Siempre me han llamado la atención las
violaciones. A decir verdad, me excitan. Siempre que veía alguna noticia acerca
de alguna inocente y vulnerable mujer violada, me excitaba secretamente… Pero es
obvio que sólo una pequeña minoría de aquellos quienes fantaseamos con esta
clase de eventos sexuales, tenemos la suficiente valentía –y oportunidad- de
llevarlas a cabo. Siempre pensé que quizás algún día me atrevería, en caso de
tener la oportunidad de hacerlo y salir bien librado de la situación, pero no
creía tener tanta suerte a mis 21 años.
Todo comenzó cuando mi novia me pidió
que la llevase a casa de su abuela, en una urbanización bastante apartada del
centro de la ciudad. La llevé, pero la dejé en la puerta, ya que no me llevo
bien con su familia. Yo regresaría al centro a ocuparne de mis cosas, pero
cuando iba saliendo de la urbanización estaba una deidad sentada angelicalmente
en la parada de buses –mismos que pasan cada treinta minutos, como me informaría
esta niña más tarde-.
De tez blanca, cabello castaño, un
rostro precioso (y no estoy exagerando), estatura mediana, y voz de niña,
contestó que sí cuando le pregunté: “¿Quieres que te lleve?”
La conversación fluyó mientras
recorríamos el largo camino al centro de la ciudad rodeados por la abundante
vegetación que flaqueaba la vía. -¿Vas a clases? –Sí, estudio primero de
diversificado.
-¿Y qué edad tienes?
-16 años.
Era muy amable, inocente y simpática
(hasta llegué a pensar que gustaba de mí), lo que me excitó aun más que pensar
que tenía a esta preciosura montada en mi carro en una vía que facilitaba
muchísimo una violación. Sabía que nada podría salir mal, y me aventuré a
desviarme hacia un terreno baldío al tiempo que colocaba mi mano derecha sobre
su pierna izquierda.
De inmediato se asustó mucho. Sabía en
qué se había metido. Quitó mi mano de su pierna y me dijo con voz temblorosa que
por favor no le hiciera nada.
-¡Te lo ruego, no me hagas nada!
Comenzó a llorar y a suplicarme que la
dejara bajarse del carro, pero yo no le hacía caso. Seguía conduciendo lo más
rápido que podía hasta llegar al sitio donde nadie nos molestaría. En ese
momento se acurrucó y comenzó a rezar al tiempo que lloraba.
-Padre Nuestro que estás en los cielos,
Santificado sea tu nombre…
Yo iba muy callado y, a decir verdad,
extremadamente nervioso. Era la primera vez que hacía algo así, y a una niña tan
bella y evidentemente inocente y buena.
De pronto, intentó abrir la puerta para
lanzarse del carro en movimiento. La tomé por un brazo y forcejeé con ella. En
este momento me remordió la conciencia… Pero ya estaba metido en esto. No podía
dejarlo por la mitad.
Su escasa fuerza no pudo con la mía y
llegamos al lugar. Metí el freno de mano temblando, literalmente. Mis nervios y
mi excitación me hacían actuar torpemente.
La tomé por los hombros y traté de
forzar un beso en la boca, pero sólo llegué a saborear sus ricos labios y sus
saladas lágrimas. Me gustaron, y comencé a besarle las mejillas con mi boca
entreabierta, muy tiernamiente; ella lo merecía, era un ángel. No podía ser
tosco con ella.
Ella sólo lloraba, y tratando de cubrir
su rostro y con los ojos cerrados me susurraba “por favor, por favor…”
Me bajé del carro para sacarla del
asiento delantero y empujarla al trasero, pero cuando lo hice ella se cambió
rápidamente al asiento del conductor, y, como había dejado el carro encendido
(por los nervios que tenía) ella trató de arrancarlo, pero no pudo quitar el
freno de mano. Regresé al auto, abrí la puerta (afortunadamente no pensó en
activar los seguros de las puertas) y la saqué bruscamente y la empujé al
asiento de atrás. Ella se arrinconó lo más lejos posible de mí. Subí al carro y
activé los seguros.
