Todos los sábados por la mañana, te aparecías en mi puerta
acompañando a tu madre con esa pesada bolsa de tela llena de ropa que vendíais
casa por casa para que ella pudiera alimentar a sus vástagos, tus hermanos. La
mía estaba en el gimnasio y mi padre trabajando. Tenía una secretaría muy
aplicada y amable que le ofrecía su cama para trabajar más cómodo que en la mesa
de la oficina, mucho más dura que el colchón, por supuesto. Mi madre también lo
sabía, pero le daba igual mientras estuviese ejercitando sus glúteos, sus
pechos, sus piernas... controlada por el monitor cerca de ella, arriba, abajo,
de lado o por detrás.
Tu madre sacaba del macuto jerseys, pantalones, sudaderas...
para enseñármelos, pero no sabía que lo único que realmente me mostraba era su
hija. Primero me enamoré de tus ojos, luego de tus labios, más tarde de tu
melena, después de tus caderas a la vez que de tus pechos, y entonces...
entonces de ti. Tu voz era la que me despertaba por las mañanas y tu mirada la
que abría mis párpados.
Pero ¿por qué nuestra relación era imposible? ¿por qué
nuestro amor era prohibido y nuestro cariño atado corto por cuerdas sociales e
invisibles? Tu barrio y el mío, dos planetas separados por tan solo trescientos
metros... No entiendo por qué nunca colisionaron.
A nosotros todo nos dio igual el día que cruzamos el puente
que construimos para unir nuestros mundos paralelos. Tú fuiste cepo, yo fui
flecha y ambos fuimos víctimas de nuestra pasión torrencial que a su paso
arrastró prejuicios, antipatías, diferencias y estupideces varias establecidas
en nuestra sociedad, esos arbitrarios cánones sociales ¿salidos de dónde, de
quién, para qué? tan instalados en tu mundo como en el mío que pretenden
distanciarnos y olvidar lo más bonito que hemos tenido, convertirlo en
recuerdos, algo a lo que me niego sabiendo que tu mirada se dirige al cielo, que
está ahí, que está triste pero se mantiene viva y firme, juez implacable mirando
a unos y a otros.
No fueron mis padres emocionalmente ni tus primos
físicamente, la culpa fue nuestra porque el día que rompimos el cristal que nos
separaba y mediante el cual nos veíamos, fuimos capaces de cerrar los ojos y ver
que en tu pecho latía un corazón que marcaba el ritmo del mío animado por las
pulsaciones de éste; ver que mi sangre era tan roja como la tuya, tu alma tan
sucia como la mía y mi espíritu tan inmaculado como el tuyo.
Aquel día, tú fuiste solo una mujer, yo fui solo un hombre,
los dos fuimos uno, el mismo, un incendio que prendió e hizo arder algunas
hectáreas de la hipocresía de los tolerantes.
Como dijo aquel héroe en aquella película que a mí tanto me
gusta: "Puede que nos quiten la vida... pero jamás nos quitarán la libertad". La
libertad de amarnos, de tocarnos, de acariciarnos, de mirarnos y hacerlo delante
de todo el mundo porque nos sale de los cojones y del corazón.
Estoy aquí y aquí espero tus ojos, tus labios, tu melena, tus
caderas y tus pechos... aquí te espero a ti, para ridiculizar al infierno con
nuestro fuego y reinventarlo con nuestras llamas donde quiera que estemos; el
paraíso en tu cuerpo.
¿Qué más da morir pecando si vivimos amando? ¿Qué más da si
tú eres gitana y yo soy payo si nuestro amor es mestizo?
Con esto quiero decir que no seamos gilipollas y abramos la
mente de una puta vez.
S.O.S. RACISMO
Un beso. Sonia.