Hola. Mi nombre es Rebeca y les quiero relatar la historia de
como las locuras de mi hija, me llevaron al incesto; esto lo digo tanto
excitada, como con vergüenza, pues creo que ahora que las cosas tienen tiempo de
haber comenzado, me siento un poco culpable por no poder haberme controlado un
poco.
Como ya dije mi nombre es Rebeca y soy originaria de Colima;
México, aunque en la actualidad vivo en el DF. Tengo actualmente 42 años. Soy
una mujer alta para el promedio de nuestro país, pues mido 1.7m. Soy un poco
robusta, pero no gorda, y todo mi cuerpo se mantienen muy firme. Soy de cabello
castaño oscuro, pero desde los 18años me lo pinto de rubio, y es ondulado; mi
cara es bonita, de facciones finas; pómulos marcados, boca un poco grande y
labios gruesos; ojos oscuros, casi negros; nariz recta y frente amplia. De
cuerpo me considero muy atractiva pues mis caderas son pronunciadas y mis pechos
son prominentes desde que tenía 14años, mis piernas son largas y firmes. Tengo
tres hijos. Mi hija Margía tienen 22 años, mi hija Brenda tiene 19 y mi hijo
Leonardo apenas 16.
Margía es tan alta como yo y morena como su padre, pues yo
soy de piel muy blanca. Es delgada y tiene un cuerpo espectacular. Sus medidas
superan las "perfectas" pues son de 93-61-92. Su cabello es negro, largo y
lacio, sus ojos oscuros, su boca amplia y nariz de bolita. Leonardo es moreno
claro; mide 1.70mts. Es delgado, no muy atlético y tiene unos ojos encantadores.
Ellos dos son hijos de mi esposo, quien se llama Oscar. Mi hija Brenda, es el
resultado de una pequeña aventura que tuve con un amigo de mi hermano. Ella es
Rubia, tiene los ojos verdes, la boca chica, cabello rizado y largo. Es una
hermosura. Y aunque no lo crean, mi marido jamás me preguntó nada. Tal vez por
eso me siento más culpable.
Todo esto que les relato sucedió hace 2 años. Mi Hija Margía
tenía 20 años y estaba en la universidad. Tenía una amiga que se llama
Elizabeth, a la cual era muy apegada. Mi esposo trabaja en la empresa de mi
papá, y casi el la dirige, pues mi papá es muy grande, por lo cual nunca está en
la casa.
Una tarde yo me encontraba en la cocina preparando la comida
para mis hijos. Los más chicos aun no estaban en casa, sólo se encontraba Margía
y su amiga Elizabeth. Se me ocurrió preguntarles si deseaban comer algo, así que
salí de la cocina, y al llegar a la sala de televisión, me quedé pasmada con lo
que vi. Margía y Elizabeth estaban sentadas en el sofá, dándose tremenda
besuqueada. Totalmente vestidas, pero una muy ceca de la otra. Elizabeth llevaba
falda con medías, y Margía le acariciaba las piernas bajo la falda, aunque se
notaba que no le acariciaba su cosita. Elizabeth se limitaba a sujetar a mi hija
por los hombros y la cintura, ella estaba un poco recostada sobre el sofá, y mi
hija sobre ella. Nunca pensé en gritarles o regañarla, pero si me quedé muy
desconcertada. La verdad no me sentí húmeda, ni comencé a tocarme, pero si
reconozco, que por más que fuera mi hija y que me molestara lo que hacía, ver a
dos chicas tan jóvenes y tan bellas besándose era algo conmovedor y hermoso.
Regresé a la cocina sin que me vieran y estuve un rato pensando en que era lo
que una madre tenía que hacer en esa situación. Pero la verdad comencé a pensar
en por qué jamás se me había ocurrido hacer eso cuando yo era joven, con alguna
compañera de la prepa o de la universidad; comencé a pensar con cual de mis
amigas me hubiera gustado besarme. Decidí no decirles nada, creyendo que sus
juegos no llegaban a más de unos cuantos besos.
