LA PROVOCACIÓN DE AUGUSTO
Recuerdo que ese jueves había ido a una entrevista laboral,
cuyo fin era conseguir trabajo en un liceo privado de la ciudad donde vivo.
Mientras esperaba sentado en banco metálico a la profesora con quien debía
hablar, vi entrar a tres chicos adolescentes, quienes rápidamente se dirigieron
hacia la parte posterior del plantel y al rato regresaron vestidos con ropa de
trabajo y comenzaron a pintar las paredes, las puertas y las rejas, aprovechando
las vacaciones de fin de año escolar. Se veía que tenían ya cierto tiempo en esa
faena, pues su vestimenta presentaba salpicaduras de la pintura. Dos de ellos
llamaron mi atención por ser atractivos.
Al poco tiempo llené el cuestionario elaborado para los
aspirantes al cargo de profesor. Cuando finalmente logré hablar con la
profesora, responder sus preguntas y mostrar mi resumen curricular, fui citado
por ella misma para la próxima semana con la intención de darme la respuesta
definitiva.
Antes de irme a casa fui al baño y allí estaban colgadas las
ropas de los tres chicos pintores y, para mi agrado, en el piso estaban también
sus zapatos. Me encanta el calzado, las medias y los pies de los varones y no
pude resistir la tentación de oler un zapato deportivo, tipo tenis, color
blancuzco y plateado claro. Además, me llamó atención que se veía usado, aunque
no roto. El corazón se me salía del pecho, ya que sería un grave error que
alguien me viera, sin embargo lo tomé y aspiré fuertemente su aroma, que en
verdad no era muy intenso, a pesar de que la piel del calzado estaba gastada,
pero igual me gustó. Luego me fui casa emocionado por mi acción.
La semana siguiente fui al colegio nuevamente y me dieron la
buena noticia de que estaba contratado. Estaba muy alegre por ello. Me indicaron
además que debía venir al día siguiente para conocer al resto del personal.
Antes de irme fui al baño y nuevamente vi los mismos zapatos. Los olí de nuevo.
Su olor era muy agradable. Me imaginaba chupando los dedos su dueño, sabía que
era uno de los chicos pintores, pero no sabía de quién se trataba.
Al día siguiente fui a conocer al personal del colegio. Nos
llevaron a todos al patio para conocernos mejor. Allí hicimos un círculo y
fuimos diciendo nuestros nombres, edad y otros datos. En ese momento, observé
que los chicos pintores habían dejado sus labores para saber quiénes éramos. Uno
de ellos tenía puestos los zapatos que había olido. Era un chico que aparentaba
estar cerca de los 18 años, delgado, más o menos alto, piel morena, labios
gruesos, dientes un poco prominentes, ojos achinados y cabello corto. No era muy
atractivo, aunque tampoco era feo.
Al terminar nuestra dinámica, nos presentaron a los chicos.
Eran ex alumnos que estaban ayudando a pintar su colegio para el próximo año
escolar. El nombre del chico de los zapatos que olí era Augusto. Después de esa
experiencia me imaginé que nunca más lo vería y que tampoco volvería a oler esos
ricos zapatos.
Me equivoqué de cabo a rabo. Los tres chicos iban de vez en
cuando al colegio. A veces ayudaban a controlar a los alumnos que entraban o
salían por la puerta principal o simplemente esperaban en una panadería cercana
a las muchachas que salían de clases.
Una tarde, los chicos de una sección estaban en clase de
Educación Física en el patio del liceo. Los ex alumnos se incluyeron en esa
clase para jugar fútbol con los alumnos. Como había terminado con mi clase,
aproveché de ver la partida. Allí estaba Augusto con otros zapatos.
Instintivamente fui al baño y vi sus deliciosos zapatos. Por tercera vez los olí
e inmediatamente salí. Ahora había más gente y era peligroso. No debía permitir
que me vieran. Los chicos seguían en su partida y de vez en cuando iba al baño.
