LOS CAMPOS.
La vista desde la ventana era espectacular. La visión de los
campos listos para la recogida reconfortaba el apesadumbrado corazón de D. Pedro
Alumbres, propietario del cortijo. El gentío que se agolpaba alrededor de la
gran casona con la esperanza de ser contratados era constante. De modo que hubo
que habilitar una de las residencias auxiliares como oficina provisional de
contratación. El trasiego era impresionante, gentes de todas las edades acudía a
los grandes cortijos cordobeses para la recolección de la aceituna, materia
prima del preciado aceite virgen, motor de la economía local. Eran hombres y
mujeres sin otro medio de vida que la agricultura, pero demasiado pobres para
tener sus propias tierras. Obligados por la necesidad a trabajar para los
señoritos andaluces, en su mayoría pequeños dictadores, que con el beneplácito
de las autoridades locales, explotaban sin piedad a los jornaleros por unos
míseros reales.
D. Pedro era joven, tendría alrededor de treinta años, pero
aparentaba bastantes más.
Nunca había sido un "señorito" y le gustaba dirigir
personalmente los trabajos en los campos, incluso echar una mano si era
necesario. El sol del campo había curtido su piel morena y la tierra agrietado
sus manos. Pero a nadie que le conociera se le escapaba que D. Pedro había
envejecido en cuerpo y carácter en los últimos tres años, más de lo
razonablemente normal. Había decaído, se había marchitado. Su cuerpo se había
debilitado y arrugado, y de no ser por que todos sabían la verdadera razón,
podrían haber pensado que estaba enfermo. Pero no, no estaba enfermo, por lo
menos en el sentido estricto de la palabra. D. Pedro había enviudado tres años
atrás. La perdida de Constanza, su esposa, fue un mazazo insuperable para él,
más si cabe, al perderla junto con el que hubiera sido su primer retoño, en un
terrible parto en el que la criatura también murió. El, que estaba fuera en la
fecha del alumbramiento, nunca se perdonó el no haber estado allí, el no haber
podido hacer nada para salvarla, ni siquiera haber podido despedirse.
Cambió su carácter, agrió sus formas y se volvió déspota con
todo el mundo. Siguió rigiendo sus tierras pero había perdido su empuje, su
alegría contagiosa de antaño. Eso repercutió negativamente en el negocio que,
aunque todavía productivo, no le reportaba los beneficios de otras épocas.
Varias habían sido las pretendientas que tubo desde que
enviudó. Pero por ninguna sentía el más mínimo interés. Eran hijas de los
señoritos locales, que debían "casarse bien" para poder mantener su posición
social, ya que las tierras solían ser heredadas por los hijos varones y
necesitaban un mecenas que costeara su vida de alto nivel. Pedro las rechazó a
todas, además de forma poco ortodoxa, enemistándose así con la mayoría de la
burguesía local.
Se encontraba terriblemente solo, vacío. Trabajaba y
trabajaba pero no sentía satisfacción alguna con ello, ni con el dinero que
obtenía. Se había quedado sin amigos, los pocos que le quedaban trataban en vano
de animarle pero no había forma, estaba roto por dentro. Estaba frustrado,
enfadado con la vida, enfadado con la muerte que le arrebato a su ser mas
querido. "Cruel destino, pensaba él, si al menos hubiera sobrevivido
el bebe."
Y era cierto, hubiera dado cualquier cosa por tener al niño
con vida entre sus brazos. Lo hubiera cuidado, lo hubiera amado. Habría dirigido
hacia el bebe todo el amor que tenía por su madre. Pero no había sido así. El
destino se burló de Pedro, sumiéndolo en una continua desazón que no podía
apartar de sí. Sentía una rabia e impotencia inapagable.
