Inglaterra, 1890.
Tenía 17 años cuando mis padres me casaron con un hombre de
35, guapo y elegante, muy rico y noble pero, a mis ojos de niña, muy viejo.
Al principio, Edward, mi esposo, no hizo mucho por ganarse mi afecto o mi
respeto. Yo tenía la sensación de que era para él como un artículo necesario que
había adquirido para completar su mobiliario. Su indiferencia hacia mí era casi
absoluta, y aunque era cortés y educado, no me daba el trato y la atención que
se merece una esposa. ¡Ni siquiera hizo nada por llevarme a la cama y concretar
así el matrimonio!
Su indiferencia me hizo pensar que yo no le interesaba como
mujer y, por lo tanto, a mí no me pareció inconveniente continuar con la amistad
que tenía con un joven apenas un par de años mayor que yo. A veces nos veíamos
en un parque cercano a la casa de mi esposo, nos carteábamos o asistíamos a la
misma función de teatro.
Llevábamos tres o cuatro meses sosteniendo esa relación,
bastante inofensiva, pues no pasábamos de tomarnos discretamente por las manos o
darnos, ocasionalmente, un beso en la mejilla. Sin embargo, alguien comentó a mi
esposo que me había visto en el teatro con un joven y pareció que me estallaba
una bomba en las manos.
Edward me hizo subir a su estancia privada. Yo no sabía nada
y acudí confiada.
- ¿Me hizo usted llamar, señor?
- Sí – me contestó desde su sillón en el que fumaba indolentemente. Noté que mis
doncellas personales, las que el propio Edward había asignado a mi servicio, se
encontraban presentes, estaban de pie en un área poco iluminada de la habitación
en donde había una mesa.
- Me han dicho que té vieron anoche en el teatro principal ¿Asististe a la
función? – preguntó mi esposo sin dar ninguna expresión a su voz
- Sí, lo hice, señor. Daban una obra que me interesaba...
- ¿Fuiste sola? – me interrumpió. Sentí un ligero escalofrío
- Sí, señor – respondí en la forma más natural que pude
- ¿No te encontraste con alguien en el teatro?
- Yo... no... no sé a qué se refiere usted, mi señor – balbuceé tratando de
ocultar mi nerviosismo y la vergüenza infinita que me producía el estar siendo
reprendida frente a mis sirvientas.
- ¡Me refiero al mequetrefe con el que te has estado viendo, Isabel! – exclamó
sin gritar pero evidentemente enfadado - ¡¿Crees acaso que soy un idiota?!
¿Quieres ponerme en ridículo ante todo el mundo? ¿Qué en la calle me llamen
cornudo?
Temblé asustada. Nunca lo había visto exaltado. Parecía furioso y dispuesto a
todo. Yo no sabía qué decir y sabía, en cambio, que mis citas con Eugene eran
reprochables por mi condición de mujer casada.
- ¡Respóndeme, Isabel!
- Señor... yo... sí, vi a Eugene en el teatro pero fue una casualidad... usted
sabe que habíamos sido amigos y...
- ¿Y ahora quieren ser amantes?
- ¡Oh, no! ¡No, señor! Yo no me atrevería...
- ¡Basta, Isabel! ¿Crees que soy estúpido?
- ¡No! ¡No, señor! Discúlpeme. No volveré a...
- ¡Yo me encargo de que no vuelvas a mirar a ese vago! ¡Serás castigada como te
mereces! ¡Aprenderás a respetarme y a obedecerme! ¡Después del castigo besarás
mis manos y hasta el suelo que piso!
- ¡Señor...! – exclamé alarmada y humillada por lo que me parecía un atropello a
mi dignidad.
- ¡Cállate! De ahora en adelante vas a hacer lo que yo diga y te vas a comportar
como yo quiera – Ante su furia y las amenazas, me pareció que lo más prudente
era someterme y mostrarme dócil, pues de todas maneras no tenía escapatoria.