La tomé nuevamente por los hombros y la
acosté bruscamente en el asiento. Rompí su camisa descubriendo un muy poco
sexual brassier que medianamente ocultaba un par de senos perfectos, aunque no
completamente desarrollados. Comencé a besarle el cuello y a manosearle los
senos e intenté nuevamente arrebatarle un beso a esa boca tan deliciosa. Por
fin, logré juguetear con su lengua. Parecía haberse rendido a mi fuerza, y
quizás también a mi atractivo, porque, para ser sincero, fui bendecido con un
buen físico.
La besé mucho en la boca. Su saliva se
mezclaba con sus lágrimas. Yo saboreaba ese rico manjar. Respiraba muy fuerte
por los nervios. Qué rico aliento tenía. Ya había dejado de forcejear. Suplicaba
resignada que la dejara bajarse.
-Déjame ir, por favor. Yo no voy a decir
nada. Por favor, te lo suplico- mientras lloraba.
Eso me excitó más y le arranqué el
brassier como pude –me costó mucho-, descubrí sus hermosos senos y los lamí y
chupé muy enérgicamente mientras la tomaba por su delgada cintura. Le quité la
correa del pantalón mientras ella trataba de impedírmelo. Le bajé el pantalón
hasta los tobillos y cuando trataba de quitarle los zapatos me dio una patada en
el cuello. Eso me molestó mucho y le di una cachetada y la tomé por el cuello
apretándola hasta que su hermoso rostro se tornó rojo. La solté y me dispuse a
quitarle los zapatos y las medias.
Qué hermosos pies. Lamí y chupé sus
dedos, su puente. Eran rosados, suaves, limpios… Recuerdo que metí sólo su dedo
gordo en mi boca, lo chupé, luego seguí con los demás dedos, luego los metí
todos en mi boca. Lamí su puente, sus tobillos. Luego hice lo mismo con su otro
pie. A ella parecía gustarle, al menos esto de los pies; lo digo porque no
forcejeaba y casi no lloraba en ese momento... Son los pies más bellos que he
visto.
Traté de besar sus piernas, pero comenzó
a patalear. La agarré por los tobillos, estiré sus piernas y bajé sus pantaletas
que decían “Merry Christmas” en un rosado suave. Descubrí una vagina preciosa,
con cortos y delgados vellos castaños como su cabello. Labios pequeños, como la
adolescente que es… En ese momento gritó “¡Ya! ¡Por favor! ¡Te lo ruego! ¡Déjame
que me baje! ¡Yo te juro por Dios que no voy a decir nada! ¡Por favor, no me
hagas más daño! ¡Por favor!”. Estaba llorando desesperada y desconsoladamente.
Realmente estaba sufriendo… Y eso me excitó más.
La tomé por los muslos para impedir que
me pateara y comencé a lamer su rica y rosada vagina. Olía delicioso; era
evidente que acababa de bañarse. Traté, juro que traté de darle un buen sexo
oral (en loque soy muy bueno), pero no me dejó. Así que me levanté y llevé mi
pene hasta su boca, agarrándola por la cabeza y empujando su cara contra mí.
Ella volteó la cara, pero yo, tirando de su cabello, hice que tomara la posición
correcta.
Yo movía su cabeza con mi mano, metiendo
mi pene hasta lo profundo de su boca. Cuánto me excitaba verla totalmente
desnuda y vulnerable a cualquiera de mis deseos más bajos…
Abría sus piernas lo más que pude –que
no era mucho, porque ella forcejeaba-… De nuevo entró en crisis, y llorando
desesperadamente me gritaba súplicas para que la dejara.
Coloqué mi cuerpo sobre el suyo. Fue
hermoso, casi poético, casi mágico. Nos miramos a los ojos quizás por primera
vez. Ella tenía los ojos muy rojos de tanto llorar y su cara mostraba huellas de
lágrimas pasadas y otras que se abrían camino por ese rostro precioso. La besé
en la boca. Me atrevo a decir que fue un beso con poco menos que amor, al menos
de mi parte. La besé con mucha pasión, más no con rudeza esta vez. Ella
tímidamente respondió.
Volví a su cuello, sus orejas. Ella me
susurraba que la dejase ir, pero era algo imposible… Al verme tan excitado,
quiso hacer su último intento por liberarse de mí y mordió mi oreja con todas
sus fuerzas aprovechando que yo la besaba en el cuello. Tiré inmensamente fuerte
de su lacio cabello y traté de penetrarla. Mi enorme cantidad de flujo ayudó, y
metí mi glande de un empujón. Ella gritó “¡Aaahhhhhhhh! ¡Ya! ¡Déjame, por
favor!”
