Capítulo 1: La noche (parte I)
La noche me envolvía con su cándido manto para refugiarme de
mis pesares sufridos durante la semana. Los exámenes, los deberes, mis
ocasionales discusiones con mis padres, todo aquello se disolvía en esa magia
oculta para aquellas personas que duermen durante estas horas. Era viernes y
deseaba estar con mi novio, mi corazón palpitaba con fuerza, sentía la misma
ilusión que no hace mucho tiempo disfrutaba al abrir los regalos del día de
Navidad. Pero aquella linda niña había dejado paso a una mujer, que poco a poco
iba dejando la inocencia de aquellos juegos pueriles e iba cayendo en las reglas
de otros juegos con un cariz bastante diferente.
Comencé a maquillar mi piel, que era tan pura y cristalina
como el primer copo de nieve en invierno. Mis labios rojos no necesitaban de
carmín ya que eran mucho más vivos que el pálido tono de mi tersa piel. Mis ojos
verdes buscaban de manera nerviosa aquella falda que compré hacía unas semanas
por la cual estuve ahorrando semanas sin salir. Pero al fin hoy la estrenaría.
Mi cabello lacio, negro como el azabache, cubría mis pequeños senos y ocultaba
mis pezones morenos. Me recogí el cabello en una coleta.
Acudí al armario y entre todo el montón alborotado de ropa,
encontré un top de licra bastante ajustado. Me puse la faldita negra, el top
blanco, unas zapatillas y unas medias largas hasta las rodillas. Cogí mi bolso y
unos preservativos. No había tenido relaciones plenas con mi novio, pero algún
que otro juego hacíamos, así que me conservaba virgen para evitar ser tratada
como una cualquiera y por los comentarios que realizaban distintos parientes
míos sobre las mujeres de mi familia."Esas niñas se encaman con
cualquiera""¿Sabíais que la hija de fulano de tal se acostó con un hombre dos
años mayor que ella?¡Menudos valores le han enseñado!" entre otros comentarios.
Me dirigí contoneando mi cuerpo entre las luces de la ciudad.
No había dicho nada a mi madre, ya que a ella le daría un síncope verme así. Ya
tuve bastante aquella vez que mi padre me calificó a sus ojos como si fuera una
sucia prostituta.
Los chicos posaban las miradas en mi cuerpo. Para qué
negarlo, me gustaba exhibir mi cuerpo, pero no por el hecho de ser una chica
bonita, simplemente porque lo considero algo bello y digno de ser mostrado.
Además es agradable sentirse deseada. Algunos chicos miraban tímidamente, otros
gritaban desde su coche desde los piropos más bonitos hasta las provocaciones
más groseras. Esas voces interrumpían mis pensamientos, que se perdían en las
baldosas de la ciudad, en el ruido de mis pasos al caminar y en mis pensamientos
hacía mi pareja.
Al cabo de un rato, llegué a casa de mi novio. Estaba sólo.
Yo tenía 15 años y él tenía 18 años. Mis padres no sabían nada de él, tampoco
quería que lo conocieran. Estaba vestido con unos boxers y estaba jugando con la
consola. Abrí la puerta de su habitación y con un guiño cómplice le dije:
-Cariño, vamos a dar una vuelta.
-No tengo ganas.
-Venga cariño, vamos.-le dije a él, jalando de su brazo.
En ese instante sonó el timbre de la puerta y él abrió la
puerta. Una chica mayor que yo se abalanzó sobre él y la besó intensamente.
Me quedé paralizada. Noté un calor intenso en mi corazón y una corriente
eléctrica recorrió mi espalda. Las lágrimas de cristal crearon un torrente bajo
esos selváticos ojos míos. Estaba paralizada mientras no podía hacer nada. Me
faltaba el aire para respirar, la garganta la tenía seca, hasta que unas
palabras de él, me sacaron del trance.
-Putita, lárgate, que al menos esta chica no va vestida de
zorra y se cree una santa.
Como si fuera una autómata, salí del piso. Mis lágrimas no
paraban de salir, trataba de entender pero era inútil .Me había dejado por otra.
¿Por qué?¿Por qué no le había entregado mi virginidad? Era el primer chico que
conocí y llevaba dos meses con él. ¿Acaso para lograr el amor...?