- Sí, mi señor – murmuré con la cabeza baja y los ojos clavados en el ruedo de
mi falda.
- Muy bien. ¡Llévenla a la mesa! – ordenó a las doncellas y éstas se acercaron a
mí.
Yo estaba tan sorprendida y asustada que no pude evitar que
me tomaran cada una por un brazo y me hicieran caminar hasta la mesa que se
hallaba en media penumbra. Pese a mis esfuerzos por librarme, las chicas me
hicieron tumbarme boca abajo sobre aquella mesa y entonces mi esposo encendió
una bujía cercana. Me aterroricé al ver que una de las doncellas me ataba las
muñecas con unos grilletes de cuero que salían de la mesa. ¡Estaba atrapada!
¡Qué clase de castigo me iban a aplicar! Lo que parecía seguro era que sería un
castigo corporal, esta certeza me aterrorizó. Aún más cuando la otra doncella
inmovilizó mi cintura con una correa que igualmente salía de la mesa.
- ¡No! ¡¿Qué hacen?! ¿Qué van a hacerme? ¡Por favor, Edward! ¿Qué castigo va
usted a aplicarme?
- ¡Cállate! Ya lo sabrás y lo sentirás, jovencita. Te aseguro que quedarás
totalmente escarmentada.
Mi posición era incómoda y vergonzosa. Mi vientre quedaba
sobre la mesa pero mis piernas colgaban hacia el piso. Apenas podía levantar la
cabeza pues mis brazos estaban estirados hacia adelante e inmovilizados con las
pulseras de cuero, lo mismo que mi cintura. Obviamente, en esa postura parecía
que la parte castigada sería mi espalda pero ¿qué pensaba hacerme aquel hombre?
¿azotarme como a un criminal? Estaba aterrorizada, avergonzada, humillada,
comencé a llorar desconsolada.
- Descúbranle el trasero – ordenó mi verdugo con severidad.
La orden fue como un baño de agua helada para mi ánimo. ¡No
sería castigada como criminal, sino como una chiquilla traviesa! ¡Sería azotada
en las nalgas desnudas!
- ¡Oh, no! ¡No pueden hacer eso! ¡Por favor, Edward! ¡Se lo ruego, señor!
¡Moriré de vergüenza!
- Si no dejas de gritar, todo va a ser peor para ti, señorita. ¡Descúbranla!
Ante mi inmensa vergüenza, mis faldas fueron levantadas y
volcadas sobre mi espalda. Sentí el aire a lo largo de mis piernas, en mis
muslos y, sobre todo, en mis nalgas que apreté instintivamente.
¡Era horrible esa sensación de estar en el cadalso sin
posibilidad de huir! Nunca nadie se había atrevido a tocarme ¡ni siquiera mis
padres! Y la vergüenza infinita de ser desnudada por las sirvientas que, para
colmo de males iban a presenciar el castigo. Ya las imaginaba corriendo el
chisme entre toda la servidumbre de mi casa y de las residencias vecinas.
Sentí que mis medias eran retiradas y después, con un gemido,
sufrí la vergüenza de perder mis bragas. Ahora mis nalgas estaban siendo
exhibidas ante los ojos de mi esposo que jamás me había visto desnuda y ante las
doncellas que yo imaginaba divertidas y morbosas, viendo cómo todos mis
desplantes de soberbia niña rica iban a ser vengados frente a sus ojos.
- ¡Vaya! ¡Qué hermosas nalgas, cariño mío! Es una pena tener
que dañarlas.
Yo sólo gemía ante esas expresiones y procuraba ocultar mi ruborizado rostro,
pues la vergüenza no me permitía mirar ni a la pared.
- Pero no hay remedio, tú lo has pedido. Tus hermosas nalgas quedarán
enrojecidas, marcadas y amoratadas
- ¡Oh no! ¡Por favor, señor! ¡Le ruego que tenga piedad!
