Marcelo fue el único amo que tuve, y el más singular que se
podía pedir. Nunca me dio un azote, nunca me inflingió un daño físico excesivo,
que fuera más allá de lo que dos amantes en pie de igualdad pudieran causarse en
plena pasión. Jamás me apretó los pezones con pinzas de la ropa, ni me irritó la
piel con cuerdas de esparto. Eso no era lo que buscaba Marcelo, su placer no
manaba de ahí. Su dominio era íntegramente mental y psicológico, y sobre mí lo
ejercía con absoluta impunidad.
Nos habíamos conocido de forma casual en una librería. Yo,
cercana mi treintena, estaba buscando un amo desde hacía tiempo, pero mi miedo
cerval al dolor y a la sangre me había impedido entregarme a la sumisión de
aquellos a quienes había sopesado como candidatos a amo. En su mayoría habían
sido hombres sin clase ni refinamiento, deseosos de encontrar una fulana que se
dejara zurrar sin ofrecer resistencia. Ninguno de ellos me había ofrecido la
menor sofisticación intelectual. Cuando topé con los ojos azules de Marcelo, yo
estaba hojeando avergonzada un volumen sobre sadomasoquismo, y él hacía lo
propio con un libro acerca de la historia del cine pornográfico, mientras
sostenía una obra de Sartre debajo del brazo. Si bien yo estaba de cara la
estantería, intentando que nadie se diera cuenta de lo que estaba mirando,
Marcelo no parecía en absoluto azorado. De hecho, mostraba un aplomo y una
seguridad en sí mismo por completo subyugantes. Entablamos conversación de forma
casual, una charla intrascendente sobre literatura erótica, y antes de que me
diera cuenta estábamos tomando un café y hablando sobre lo humano y lo divino.
Marcelo pertenece a ese escaso porcentaje de hombres que se comportan en todo
momento como encantadores de serpientes. A su cierto atractivo físico, en nada
relacionado con el concepto clásico de belleza, unía una conversación
inagotable, un sentido del humor inteligente y una cortesía maravillosa, propia
de los caballeros que las mujeres ya han dado por extintos.
Me pidió que fuera su sumisa de una forma casi natural, una
semana después de habernos conocido, justo después de haber hecho el amor por
primera vez. Acabábamos de echar un polvo perfecto, y las endorfinas que
inundaban mi cerebro impidieron que se activaran mis cautelas. A qué mujer no le
pasa. Cuando estás en pleno post-orgasmo, la capacidad de razonar disminuye. Aún
así, pude exponerle mis miedos, y me contestó que no tenía que preocuparme por
eso.
-No me excitan la sangre ni el dolor ajeno. No podría causar
ningún daño a tu cuerpo, lo necesito y lo quiero así como es.
-Entonces, ¿qué buscas?- pregunté yo.
-Dominar tu mente- replicó él con la misma seguridad de
siempre-, porque una vez que domine tu mente, tu cuerpo caerá por sí mismo.
Con el paso del tiempo, comprobé que la aparente benevolencia
de Marcelo al procurar no causarme sufrimiento físico no hacía menos cruel su
actitud ni su disposición como amo. Era un buen amo, desde luego. No pedía nunca
más de lo que yo podía darle, pero su dominio fue tan progresivo y tan sutil,
que apenas me fui dando cuenta de hasta qué punto había logrado hacerse con el
control de mi voluntad.
Sus primeros pasos conmigo fueron los normales en la relación
que acabábamos de establecer. Me obligaba a salir a la calle sin ropa interior,
a llevar bolas chinas en las reuniones de trabajo, a usar plugs, a mantenerme
siempre de rodillas cuando estaba en su presencia... Sobre todo le gustaba oírme
hablar. Me sentaba encima de él con las piernas totalmente abiertas, y me
masturbaba lentamente mientras me pedía que lo contara todas mis experiencias
sexuales con profusión de detalles. Si en alguna de esas sesiones yo me corría
antes de que me lo permitiera, él me infligía el peor castigo posible. Me echaba
de forma fulminante del apartamento en el que compartíamos nuestro tiempo y
pasaba dos o tres semanas sin dar una sola señal de vida. Yo no tenía su número
ni forma de localizarle, ya que el apartamento no era su casa, y siempre que yo
rondaba por allí estaba vacío. Esos días sin él eran para mí un tormento
indescriptible. Me sentía hueca y sola; no salía de casa más que para ir a
trabajar. Me daba cuenta entonces de lo mucho que había llegado a depender de
Marcelo y pensaba que no podía ser tan mala sumisa. Al cabo de un par de
semanas, él volvía a llamarme y yo corría hacia Marcelo con el más sincero
propósito de enmienda.