Miré al cielo y una copiosa lluvia cubrió mi cuerpo,
disimulando mis lágrimas. La gente corría para evitarla. Se cubrían con
zamarras, con chaquetas o con carpetas plastificadas del instituto. En un
instante la calle estaba desierta. Seguía llorando, ahora cobijada por la
lluvia, las luces de las farolas y de los coches se desdibujaba en el entorno.
Mi mente se concentraba en la lluvia y dejé de ver nada más que la silueta de
los objetos y el sordo sonido del agua chocando contra el asfalto.
Iba mirando al suelo cuando noté algo muy duro en mi frente.
Alcé la vista y choqué con los senos de una mujer.
Era alta, tenía los ojos color miel, su piel era de un color moreno café y tenía
el cabello de un color castaño claro, con pequeñas mechas rubias entrelazadas.
Sus senos eran grandes o al menos me lo parecía, eran como mi cabecita, ya que
yo era de baja estatura y sus senos podrían servirme de improvisado paraguas.
Vestía un uniforme que indicaba que trabaja en esos claustrofóbicos cubículos
donde literalmente estabas en el cielo, con falda hasta las rodillas, unos
zapatos negros de tacón bajo, una corbata roja, una camisa de seda blanca que
transparentaba su sujetador con bonitos encajes. En sus manos tenía un
portafolios y un paraguas negro. Me dirigió una tierna mirada y una sonrisa que
dejaba entrever sus blancos dientes, iguales que la luna llena.
Dejó el portafolios en el suelo y me limpió con el dorso de su mano mis
lágrimas.
-Los ángeles no deberían llorar, ven conmigo.
Me aferré con fuerza a su brazo y me llevó a un lujoso
edificio rodeado de otros edificios de oficinas. Tras subir por el ascensor,
abrió un portón que era la antesala de su casa. Nos hallábamos en el ático, ella
se deshizo de su ropa y también me desnudó a mí. Nos sentamos en la cama. Tomó
una toalla, me limpió la cara y me secó el cuerpo con mucha delicadeza,
acariciando mi tersa piel. Repasó mis pezones, mis senos, mi espalda, mi cuello,
mis nalgas, mis pies...no hubo rincón que no tocase con sus manos. Cada vez que
terminaba de secar cualquier parte de mi cuerpo, me daba un suave beso y me
erizaba la piel aquella sensación.
Una vez que terminó de secarme, me dijo:
-Pediremos algo de comer, supongo que tendrás hambre...
-¡Sí!-dije mostrando una amplia sonrisa.
Ella apareció con un catálogo de comidas a domicilio.
-Angelito, elija lo que desea comer.
-Ummm, ¿le parece si comemos comida china?
En ese momento ella giró la cabeza hacía los laterales como si buscase a
alguien.
-¿A quién busca?
-No sé, como te has referido a alguien de usted y yo creo que no estoy tan
vieja...
Comencé a reírme en la cama y ella sonrió ampliamente. Mis mejillas estaban
sonrosadas por las carcajadas.
-Valeeee, pues ¿comemos chino, te parece?
-Eso está mejor-mientras me daba un beso en la frente y acariciaba mi cabello
humedecido.
Ella desfiló su hermoso trasero, que era tan respingón como el mío y mientras se
lucía desnuda para mí, tomó el móvil y marcó el número del restaurante. Pidió
varias cosas y se sentó en la cama.
-Siéntate en mi regazo.-me decía ella con toda la ternura del mundo.
Me abracé a ella y acosté mi cara en uno de sus senos mientras tocaba su
espalda.
-Angelito, dime, ¿quién te hizo llorar así?
-Eso no importa...ahora soy feliz a tu lado.
Sonrió y me replicó:
-Eso ya lo veo, pero de todas formas dime qué te pasó.
-Mi novio, bueno, mi ex-novio me dejó por otra.
-¿Y por qué?
-Seguramente porque yo soy virgen aún y no me he acostado con él.
-Ya veo, pero ¿no hacías nada de sexo con él?
-Sí, lo masturbaba y otras cosas.-me puse colorada y empecé a tartamudear.