- No. No la tendré. Te azotaré con esta hermosa vara – me dijo caminando frente
a mí con un haz de varas de abedul, grueso y largo, atado con una cinta de
terciopelo azul cielo que resultaba absurda y ridículamente cursi en un
instrumento tan aterrador. Simplemente gemí y traté de ahogar un sollozo.
Edward caminaba alrededor de la mesa, rozó mis nalgas con la
vara e incluso jugueteó con ella insertándola entre mis piernas, lo cual por
supuesto me hizo escalofriarme de terror pero también me provocó una extraña
sensación sensual, totalmente nueva para mí.
- Tendrás cien... no, ciento veinte azotes
- ¡Oh, no! ¡No, por favor! ¡No soportaré...!
- Lo aguantarás, querida. Verás que será terrible pero no es mortal. Nadie muere
por una tunda. – sollocé asustada y casi deseando que comenzaran los golpes para
que terminaran lo más pronto posible.
Pero mi verdugo parecía un experto torturador. Me tuvo en
aquella vergonzosa postura, en aquella espantosa espera, por algo así como una
hora. Colocó un espejo frente a mí, así que lo vi sentarse justo atrás de mí,
como a observar un espectáculo, fumó un cigarrillo y jugueteó con la vara
golpeando suavemente sus botas. Después se levantó para acercarse a mí y sin
mayor anuncio, levantó la terrible vara y comenzó a azotarme.
Aullé, me agité, lloré y supliqué, pero los severos golpes continuaban pausados,
uno tras otro, el silbar de la vara en el aire era seguido por el sonido seco
del azote y después, por mi aullido.
Una extraña excitación sensual se apoderó de mí, en medio del
agudo dolor (la vergüenza había pasado a segundo término), amé al hombre que me
castigaba de forma tan cruel. Lo amé y lo justifiqué: me merecía esa azotaina,
había sido infiel, desleal y descarada, mi amor debía castigarme severamente,
pero mis nalgas no resistían más, mi piel ardía, dolía y palpitaba. Temblaba al
adivinar el siguiente azote y mi cuerpo entero se rebelaba contra el dolor
agitándose violentamente, tanto como mis ataduras me lo permitían. Pese a todo,
mentalmente conté los azotes. Hubiera deseado que me pegara más rápido, pero no
fue así, entre cada varazo dejaba pasar unos segundos, y cuando yo empezaba a
recomponerme, me daba el siguiente.
¡Se detuvo! Sesenta golpes. La mitad de los que había
prometido. ¿Sería compasión o algún refinamiento de crueldad? Por supuesto, se
trataba de esto último.
- Me cansé – dijo – Más tarde tendrás el resto. Desátenla –
ordenó a las sirvientas. Cuando pude levantarme me sentí algo aliviada, pues mis
faldas cayeron cubriendo mis nalgas y mis piernas. Pero el alivio fue sólo
instantáneo, ni siquiera tuve tiempo de frotarme el trasero para tratar de
menguar el dolor que me quemaba.
- Ahora ven aquí frente a mí – me ordenó y no me atreví a desobedecer. Se había
sentado en un lujoso sillón, fumaba con la vara en las manos, vara que había
quedado tan maltrecha como mis nalgas.
- Arrodíllate – me ordeno. Dudé un segundo, eso era humillante, pero después de
los severos azotes no me atrevía a desobedecer, así es que me arrodillé frente a
él, crucé mis manos sobre mi falda y bajé la cabeza.
- Ahora pon la frente sobre el tapete - ¡Extraña instrucción! Me obligaba a una
postura aún más humillante, pero no me pude resistir.
Hice lo que me ordenaba, apoyando las palmas de mis manos en el suelo, cual un
musulmán en oración.
- Levántenle las faldas – ordenó y con el rostro oculto pero enrojecido sentí
que mis nalgas aún más enrojecidas, volvían a quedar en vergonzosa exhibición.
Suponía que estaban en un estado lamentable, pues me escocían terriblemente.
Edward se puso de pie y dio la vuelta para mirarlas.
