La pobre señora del casero 01
Por Bajos Instintos 4
Bajosinstintos4@yahoo.com.ar
La primera vez que vi a la señora del casero, pensé: "¡pobre hombre, casado
con esa gorda panzona...!" El hombre, sin embargo, no parecía estar preocupado
por la apariencia de su esposa. "Y bueno, es un viejo. Para él la gorda esa debe
estar bien..."

"Pena, una mujer dentro de todo todavía joven, y con tanta grasa en la
panza..." La pobre se había agachado para llevar mi valija a la pieza. "¡Esa
mujer no está en condiciones para hacer esos esfuerzos...!" me dije. Pero bueno,
era su función llevar las cosas de los inquilinos a sus cuartos. Y fui tras
ella, subiendo las escaleras. "Linda grupa, tiene la gorda" me dije, sin poder
evitar el pensamiento, porque al tener durante toda la subida su rotundo culo
frente a mis narices, tuve que reconocer que aquella gorda tenía algo para
ofrecerle a su esposo. E incluso a mí, si no fuera por esa panza.
Entramos en la pieza, y entonces abandonó la pesada valija y se estiró, para
compensar el encorvamiento de llevar mi valija.
Entonces me quedé bizco.

En un solo instante comprendí que la señora no tenía panza, y me quedé
paralizado, sin saber qué decir.
"Hoy a la tarde viene una amiga, mi marido no va a estar", se limitó a decir,
mirándome a los ojos.
Y de modo totalmente inesperado, tuve una erección. Procuré disimularla,
claro. Era ridículo que me pasara una cosa así con una mujer que apenas conocía.
Pero todo con Rosalía era distinto. Después supe que había presenciado muchas
veces esa reacción de parte de los hombres, y se divertía bastante con el
asunto. Especialmente en la parte en que se estiraba, arqueando la espalda, lo
que era su coupe de grace, para dejar bizcos a los caballeros.
Cuando abandonó el cuarto, me hice una paja, pues no conseguía que se me
bajara.

La señora me había impactado vivamente. Me quedaron el abdomen y el pecho
bastante enchastrados, y luego de la gran acabada que me mandé, me quedé
totalmente planchado. Habré dormido tres o cuatro horas. Y cuando abrí los ojos
había gente en mi pieza: Rosalía y su amiga.
Me estaban mirando con caras divertidas. Claro, con el aspecto que tenía yo,
totalmente en bolas y con los pelos de mi abdomen y pecho aplastados por el
semen seco, debía verme más bien patético.

Yo iba de sorpresa en sorpresa, con esa mujer. "¿Y-y ssu marido?" atiné a
preguntar. "Está acostumbrado" dijo ella, al parecer no consideraba necesario
decirme a qué cosa estaba acostumbrado su esposo. "Hacenos un espacio, nene" y
se subieron a la cama. "Es la hora del show". Y dándose vuelta, mostrándome los
culos, una montó a la otra.

Y empezó a cabalgarla, mientras frotaba su vagina contra el culo de su amiga,
que comenzó a gemir al sentir como su amiga la montaba. Hagamos nombres, la de
arriba era Rosalía, la casera, que a estas alturas ya me tenía nuevamente al
palo. Al ratito gritaban como dos locas y terminaron echándose flor de polvo.

Mi polla estaba cada vez más parada y las chicas, al verme, se rieron. "Mi
marido está acostumbrado a las visitas de Lorna. Y a veces lo invitamos a
vernos. Y mientras nosotras nos divertimos él se la toca como loco." "Y a veces
se le para" agregó Lorna. "Pero para que acabe tenemos que estar como media hora
haciéndole la paja" concluyó.
"¿Y acaba, el viejo?", pregunté intrigado. "Como un caballo" dijo Rosalía.
"Imaginate que después del "trabajito" que le hacemos en la polla y en la
cabeza, con todo lo que le mostramos y con las ganas con que le pajeamos su
polla, el pobre echa más leche que un burro, pero después se queda inútil por un
mes o más. .."
Las mujeres se rieron festejando las que le hacían pasar al pobre viejo. "Por
eso cuando traemos a un lindo macho, él ni se aparece y se pasa el día
durmiendo." Terminó Rosalía, dándome un lindo apretón en la polla. "Podemos
estar horas ordeñando al visitante, y el viejo ni se entera", agregó Lorna.
"Y hablando de ordeñar..." dijo Rosalía, acariciándome la poronga con su
suave y caliente mano. Yo me dejé, completamente extasiado y seducido por su
masaje y el toque de depravación implicado. Poco a poco su mano fue tomando
posesión de mi polla, y con total deliberación comenzó a hacerme una paja
haciéndome sentir su dominio.

Su paja se centró principalmente en la punta de mi nabo, dándome apretones y
subiendo un poquito y bajando otro poquito, como si me estuviera ordeñando, que
era lo que me había anunciado. Lorna se divertía como loca viendo las caras que
me hacía poner Rosalía con su paja. Mi cuerpo se retorcía, mientras no podía
despegar los ojos de sus tremendas tetonas.