Conforme pasaban las semanas, se repetía ese espectáculo de
besos en la sala de tele de mi casa, y la verdad es que yo me volví muy
aficionada a contemplarlo. Me gustaba mucho ver como mi hija y su amiga se
besaban y se daban un leve toqueteo. Pero pronto dejaron de besarse en la sala,
y ahora se encerraban en la recamara de Margía en cuanto llegaban de la escuela;
eso me preocupó y a la vez me deprimió mucho; en primera porque me imaginaba que
si se encerraban en el cuarto de mi hija, era porque sus relaciones ya eran más
avanzadas, y yo no sabía que pensar de eso, unos besos me imaginaba que no les
harían daño, pero algo más ... ¿Sería mi hija lesbiana o sólo le gustaba
explorar su sexualidad con su amiga? En segundo me deprimí porque yo deseaba
seguirlas viendo, su espectáculo se había convertido en lo más divertido de mi
vida; pues mi esposo casi no me tocaba y todos los días me dedicaba a ser ama de
casa.
Pasó algo de tiempo: Yo aun tenía la preocupación de mi hija,
pero ya empezaba a resignarme a no verlas. Pero un día, tal vez un par de
semanas después de la última vez que las vi, al llegar a casa, del Súper, vi a
mi hijo Leonardo asomándose por el balcón hacía el cuarto de mi hija Margía.
Sentí que me daba un infarto, pues de inmediato me imaginé lo que mi pequeño
estaría viendo; y a la vez me sentí algo tonta porque a mí nunca se me ocurrió
eso.
Subí corriendo las escaleras, entré a mi cuarto, que era el
que tenía el balcón que conectaba col el del cuarto de Margía y me acerque a
Leonardo sin hacer ruido. Cuando estuve a unos metros de él pude ver que se
masturbaba. Eso ya era intolerable. Me acerqué y lo tomé por la espalda. El
volteó sorprendido y pude contemplar como su verga, grande para su edad, perdía
en un segundo la erección.
Estás espiando a tu hermana.- Dije en un susurro muy
enérgico.
Mamá.- Dijo muy apenado y asustado.- Está haciendo cosas
con su amiga.
Me asomé y noté que la cortina tenía una perforación por la
cual se podía ver muy bien, tal vez hecha por mi propio hijo. Pude ver a Margía
y a Elizabeth ambas en ropa interior, recostadas sobre la cama, besándose y
recorriendo sus cuerpos con sus manos ansiosas. Las tetas de ambas eran enormes.
Elizabeth llevaba un sostén de encaje blanco y unas bragas del mismo color.
Margía llevaba un sostén también blanco, pero de Lycra, y una tanga del mismo
material y color. Me quedé atónita al ver que Margía metía su mano en la ropa
interior de su amiga, y esta a su vez le safó el sostén hacía arriba y le
chupaba sus enormes tetas. No dejaban de besarse, se comían sus lenguas, y se
lamían la cara. Elizabeth oprimía las nalgas de mi hija, y aunque no se
escuchaba nada, me imagino que las dos jadeaban de lo lindo. Perdí la noción del
tiempo y ya llevaba varios minutos viendo. Cuando reaccione Leonardo estaba
pegado a mí viendo por la pequeña hendidura de la tela. Yo sabía que tenía que
reprenderlo e irme, pero no quería de dejar de admirar ese bello espectáculo,
sobretodo ahora que mi hija le sacaba las bragas a su amiga y podía ver como le
introducía el dedo en su vagina.