Era vírgen. Era muy excitante sentir una
vagina tan cerrada, linda y caliente cubriendo mi pene. Así que comencé a
impeler con fuerza para que entrara todo. Le di duro, muy duro, porque quería
meterle hasta el último milímetro. Comenzó a gemir, al punto que llegué a pensar
que le gustaba, pero su escasa lubricación vaginal y sus súplicas y lágrimas me
dejaban ver que no era así. “¡Aahhhh! ¡Ahhh! Por favor… ¡Mmhhh! Por favor… ¡Ahh!
Déjame” Estaba casi resignada, pero no dejaba de llorar.
La volteé de manera que sus pequeñas y
redondas nalgas quedaron hacia arriba y hacia mí. Me ecosté sobre ella y la
penetré por la vagina mientras halaba su cabello y mordisqueaba suavemente su
cuello. Ella puso sus manos en mi cadera intentando frenar mis fuertes impeles,
pero tomé sus manos inmovilizándolas.
Se lo saqué y me arrodille en el
asiento. Le di nalgadas, una, dos, cinco… Ella trató de voltearse –“¡No! ¡Ya
déjame, por favor!”. La regresé a la posición y continué dándole unas muy
fuertes nalgadas. La tomé por el cabello levantando su cara y le metí el pene en
la boca. Impelí varias veces y lo saqué. La volteé, le abrí las piernas lo más
que pude y, aprovechando su debilidad y resignación, la penetré por el culo. Mi
pene había lubricado suficiente flujo como para que entrara fácilmente por su
pequeño culo. Lo hice rápidamente para aprovechar la situación e evitar alguna
oportunidad suya de impedirme cogerla por el culo. Entró todo de una vez, y ella
gritó muy, muy fuerte “¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! ¡Ay, ay, ay, ay!”
Comenzó a llorar por el dolor y no
paraba de quejarse. Empujaba mi cadera con sus manos para evitar un poco el
dolor de unos impeles tan fuertes. Yo tomé sus manos y las coloqué sobre sus
nalgas. Ella mantuvo la posición, cosa que no me esperaba. Seguí impeliendo
fuertemente, y ella seguía llorando. Parecía estar pasando por el peor momento
de su vida. Ella intentaba cerrar las piernas pero yo se las abría para ver y
sentir bien este espectáculo. Ella estaba llorando mucho, y me conmovió un poco
el hecho de que ya no suplicaba. Parecía la mujer más triste del mundo.
Yo seguí impeliendo, lo disfrutaba
muchísimo, y por eso no noté en qué momento sucedió, pero entró en una especie
de trance: Dejó de llorar, dejó de intentar débilmente quitarme de encima, dejó
de moverse. Sólo contraía los músculos de las nalgas y las piernas cuando yo
impelía, pero parecía un evento involuntario para manejar el dolor que producía
la brutal cogida que yo le estaba dando.
Ya sentía haber saciado mis más bajos
impulsos con la niña más inocente y linda del mundo, por lo que saqué mi pene de
su culo, y noté que tenía una cantidad considerable de sangre. Le había roto el
culo por dentro. Eso me excitó muchísimo y me animó a seguirla cogiendo
fuertemente. Se lo metía hasta más no poder, rápido y profundo, mientras ella
parecía estar fuera de este mundo.
Pero yo quería verla llorar, sufrir
(aunque en ese estado era evidente que estaba sufriendo como nunca en su vida),
y le halé el cabello y le di una cachetada, pero no respondía bien. Era tanto su
sufrimiento que no lo expresaba. Fue en ese momento que decidí que ya había
tenido suficiente, tanto ella como yo, y le saqué el pene ensangrentado y
dolorido, también estaba un poco sucio; se lo metí en la boca empujando hasta lo
más profundo de su boca y acabé. Ella reaccionó: Se estaba ahogando con mi
semen. Tosió y lo dejó correr por su cara, cuello y pecho. Estaba ida, traumada,
resignada, desconsolada… Me partió el corazón ver a una niña tan linda, inocente
y buena en ese estado. Antes más bien me excitaba, pero ya que había acabado,
fui sensible a su dolor… Aunque me excitaba ver mi semen correr por su cuerpo,
es verdad.
Yo me vestí. Ella no se movía. Decidí
quedarme con ella hasta que se recuperara un poco…