Rosalía demoraba su paja, haciéndola más y más lenta, para tenerme bajo su
poder tanto tiempo como quisiera. Después se inclinó, poniéndome su gordo y
enorme pezón en la boca, presionando para que la abriera. Así, mientras me hacía
su sádica paja, me tenía chupándole el pezón como loco, totalmente ebrio por el
erotismo, y también por el gusto y el olor de ese pezonazo.
Lorna, para no perder su parte en la acción empezó a lamerle el culo a su
amiga, mientras insinuaba un dedito pecador en mi ojete. Yo era un juguete en
manos de estas mujeres.
Rosalía siguió con su torturante paja por cerca de una hora, sin dejarme
acabar. "Pedime por favor, nenito, sino no te dejo acabar..." Yo sufría tanto
que temía que se me detuviera el corazón de la calentura. "P-por ffa...vorr..."
supliqué con voz ahogada.
Y entonces Rosalía volvió a la velocidad normal de su paja, y más aún, la fue
acelerando. Sentí que me deshacía cuando la dolorosa presión de la leche se
vació a raudales de mi polla, que parecía un surtidor.
Las mujeres se miraron divertidas. "¡Como lo dejaste al pobre!" comentó Lorna
con una gran sonrisa en su gorda boca.
Yo apenas podía abrir los ojos, tal el estado de ensueño en que me habían
dejado. Pero escuché a Rosalía decir "Is de show time, again" y abrí los ojos.
Las mujeres se habían instalado en el sofá de enfrente a la cama y estaban
comenzando otra sesión de lesbos show, para mi entero beneficio. Así que abrí
los ojos como mejor pude, para no perderme detalle.

Ver esos inmensos melones aplastándose entre sí era algo que nunca podría
olvidar. Enseguida Rosalía, en su rol dominante, envolvió la cabeza de Lorna en
sus deliciosos brazos, enterrándola entre sus inmensas y olorosas tetazas. La
cabeza de Lorna desapareció de vista. Pero igual se las arreglaba para agarrar
la concha de su amiga, que con la cola en pompa me estaba dando el gran
espectáculo, sacudiendo las caderas para aumentar las frotaciones que Lorna le
hacía en la concha. Estaban tan calientes las dos, que en pocos minutos
explotaron en un gran orgasmo, en medio de gritos orgiásticos. Esas chicas sí
que sabían divertirse.
Quedaron haciéndose arrumacos. Intercambiando tiernos besos con sus lengüitas
mimosas.

Yo hubiera creído que ya había acabado todo, y aunque mi polla estaba
nuevamente en ristre, me resigné a continuar otro día. Pero me equivocaba.
"Correte" me ordenó Rosalía y saliendo del sofá se acomodó en la cabecera de la
cama, mirándome muy seria y dominante. Giró un poco su cintura, dándome una
vista de su soberbio culo.

"Chupame la concha" ordenó, abriendo los muslos. Y yo sumergí mi cabeza en
esa vagina que parecía querer absorverme el rostro. Esa mujer sabía como
disfrutar de la cara de uno con su concha. Apretándome la cabeza con los muslos,
se dio a restregarme la vagina contra el rostro, arriba y abajo, una y otra vez.
De pronto me di cuenta de que se estaba haciendo una paja con mi nariz. "¡Usá la
lengua, corazoncito!"
Después de un buen rato de eso se preparó para el orgasmo. Abriendo bien los
muslos, me tomó la cabeza por los costados y levantando las caderas se puso a
darme rotaciones con la concha en mi cara. Cuando le empezó a sobrevenir su
orgasmo, comenzó a hacer más frenéticas las frotaciones que se hacía a expensas
de mi sumisión. Y dando alaridos acabó en mi rostro. Quedé tirado, boca abajo,
jadeante con la respiración acelerada, con el corazón a punto de estallar.
"¿Te gustó, nene?", preguntó acariciándome todavía el rostro con su babosa
vagina. Y con una última restregada hacia arriba, me la sacó de la cara,
dejándome rendido sobre las sábanas.
"Este ya no sirve para más nada" le dijo a su amiga, mientras salían de la
habitación, donde habían estado abusando de mí por más de cinco horas. "¡Ja ja
ja jaaa!" escuché la risa de Lorna detrás de la puerta.
Y me sumí en el sueño sintiéndome entre miserable y completamente feliz.
A la mañana siguiente, me crucé primero con su esposo, y luego con ella.
"Buen día, señora". "Buen día joven, espero que haya podido dormir bien"

Ahora sabía que no me iba a poder ir así como así, de ese lugar.
Sentía como si me hubiera atropellado un camión, y encima deseaba que
siguiera atropellándome nuevamente.
Si te interesa que continúe contando mi respetuosa relación con la señora
Rosalía, la esposa del casero, escríbeme a
bajosinstintos4@yahoo.com.ar.
Que sigas bien.