Leonardo y yo nos contemplamos, e involuntariamente hice una
mueca de aceptación, y los dos nos quedamos muy pegaditos, tratando de
contemplar la escena lesbica que mi hija nos brindaba. Ahora ya tenía dos dedos
dentro de la vagina de Elizabeth, que dicho sea de paso, la tenía completamente
depilada, como la de una niña. Ella le sacaba la tanga a Margía. Mi hija tenía
una rajita hermosa, si se la depilaba, pero se dejaba bello muy parejito que
cubría su chochita. En unos segundos y sin decirse nada, se pusieron en 69 y
comenzaron a darse sexo oral. Elizabeth sobre mi hija. Nosotros teníamos la
vista completa de las nalgas de ella, y la cara de mi hija que se tragaba como
loca los jugos de su amiga, le metía tres dedos en la rajita y con la otra mano
le frotaba el ano, que des vez en vez también le chupaba. En ese momento me di
cuanta de que mi hijo, al ver la aceptación que yo ponía se había empezado a
masturbar de nuevo. Fingí no darme cuenta, pero estábamos tan cerca el uno del
otro que pronto empecé a sentir los movimientos de su mano y su pene contra mi
pierna.
Cuando regresé a ver lo que pasaba con mi hija, ella ya no
hacia nada más que gemir; lástima que no se escuchara casi nada. Sólo de vez en
vez soltaba una feroz nalgada sobre el culo de Elizabeth. No se veía que era lo
que ella le hacía a mi hija, pero la tenía en la gloría, a leguas se veía que el
orgasmo estaba bien cerca, pero la perspectiva no me permitía ver la cara de
ella o el culo de mi hija.
Pronto empecé a sentir los roces más violentos sobre mi
pierna. Mi hijo de 14 años al ver que su mamá le permitía tanto ya rozaba
libremente su pene contra mi muslo, justo debajo de las nalgas. Esta vez me di
cuenta de que ya estaba húmeda y la excitación era terrible. Por fin afloro la
puta que llevaba dormida muchos años en mi. Fingí no darme cuenta de lo que
pasaba y lentamente me quité los tacones, así la verga de mi hijo quedó casi a
la altura de mis nalgas y podía sentir como me rozaba las bragas por debajo de
la falda. Era obvio que a él ya no le importaba lo que pasaba dentro de la
recamara, pues con su verga me daba tremendos arrimones en el culo. Eso ya era
demasiado, no podía seguir fingiendo que no estaba excitadísima. Así que hice lo
único que podía hacer. Voltee y tomé la verga de mi hijo, quien suspiró
hondamente por la sorpresa, y comencé a jalarla. Con la otra mano comencé a
dedearme, algo que no hacia desde hacía años. Mi hijo ni lento ni perezoso
comenzó a tentarme las nalgas con la mano, primero muy suave, y luego mas fuerte
y descaradamente. Yo estaba en la gloria, con la verga de mi hijo en mi poder,
mis dedos dentro de mi chochita, y aun podía ver como mi hija y Elizabeth
seguían en su éxtasis lesbico. Me metí tres dedos en mi rajita, y ya jadeaba
como me imagino jadeaba mi hija y su amiga. La calentura me volvió loca, no me
importó que la verga fuera de mi hijo, sólo me importaba que era un pene. Me
agaché y metí la verga de mi hijo a mi boca, empecé a chupar. A mi marido tenía
más de cinco años que no le daba sexo oral, era la primera verga que me metía en
la boca en años. La mamé, la besé y la lamí; todo mientras me daba la dedeada de
mi vida, de mi vagina escurrían chorros, y mi bebito sólo repetía "Mamí, mamí".
Pronto me llegó el orgasmo y mi hijo por ser inexperto no resistió mucho y me
estalló en la boca. Tragué un poco y lo demás me lo regué en la cara. Me
levanté, bese a mi hijo. Le expliqué que sólo lo hicimos por una vez y que no se
volvería a repetir. Asintió y se metió la verga en su pantalón. Cuando entro a
la casa, me di cuenta de que eso no lo cumpliría, pues yo ya estaba cachonda de
nuevo.
