Y sí, soy una puta mamona (03)
Por Bajos Instintos 4
Bajosinstintos4@yahoo.com.ar
A mi me enloquecen las braguetas. Olerlas, para empezar. Creo
que mi adicción comenzó de chica, a los 6 o 7 años, correteando por debajo de la
mesa de mis mayores. Naturalmente, yo era muy inocente entonces. Pero el gusto
por olérselas a las visitas masculinas –tíos, amigos, etc.- era muy fuerte. Y
como yo era muy desenfadada para olisquear, algunos trataban de sacárseme de
encima de forma algo brusca, pero otros, más tímidos, como para ser descorteses
con una niña, trataban de ser más delicados y no encontraban la forma de que yo
dejara de olisquearles las braguetas, con el resultado de que desarrollaban
brutas erecciones, mientras trataban de disimular, con las caras coloradas.
Yo era bastante inocente, claro, si bien sentía algo
vagamente perverso al oler las braguetas. Y cuando las pollas presentaban algún
principio de erección, yo lo percibía y acentuaba los roces con mi naricita,
consiguiendo que esas erecciones progresaran. Era algo que me divertía.
Pude seguir hasta los nueve años. Por un lado porque ya
estaba grandecita y mis padres me retaban por mi afición a estar por allí abajo.
Y por otro lado, porque ya había ganado bastante experiencia en lo que a oler
pollas se refería, al punto que hice correrse a una de las visitas, que soportó
mi trabajito tan estoicamente como pudo, el pobre. Pero llegué a la conclusión
de que por ese camino iba a correr riesgos. El modo en que mis padres miraron la
mancha de semen en el pantalón de mi víctima, fue ciertamente una llamada de
alerta.
Además que ya había aprendido que si bien oler "el paquete"
me enloquecía, abrirlo era mucho más divertido. Así que empecé a abrir los
"paquetes".

Y comencé con los que tenía más a mano. Que fueron mis
primos. Pancho tenía doce años, así que comencé con él a juguetear al olisqueo,
Pancho se calentó inmediatamente, sobre todo porque estaba tranquilo, ya que
estábamos "jugando" en su pieza y su mamá jamás venía a molestar.
Así que cuando sacó su pene fuera del pantalón, se lo empecé
a oler con muchas ganas, y después, instintivamente, comencé a lamerlo. Mi
primo, al principio, me miraba fascinado. Que su primita, se la estuviera
mamando no era cosa que lo dejara indiferente. Y pronto se recostó en el sofá
cama, dejando su erecto nabo mi disposición. Para una niña de casi diez años, y
sin experiencia, lo hice bastante bien. Seguramente porque me calenté muchísimo.
Así que, instintivamente, pasé de la lamida a la mamada. Y, de mientras, a la
paja. Ese vibrante nabo se había puesto durísimo, y emanaba un olor riquísimo.
Así que chupé y chupé golosamente. Y el resultado no tardó en llegar. De pronto,
el nabo de Panchito comenzó a temblar y temblar, y al alejar mi cara pude ver
como de su glande se lanzaron chorros de semen que surcaron el aire hasta gran
altura. Yo me quedé encantada viendo el resultado de mi jueguito. Pancho quedó
tendido cuan largo era, con su nabo todavía agitándose locamente.
Cuando ví que el nabo de mi primo se iba desinflando,
comprendí que la diversión, al parecer, se había acabado. Pero a mí no se me
habían acabado todavía las ganas. Así que le chupé el semen, de la expuesta
cabeza, dándome el gusto de sentir su sabor. Era un poco raro, pero estaba bien.
Para mi sorpresa, la joven naturaleza de mi primo respondió
con una nueva erección. Así que aproveché para seguir. Para cuando la mamá nos
llamó desde la planta baja para tomar la merienda, yo le había sacado la leche
tres veces a mi primo. El pobre bajó casi arrastrándose, hasta el comedor. Y
bastante pálido. Yo, en cambio, estaba con todos los colores en el rostro.

Camino a casa, concluí que había sido todo un éxito el
asunto. Tres éxitos, y me sentí muy orgullosa. Después me enteré de que Pancho
había estado durmiendo desde que me fui hasta el mediodía siguiente.
Naturalmente nos las arreglamos con Panchito para vernos muy
seguido, a veces en su casa, a veces en la mía. De modo que me chupé litros de
semen de mi primo. El pobre enflaqueció varios kilos, se lo veía muy chupado, lo
que al fin de cuentas era la pura verdad. Pero no se me podía resistir.

En ese tránsito yo había ya sobrepasado los once años, y
estaba más desarrolladita de lo que era común. Y Pancho quizo pasar a mayores.
Así que me pedía que me sacara la bombachita, y mientras yo le mamaba la polla,
él me besaba y lamía la conchita. Era mejor que las pajas que yo me hacía cada
vez que podía. Yo me acomodaba, levantando el muslo para darle lugar a su cabeza
e iba moviendo mi coñito al son de sus chupadas. Y entretanto yo seguía dándole
a la boca y a la lengua. Ahí se emparejaron un poco las cosas, ya que teníamos
más o menos la misma cantidad de orgasmos. Más yo, claro, porque sacarle tanta
leche producía estragos en mi primito, que por aquel entonces andaba por los
dieciséis años.
Descubrí que Panchito tenía un culito muy lindo, así que dos
por tres, avanzaba mi lengüíta y le daba algunas lamiditas entre las nalgas. Si
insistía en la caricia, conseguía invariablemente precipitar su eyaculación. Y
cuando presentía que estaba llegando envolvía su capullo con mi boquita
caliente, para no perderme gota.
En la próxima les contaré como Lito, el hermano mayor, me
restregaba su muy respetable polla contra mi coñito, poniéndome loca. Por aquel
entonces ya contaba con diecisiete años. Cuando comencé a mamársela a Lito
comprendí cuanto me gustaban los chicos de diecinueve años.

Cuéntame si es que quieres que continúe con esta historia, ya
que no quiero aburrirte. Puedes darme tus impresiones a
bajosinstintos4@yahoo.com.ar.
Besos en tu polla.