El sexo con él compensaba todas mis angustias. Se manejaba
por mi cuerpo como un marino se maneja en el mar que ha surcado mil veces.
Conocía todos mis resortes, todos mis ritmos, sabía dónde tocar y cuándo. Era
como si yo me disolviera en él, y el placer me recorría de una forma tal que
anulaba por completo mi voluntad. Me comportaba como una amante obediente y
desprejuiciada, cada vez más y más golfa, hasta incluir en mi repertorio sexual
cosas que jamás antes me había creído capaz de incorporar, como los besos
negros.
Llevábamos un año juntos cuando ocurrió lo que me dispongo a
narrar. Nos citamos, como solía ser habitual, en el apartamento. Sólo que cuando
llegué Marcelo tenía compañía. Sentadas en el sofá había tres personas vestidas
con túnicas negras. Las tres llevaban máscaras, lo que confería a la escena una
chocante aura de irrealidad. Me quedé atónita durante unos segundos, hasta que
la mirada severa de Marcelo me recordó que debía permanecer de rodillas ante él.
-Amo, ¿qué significa esto?- pregunté yo, sintiendo las
primeras oleadas de un miedo que se disfrazaba de incertidumbre para obligarme a
no flojear delante de él.
-No me gusta que me preguntes, Lara- replicó él, y yo musité
un débil ‘lo siento’-. Pasa conmigo a la habitación e irás entendiendo.
Gateé detrás de él hasta el dormitorio, y lo que vi allí
terminó de helarme las venas. La cama ya no estaba, y en su lugar había un
montón de mantas y cojines formando un colchón en el suelo. Enfrente del
‘escenario’, estaba colocada una cámara de video. Le miré desde mi posición de
inferioridad, implorándole con la mirada una explicación.
-Recuerda que tu voluntad me pertenece. Yo dicto tus actos
porque ésa es la forma que has elegido para ser plenamente quien eres. Ésta es
toda la explicación que necesitas, y en todo caso, yo no puedo explicar las
decisiones que libremente tú tomas. De modo que desnúdate y átate esa cinta
alrededor de los ojos. Harás con esas tres personas lo que ellas quieran, porque
yo deseo que lo hagas, y porque hacer lo que yo deseo es tu propio deseo. No
tienes que entenderlo, ya lo hago yo por ti.
Cómo refutarle. Yo había perseguido durante años el sueño de
tener un amo que controlara por entero mi vida sexual, y, por ende, el resto de
mi existencia. Y había encontrado al mejor de todos, a un hombre sin cuya guía
apenas habría podido dar un paso desde el último año. No había tiempo ni deseos
por mi parte de oponer argumentos a lo que me pedía. De modo que me quité la
ropa y me puse la venda, como Marcelo me había ordenado. Antes de salir de la
habitación, me puso de pie y tanteó mi entrepierna, que estaba más excitada de
lo que mi lado racional consideraba aceptable.
-¿Lo ves? Por eso soy tu amo. Porque me anticipo a lo que
quieres. Confía.
Los diez minutos que pasé ciega y desnuda en soledad antes de
que diera comienzo la sesión representaron la forma que Marcelo tenía de
desesperarme apelando a la confianza inquebrantable que le profesaba. Sólo para
que diera lo mejor de mí misma.
De repente oí los pasos de los cuatro entrando en la
habitación. Yo permanecí inmóvil, de rodillas. No podía ver, así que preferí que
ellos me manejaran como si estuvieran con una muñeca real. Uno se situó detrás
de mí y empezó a acariciar todo mi cuerpo con unos modales que me parecieron
bruscos, sobre todo porque mi piel llevaba meses acostumbrada a que la trataran
como si fuera porcelana. Aquel contraste fue terriblemente excitante. Las manos
del individuo, ásperas, se movían sin delicadeza, estrujando mis pechos y
pellizcando mis pezones, mientras su boca dejaba un rastro húmedo por todo mi
cuello.
De súbito sentí cómo desde la derecha otras manos me giraban
la cabeza y sentí un pene semi erecto pugnando por entrar en mi boca, la cual,
pasada la sorpresa inicial, lo acogió con obediencia y con deseo. Aquella polla
mostraba los mismos niveles de ternura que las manos del otro hombre, es decir,
nada. Entraba y salía de mi boca a un ritmo cada vez más frenético, dejándome
poco espacio para recuperar el aliento.
Cuando me estaba empezando a preguntar qué estaría haciendo
el tercer hombre, mis manos fueron guiadas hacia sus genitales. Donde yo
esperaba encontrar una verga dura, hallé un sexo femenino, suave, depilado y
húmedo. En ese momento, mi desconcierto fue total. Nunca había estado con una
mujer, y Marcelo jamás lo había sugerido. Sin embargo, no opuse resistencia, no
debía hacerlo si no quería decepcionar a Marcelo en esto. De modo que la dejé
guiar mi mano hasta su coño y empecé a mover los dedos por todo él como
acostumbraba a hacerme a mí misma.
