Pocas veces se podrá hallar una criatura más dulce que Inés.
Por cualquier lado que se la mire irradiaba ternura, belleza y sencillez. Con
casi 16 años cumplidos, su figura delgada pero muy bien repartida, una altura
poco común para su edad y una cabellera negra que le llegaba hasta la cintura la
hacían una de las mujeres más hermosas de la comarca. Cuando ella visitaba el
pueblo cercano a su casa, cosa que hacía pocas veces al año ya que tenía todo lo
que necesitaba en su casa, nadie podía dejar de admirar esa esbelta figura,
jovial, sonriente y a la vez excitante tanto para los hombres como para muchas
mujeres, Era la hija de un hacendado, el cual había pasado su vida dedicado
totalmente a su campo. Su madre se había marchado cuando ella era niña y su
padre le había dado todos los gustos que ella quería menos uno; su compañía. Ya
de pequeña le contrató una institutriz que se encargó de su educación y cuidado
, y eran contadas las veces que padre e hija estaban juntos. No obstante, Inés
tuvo cierta felicidad en su niñez, ya que su institutriz, una hermosa mujer
quince años mayor, le enseñó todo lo que ella sabía, incluso en los últimos años
fue quien la introdujo en los conocimientos del sexo, ya que esta mujer, de
tendencias lésbicas, allá por los doce años de Inés, comenzó a acariciarla, a
mimarla, a darle cariño y algo más. Inés aceptó de buena gana las atenciones de
su institutriz, y en los últimos tres años aprendió a disfrutar de placeres que
antes no había imaginado. Nunca conoció otra cosa que las manos y la lengua de
esa mujer, pero para ella lo fue todo.
Inés llegó así a los 16 años de edad, rodeada de abundancia y
de cuidados, sin que le faltara tampoco la satisfacción sexual, visto desde el
punto de vista unico que ella conocía, pero sin haber conocido jamás la palabra
familia .
Quiso la desgracia que a esa edad su padre contrajera una
dura enfermedad. Bruscamente todo comenzó a cambiar. Los gastos médicos y la
menor dedicación a sus negocios hicieron rápidamente mella en las finanzas del
establecimiento. Su padre se fue endeudando cada vez más y llegó al punto de
estar prácticamente arruinado. Su delicada salud le quitó las fuerzas para
seguir al frente del campo. No sin gran dolor de su hija, se vio obligado a
despedir a la mujer que había cuidado de su hija por más de diez años. Ines se
sintió morir. Quién le proporcionaría entonces esos placeres que su amiga tan
delicadamente le había inculcado. Quedó realmente procupada, esperando a ver
como se desarrollaban los acontecimientos. Los gastos médicos y los intereses de
préstamos que su padre tuvo que abonar, pronto hipotecaron totalmente los
bienes. Fue entonces que un día, debilitado por la enfermedad que llevaba hace
ya un año, enfermedad que no era terminal pero si degenerativa, su padre se
encontró sin dinero, sin fuerzas y lleno de deudas, y quiso la mala fortuna que
el principal acreedor del campo fuera el señor Franchon , un hombre grotesco,
ordinario a más no poder, pero lleno de dinero, sin escrúpulos y con
inclinaciones sexuales bastante obscenas. Le tocó al padre de Inés discutir con
esta persona la forma de saldar las deudas, discusión que no tenía muchas
vueltas. Casi nada para ofrecer y mucho para pagar lo llevaron a quedar
totalmente en manos de ese repugnante ser humano. Fue así que el padre tuvo que
firmar todo lo que le presentaron. Entonces el señor Franchon, viendo la
situación favorable que se le presentaba, presentó al padre de Inés una solución
económica a todos los problemas diciéndole.
"Tu estás viejo, ya no puedes estar al frente de este campo,
te cancelo la deuda, te doy una casa en el pueblo y una renta par tu manutención
a cambio del campo completo, y cuando digo completo es con todo lo que hay
dentro, especialmente a tu hija Inés."
Inicialmente quedó mudo, no supo que contestar. Evaluó la
situación y no le veía salida por ningún lado. La otra opción era la cárcel y
aún así perder todo. No le costó mucho tomar la decisión. No había un lazo tan
profundo con su hija, a la que poco había atendido en su vida, y fue así que
aceptó. Ese mismo fin de semana dejaría la hacienda, llevándose sus más
importantes pertenencias personales, pero dejando a su única hija en manos de un
hombre realmente asqueroso. Pero no tenía opción.
Ese mismo día fue a hablar con Inés, le explicó con pocos
detalles los problemas financieros, la perdida de la hacienda, y le dijo que
ella no se preocupara, que había negociado su permanencia en la casa, tal vez
haciendo algunos servicios para pagar su mantenimiento. Lo cierto es que no fue
muy explicito, y ella también lo tomó a la ligera. Seguía dolida por la ida de
su amiga y amante, más aún cuando ésta ni siquiera se había despedido de ella, y
nada le importaba en demasía, y vaya si había cosas que debería saber, como por
ejemplo el hecho de en que condiciones seguiría habitando la casa, como sería su
manutención etc. Etc. Pero prefirió esperar a hablar con el nuevo dueño. De un
día para el otro se encontraría sin casa, sin familia y teniendo que trabajar
para mantenerse. El mundo se le venía encima .Y pronto llegó el momento. Lo que
Inés ignoraba era que los acontecimientos se precipitarían en forma vertiginosa,
y nada para mejorar su vida.
El señor Franchón ocupó la hacienda ese mismo fin de semana.