Cuando entramos en la cocina, mi hija y su amiga ya estaban
ahí, comimos los cuatro juntos, y al terminar de comer fui a mi cuarto y me
acosté. Al despertar estaba súper caliente por el sueño que tuve. Me empecé a
dedear y tuve el segundo orgasmo del día. Al siguiente día fui a una sexshop y
me compré un consolador. Por fin volvía vivir, mi vida sexual estaba de nuevo
activa. Aunque por esos días sólo me excitaba yo sola. Trataba desesperadamente
de no recurrir a mi hijo, pero cada vez me sentía más tentada. Y el cada día se
mostraba más descarado. Se masturbaba en mi cuarto y robaba mis bragas que luego
encontraba llenas de semen. Debo de aceptar que eso me excitaba mucho. Pero
luego tuve una sorpresa mayor; mi hija Margía descubrió mi consolador, y no dudo
en emplearlo en sus juegos con Elizabeth. Yo ya no podía soportar esa situación.
Fue mi hijo quien dio el primer paso. Era noche, y mi marido
no llegaría a casa, todos los sabíamos, pues estaba de viaje en Guadalajara.
Margía había salido con amigos, y Brenda estaba en su cuarto. Yo deje de ver
tele y me metía mi cuarto, como ya tenía por costumbre, me desnude y tomé mi
consolador, comencé a dedearme y luego me lo introduje en mi vagina. Yo por
supuesto me imaginaba que estaba con mi hija y su amiga, o con Leonardo. Pero
pronto noté que alguien me observaba, desde detrás de la puerta de mi baño, mi
hijo me miraba. Yo estaba muy cachonda, así que decidí sorprenderlo. Me puse en
cuatro patas, con mi culo viendo hacía donde él estaba y empecé a meterme el
consolador y a darme unas ricas nalgadas, todo mientras exageraba un poco mis
gemidos. Sólo estuve así un momento, pues no quería que Leonardo se corriera. Me
levanté, me puse mis bragas y mi sostén, sobre ellos mi camisón y me fui al baño
donde él estaba, fui tan rápido que él no tuvo otra opción que esconderse dentro
de la ducha. Yo entré y abrí la ducha, fingí sorpresa.
Leonardo. ¿me espiabas?
Perdón.
¿Me viste masturbándome?
Sí.
¿Y te masturbaste?
Un poco.
¿Te corriste?
No.
Ya lo tenía donde lo quería. Deseaba que dijera eso.
Pues eso no es bueno. No te puedes quedar así, te puede
hacer daño. Ahora mismo vas a tu cuarto y te masturbas. Pero ya no me
espíes.- Aceptó y salió del baño, yo temía que se fuera, pero antes de salir
de la recamara, volteó y me miro con cara de perrito regañado.
Mamí.
¿Qué?
Oye.- movió la cabeza apenado, pero bajo sus pants ya se
veía su pene parado.- ¿No me podrías ayudar como la vez pasada?
¿Y por qué no lo haces tú?
No es lo mismo. No siento igual.
Ven hijito siéntate en la cama.
Se sentó junto a mí, y empecé a acariciar su cabeza, que
pronto recargó en mis pechos. Seguramente podía verlos por lo translucido de mi
camisón. Su verga se veía paradísima. Le dije que lo ayudaría, pero que lo que
hacíamos no estaba bien, que lo hacía sólo por enseñarlo, y le hice prometer que
jamás se lo diría a nadie. Aceptó y le di un beso en los labio, suave, pero
largo; todo mientras mi mano empezaba a frotar su pierna en dirección a la
verga. Pronto lo despojé de sus pants, y lo recosté en la cama. Empecé a
masturbarlo lentamente con la derecha, mientras con la izquierda sovaba sus
testículos. Su verga era de buen tamaño para su edad, pues tendría unos 16cm de
largo.
Mamí.
Dime hijito.
¿Puedo tocar tus pechos?
