Cuentan los viejos libros que el hombre no vive cien años.
Que la carne es débil y que sólo sabemos que nada sabemos. Cuenta la vieja del
pueblo que la muerte y el olvido y el tiempo y la memoria son el mismo monstruo
con distintos nombres. Y también cuentan los viejos bardos historias de un
hombre más allá del tiempo y el espacio…
La ciudad en la que vivía puede que fuera española, o
argentina, o mejicana, o venezolana, o uruguaya. Quizá fuera todas y ninguna a
la vez. ¿Qué más da? No importa. El nombre de mi escuela tampoco era importante.
Llámenla como quieran, pero denle el nombre de un poeta. Ni siquiera importan
demasiado los desconchados de las paredes, ni los cristales rotos, ni las
manchas de humedad en los pasillos, ni las grietas que rodeaban las escaleras y
las esquinas.
Menos aún importan los nombres de mis compañeros de clase,
sólo digamos que éramos una clase normal, con sus empollones, con sus gamberros,
con sus niñitas guapas y sus niñitas listas, con sus libros de texto, sus
colecciones de cromos, sus partidos de fútbol y sus besitos furtivos en el
recreo.
El maestro no sé si tenía nombre. Tampoco se lo preguntamos
nunca. Lo llamábamos maestro, quizá por que su nombre, como tantas cosas en esta
vida, carecía de importancia. ¿Su aspecto? Piensen en un maestro de escuela. El
que más recuerdan, el que guardan en su corazón, el que cambió sus vidas. Pues
bien, él era ese. Da igual si tenía el pelo cubierto por el velo nevado del
tiempo, si era alto o bajo, si llevaba gafas o no, el color de sus ojos, todo
eso da igual por que nadie se fijaba en esas fruslerías.
Cuando el maestro hablaba, todos mirábamos su boca, por que
eran sus labios los que llenaban de colores el aula. Cuando el maestro hablaba,
los problemas de nuestras vidas eran lejanos y los antiguos poetas cercanos, y
las palabras eran amigas que acariciaban con suavidad el corazón de cada uno.
Cuando el maestro hablaba, su voz dejaba en lo más profundo de la mente trazadas
de poesía, de belleza, de lunas y arcoiris, de besos y caricias, de juventudes y
experiencias.
De vez en cuando, el maestro nos sorprendía con alguna
historia. Y cuando él contaba historias, no teníamos más que cerrar los ojos y
viajar. Volábamos a lejanas ciudades, a tiempos pasados, futuros, condicionales
y pretéritos imperfectos. Íbamos más allá de nuestra mente, mecidos en la suave
voz de nuestro maestro, y nos elevábamos por encima de las nubes, mientras la
vida continuaba bajo nuestros pies.
Y de tanto ver al maestro todos los días, sentado a su mesa,
ordenando sus papeles, contándonos sus historias, llegamos a pensar que siempre
estaría allí para contarlas. Creímos que sería eterno, lo creímos hasta que un
día, cuando entramos en la clase, no había nadie. La silla vacía del maestro
presidía un aula en sombras y silencio. Nos miramos extrañados, pensando qué le
podía haber ocurrido. De repente un compañero apareció corriendo, casi volando,
por la puerta, resoplando, jadeante...
- ¡El maestro se marcha!- gritó.- ¡Lo he visto en la
estación!
Los murmullos se murieron de silencio. El aire se volvió tan
denso en ese instante que apagó todas las voces de la infantería. Fue un solo
momento, pero el tiempo se detuvo, mientras nuestras miradas buscaban entre los
compañeros a alguien que supiera qué hacer, pero nadie hacía nada. Nadie hacía
nada hasta que poseídos por un pensamiento común, una fuerza invisible que nos
empujaba, nuestras piernas comenzaron una carrera alocada hasta la estación.
Llegamos cansados, exhaustos, temerosos. Temerosos de que el
maestro ya se hubiera marchado sin poder despedirnos de él, de que se hubiera
marchado con sus maletas cargadas de libros, lluvia, sol e historias. Pero aún
estaba allí, mirándonos desde el otro lado de la ventanilla del tren con su
eterna sonrisa en los labios, esos labios que tantas leyendas nos habían hecho
protagonizar.
Queríamos decirle tantas cosas antes de que se fuera. Tantos
abrazos, tantos agradecimientos, tanto... todo, que, unidos en una sola voz, sin
haberlo planeado, sin tener nada en común salvo ser sus alumnos, todos nosotros
elevamos al cielo lo único que le podíamos decir, lo único que nacía de nuestros
corazones, de nuestras mentes y de nuestros labios a la vez. Juntando todas
nuestras voces en una, un grito recorrió la soledad relativa de la estación.
- ¡¡¡HASTA PRONTO!!!- sonaron todas las voces de los alumnos,
y de nuestros labios escaparon colores, y formas, e historias inéditas, todo
junto en esas dos palabras.
"¡Hasta pronto!" dijimos, en sus ojos titiló una lágrima y
sonó, entre nosotros y él, el silbato del tren...
Rugieron las ruedas, y resoplaron los engranajes antes de que
el tren se pusiera en movimiento. El armatoste comenzó su camino, y el maestro
se alejó cada vez más de nosotros. Nada más salir de la estación, todos pudimos
ver como el tren se separó del suelo, las ruedas se olvidaron de los raíles que
las acompañaban, y el vehículo se elevó por el aire, perdiéndose por las nubes
que le abrieron un camino, subiéndolo al cielo sobre un rayo de sol.