Podía imaginarme a Marcelo grabándolo todo, pero procuré que
eso tampoco me inhibiera. Quería que mi amo estuviera orgulloso de mí, que se
diera cuenta de que yo había comprendido sus intenciones. El hombre que me
estaba sobando desplazó sus manos hasta mi coño, y lo sobó con pocos escrúpulos.
Me hizo incorporar las caderas para poder meterme los dedos con más comodidad,
hasta que tuvo cuatro dedos dentro. No dejaba de susurrarme obscenidades al oído
con su voz untuosa. Otra cosa que Marcelo jamás hacía: sus palabras siempre eran
excitantes pero nunca groseras, y más que susurrarlas, las declamaba para mí.
Aquella experiencia me haría valorar mucho más a Marcelo, no me cabía duda.
La mujer estaba cerca del orgasmo, lo cual me hacía sentir
bastante satisfecha a mí. El hombre al que se la estaba mamando sacó la polla de
mi boca e intercambió posiciones con el que me estaba toqueteando. De modo que
segundos después, en mi oscuridad, seguí haciendo lo mismo, aunque percibí que
el nuevo inquilino de mi boca era sensiblemente más grueso que su antecesor. Me
esforcé en no perder el ritmo, aunque no fue fácil. El hombre que me estaba
tocando ahora se colocó delante de mí y comenzó a lamerme los pechos y a
chuparme los pezones, sorbiendo de forma ruidosa, mientras una de sus manos se
deslizaba por mi espalda hasta instalarse en mi ano y empezar a dilatarlo poco a
poco. Al mismo tiempo, el tipo de la mamada me sujetaba por el pelo y me
levantaba la cabeza para obligarme a lamerle y chuparle los testículos.
No puedo calibrar cuánto tiempo pasamos así. La mujer ya se
había corrido, y no supe de ella durante unos minutos, me imagino que los que le
costó recuperarse. La mano que me había quedado libre fue dirigida hacia la
polla del hombre que me estaba abriendo el culo, en una posición digna de un
aprendiz de contorsionista. Así, mamándosela a uno y pajeando al otro, pensé que
se correrían en cuestión de minutos y que ahí acabaría todo. Pero no iba a ser
así. Marcelo, mientras, no emitía un solo sonido.
Los dos hombres se apartaron de mí, de modo que no sé quién
me la metió por el coño y quién por el culo. Fue la mujer quien les ayudó a
insertarme ambas pollas y quien me posicionó hacia la izquierda del tipo sobre
el que estaba. Ambos varones empezaron de forma lenta y acompasada, moviéndose
con una coordinación asombrosa. Las dos pollas entraban y salían al mismo
tiempo, hundiéndose en mi interior hasta los testículos. Yo había empezado a
gemir, llena de un placer que también era culpabilidad, por estar disfrutando
sin el permiso de mi amo, pero Marcelo no intervino para frenarme. Fue la mujer
quien acalló mis gemidos llevando uno de sus pezones a mi boca. Lo acogí con
avidez, sin pensar en lo que hacía. Ella fue cambiando de pecho cada poco. No
podía tocarla porque necesitaba ambas manos para conservar el equilibrio, de
forma que encomendé a mi lengua suplir a mis manos, y ella no se quejó nunca del
trato que con aquella le di.
Después de unos minutos larguísimos de bombeo doble y
simultáneo, el hombre que me estaba follando decidió que no quería irse sin
probar mi culo. Cambiaron de lugar, y de nuevo me vi empalada por ambos
orificios. La mujer dirigió mi cabeza hacia la izquierda y en cuanto llegaron a
mi nariz los efluvios de sus genitales, supe lo que deseaba y enterré mi cara
como pude entre sus piernas. Tenía un sabor salado que no me fue en absoluto
desagradable, y lentamente aunque a trompicones, en mi ceguera forzada, fui
reconociendo los pliegues de su coño, y actuando en consecuencia. Ahora me
sorprende que lograra concentrarme en eso cuando dos pollas seguían taladrándome
frenéticas, pero el caso es que lo hice así. Lamí y chupé todo lo que encontré
en aquella entrepierna. Ella se separó los labios para que me fuera más fácil
asirme a su clítoris, que enganché con apetencia y auténtico interés. Su orgasmo
fue escandaloso, me permitió beber de ella con una sed que hasta a mí me pareció
insólita; suavemente retiró mi cabeza de su coño, y tras lamerme los labios y
besarme la frente, abandonó la habitación.