- Muy bien. Ahora tienes un trasero tal como lo mereces. Pero esto no es más que
un principio jovencita. Serás castigada por semanas hasta que mi orgullo de
esposo quede reparado. ¡Después de lo que me has avergonzado, me lo debes!
¡Deseo ver tus nalgas amoratadas y a ti rogándome que te discipline! ¡No dejaré
de castigarte hasta lograrlo!
Sólo sollocé y temblé por la horrible perspectiva, pero
continué inmóvil en la incómoda y vergonzosa postura.
- Tendrás las nalgas expuestas durante todo el día, para que
yo pueda azotarlas cuando me apetezca
- Sí, mi señor – murmuré casi inaudible
Después, Edward despachó a las doncellas, lo cual agradecí
infinitamente, pues su presencia era la parte más vergonzosa del castigo.
Sentí que Edward se arrodillaba tras de mí.
- Abre las piernas – me ordenó en tono áspero. Obedecí temblando e
inmediatamente sentí el cuerpo de mi esposo tocando el mío.
- ¡Vaya! ¡Parece que los azotes te han gustado, querida mía! – exclamó al sentir
mi sexo humedecido.
Me penetró mientras pellizcaba mis nalgas, haciéndome gemir y gritar de placer y
dolor. Era evidente que a él le excitaba azotarme tanto como a mí me excitaba el
ser castigada.
Cuando mi esposo estuvo satisfecho, se alejó de mí y volvió a su sillón a fumar,
dejándome a mí temblorosa de pasión, de placer, de dolor y de miedo, en la misma
vergonzosa postura.
Al cabo de un rato, volvió a hablar.
- Sostén tus faldas y levántate, pero si no quieres que te desnude por completo,
procura mantener tus nalgas al descubierto.
- Sí, mi señor – murmuré y obedecí, sintiendo que todos los líquidos que me
fluían de la vagina iban a chorrear a lo largo de mis piernas.
- Creo que ahora podemos continuar con la azotaina.
- ¡Oh, no! ¡No, por favor! – exclamé involuntariamente
- No te lo estoy preguntando, querida. Es una orden. Ponte en posición sobre la
mesa. ¡Y sin chistar, si no quieres que empecemos a contar de cero!
- No, no, mi señor – me apresuré a responder, y moviéndome con dificultad por el
inmenso dolor, me dirigí a la mesa y me tumbé boca abajo, luchando con mis
amplias y largas faldas para evitar que cayeran sobre mis nalgas.
- ¿Debo atarte o sabrás comportarte como se debe? – me preguntó casi amable
- Yo... no sé si podré... prefiero que me ate, señor
Ante mi petición, Edward procedió a atarme de muñecas y
tobillos, dejando libre mi cintura, bajo la cual colocó un almohadón, no sé si
lo hizo como un rasgo de amabilidad o para que mis nalgas se levantaran a mejor
altura.
- Esta vez golpearé primero de un lado y después del otro.
¿Cuántos golpes faltaban?
- Sesenta, mi señor – murmuré temblando
- ¿Sesenta? ¿Es que quieres engañarme? Estoy seguro que eran ochenta
- ¡No! ¡No, mi señor! ¡Le aseguro que...!
- ¡Cállate! ¡Por contradecirme tendrás noventa azotes más!
Sollocé aterrada. ¡Lo había enfadado otra vez! ¡Justo cuando
empezaba a ser un poco más amable! Me merecía los noventa azotes, además,
cualquier cosa que alegara sería en mi perjuicio, así que me sometí.
- Sí, mi señor. Será lo que usted mande.
- Eso está mucho mejor. Pero es una pena que la vara haya quedado inservible,
tendré que usar esta hermosa paleta de madera. Es de las que se usan para
sacudir el polvo de las alfombras ¿sabes? Se la tomé prestada a Thomas, el
criado. Y se mostró muy interesado en el uso que le daría.
Oír esto me hizo gemir de vergüenza y de pavor. Imaginaba el
dolor que provocaría aquella paleta.
