No es fácil imaginar que tanta dulzura, tanta belleza como la
que Inés poseía había quedado relegada a tal estado que ya no le interesaba nada
de nada de si misma. La que otrora fuera una muñequita mimada y linda estaba
ahora convertida en la esclava de dos animales, violentos, sucios y sádicos.
Todo el entorno de ellos era similar, lo que llevó a Inés a experimentar
situaciones inimaginables. Tras un año de vivir en ese estado, ya caminaba como
una autómata, siempre desnuda en medio de toda la gente, llena de moretones,
humillada a tal punto que cualquier animal del establecimiento tenía más rango
que ella.
Día a día, con sus bestias que limpiar, y sus amos que
servir, ella soportaba estoicamente, nunca se explicaba por que pero así era. Le
había encontrado a todo una parte agradable, ya sea un orgasmo, ya sea la
excitación de servir, de ser humillada o tal vez sus propios y desconocidos
instintos. Su situación en los días subsiguientes fue complicándose cada vez
más, aunque no sufría directamente los castigos que la la señora Franchón
aplicaba a su esclava, si sufría degradaciones sin límite por parte de todos.
Era una sierva que había sido comprada junto a la propiedad, con el status de un
animal más, y con la contra que al ser tan atractiva excitaba a todos los
hombres, que veían en ella la oportunidad de descargar sus bajos instintos.
Fue así que al poco tiempo de ser vista por su padre en aquel
espectáculo tremendo cuando fue violada por uno de los perros que allí había,
este hombre, que la había vendido como si fuera un objeto más de su propiedad,
llegó al establecimiento con la excusa de ver a su hija, pero ya conseguida la
autorización del señor Franchón, sorprendió a Inés en el chiquero, una mañana
que estaba limpiándolo con sus manos como única herramienta, y comenzó a
insultarla, diciéndole que era una ramera, que no imaginó nunca que una hija
suya se degradara de esa manera. Inés, sin saber que contestar, se quedó
paralizada ante las apreciaciones de su propio padre, entonces este tomó una
vara y comenzó a azotarla violentamente. Ella no sabía que hacer, si huir o
hacerle frente, pero acorralada en un rincón, desnuda y débil por el poco
alimento que venía ingiriendo, se acurrucó y recibió el castigo que nunca antes
hubiera imaginado de su progenitor. Tirada en el piso, rodeada de suciedad,
bestias, y moscas, y muy lastimada, su padre sintió deseos hacia ella, pero algo
lo contuvo, tal vez remordimientos, tal vez no se animó, y se marchó sin
tocarla, dejándola ahí, tirada, lastimada llorando desconsoladamente. Esa fue la
última vez que Inés vio a su padre.
Bastante le costo recuperarse de las heridas recibidas,
máxime cuando nadie reparó en ellas, y se las tuvo que lavar ella misma con agua
y jabón para evitar males mayores. Así y todo siguió diariamente con sus tareas.
La clásica llevada del desayuno a sus amos se iba convirtiendo en algo que a
Inés le agradaba cada vez más, ni ella mismo sabía por qué pero deseaba que
llegara el inicio del día para vivir ese momento. Había algo que le taladraba el
cerebro, era la mirada triste de la bella esclava de la señora Franchón. Cada
vez que entraba al cuarto esta levantaba la cabeza, como queriendo hablarle,
pero jamás lo hizo, hasta un día en que por circunstancias del momento, quedó
sola con ella, que estaba encadenada como siempre al pie de la cama. Sus amos no
estaban y ella estaba sin comer desde hace dos días, así que Inés le dio parte
de la comida que tenía para si.
Ella le agradeció con la primer sonrisa que alguna vez
alguien le vio esbozar, ahí Inés se dio cuenta que era una criatura muy hermosa,
y que a pesar del estado en que se encontraba tenía aún muchos encantos, un
cuerpo hermoso, unos senos bien proporcionados y un cuerpo delicioso, aunque
algo delgada debido al hambre que le hacían pasar. Le dijo que su nombre era
Michelle, y le contó que era esclava de la familia desde que sus padres la
vendieron hace ya varios años, que jamás la habían dejado libre de la cadena,
que jamás la habían dejado salir, y que la señora Franchón la castigaba todos
los días y la usaba como su objeto de satisfacción y como su inodoro personal, a
lo cual ella ya se había acostumbrado. Le agradeció la comida y en forma
inesperada, al acercarse una a la otra, Michelle le dio un tierno beso, que Inés
recibió muy emocionada y le causó una indescriptible sensación, sensación que la
acompañaría por el resto del día con gusto. Había nacido entre ambas algo más
que una amistad. Inés quedó muy excitada, y Michelle no le fue en zaga.