Los dos hombres habían bajado un tanto el ritmo para asistir
al show de sexo oral lésbico que acabábamos de ofrecer, pero en cuanto se cerró
la puerta, de nuevo acometieron sus embestidas con furia. El que me estaba dando
por culo se la sacó unos segundos para cambiar de posición y poder montarme con
mayor comodidad, haciéndome subir más las caderas. Minutos más tarde, ambos
hombres se salían de mí y me daban instrucciones para que volviera a la posición
de rodillas inicial. Al poco les oí gemir de forma definitiva y sentí cómo su
lluvia se esparcía por todo mi cuerpo. Los dos eyacularon sobre mí, dejando su
pringosa señal en mi cara y en mis pechos, y forzándome después a lamerles los
capullos hasta dejarlos limpios. Luego se fueron, sin mediar palabra, y yo me
quedé en la habitación, sentada en el suelo, quieta y callada como me indicó
Marcelo.
Me sentía exhausta en lo físico y en lo emocional. Oí
cerrarse la puerta de la calle, y al poco vino Marcelo a la habitación. Me llevó
hasta la bañera, que ya estaba preparada con agua caliente y sales aromáticas.
Me dio un buen baño. Dijo que no lo hacía porque pensase que fuera o estuviera
sucia, sino porque me había ganado que me mimaran. Fue el gesto más tierno y más
hermoso que jamás tuvo conmigo. Después, hicimos el amor dos o tres veces. En
ninguna de esas ocasiones hubo el menor rastro de la relación amo – sumisa que
nos había vinculado hasta la fecha. Fue el mismo Marcelo de siempre, pero a la
vez no lo fue. Apasionado y galante, pero insólitamente amoroso. Tuve la
intuición de que Marcelo había cruzado una línea. Nos despedimos al amanecer con
un beso fugaz en los labios. Fue la última vez que le vi.
Al principio creí volverme loca. No sabía qué había hecho mal
para que Marcelo me castigara con una de sus ausencias. La impotencia de no
poder buscarle me hacía sentir iracunda y frustrada. Al cabo de dos meses,
cuando mi desesperación había pasado por todas las fases posibles y se hallaba
instalada en la triste resignación de mi suerte, llegó un paquete desde Nueva
York, tan lejos del Madrid en el que yo me encontraba, con el nombre de Marcelo
en el remite y un apartado postal por toda seña. Era el vídeo que grabó aquella
tarde. Y una carta:
"Amada Lara. Soy consciente del dolor y el sufrimiento que te
he causado con mi súbita desaparición. Créeme que lo lamento. No me perdonaré
jamás ni un solo minuto de tu amargura.
Cometí contigo un error imperdonable. Un error estúpido que
ningún amo debería cometer. No me había pasado jamás con una sumisa. Me enamoré
de ti. A todas las otras sumisas que he tenido las he respetado como personas, o
he sentido afecto por ellas, pero de ti me enamoré como un adolescente, sin la
menor racionalidad. Intenté superarlo, convencerme de que no estaba pasando. E
incluso pretendí empujarte hasta tus límites. Aquella tarde pensé que te irías,
que te negarías a follar con tres personas sólo porque yo te lo pedía. Pero no
lo hiciste. Obedeciste en todo, y en ese momento supe que no podría seguir
siendo tu amo. Porque te quiero, quiero a Lara, a la mujer independiente, no a
la sumisa. Nunca vamos a estar capacitados para amarnos de una forma enteramente
libre, y no puedo vivir cerca de ti con esa certeza. Me voy para devolverte tu
vida.
Te envío el video para que recuerdes siempre hasta dónde eres
capaz de llegar cuando estás cegada por la devoción. Puedes estar tranquila, no
existen más copias que la que tienes en tu mano.
No intentes buscarme en Nueva York. Por un lado, es una tarea
casi imposible, y de cualquier forma, no es más que un sitio de paso en el viaje
a ninguna parte en el que me he embarcado.
Te quiero, mi pequeña y preciosa Lara.
Marcelo".
Vi el video unas cuantas veces, no reconocí a ninguno de los
que habían follado conmigo aquella tarde. Lloré, lloré y lloré tanto como pude.
Lidiar con la certidumbre de que no volvería a ver a Marcelo me produjo una
sensación de oquedad abrumadora. Nunca más tuve, ni siquiera busqué, otro amo.
No deseé ser la sumisa de nadie más de que mí misma. A menudo me pregunto qué
habrá sido de Marcelo, a quién dominarán ahora sus ojos azules.
(NOTA DE LA AUTORA: pido clemencia a los lectores. Ésta es mi
primera incursión a un terreno tan delicado como el de la dominación, del que no
tengo más experiencia que la que me han dado los muchos relatos leídos en esta
categoría. En todo caso, siempre y cuando estén debidamente justificadas,
agradezco por igual críticas y alabanzas. Gracias).