Leandro salió del negocio satisfecho por la compra. Cuando
entró, abrigaba cierto temor por el límite de recursos que estaba preparado para
utilizar para el regalo, pero casi inmediatamente a la explicación de su deseo
que le hizo a la dueña del local, ella le había mostrado la pulsera esclava de
oro que había imaginado, justo con el grosor, estaba seguro, que le había
descrito Cristina.
Se le había hecho algo tarde, y presentía que cuando llegara
a su casa, ya estarían algunos de los amigos que habían invitado a la pequeña,
casi íntima celebración del quinto aniversario de su matrimonio, aunque no le
preocupó mayormente. Ninguno de ellos tenía obligaciones al día siguiente, de
manera que dispondrían de todo el tiempo que les apeteciera para charlar,
bailar, jugar, en fin, nada nuevo en aquel tipo de reuniones, aunque era la
primera, en la cual Cristina y él eran los agasajados.
Y se lo merecían. Recién casados habían pasado tiempos duros,
al quedarse él súbitamente sin empleo, pero Cristina aumentó sus horas de
trabajo y luego de los que les parecieron larguísimos meses, Leandro había
encontrado muy buenas, casi mejores posibilidades en un estudio de abogados
bastante conocido, lo cual le permitió levantar rápidamente algunas deudas que
habían contraído y recuperar la tranquilidad material que les había faltado,
sobretodo en el último tiempo.
Sabían, él lo sentía, aunque poco hubieran hablado de ello,
que el sacrificio había dejado sus huellas. Su matrimonio estaba bien, pero algo
había dejado de existir entre ellos. No sabía definirlo, y a veces pensaba, que
tal vez esta misma sensación la había tenido antes de la crisis económica que
habían vivido, pero no parecía necesario todavía preocuparse por algo que a lo
mejor, en cuanto tuvieran algunas nuevas oportunidades de disfrutar, tal vez
unas buenas vacaciones, podría quedar en el pasado, como una secuela más de las
dificultades que se afrontan a la edad de ambos. Él tenía veintiocho años y
Cristina veintisiete, y ya caminando hacia la puerta de su casa, echó una mirada
a su alrededor y se dijo, que las cosas no estaban nada mal. Nada mal, después
de todo.
Vio los cuatro autos y confirmó para sus adentros que sus
amigos ya estaban allí. Entró, abrazó y besó a su esposa, se asomó a la sala y
saludó con un gesto general con la mano a todos, prometiéndoles que en diez
minutos estaría con ellos. Le dijo a Cristina que se daría una ducha rápida, se
vestiría con algo cómodo y volvería justo para comer.
Se desnudó en la habitación, tirando sobre la cama toda su
ropa y se dirigió al baño. Maquinalmente se miró al espejo y le gustó lo que
vio. Pese a que entre otras cosas, había dejado el gimnasio hacía varios meses,
su cuerpo se mantenía en perfectas condiciones, producto posiblemente del
cuidado que le había prodigado, casi desde niño. Era un cuerpo bien moldeado, y
aunque en la cintura se podía advertir alguna arruguita de grasa, sabía que la
eliminaría en poco tiempo.
Se metió bajo la ducha, se lavó el pelo, se dio una rápida
enjabonada, se dejó estar algún par de minutos de más bajo la lluvia reparadora,
cerró las canillas y se frotó enérgicamente con el toallón.
No perdió tiempo en echarse la bata de baño encima y pasó al
dormitorio. Se quedó paralizado e incomprensiblemente confundido al descubrir
que Tony estaba allí, cómodamente instalado en la cama, sonriéndole como si la
situación fuera absolutamente natural.
Ante su gesto interrogativo, Tony le explicó que Cristina le
había pedido que subiera a apurarlo. Leandro vaciló un instante. No entendía el
motivo, no podía ser el hecho de aparecer desnudo delante de su amigo, por
supuesto, pero se sentía como actuando incluso, con alguna torpeza.
Tranquilizó a su amigo, diciéndole "Ya voy, ya voy, me estaba
quitando el olor a tribunales", mientras se dirigía a la cómoda en busca de un
boxer. Se lo puso, se frotó con unas gotas de agua de colonia, y al girar hacia
el placard, casi choca con Tony que sin hacer sentir su desplazamiento, estaba
ahora casi a su lado. "¿Qué colonia es esa?", le preguntó interesado, estirando
su brazo para tomar el frasco. Sin embargo, cuando lo hubo hecho, interrumpió el
movimiento en lo que pareció un gesto antinatural. Es decir, que en lugar de
acercar el frasco hacía si, dejó el brazo extendido e inevitablemente, dadas sus
posiciones respectivas, rozando el pecho de Leandro.