- Entonces ¿quedamos en cuarenta y cinco de cada lado?
- Sí, mi señor
- Bien, para evitarnos problemas de números, como los que ya tuvimos, contarás
en voz alta y clara cada azote.
- Sí, señor
Comenzó el castigo. ¡Ay! ¡Aquello sí que dolía! Mi trasero,
ya adolorido de por sí, ardía como si me volcaran cera hirviente. No podía
controlar el aullido que seguía a cada azote y que acompañaba con un número.
- ¡Aaaaay! ¡Ocho!... ¡Aaaaaay! ¡Nueve!... ¡Aaaaaay! ¡Diez!...
– la obligación de contar me impedía suplicar que se detuviera, que tuviera
compasión, que no me azotara tan fuerte. Sentía mi sexo chorreando y sólo el
obligado conteo contuvo mi orgasmo.
- ¡Aaaaay! Treinta y nueve..... ¡Aaaaaay! ¡Cuarenta! – exclamaba húmeda de la
cara y la entrepierna.
Sentía que mis nalgas ya estaban sangrando, aunque después
pude comprobar que esto sólo era una sensación derivada de los fuertes golpes,
pues aunque, cuando mi castigo terminó, tenía el trasero enrojecido, marcado e
hinchado, no había ninguna herida, sólo algunos pequeños puntos más rojos – si
eso cabe – que el resto de la piel, en donde la sangre se había agolpado pero
sin llegar a brotar.
- ¡Cuarenta y cinco! – exclamé y solté un fuerte sollozo de
alivio, de placer y de dolor mezclados, sentía que mi sexo iba a estallar de
placer.
- ¿Quieres más? - me preguntó notablemente excitado. Y sin saber por qué, pese
al dolor tan intenso, pese al sufrimiento extremo de mi pobre trasero castigado,
respondí totalmente fuera de mí y sin dejar de llorar a lágrima viva:
- ¡Sí, sí, mi señor! ¡Castígueme más! ¡Me lo merezco!
- ¡Vaya! ¡Aprendes rápido, querida! – pareció tomar aliento y después, con
nuevos bríos, me ordenó: ¡A contar jovencita!
Comenzó a azotarme la otra nalga y yo a contar entre aullidos de placer y dolor,
pero al undécimo golpe me llegó el orgasmo y me hizo callar. Edward se detuvo y
segundos después sentí nuevamente un inmenso placer, acompañado igualmente por
dolor; mi esposo me estaba penetrando por el sitio en el que yo hasta ese
momento aún era virgen, me transportaba a un mundo de dolorosa sensualidad, por
fin yo era su esposa, se había convertido en mi dueño, me había hecho suya
ingresando a todos mis espacios y doblegando mi orgullo, mi voluntad, mi
rebeldía.
Cuando alcanzó el orgasmo, se dejó caer ruidosamente en el
sofá. Lo pude ver a través del espejo. ¡Estaba tan atractivo! Se veía cansado y
satisfecho y miraba mis nalgas extasiado. Mis nalgas que deben haber sido un
espectáculo lamentable, pero no para él, y como supe después, cuando tuve
oportunidad de verlas, tampoco para mí. Mi trasero tan severamente castigado
ofrecía una vista excitante que me recordaba –y seguramente también a él- que yo
era de él, que se había ganado mi amor, mi respeto y mi obediencia por lo
mejores medios. ¿Quién podía pensar en el remilgado Eugene cuando tenía a ese
hombretón en casa? Edward había logrado lo que quería, aquello con lo que me
había amenazado: me había hecho suya, me había amoratado las nalgas y me había
hecho suplicar que me castigara. Por mi parte, me había enamorado perdidamente
de él y deseaba que hubiera más oportunidades futuras para ser castigada. ¡Por
supuesto que besaría sus manos y el suelo que pisaba! Tal como él lo había
sentenciado unas horas antes.