-Jajajajajaja, no te pongas nerviosa, eso lo hemos hecho todas alguna vez.-me
dijo ella, tranquilizándome y besándome en el cabello.
Se oyó a alguien afuera gritando que venía de parte del
restaurante. Ella me besó en las mejillas, tomó su bata y se la puso. Se la ató
delante de mí y me fijé como su sexo tenía un pequeño triángulo de pelo.
Entreabrió la puerta dejando el ganchillo puesto y le pagó al repartidor. El
muchacho se le iba la mirada al canalillo de los pechos que se formaba
perfectamente por la presión del albornoz. Ella cogió la comida y la dispuso en
la mesa. Yo agucé los dientes.
-Tenemos pollo al limón, wan-tun, rollos de primavera y pan
de gambas, aparte de salsa agridulce. ¡Buen provecho!
Nos sentamos a comer con bastante apetito. No hablamos mucho
durante la cena. Al terminar la cena:
-Ummm, estaba riquísima la comida - decía relamiéndome los
labios cubiertos por salsa agridulce.
-Sí, pero me falta el postre.
Ella se acercó decidida y me plantó un beso en la boca. Me
quedé con los ojos entreabiertos sin reaccionar. Metió su lengua y se enredó con
la mía. La chupaba, lamía mis dientes, hacía círculos en el interior. Mi cuerpo
estaba en una lujuria febril y mi vulva comenzaba a rezumar excitación. Una de
sus manos se desplazó a mis senos, que los apretó y luego amamantó mis pechos,
mordiendo con el filo de los dientes mis pezones y dando pequeños tirones. Su
otra mano me comenzó a acariciar el clítoris, a frotar mis labios vaginales y a
penetrarme ocasionalmente en mi interior. Su dedo corazón entraba y salía de mi
virginal sexo con mucha violencia. Ella veía en mi cara turbada por el inmenso
placer que estaba a punto de llegar al orgasmo. Entonces ella descendió y ella
golosa me penetró con el dedo índice y corazón mientras chupaba mi clítoris y
lamía mis labios vaginales con su lengua. No pude resistirlo y mi vagina se
contrajo vertiendo mis fluidos a su boca. Ella siguió metiéndome los dedos
provocando sucesivos orgasmos en mi interior y sacó sus dedos impregnados de lo
más secreto de mi ser. Los chupó y me miró con una mirada cargada de excitación.
-Te has corrido. Muy bien. Ahora me toca a mí.
Agarró mi cabeza y la puso frente su coñito. Desprendía un
olor a hembra. Estábamos muy cachondas y le quería devolver las oleadas de
placer que me había dado. Comencé a lamer ligeramente sus labios vaginales y
luego la penetré con la lengua y sorbí su interior como si se tratase de un
chupachups. Ella tenía los ojos cerrados y la cabeza reclinada y no paraba de
repetirme:
-Sigue, sigue así…
Cogí con mis dedos y como si fueran pinzas tomé su clítoris. Era mayor que el
mío, muy prominente, mediría 2 cms y estaba rojo y muy hinchado. Empecé a tirar
de él y a morderlo mientras le follaba el coño con tres dedos. Ella tomó mi
cabeza y me aferró fuertemente a su coño. Era el momento que esperaba. Devoré su
corrida.
-Para ser tan joven, comes muy bien un coño. ¿Es tu primer coño?
-Sí-le respondí.
-Bien. A partir de ahora me encargaré de ti y haremos esto cuantas veces
quieras. Pero no somos novias. Simplemente disfrutamos del sexo.
Le contesté con una sonrisa dándole mi aprobación.
-Pero sobre todo quiero que seas discreta. No quiero que se sepa, podemos tener
problemas las dos.
-Muy bien.
-Es tarde. Te llevaré a tu casa. Tu familia estará preocupada.
-Francamente…preferiría quedarme contigo. ¿Te cuento un secreto?
-Dime.
-Tengo una estrategia para quedarme fuera de casa siempre que quiero. Aparte,
las cosas no van demasiado bien últimamente.
-Ok. Llama de mi teléfono si te parece.
Me dirigí a un inalámbrico que estaba colgado en la pared. El teclado estaba en
el auricular. Marqué mi número.
-Hola, mami. Esta noche…
-No vas a ir a casa, me lo temía.