No fue eso todo, no obstante. Dejó el frasco sobre el tablero
de la cómoda, y cuando retiró su brazo, lo hizo deslizándolo sobre la piel del
aturdido Leandro, quien, tratando de quebrar la intrigante situación, comentó
con aire de forzada despreocupación: "Bueno, si seguís haciéndome perder tiempo,
voy a llegar a los postres". "¿Y a quién le importa eso?". Respondió con voz
apagada Tony. Y en ese momento, a Leandro le pareció que se le venían las
paredes encima. Tony había dado un brusco paso hacia él, lo había tomado de los
hombros haciéndolo girar, cosa que logró fácilmente por lo inesperado del
movimiento, se apoyó contra su espalda, o, para decirlo con todas las letras,
apoyó su bajo vientre contra sus nalgas y lo apretó contra si, uniendo sus manos
por delante de su pecho, mientras le estampaba un beso en el hombro. Se desasió
con dificultad y se dio vuelta incrédulo: "Tony, carajo, ¿qué te pasa? ¿estás
borracho?". Pero no hubo necesidad de respuesta, porque ambos escucharon con
toda claridad los tacos de alguien, que se apresuraba hacia la puerta del
dormitorio.
Cristina entró y por un instante se detuvo vacilante, mirando
a ambos. Tony estaba sonriente, quitando una hilacha de su chomba y Leandro
estaba como congelado, mirando estúpidamente a Cristina. Ella con voz algo más
baja que lo normal y rostro serio, apuró a su esposo. Él reaccionando por fin,
se dirigió al placard, descolgó un pantalón y despidió a los dos, "¡pero carajo
che! ¿Porqué no viene más gente a buscarme? ¡Ya voy tesoro, ya voy! Éste",
señalando a Tony, "me estaba haciendo perder tiempo curioseando la colonia que
me puse, pero en un minuto bajo". Efectivamente, en unos momentos se había
integrado a la reunión, soportando las bromas de sus amigos sobre "la comida que
se enfriaba por culpa suya".
La comida fue un fracaso. La sobremesa empeoró las cosas.
Leandro, absolutamente ensimismado, era asaltado por antiguos fantasmas que
creía desaparecidos desde hacía años. Cristina, apenas logrando disimular su
contrariedad, tal vez por la extraña conducta de Leandro, o tal vez porque sin
ver, había entendido demasiado un rato antes. Tony, que durante toda la comida
no había quitado los ojos de encima a su amigo, sin preocuparle demasiado las
furibundas miradas de Sara, su mujer. Los demás, ajenos totalmente a los sucesos
causales, pero percibiendo que la celebración había tomado rumbos extraños,
trataban de encontrar un cauce más parecido a aquel por el que debería haber
transcurrido la velada. Lidia, descontrolada con su verborragia, su esposo,
Anselmo, el payaso del grupo, tratando de quebrar el ambiente inevitablemente
tenso y Roberto y María, haciendo esfuerzos por comprender algo cuya esencia se
les escapaba, pero con efectos que no podían dejar de advertir.
Leandro pensaba, es cierto, en la inesperada actitud de Tony,
pero mucho más y definitivamente turbador, rememoraba la calidez de la piel del
brazo de su amigo rozando su pecho. Y a esa sensación, no podía hacerla
desaparecer de su mente, por más que intentaba trasladarse con su pensamiento a
otras cosas, otros lugares o retornar a la realidad que debiera estar
compartiendo con sus invitados.
Decidieron jugar al pool y Leandro se alegró de disponer de
un motivo para levantarse y salir, ya que debería traer la mesa desde el cuarto
de servicio, alegría que se convirtió en alarma, porque fue Tony, sin ningún
complejo, quien les ganó de mano a todos, apresurándose a levantarse para
ayudarlo.
No bien llegados al cuarto, aún antes de encender la luz,
Tony lo estaba abrazando fuertemente, imponiendo la fuerza de su físico de 1,90
de estatura, ante el cual, el metro sesenta y cinco de Leandro, aparecía con
poca chance. Aún así forcejeó quizás un minuto, pero luego se quedó quieto, como
si esperara la acción siguiente, la prueba de la locura de Tony. Claro está,
cuando ésta se produjo, poco pudo ¿quiso? hacer. La boca de Tony buscaba
fogosamente la suya, y por un breve instante logró aprisionar sus labios.
