Y me arrodillé, me puse a cuatro patas y comencé a andar.
Aunque si bien le iba a dar el gusto de hacer algo que odiaba, Él me iba a dar
el gusto a mí de no sentirme tan humillada, ya que en todo el trayecto que hice
desde que mis rodillas tocaron el suelo hasta que estuve a sus pies mis ojos no
se apartaron de los suyos y mi mirada se esforzó a cada segundo en ser más
retadora si cabe…
- No tienes remedio…
No, no lo tengo. Pero eso tú ya lo sabías cuando me
conociste, cuando la primera conversación que tuvimos fue igual de retadora por
ambas partes hasta que me dijiste que me querías como sumisa y me dejaste
descolocada. - No quiero una sumisa sin personalidad, no quiero un mueble en mi
vida… Fueron tus palabras, ¿recuerdas?
Ahora me tenías a cuatro patas ante ti, otra de tus
victorias, al fin y al cabo eras el amo… aunque eso sí, en este momento no había
ni un ápice de sumisión en mis ojos ¿qué harías ahora? Si pudiera hacer una
encuesta entre un millón de amos sobre este preciso momento estoy segura que el
50% se decantarían por unos azotes, un 30% por un castigo verbal y un 19% al
menos se ofenderían… por desgracia tú pertenecías al 1% restante y nunca podía
predecir tú reacción.
Te levantaste y cogiéndome del brazo me levantaste también a
mí. Vi como te alejabas por la habitación y como de uno de los bolsillos de tu
bolsa de viaje sacaste un pañuelo negro y unas cuerdas. Cuando te diste media
vuelta intenté definir alguna expresión en tu rostro, algo que al menos me diera
alguna pista de lo que ibas a hacer a continuación, pero no había nada, ni un
solo gesto del que deducir algo, y esto más que tranquilizarme me inquietó. Me
pusiste la venda alrededor de los ojos y ataste mis manos juntas por detrás de
mi espalda.
Perfecto, ahora además de la incertidumbre por lo que iba a
pasar no podía ver nada… me cogiste del brazo y comenzamos a andar, de repente
sentí mucho frío… no sabía que pasaba pero oír tu voz me tranquilizó, aunque el
mensaje no es que fuera muy esperanzador…
Putita, estas en el balcón de un octavo piso, desnuda a
la vista de todo aquel al que le apetezca mirar para arriba. A veces me
divierte que seas rebelde, pero por hoy ya he tenido suficiente. Estarás
aquí hasta que se te enfríe un poco ese mal genio que tienes y estés más
tranquila y dispuesta a obedecerme. ¿Quién soy yo?
Mi Amo, dije con un leve susurro.
Pues piensa que soy tu Amo porque tú has querido y has
aceptado obedecerme. He venido a ver a mi sumisa y quiero ver a UNA sumisa.
No me apetece en absoluto discutir, así que date prisa en entender que mis
deseos son órdenes y no son cuestionables. Tan sólo quiero que obedezcas y
te dejes llevar, ya tendrás tiempo para analizarlo todo luego, ahora sólo
quiero que obedezcas, y date prisa porque no me gustaría que te resfriaras
aquí fuera. Cuando hayas pensado en lo que te he dicho tan solo golpea un
par de veces el cristal y vendré a abrirte. Me dejaste sola y cerraste
la puerta. Estaba sola y cada vez empezaba a notar más el frío en mi piel.
¡¡Que idiota soy…!! –pensé- ¿es que nunca podré tragarme el
orgullo? ¿Por qué no disfrutar…? En fin… es tan ridículo no haberme dado cuenta
antes… Claro que me gusta tener carácter, pero para qué esta noche… Tan solo voy
a disfrutar, cerraré los ojos y me dejaré guiar, será divertido que Él piense
hoy por mí, además tiene mi entera confianza.
Respiré un par de veces profundamente intentando vaciar mi
mente y relajarme, llegó un momento en el que ya ni me importaba que todo el que
pasara por la calle pudiera verme, me acerqué al ventanal y golpeé en él un par
de veces. Al momento pude oír el ruido de la puerta al abrirse y tus manos
calientes sobre mis hombros. No podía verte, pero habría apostado lo que fuera a
que sonreías.
Tus grandes brazos me abrazaron y te acercaste a mí dándome
calor con tu cuerpo. Empezaste a recorrerme la espalda con tus hábiles dedos
acariciando cada centímetro de mi piel. Te habías desnudado mientras yo estaba
fuera y podía sentir el calor de tu cuerpo. Las caricias en mi nuca me
encantaban y notaba como tus dedos hacían círculos por toda mi espalda,
lentamente desde mi cuello, pasando por mis hombros y axilas hasta mi cintura,
notando en cada rincón la suave piel de tus dedos.
Te sentaste en la cama y presionaste sobre mis hombros para
que me agachara. Sabía lo que me pedías aún con los ojos vendados, así que me
hice caso a mi misma y decidí obedecer sin pensar. Agarraste tu miembro, que ya
estaba totalmente erecto y lo paseaste por mis labios cerrados, los cuales poco
a poco fueron abriéndose para recibirte con mis más tiernas caricias. Lo metí en
mi boca e intenté esforzarme en hacerte una de las mejores mamadas de mi vida.
Suavemente mis labios recorrían toda tu polla de arriba abajo, en un suave
compás que tú mismo marcabas desde arriba sujetando mi pelo. Lo mejor sin duda
era oír tu respiración agitándose por momentos, y tus ligeras exclamaciones de
placer. No tardarías en derramarte en mi boca, podía notarlo y no vi en ti señal
alguna de apartarme, por lo que me di cuenta en seguida que querías que me lo
tragara todo. Era la comprobación de que realmente iba a obedecerte esta noche,
y por primera vez iba a dejarme llevar. Moví mi cuello al compás que tú marcabas
y recibí tu leche entre gemidos tuyos cada vez más fuertes. Poco a poco mi boca
fue llenándose y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para poder tragar sin
ahogarme, al final cuando hube tragado golosamente hasta la última gota noté
como me soltabas del pelo y caías sobre la cama con un gran suspiro.
Putita, esta va a ser una noche muy larga e interesante…
Y yo, que estaba de rodillas a los pies de la cama entre tus
piernas, con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda no podía hacer
más que darte la razón mientras una leve sonrisa se dibujaba también en mi cara.