Solo contemplar los extensos campos desde la ventana del gran
salón le tranquilizaba, le transmitía paz. Solía sentarse en su sillón al
atardecer frente al gran ventanal para ver la quietud de los olivos, solo
perturbada por la calida brisa del sur. Pasaba horas con la mirada perdida
contemplando sus tierras, no despachaba con nadie ni atendía las urgencias del
trabajo, solo trataba de relajarse. Cerraba los ojos y sentía que flotaba entre
los olivos, que se deslizaba entre los campos… Junto a Constanza, como solían
hacerlo de jóvenes:
"Corre, Pedro, corre. Atrápame si puedes.- Dijo Constanza
mientras corría por la ladera. Llevaba puesto el precioso camisón de seda blanca
que llevo la noche de bodas. Aquella inolvidable noche en la que se unieron por
primera vez y para siempre. Aquella noche en la que ya no fueron más dos, sino
uno solo. Una sola carne, una sola mente, un solo espíritu. Pedro escuchó sus
risas entre los olivos, mientras huía de él, enfrascados ambos en el inocente
juego. Admiraba su belleza, su alegría. La quería por lo que era y por lo que
hacía que él fuera. La seguía de cerca, siguiéndole la corriente de sus retozos,
trotando alegremente. Veía su moreno y largo cabello mecerse al viento. Sus
piernas largas y tersas, sus pies desnudos flotando sobre los campos. La alcanzó
bajando una pequeña ladera, por la que ambos rodaron abrazados, risueños,
felices. Se unieron allí, aquel calido atardecer de verano, bajo el gran nogal.
Hicieron el amor tranquilos, despacio. Admirándose mutuamente, sin prisas.
Recreándose en el deleite. Acariciándose, besándose, uniéndose. Estando así
juntos, inseparables para siempre."
Pero la vida real siempre regresaba, tenaz. Sacándolo de su
escondrijo y exponiéndole a la cruda realidad de su existencia. Era como si un
demonio le atormentara de continuo, y solo la visión de los campos lograra
apaciguarlo, pero solo temporalmente.
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Carmen era hermosa, o lo sería si hubiera llevado otra clase
de vida. Pero era pobre y el trabajo del campo curte y estropea la belleza
exterior de la gente. Morena de ojos verdes, conservaba, a pesar de todo cierto
atractivo. Hubiera sido una estupenda dama, bella y alegre, de haber tenido la
oportunidad. Pero era la mayor de cuatro hijos de una familia más que humilde,
así que desde niña ayudo a su padre en el sustento de la casa. Viajaba con él,
buscando cortijos donde ser contratados como jornaleros. Trabajaba a la par de
cualquier hombre y aunque aparentemente era de constitución frágil era
resistente como una roca.
Se había enamorado solo una vez en la vida. Le habían roto el
corazón tan solo una vez. Se enamoro, como suelen hacerlos las buenas chicas,
del más sinvergüenza de todos los que hubiera podido escoger. Pero ella no se
derrumbo cuando se dio cuenta de sus infidelidades, no. Ella era dura como una
roca. Resistiría todo lo que le echaran encima. No dejaría que nada la hiciera
zozobrar, nada. Era fuerte, no por fuera sino por dentro. Resistente, resuelta,
no dejaba que las situaciones la dominaran, por lo menos a la vista de los
demás. Sus sufrimientos los vivía sola, por dentro. Los lloraba en sus largos
paseos nocturnos por los campos andaluces.
Tal vez fue esa resistencia interior, la que hizo que no se
derrumbara cuando un señorito la violó en su cortijo estando contratada para él.
Tal vez fuera eso y no el miedo, lo que hizo que no se lo dijera a nadie. Tal
vez fue esa determinación es su fuero interno lo que le impedía llorar. Tal vez,
y solo tal vez, fuese eso lo que hacía que no se hundiera, que permaneciera
inmutable por fuera… Y destrozada por dentro.