Las voces que venían de la sala, reclamando el juego, los
interrumpieron, pero cuando, luego de encender la luz, tomaron uno de cada lado
la mesa, Leandro, con ira apenas contenida en el murmullo al que la situación lo
obligaba, increpó a Tony, recibió la respuesta que tal vez merecía o estaba
buscando: "Dale Leandro, querido, no te hagas el boludo, sabés que deseas esto
igual que yo, sabés que ya no podrás luchar más contra tu naturaleza…", "pero
Tony, ¿de qué carajo me estás hablando?". Pero la pregunta no tuvo respuesta,
porque ya salían de la habitación.
Los avatares del juego, modificaron en alguna medida el clima
del encuentro. Incluso, cuando jugaron y ganaron en pareja con Cristina, Leandro
se esperanzó, al recibir el beso y los abrazos con que se congratularon del
triunfo, con la idea de, al menos, terminar bien la noche.
Como para alimentar esa posibilidad, aprovechó para darle a
Cristina la pulsera. Ella la recibió con alborozo y la exhibió ante sus amigos,
contando además, cuanto la había deseado. Besó y agradeció repetidamente a
Leandro el regalo, pero no hizo mención a ninguno que hubiera preparado para él,
ni nadie hizo preguntas al respecto.
Mucho más tarde por fin, casi amaneciendo, se acostaron con
prisa, lo cual les facilitó no intercambiar demasiadas palabras. Ella apagó el
velador de su lado y le dio la espalda, sin siquiera darle un beso. Y Leandro le
agradeció en silencio por eso, porque sus labios aún conservaban el recuerdo del
beso robado por Tony.
Antes de las once de la mañana, sonó el teléfono. La llamada
era para Cristina, del hospital, reclamándola para la atención de una
emergencia, porque el médico que debía estar de guardia pasiva, no respondía a
los llamados. Entre maldiciones de fingida ira, se levantó, y quince minutos
después, saludó desde la puerta del dormitorio a Leandro que la miraba
soñoliento desde la cama y se fue con premura a sacar el auto de la cochera.
Leandro se tapó la cabeza con la almohada, intentando volver
rápidamente al sueño interrumpido. Pero el timbre de la puerta malogró sus
deseos, por lo cual, también entre maldiciones, se levantó y como estaba, se
dirigió a la puerta.
Nada más abrir, estaba entre los brazos de Tony. Pero no hubo
esta vez sorpresas ni forcejeos. Leandro se dejó abrazar, y cuando la boca de
Tony apretó la suya, cerró sus brazos tras el cuello del recién llegado.
Nada dijeron. Solamente caminaron entre abrazos, besos y
miradas que expresaban lo que ninguna palabra en ese momento habría podido
decir, hasta la habitación y se dejaron caer sobre la cama, mientras Tony, torpe
y apuradamente, se quitaba su ropa.
Se acostaron lado a lado, se abrazaron y comenzaron a
acariciarse y besarse, sin dudas, sin preguntas ni explicaciones. Leandro hizo
reincorporar a Tony, estiró el brazo y bajó su boxer, dejando ante su vista
extasiada la pija erecta de su amigo. Cerró su mano en torno a ella, la
acarició, luego sus dedos bajaron más aún, y se deslizaron por debajo de los
testículos, acariciándolos, haciendo estremecer a Tony de placer y provocando
que éste tomara la cabeza de Leandro y con una ligera presión la bajara hasta
apretarla contra los enrulados pelos sobre su pene. Con un quejido de placer,
Leandro besó la pija que se le ofrecía, y como si no hubiera hecho otra cosa en
su vida, se la metió en la boca y comenzó a chuparla con deleite, haciendo que
Tony, emitiera cantidad de palabras inconexas, pero con un único motivo:
Expresar su placer.
En algún momento, en medio de ese placer descontrolado,
Leandro advirtió que Tony estaba en el apogeo de su pasión. Vaciló un momento,
pero luego con una especie de aullido proferido en voz baja, apuró los
movimientos de la lengua y la boca sobre su presa erguida y morada a más no
poder, hasta que sucedió lo inevitable. El primer chorro de leche casi hace
ahogar a Leandro, quien retiró algo su boca para tomar aire, pero retomó a
tiempo para recibir, ahora más cómodo, el resto del semen de su amante. Luego,
ya apaciguados ambos, se dedica, sonriente y feliz, a limpiar con los labios y
la lengua hasta el último resto de la eyaculación.