En una casa cercana a la principal había quedado instalada Inés y dos personas
que se encargaban de la jardinería y de la cocina. Llamó de inmediato a Inés, el
mismo, a pesar de que era casado y tenía una esposa se moría por tener cerca de
tan delicada criatura. Su esposa, una mujer de más de 50 años, de muy mal
carácter , conocida en la zona como muy depravada estaba presente en el diálogo.
Se hablaba que ésta mujer tenía inclinaciones lésbicas, y que ninguna de sus
acompañantes le duraba mucho tiempo. La miraban como a una extraña criatura,
como evaluándola, le preguntaron si sabía que ella ya no era más dueña del
establecimiento, a lo que contesto que sí. Dijo que si ellos aceptaban se
quedaría y pagaría con servicios, al menos por un tiempo, hasta ver que sería de
su futuro.
Fue entonces cuando la señora Franchón la cortó en seco, le
dijo que se callara, que ella no entendía nada. Un escalofrío invadió a Inés. La
entonación de la voz de la señora no le presagiaba nada bueno. "Escucha bien" le
dijo, somos dueños de esta casa con todo lo que está adentro, tú inclusive. No
tienes derecho a ofrecer nada, eres nuestra, cien por ciento nuestra. Y desde
este momento estás a nuestro servicio. En lo que a mi respecta, solo eres una
puta. Mírate, te piensas que por tener buen cuerpo todos se mueren por ti, pues
verás, te pondremos al nivel de cualquier animal de esta hacienda, porque solo
eres eso, un animal. Su esposo, que había permanecido callado le pidió que se
acercara. Inés estaba paralizada de terror. No sabía que hacer, pero sin darse
cuenta se acerco a ese repugnante hombre, que prácticamente se babeaba por ella.
Este la empezó a manosear, Inés intentó retirarse, pero la asió fuertemente de
un brazo y la tocó todas las partes de su cuerpo, senos, culo, y la entrepierna.
Inés , imposibilitada de escapar, lloraba amargamente, pedía por favor que la
dejaran ir, pero este matrimonio solo reía. Entonces la soltaron, Inés quiso
salir corriendo pero no sabe por que no lo hizo. El marido le comentó a su
esposa.
Tiene mucha ropa, vístela con un saco de arpillera, con dos
agujeros para los brazos y uno para la cabeza. Esa será su vestimenta de aquí en
más, venderemos sus vestidos, como ya te dije, todo lo que acá adentro hay es
nuestro cerda. Inés estaba inmóvil, la señora Franchón le quitó toda la ropa,
dejándola completamente desnuda frente a ambos, y ella no atinó a nada. Había
algo que no lograba entender. Quería huir despavoridamente de ahí pero algo
interno se lo impedía. No sabía bien que, tal vez curiosidad, tal vez esa
extraña excitación que sintió con los manoseos del señor Franchón, o tal vez
solo miedo, pero no dijo una palabra. Secando sus lágrimas, ahí, desnuda frente
a sus nuevos amos, Inés solo atino a decir: "Estoy a vuestras órdenes". Fue
entonces que se le otorgó una bolsa de arpillera, a la que se le hicieron tres
agujeros para sus extremidades superiores y su cabeza como todo vestido. La
bolsa le cubría hasta un poco más abajo del ombligo, con lo que dejaba expuesto
todo su pubis y su culo, ese hermoso y rosado culo que el señor Franchón tanto
soñó tener. También le fue asignado un espacio en el establo de los animales, de
aproximadamente un metro por dos metros, una cama formada de paja y hierbas, un
balde con agua para asearse y un comedero en el piso para dejarle la comida y un
recipiente para sus necesidades fisiológicas. Acá dormirás , le dijeron, acá
comerás y acá harás tus necesidades, ya es mucho para una cerda como tu.
Te levantarás a las seis de la mañana, tu trabajo será
alimentar a las bestias y a las ocho de la mañana preparar el desayuno para tus
amos, nosotros por supuesto, el que deberás servir cuando se te llame sin
atrasos. El resto del día lo utilizarás en las tareas que te asignemos, serás la
encargada de la limpieza de la casa, de los baños, de la cocina , alimentarás
los cerdos, las vacas , los perros y los caballos, los lavarás todos los días y
de noche deberás presentarte nuevamente frente a nosotros, quienes seremos los
que te dirán cuando ir a dormir. Deberás prepararnos el baño caliente a ambos,
estar a nuestro lado cuanto lo tomemos por si necesitamos cualquier cosa, y todo
sin pronunciar más que si amo o si ama. Tu comida serán las sobras del día, en
caso de que sobren, sino la compartirás con los cerdos, que por cierto comerán
primero, la llevarás a tu lugar de residencia y comerás sola ahí. De ahora en
más vivirás para servirnos, serás un animal más de estancia, y en caso de no
quedar contentos con tu aplicación, pues serás menos que un animal, ya que irás
a vivir con los cerdos. Vete ahora puta desgraciada, vete a limpiar a las
bestias, sin abrir la boca, y mas vale que no intentes nada extraño, porque sino
te podremos cadenas en pies, manos y cuello, y te será muy difícil caminar así.
Vete y vuelve a medio día, te necesitamos debajo de la mesa a la hora de comer.
Y riendo el señor Frnchón la despachó con un puntapié en el culo, saboreando ya
los placeres que esta muchacha le proporcionaría. Inés salio raudamente, casi
desnuda, con una sucia bolsa de arpillera como única ropa, pero algo le llamó la
atención. Se tocó la entrepierna y estaba completamente mojada. No sabía por
qué. Pronto lo averiguaría.