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Carmen se preguntó quien sería aquel hombre que estaba todos
los atardeceres frente a la ventana de la gran casona. Por su atuendo dedujo que
era el señorito del cortijo. Tenía una mirada triste y pérdida, dirigida hacía
algún lugar lejano de entre los extensos campos de olivos de su propiedad. Había
escuchado, por medio de la servidumbre de la casa, la triste historia de Doña
Constanza y su bebe. Se dio cuenta que aquel hombre estaba sufriendo todavía por
la perdida de su amada y su hijo. Sintió compasión de él, pero admiró su forma
de amar. Se preguntó a si misma si alguna vez encontraría alguien que sintiera
con la intensidad que lo hacía aquel hombre. Sus miradas se cruzaron tan solo
durante unos instantes. Luego el hombre se levantó del sillón y se alejó de la
ventana, perecía que algo le hubiera sobresaltado y le hubiera sacado de su
ensimismamiento.
Aquella noche los demonios volvieron a atormentar a Pedro,
que se revolvía en la cama, insomne. La echaba demasiado de menos. Salió en
silencio de la casa y se dirigió caminando hacía los campos de olivos. Era muy
de madrugada, faltarían tan solo un par de horas para el amanecer, pero no le
importaba. Caminó muy despacio los senderos que solía recorrer junto a Constanza
años antes, recordando con cada árbol y cada roca, acontecimientos acaecidos
allí mismo en tiempos mejores.
Comenzó a llorar amargamente, vagando sin rumbo por los
campos. Sus ojos se llenaron de saladas lágrimas y su vista se cegó de pura
amargura. Allí solo, en medio de la inmensidad de sus tierras, clamó al cielo
por una oportunidad. Una sola oportunidad de estar con ella, de amarla, de
abrazarla. Clamó a Dios por un solo momento más de amor puro, de amor sincero.
Quería despedirse de ella. Sentía que le había fallado y necesitaba
reconciliarse con ella y consigo mismo para poder seguir viviendo en paz. En su
agonía se arrodilló casi en trance, y suplicó.
Luego de repente, se turbó, se sobresaltó. El corazón le
palpitó de tal forma que parecía que se le iba a salir del pecho… Allí en el
recodo del camino, apoyada al gran nogal estaba ella.
Al principio creyó que era imaginación suya, pero a medida
que se acercaba, estaba más seguro que era real. De espaldas con su camisón
blanco y su larga melena negra sobre los hombros estaba ella. Se acercó por
detrás y le agarró suavemente la cintura, ella lo miró a la cara con esos ojos
verdes y lo besó tiernamente. Pedro no sabía si soñaba o estaba despierto. La
abrazó con todas sus fuerzas y por primera vez en tres años sintió paz de
espíritu. Hicieron el amor dulcemente, pausadamente, como solían hacerlo antaño.
Retozaron bajo el viejo nogal una vez más. Rozaron sus cuerpos suavemente y se
unieron en una mezcla de pasión carnal y consuelo de alma. Luego se durmieron
abrazados bajo el gran árbol.
Cuando Pedro despertó y vio a Carmen sentada junto a él
mirándolo hizo el ademan de incorporarse pero no llego a hacerlo por que ella le
puso primero su dedo índice sobre sus labios y luego, inclinándose suavemente lo
besó. El tardó unos instantes en comprenderlo todo, pero el roce de los labios
de la mujer le transporto de nuevo a la noche anterior y supo con certeza que
ella era la respuesta a su clamor, era su consuelo.
Ella, en cierta forma, era Constanza. Era el regalo divino
que le había sido dado para consolarle de su perdida. No sabía quien era ella,
ni tampoco sabía que iba a pasar con ellos, pero por primera vez en tanto tiempo
amó de nuevo a una mujer. Encontró la paz. Sabía que ya no tendría que mirar más
los campos desde la ventana del gran salón, a partir de ahora podría recorrerlos
junto a su amada, jugando, retozando, felices.
FIN
PD- Os aseguro que cada vez que me planto ante el PC me digo
a mi mismo que voy a escribir un relato erótico. "Ya veras, se van a cagar"
me digo. Pero a medida que las ideas vienen y comienzo a escribir no me sale… no
me nace. Quizás la próxima vez ¿vale? AHHHH!!! Y no olvidéis comentar el relato,
ya sabéis: Solo soy un humilde aprendiz sediento por aprender.