-¿Quién es?-escuché de fondo.
-Tu hija.-respondió mi madre.
-Ese putón tenía el chochito calentito y se ha ido a por rabos ¿no?
-¡NO DIGAS ESO DE ELLA! ¡SABES QUE ESO SON HABLADURÍAS!
-Es que si al menos cobrase.
-Cariño, no hagas caso a tu padre, está borracho.
-Vale…
En ese momento oí un golpe.
-¡TÚ, MALDITA ZORRA, SERÁ MEJOR QUE VENGAS AHORA MISMO A CASA! ¿ME OYES? ¡TE VOY
A REVENTAR LA CARA!
Abandoné el teléfono y escuchaba el ruido eléctrico del
auricular que transformaba la voz de mi padre en una sarta de insultos que se
sucedían uno detrás de otro. Coloqué mi cabeza entre mis rodillas y mi llanto no
esperó a salir de mis ojos para recorrer mi cuerpo desnudo. Ella se acercó y
colgó el inalámbrico. Y me abrazó tiernamente, besando mi frente y esperando a
que se me pasase la llorera.
Capítulo 2: La noche (parte II)
Aquellas caricias alejaron de mi mente todos los problemas
que día a día sufría. Papá cada día bebía más y hace años dejó de ser el cabeza
de familia para convertirse en un borracho. Pero lo curioso era que estaba en
brazos de una mujer mayor que yo cuyo nombre desconocía. Sus palabras me sacaron
del ensimismamiento en el cual estaba sumida.
-Cielo, ¿estás mejor?
-Sí gracias. ¿Cómo te llamas? Aún no lo sé.
-Eloísa.
La besé brevemente en los labios. Aquellas sacudidas que me transportaron al
cielo me habían dejado exhausta.
-Yo me llamo Belinda.
-Bueno, Belinda, estás agotada. Mañana a primera hora iremos a recoger tus cosas
para que vayas a clase.
-De acuerdo, por cierto, ¿cuántos años tienes?
-Eres muy curiosa-dijo silenciando con su juguetona lengua mis labios y
comenzando a dibujar círculos alrededor de la comisura de los labios como si
fuera un huracán, consiguió vencer la poca resistencia que ofrecía y entró una
vez en mi boca.
Capturó mi lengua, lamiéndola, chupándola, puliendo el
interior de mis dientes, llegando a la úvula. Mis ojos estaban cerrados y a
pesar de mis escasas energías, noté como mi tesoro una vez más se erigía
anhelando calmar esa excitación febril que se había apoderado de mí. Mi cuerpo
cándido habría cambiado al rojo más intenso de las profundidades del Infierno
por la intensa calentura que regía mis sentidos.
Abandoné la pasividad y me abalancé sobre ella, inmovilizando
sus muñecas, devolviendo ese gran ósculo que me regaló. Con mis rodillas
entreabrí sus piernas y con mis muslos comencé a frotar su excitado clítoris,
ahogándose sus gemidos en mi cálida boca. Aquel minúsculo pene femenino notaba
como crecía y yo veía en sus mejillas sonrosadas y su voz entrecortada que
estaba a punto de reventar. Bastó mover mi dedo índice de arriba abajo para que
experimentase varios orgasmo en su gento cuerpo. Engalané su abdomen con mis
demostraciones de afecto más sinceras a la persona que me hizo disfrutar del
sexo como jamás soñé.
-Me has dejado sorprendida-dijo jadeando.
-Tu edad-le respondí.
-34 años. ¿Y tú tienes 16 no?
-Así es.
Disfruté de la tersura de su faz varias veces antes de
quedarme dormida en su regazo.
A la mañana siguiente entré en mi casa a recoger las cosas a
ir a clase. Mi padre dormía en el sofá con la camisa manchada de sudor y
cerveza, con la boca abierta como si fuese un lagarto al sol. Estaba bastante
descuidado. Eso hacía el alcoholismo y el paro con un hombre como mi padre. Me
quité los calcetines y con los pies desnudos me introduje furtivamente en mi
cuarto y como una brisa me deslicé para regresar al portal de mi casa.
Eloísa me dejó a unas calles de mi colegio y fui andando, no
antes sin darnos un beso de despedida.