Si me cercioraba que estaba solo olía el zapato nuevamente y salía.
Estaba disfrutando mucho de todo ello. Cuando terminó la
partida los chicos se cambiaron en el baño. Augusto se quedó de último. Estaba
en la regadera bañándose y aproveché para oler nuevamente sus zapatos. Pero mi
temeridad se convirtió en imprudencia. Cuando me encontraba arrodillado oliendo
los zapatos Augusto me vio y dijo:
- ¿Qué haces con mis zapatos?
- Nada hijo, sólo los veía, me gustó el modelo, quizá me
compre un par así.
- Pensé que los querías robar o que me querías jugar una
broma.
- No te preocupes, soy profesor aquí, no haría nada de eso.
- OK, no hay problema.
El muchacho tomó sus zapatos y se los puso. Por su cara noté
que no le había agradado mucho el incidente. A mí tampoco. Sudaba copiosamente y
me veía asustado. Augusto notó eso, pues no dejaba de mirarme.
En otra oportunidad él estaba en la puerta del colegio
ayudando a controlar la salida y la entrada de los alumnos y nos vimos. No pude
evitar la tentación de ver sus zapatos. Augusto se dio cuenta de eso porque no
dejaba de mirarme. Cuando reparé en ello miré hacia otro lado. Antes de salir y
aprovechando que estábamos solos me dijo:
- ¿Por qué siempre miras mis pies?
- Por nada hijo, en realidad no los estoy mirando.
Le respondí con cierto temor y se dio cuenta de ello.
- ¿Te gustan mis pies, cierto?
- No, para nada, no sé por qué dices eso
- Porque siempre los miras y te pones nervioso.
- Me parece que estás confundiendo las cosas.
- Pronto hablaremos de ello.
El sudor me corría por la cara y tuve que quitármelo con un
pañuelo. Cuando por fin salí me preguntaba si el chico realmente se había dado
cuenta de mis gustos, cosa que me daba terror.
Días después, Augusto estaba jugando fútbol con los chicos.
Me detuve a ver el encuentro y él me vio. Su mirada tenía algo de picardía y de
curiosidad. Al terminar esa partida se me acercó y me dijo:
- Hola, ¿Qué tal?, ¿Te gustó el juego?
- Sí, te felicito, juegas muy bien.
- Uno hace lo que puede, gracias. Aunque noté que me mirabas
mucho los pies…
- Otra vez con lo mismo. No te estaba viendo los pies. Te
inventas ideas que no existen.
- Mira, vamos a sincerarnos. Estuve buscando en Internet
temas sobre personas que gustan de los pies y supe que se trata de un
comportamiento sexual llamado Fetichismo. ¿Sabes más información al respecto?
- Sí, se refiere a la gente que se siente atraída sexualmente
por partes específicas del cuerpo o por objetos pertenecientes a las personas
que les gustan.
Mi sudor comenzaba a bajar de nuevo rápidamente y también se
aceleró mi respiración. El chico estaba muy claro, quizá demasiado. ¿Qué podría
hacer para que no me provocara?, porque evidentemente lo estaba haciendo.
- Exacto, se ve que eres muy culto. Entonces te propongo una
cosa: Aquí cerca hay un terreno con una casa abandonada. Vamos para allá y te
muestro mis pies y haces lo que quieras con ellos.
- ¿Qué te pasa Augusto?, no me gustan tus pies, ni los de
nadie más. Te estás buscando un problema conmigo. No vuelvas a repetirme eso.
- No lo niegues. Se te hace agua la boca con esto que te
dije. Mira como te pones, todo nervioso. No te hagas de rogar, vamos para que
cumplas tus sueños con mis pies.
- Mira muchachito, me estás cansando, me voy para mi casa.
- Buena idea, nos podemos ir para tu casa y allá me ves los
pies. Dime dónde vives.
