las piernas de Marcela que tenía levantadas. Rebotó
blandamente y cayó de lado lastimándole el ano cuando el orondo miembro viril
del galeno se separó bruscamente de ella arrastrado por el resto del cuerpo de
éste. El transexual protestó, pero, pensando que podía ser un desmayo, aquello
no era la primera vez que le sucedía, se incorporó y abofeteó con energía y
decisión la cara del médico. Éste, inmóvil, contemplaba el techo con los ojos
muy abiertos, extrañamente fijos, sin siquiera parpadear al recibir los sopapos.
Al día siguiente, los periódicos de su provincia natal y
todas las emisoras de la Inquisición, daban la noticia de la súbita muerte del
doctor Sigüenza. La noticia que difundieron fue la siguiente: "El doctor Eulogio
Sigüenza, proctólogo jefe del Hospital de San Antolín, murió ayer en la ciudad
de Barcelona donde asistía a un congreso. En el momento del óbito se encontraba
orando en su habitación, como era su costumbre. Los restos, según la voluntad
expresa del finado, serán trasladados a su pueblo natal para recibir cristiana
sepultura en el panteón familiar, donde esperará la gloriosa venida de Nuestro
Salvador y la resurrección de los muertos. Descanse en paz"