Tuvieron otras oportunidades de estar a solas, y día a día
fueron avanzando en sus relaciones. Nació entre ellas un amor muy fuerte.
Ninguna de las dos podía estar mucho tiempo sin ver a la otra. Inés sufría mucho
cuando al llegar de mañana veía a Michelle con las huellas de una noche de
sufrimiento, y por otra parte también sentía celos de su ama, esa asquerosa
mujer que osaba tocar y degradar a su amada. Por otra parte Michelle tampoco
quedaba muy contenta con el aspecto de Inés. Al poco tiempo de estar entre los
cerdos, tuvo la mala suerte de agarrarse piojos en su hermosa cabellera, y no
vieron mejor solución que cortársela y afeitarle la cabeza. Así Inés estaba más
desnuda que nunca, calva y totalmente depilada. Sometida a la brutalidad de toda
la gente que trabajaba ahí, sucia, y mal alimentada, pero con una luz de alegría
cada vez que estaba junto a Michelle..
No les costó mucho a ambas urdir la idea de huir de la
estancia. La vigilancia no era para nada estricta, tal vez porque hasta ese
momento ambas no habían jamás opuesto resistencia y habían aceptado su forma de
vida sin serios reparos, pero, ahora llegó el momento de huir.
Un día la señora Franchón le dijo a Inés que se iban de viaje
por cinco días, que su esclava quedaría atada al pie de su cama. Le ordenó
limpiar sus necesidades y alimentarla solamente una vez. La señora Franchón ni
se imaginaba la relación que ambas tenían. Fue entonces cuando Inés, a solas con
Michelle, buscó desenfrenadamente las llaves que aprisionaban el cierre de la
cadena, mas no las pudo encontrar. Pero eso no fue obstáculo para la huida. Tras
un arduo trabajo con un punzón, arrancó la cadena del piso con gancho y todo, y
salieron afuera, en la noche. Es noche llovía torrencialmente, y al principio
vacilaron porque no sabía para donde dirigirse, dos muchachas, desnudas, una de
ellas con una cadena da casi dos metros a su cuello, mal alimentadas, era
difícil para ambas. Ambas se abrazaron afuera, se besaron largamente, felices a
pesar de la situación precaria en que se hallaban.
Inés recordaba de su niñez, no muy lejos de ahí, una cabaña
abandonada, adentrándose en el bosque, que había sido utilizada por cazadores,
caminando estaba algo lejos pero lo intentarían de todos modos. Salieron
entonces a campo traviesa, desnudas, no hacía mucho frío pero llovía
torrencialmente, tuvieron varias caídas en zanjas repletas de agua y barro, y su
estado era totalmente deplorable, casi no se les distinguían sus rostros, pero
eran más fuertes las ganas de huir juntas. Anduvieron toda la noche, y por la
mañana, extenuadas, llegaron al borde del bosque. Ya estaban totalmente
agotadas. La huída no había sido organizada para nada y dependían de lo que
podían encontrar en el camino, algunos frutos silvestres, agua de lluvia y poco
más.
La lluvia había parado, entonces se acurrucaron contra unas
grandes rocas que formaban un techo provisorio, y se dispusieron a descansar
ahí. Una vez echadas, comenzaron a besarse largamente, a disfrutar una de la
otra. Ambas se entregaron a gozar mutuamente, lamiéndose recíprocamente sus
partes íntimas,recorriendo sus cuerpos con sus manos y sus lenguas, besándose
los senos, el clítoris y los pezones, luego besándose sin descanso, hasta llegar
casi juntas al orgasmo. Agotadas, felices igualmente, desnudas, con Michelle y
su cadena, se quedaron dormidas abrazadas hasta casi el anochecer.
Al despertar ya estaba algo fresco, y decidieron emprender el
fin del camina hacia la cabaña. Llegaron de madrugada. Aun abandonada conservaba
algunos muebles rústicos, daba para quedarse. Parecía que nadie había estado ahí
por años, y con la esperanza emprender una nueva vida juntas se instalaron. Fue
ahí cuando Michelle, ceremoniosamente tomó su cadena y se la entregó a Inés
diciéndole que ella era ahora suya. Inés no quiso aceptar esas condiciones pero
Michelle dijo que eso era lo que ella quería, que solo era feliz si pertenecía a
alguien, y que deseaba fervientemente pertenecer a ella, que si quería también
podría castigarla si así lo ameritaba la situación. Entonces que Inés tomó la
cadena y dijo que de ahora en adelante ella sería su ama, pero que no la
maltrataría tanto como su anterior dueña., aunque no descartó que si así fuera
necesario sería estricta con ella. Ambas sonrieron, se besaron largamente y se
auguraron días felices.