- No, para nada. No te diré donde vivo. Adiós
Di media vuelta y me fui. Era evidente que estaba al
descubierto con ese muchacho, pero no podía caer a su tentación, a pesar de que
gustaba muchísimo su proposición. Camino a casa me deleitaba pensando en los
pies de ese chico. Y cuando llegué tuve que masturbarme para sentirme mejor.
Decidí no ceder a sus provocaciones, es más, ni siquiera lo escucharía cuando me
hablase de ello. Tenía el peligro de que dijera algo y que todos mis alumnos
quisieran que les hiciera lo mismo. Eso, definitivamente, no podía ser. Sería
muy peligroso para mi estabilidad laboral si alguien supiera mis gustos.
En la noche, mientras cocinaba, tocaron a la puerta. Cuando
fui a abrir, observé por el ojo mágico de la puerta y me llevé tremenda
sorpresa: Era Augusto con cara muy sonriente. Me recosté de la puerta aun sin
abrir. Mi mente se llenó de preguntas. ¿Cómo sabía dónde vivía?, ¿Qué haría?,
¿Le abriría? o ¿Era preferible no abrir? Al final decidí enfrentarlo.
- Hola Augusto, ¿Cómo conseguiste llegar a mi casa?
- Me metí en los archivos del liceo y busqué tu expediente,
por supuesto allí estaba tu dirección. No te avisé pues de seguro no me ibas a
atender.
- Mira hijo, no sé qué buscas con esa persecución, no me
gusta que me espíen. Además, mañana plantearé el caso del archivo a las
autoridades del colegio para que te llamen la atención.
- ¿Por qué mientes?, sabes que te gustaría mucho ver mis
pies. Sólo hazlo, date un buen gusto con ellos.
- ¿Cómo puedes pensar eso? Los pies son algo asqueroso.
- Los míos no, me los lavé bien para ti. Anda, quítame los
zapatos, tócamelos, acaríciamelos, haz lo que quieras con mis pies.
Sentía que mis ganas eran un dique a punto de reventar, pero
había decidido no ceder por seguridad.
- Si viniste a provocarme estás muy equivocado, así que te
puedes ir por el mismo camino por el que viniste.
- Entonces te reto a una cosa: Siéntate en ese mueble y yo te
acariciaré la cara con mis pies. Si lo resistes es porque en verdad no te
gustan.
- No haré nada contigo. Por favor vete.
- Entonces tienes miedo a enfrentarte a mis pies.
- No tengo miedo de nada.
- Pruébalo. Siéntate allí y trata de resistir.
- Está bien, acepto el reto. Veremos quién es el que está
equivocado.
Inmediatamente me senté en un mueble acolchado y Augusto tomó
silla del comedor y se puso frente a mí. Levantó su pierna y acercó su zapato a
mi cara. Instintivamente lo tomé y lo alejé.
- No me gusta eso –le dije-.
- Así no se vale, debes resistir la tentación.
Dicho esto, bajé mi brazo y él colocó sus zapatos junto a mi
cara y comenzó a acariciarme con ellos. El contacto con el cuero suave del
calzado y su tenue olor me gustaron muchísimo. ¿Cómo resistir tal ataque?, pero
debía hacerlo por mi bien…a menos que el chico fuera discreto y no dijese nada.
El problema era cómo saber sus intenciones. Mientras lo hacía me iba diciendo:
- ¿Te gustan mis pies?
- No, sólo trato de probarte que estás equivocado, ¿Ves que
no hago nada? Imagina que alguien supiera esto, me harías un grave daño.
- Así que ese es tu temor. Pues yo te garantizo que no le
diré nada a nadie.
- ¿Cómo podré estar seguro de ello?
- Tendrás que confiar en mí.