Finalmente, cuando se recompuso, Edward se puso de pie y se
dirigió hacia mí con aire decidido. Yo sabía que el castigo no había terminado,
pues en lugar de cuarenta y cinco azotes, había recibido sólo once. Tuve miedo,
mucho miedo. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, pues pese al placer que
me reportaban los azotes, me dolía tanto el trasero que no deseaba que ese
placer continuara, no en aquel momento, al menos.
- Ya no me castigue, mi señor. Se lo ruego – supliqué
llorando como una niña pequeña
- ¿Cómo? ¡Hasta hace un momento me rogabas que lo hiciera! Debo atender a ese
primer ruego. No me gusta dejar las cosas inconclusas.
Además del miedo infinito a ser azotada nuevamente, debo
confesar que mis llantos y súplicas también eran una especie de coqueteo. En
poco tiempo había aprendido a jugar el juego de Edward. A él le excitaba que yo
tuviera miedo (¡y vaya que lo tenía!), que suplicara piedad, que llorara como
niñita. Desempeñaría mi papel con maestría para satisfacer a mi dueño.
- Voy a concederles un descanso a tus nalgas – me dijo
mientras me desataba – Toma tus faldas y sin dejarlas caer, ven acá
Obedecí lentamente sin dejar de llorar. Ni siquiera podía
frotarme mi adolorido trasero pues mis manos estaban ocupadas en levantar las
voluminosas faldas. Cuando estuve frente a él, me tomó el rostro con delicadeza,
era casi tierno, besó mis labios, mis ojos y mis mejillas. Yo correspondí loca
de alegría, pero supongo que no debí hacerlo. Me abofeteó ambas mejillas y
señaló una esquina de la habitación.
- Vas a estar de pie en ese rincón, como una niña mala a la
que hay que corregir, porque no eres más que eso: una mocosa malcriada a la que
yo debo educar
- Sí, señor – murmuré – Necesito el castigo, el que usted disponga. Nunca nadie
me había castigado
- ¿Lo ves? ¡Cuánta falta te hacía! Anda al rincón y quédate ahí hasta que yo te
llame. No te atrevas a cubrirte las nalgas ni a girar la cabeza ni un
centímetro.
- Sí, mi señor – obedecí lentamente sosteniendo mis faldas y durante un rato
sentí su fuerte mirada sobre mí. Después escuché que abandonaba la habitación,
pero a pesar de saberme sola no me atrevía a moverme, aunque sí a frotarme un
poco mis adoloridas nalgas que me escocían como si me hubiera sentado sobre
carbones ardientes.
Pasada una media hora, Edward volvió. Lo escuché entrar y
temblé involuntariamente, seguramente ahora vendrían el resto de los azotes.
- Ven aquí y arrodíllate a mis pies – me ordenó. Yo obedecí
sumisa. - Vas a besar mis manos y mis botas – lo hice con verdadera pasión y
amor - Muy bien, la niña malcriada se está corrigiendo. ¡Lo bien que te ha caído
la azotaina, mi pequeña esposa! – no respondí, me sentía muy avergonzada y no
pude más que clavar la mirada en el suelo.
- Ahora levántate y túmbate boca abajo sobre el sofá. – Obedecí despacio, estaba
realmente aterrada por lo que me sucedería a continuación, pero no era para
ponerse a discutir después de todo lo que ya me había pasado. Acomodé bien mis
faldas para ofrecer mis nalgas a la vista de mi señor.
- Bueno, creo que nos quedamos en el número once del lado izquierdo ¿no es así?
- Sí, mi señor
- Es decir que aún faltan treinta y cuatro azotes
- Sí, mi señor, aunque los que usted disponga, son los que merezco.
- Levanta bien alto las nalgas y abre un poco las piernas – obedecí palpitando
de excitación y temor.
- No bajes las nalgas, no trates de huir ni de darte la vuelta. Tendrás tus
treinta y cuatro azotes, pero como ya me aburrí de la paleta de madera, voy a
usar este latiguillo. – me giré apenas para verlo. ¡Dios mío! Aquella correa
terminaba en dos puntas, lo cual duplicaba el castigo. ¡Pero si mis nalgas ya no
toleraban ni una suave nalgada aplicada con la mano!