Más tarde, es Tony el que lo chupa hasta gemir de cansancio,
y luego, en un prolongado beso, ambos comparten la leche dentro de la boca de
Tony.
Tal vez un par de horas después, Tony que dormía con sus
brazos ocupados por el cuerpo lánguidamente abandonado de Leandro, siente como
de nuevo la excitación despierta el conocido cosquilleo en su miembro. Leandro
se despierta también y al percibir el estado de su amigo, besa sus brazos y
empieza a mover lentamente su cintura para acomodar sus nalgas, en espera del
ariete que presiente. Tony responde, con sus manos abre las nalgas de Leandro y
ubica la punta del glande en la entrada del delicioso agujero que late consumido
de excitación.
Leandro hace un movimiento adicional hacia atrás y ayuda al
comienzo de la penetración. Instintivamente sabe qué debe hacer para evitar el
dolor y pone en acción sus músculos para abrir el esfínter. Facilitado de este
modo el camino, Tony puja una y otra vez hasta que siente que está, íntegro,
dentro de su amado. Ambos profieren un quejido simultáneo, y excitados a más no
poder, felices sin medida, descontrolados como jamás lo hubieran creído posible,
se dedicaron, durante largos, muy largos minutos, a los dulces, apasionados
gestos, palabras y movimientos del amor recién descubierto.
Con su culo rebosando de la tibia leche de Tony, Leandro lo
besó en la boca y luego de unos segundos lo incitó a levantarse. "Cristina debe
regresar en cualquier momento" musitó.
Tony se levantó y mientras se vestía, interrogó:
- ¿Qué haremos?
- No sé, - respondió a su vez Leandro – Pero sé que quisiera
que este momento no terminara nunca.
- ¿Cómo lo contaremos, cómo harás para resolver la situación
tuya?
- No tengo la menor idea, ¿y vos?
- Creo que para mi no será tan difícil. Hace rato que las
cosas con Sara no están nada bien. Pero vos y Cristina…
- Todo parecía bien, es cierto, - lo interrumpió Leandro.
–Bueno, si vos no me hubieras despertado de este letargo de tantos años, tal vez
las cosas hubieran seguido igual. Pero bueno, todo se ha dado vuelta. Y no hay
indirectas, sonrió, pícaro Leandro.
Tony se inclinó para besarlo, pero Leandro le echó los brazos
al cuello y lo atrajo hacia si. Concluyeron fundidos en un fuerte, profundo
abrazo, sus labios unidos, casi sellados, en el interminable beso de despedida.
Cuando Tony se hubo ido, Leandro se apuró a quitar las
sábanas de la cama, las amontonó en el piso con su ropa y el camisón de
Cristina, creando un ambiente que podría querer trasmitir la sensación que
siendo día de limpieza, había comenzado a colaborar desde temprano.
Pareció resultar convincente, porque cuando regresó su
esposa, no se mostró extrañada por el desorden y directamente se puso a contarle
del trabajo que había hecho con el inesperado paciente.
Ni Leandro, ni Tony, hablaron nada con sus esposas. Durante
la semana, los dos juntos buscaron y alquilaron un departamento bastante lejos
del centro de la ciudad y de los suyos respectivos. Cuando tomaron posesión, en
el piso del departamento absolutamente vacío hicieron el amor hasta el
agotamiento. En los días que siguieron, se ocuparon de comprar algunos muebles,
dedicando un tiempo más que exagerado a elegir la gran cama, y juntos, uno
dentro del otro, decidieron que ninguno de ellos hablaría, pero no pondrían
límites a sus pasiones y sentimientos, hasta que la situación estallara por sus
propias evidencias.
Leandro le ofreció a Tony una vez más, su boca llena de
semen, y con sus lenguas en pleno deleite compartiéndolo, golosos, sellaron su
pacto.
Un mes y medio después, se produjo la gran conmoción, pero
Leandro ni siquiera se detuvo a escuchar los improperios de su esposa. Tomó su
valija y se dirigió al departamento escenario de sus casi diarios encuentros.
Abrió la puerta y sorprendido encontró que Tony lo estaba
esperando. Se arrojó en sus brazos y ya desnudos los dos, sintieron que
compartían el mejor sexo de sus vidas.