Por toda respuesta me levanté, me saqué el camisón y me senté
sobre sus piernas, casi encima de su verga. El sonrió muy emocionado, llevó sus
dos manos a mis pechos y estuvo apretándolos sobre el sostén un rato. Mis
pezones se pusieron durísimos, y él no tardó en descubrirlo, y les daba pequeños
pellizcos con sus dedos. La humedad de mi rajita, era tremenda, sentía como
traspasaba mis bragas y llegaba al cuerpo de mi hijo.
Así no hijo.
Frótalos.
Tomé sus manos y empecé a dibujar finos círculos sobre mis
tetas, Mientras él seguía los movimientos que le marqué, yo me desabroché el
sostén y mis tetas le brincaron encima. Me recosté sobre mi hijo, tratando de
llevar uno de mis pechos a su boca, él comprendió de inmediato y empezó a chupar
como cuando era un bebito. Me empezaba a volver loca. Empecé a bajar por su
cuerpo, besando su pecho, su abdomen, y finalmente su verga. Me la tragué, pasé
toda mi lengua con mucha presión sobre el lado interno de su pene, hasta el
glande, luego la lamí, empecé el mete y saca, me comí sus huevos y no se que más
cosas hice, pero me estaba dando la divertida de mi vida con mi hijo. No
resistía más me volteé y me puse en la posición de 69. Pero mi hijo tardo un
poco en entender.
¿No le quieres dar placer a tu mamí?
¿Qué hago?
Sácame las bragas y pon tus deditos y tu lengua en mi
choca.
Me sacó las bragas con dificultad, pero de inmediato me
empezó a lengüetear mi rajita. De un golpe me metía dos dedos y empezó a
moverlos como si me quisiera hacer venir en un minuto, y de hecho poco tiempo
después tuve mi primer orgasmo, pero mi calentura no cedió. Estaba decidida;
quería la verga de mi hijo dentro de mí.
Me recosté sobre la cama y le indique a mi hijo que se
acercara a mí. El sabiendo la oportunidad que se presentaba, de inmediato acudió
a mi llamado. Abrí mis piernas y le mostré todos mis pelitos húmedos y
chorreantes, deseosos de su verga. Lo tomé por las nalgas, lo acerque a mí, y
los dos nos perdimos en un beso tremendo, pasional, tierno y pervertido. Noté la
presión que su verga ejercía sobre mi chochita. Tomé su pene con mi mano y sin
mucho esfuerzo, le robe la virginidad a mi hijito. Fui penetrada por él. Yo
estaba al borde del éxtasis. Mi chiquito se aferró con sus manos a mis tetas y
las apretaba de una forma deliciosa, se movía convulsivamente y pronto me dio el
segundo orgasmo de la noche. No tardo en venirse, pues era su primera vez. Yo no
quede satisfecha, y le pedía que me retacara el consolador en el culo. Me puse
como la perra que era y el empezó a moverlo dentro y fuera de mi ano. Cuando
dominó el movimiento, le pedí que me metiera sus dedos en la chocha. Me llevó al
cielo, yo gemía durísimo, como una loca, una hembra en celo, siendo cogida por
su hijo. Pronto regreso su erección. Me sorprendió, pues pronto sentí como su
verga se metía de un golpe en mi raja. Era el mejor sexo de mi vida.
¡Pégame!- Le pedí entre gemidos.- Nalguéame.
De inmediato empezó a azotar mi culo como un animal, El dolor
era exquisito. En cosa de segundos chorros de líquido salieron de mi vagina. Sus
gemidos intensos me indicaron que su orgasmo llegaba. Me levanté y me tiré de
espaldas. El semen salio en grandes cantidades, directo sobre mi boca y mis
pechos tragué todo lo que pude y después de limpiar la verga de mi hijo, chupe
mis propios pechos para seguir saboreando su semen. Sobra decir que Leonardo
pasó toda la noche conmigo, Y lo hicimos dos veces más. Espero les este gustando
mi relato, yo lo gocé mucho. Espero sus comentarios y mails. Pronto le contaré
lo que pasó después en casa. Besos.