- ¡Por favor, mi señor! ¡Serán el doble de azotes!
- ¿No te los mereces? – me preguntó fingiendo sorpresa
- Sí, sí mi señor. Será como usted mande – respondí a media voz
- En lugar de contar, mi malcriada niña, esta vez darás las gracias después de
cada azote. ¿Entendido?
- Sí, mi señor
Y comenzó la tercera tanda de azotes. ¡Qué dolor tan intenso!
¡Qué placer delicioso!
- ¡Gracias! ¡AAAAAY! ... ¡Gracias! ¡AAAAAAY! .... ¡Gracias! –
gritaba, aullaba, me bebía mis lágrimas y mis labios inferiores chorreaban
placer sobre el brocado del sofá. Yo ya no podía más y empecé a suplicar que se
detuviera - ¡Por favor, señor! ¡No me pegue más! ¡Ya no, por favor! ¡Seré buena!
¡Lo obedeceré en todo! ¡Ya no! ¡Ya no me pegue! ¡Se lo ruego!
No sirvió de nada, me dio los treinta y cuatro azotes y me
hizo rabiar de dolor. Lloré como una niña arrepentida, que finalmente eso era en
lo que Edward me había convertido.
Cuando terminó el castigo, mi severo esposo se tumbó a mi
lado en el sofá, yo seguía en aquella postura vergonzosa pero ahora podía
frotarme suavemente mis ardientes nalgas, lloraba a mares y gemía. Edward me
hizo volver la cara para mirarme.
- Eres hermosa, Isabel. Tienes unas nalgas deliciosas y... me
ha encantado hacerte mía en medio del castigo – Me dijo con ternura y no supe
qué contestar – Debes prometerme que nunca jamás volverás a verte con otro
hombre, porque si lo haces, no podré castigarte así, me darían ganas de matarte.
- Nunca más lo haré, mi señor, es un juramento.
- También promete que serás dócil y obediente conmigo
- Lo seré, señor.
- Muy bien, pues de otra manera, a la más mínima falta, tendrás una tunda de
azotes. – dijo volviendo a su tono severo – y no tendré miramientos contigo,
jovencita, si he de azotarte frente a toda la servidumbre, lo haré.
- Sí, mi señor. No daré motivo para tal cosa.
- Muy bien. Por hoy hemos terminado, mi preciosa niña. Puedes irte. Pero no
deberás salir de tu habitación durante tres días. Y en las próximas dos semanas
no llevarás bragas. ¿Has entendido bien?
- Sí, mi señor. ¿Puedo preguntar por qué?
- Pues porque vas a tener que levantarte las faldas cuando yo lo diga para
permitirme inspeccionar el estado de tus nalgas. Quiero saber cuando empiecen a
sanar para arrearte otra paliza. Durante dos semanas quiero ver esas hermosas
nalgas totalmente amoratadas y marcadas. – La perspectiva me escalofrió, pero
asentí con el rostro ruborizado.
- Sí, mi señor. Será como usted manda.
- Y ahora vete. Podría antojárseme darte otra veintena de azotes – Ante la
amenaza, me levanté rápidamente, compuse lo mejor que pude mi indumentaria y me
dirigí a la puerta de la estancia. Desde ahí, me giré a verlo.
- Gracias, mi señor. Me merecía los azotes y ... lo amo – no di tiempo a que me
contestara, salí y cerré la puerta.
Camino a mi habitación traté de aparentar que no había pasado
gran cosa, pero me costaba caminar con naturalidad. Mis nalgas eran sólo dolor y
ardor. Ante el espejo las inspeccioné y volví a excitarme. Deseé que el castigo
se repitiera. Ojalá mi trasero sanara pronto, así antes de dos semanas yo
volvería a ser azotada y, suponía, volvería a hacer el amor con mí adorado
dueño.