No pude resistir más. Tome sus pies y comencé a besar sus
zapatos. Luego, pasé mi lengua por el cuero que se veía muy limpio. Después de
un rato, le desanudé las trenzas y le quité el calzado. Entonces, besé sus
medias. Tenían un olor muy suave, pero era indudablemente olor a pies, olor a
gloria para mí. Se veía que era un chico muy aseado. Él también me ayudaba
pasando sus pies por mi cara. Sus medias estaban usadas, aunque limpias. Al
final se las quité y dejé al descubierto sus lindos pies. Eran tal cual me los
había imaginado: morenos, delgados, un poco huesudos, pero hermosos en
conclusión. Comenzó a susurrar de gusto;
- Bésamelos, chúpamelos, haz algo con ellos.
- ¿Te gusta lo que te hago?
- Sí, mucho, son todos tuyos, ámalos.
Mi lengua comenzó a recorrer lenta y apasionadamente sus
pies. La metía entre sus dedos, mi parte preferida y trataba de encontrar algún
sitio cuyo olor fuera intenso. No fue posible, su aroma era muy suave, pero
podía sentir algo si me esforzaba un poco.
Mientras le hacía este servicio, Augusto gemía de placer y su
respiración se aceleraba, producto de la satisfacción que seguramente sentía. Al
poco rato comenzó a tocarse el pene. Se lo acariciaba con mucha pasión, hasta
que decidió abrir el cierre del pantalón y sacárselo para masturbarse. Su pene
era largo y delgado. Yo me quedé viéndolo un rato. Tenía sus ojos cerrados,
evidentemente disfrutaba con todo aquello y yo no me quedaba atrás, estaba
saboreando mi manjar preferido.
Al poco rato ya había probado totalmente sus pies. Le bajé
las piernas para que descansara. Aún se masturbaba y decidí ayudarlo con mi
mano.
- Bésame el pene –me dijo-
Se lo tomé y comencé a besarlo. Su sabor era un poco extraño,
producto de la fricción entre la mano y el miembro. Bien pronto lo engullí y
empecé a chuparlo con vehemencia. Sus gemidos volvieron a aumentar, al igual que
su respiración. Al rato me dijo que me preparara porque iba a eyacular, lo cual
se produjo con mucha intensidad y volumen. Era la prueba de que le había
encantado todo aquello.
- Gracias por hacerme sentir tan bien – le dije-
- No, gracias a ti, estuviste espectacular, nunca me habían
hecho eso, de lo que me estaba perdiendo.
- Sólo quiero que me prometas que nadie más sabrá lo que
hicimos.
- Te lo prometo, ahora seremos los mejores amigos…unos amigos
muy especiales.
- Claro cuenta con eso.
Se fue al baño a lavarse y aproveché de experimentar bien con
sus zapatos. Los olí por todos lados e inclusive, metí mi lengua en su parte
interna. Ahora podía hacerlo sin apurarme por la presencia de que alguien me
viera. Augusto me vio con sus zapatos y me preguntó:
- ¿También te gustan mis zapatos?
- Sí, mucho, el calzado también me atrae, sobre todo las
botas y también los zapatos deportivos.
- ¿Y por qué los deportivos?
- Pues porque siempre dejan un olor fuerte en los pies.
- ¿Entonces te gustan los olores fuertes de los pies?
- Bastante, le dan un toque especial.
- No lo sabía, es más, pensé que te gustaban limpios y por
eso me los lavé muy bien antes de venir.
- No importa, ya sabes lo que me gusta.
- Tengo más zapatos, ¿Te gustaría probarlos todos?
- Claro que sí y además me gustaría que me trajeras todas tus
medias sucias. Yo te las lavaré, pero antes disfrutaré un poco de ellas, ¿Qué
opinas de eso?
- No te preocupes, te traeré todo lo que me pides. Ahora debo
irme, tengo cosas que hacer mañana temprano.
- Nos vemos, cuídate mucho y de nuevo gracias.
Nos fuimos hasta la puerta y antes de salir le dije:
- Cuando tengas el próximo partido de fútbol, no te laves los
pies. Ven directo a casa para disfrutar de esa ricura.
No respondió, pero con un guiño de sus ojos achinados me dijo
que sí, mientras estrechábamos nuestras manos en señal de amistad.