INCITADO A TIRARME A MI SUEGRA POR MI MUJER Y MI CUÑADA.
De como mi esposa y su hermana insisten en que debo follarme
a su madre.
Buenas, amigos lectores. Me llamo Mariano y soy de una
pequeña capital española. Estoy casado desde 1992 con una preciosidad que además
es buenísima en la cama, con la que tengo plena confianza en todos los aspectos.
Como yo digo, procede de una familia de guapas, ya que su madre y sus dos
hermanas están riquísimas y, si mi apuran, hasta la madre de aquélla, es decir,
la abuela, también lo está.
Los padres de mi mujer poseen un chalet en un pueblo cercano
a la ciudad en la que vivimos. Es bastante grande y, como además tiene piscina,
de junio a septiembre nos lo pasamos allí. Imagínense lo de buen grado que voy,
ya que en el piscineo tengo la impune ocasión de ver a todas esas bellas mujeres
medio desnudas, pues lo bikinis que gastan enseñan más de lo que esconden, por
no hablar de lo que muestra la imaginación. Además, como el chalet está en la
falda de la sierra, el agua de la piscina está bastante fría, lo que
afortunadamente me ofrece un desfile de erectos pezones en cuanto se bañan.
Resulta que un día estábamos solos mi mujer, su hermana
pequeña y la madre de ambas. Después de comer mi suegra se echó la siesta,
quedándome con mi esposa y mi cuñada amodorrados viendo el bodrio televisivo. De
repente mi cuñada me espeta que qué me parece su madre, a lo que contesto que me
cae muy bien; ello provocó unas carcajadas terribles en mi esposa y mi cuñada,
tras las cuales mi mujer me aclara que la pregunta se refería a ver cómo la
consideraba como hembra, es decir, que si sexualmente me atraía. Superado el
corte de tan fuerte pregunta, les dije que me gustaba, ya que a pesar de su
cincuenta y pico años estaba francamente buena. Así las cosas me aclaran que mi
suegra estaba bastante salida, ya que al parecer su marido no la tocaba, pues
estaban separados de hecho, viviendo juntos solo por el que dirán, teniendo él
varias amantes desde hace años, por lo que mi suegra, aconsejada por mi cuñada y
mi esposa, pensaba desquitarse. Me dicen que -como bien sé- su madre no tiene
valor como para buscar un amante por la calle, por lo que habían pensado que
asumiera yo tal rol, toda vez que, según mi esposa, era muy bueno en la cama,
afirmación que mi cuñada manifestó desear probar algún día, frente a la mirada
de enojo de mi mujer, dándole a entender que ella no era una mujer desatendida.
Yo inicialmente tome la propuesta a broma y les dije que
dónde estaba la cámara oculta, a lo que mi cuñada contestó que su madre
evidentemente no me atraía lo suficiente, contradiciéndole mi esposa, que alguna
vez al masturbarme me hablaba de su madre, de lo bien que se conservaba,
precipitando mi eyaculación, con lo que tenía una evidente prueba del error de
su hermana.
La verdad que la propuesta me estaba poniendo cachondísimo,
pero objeté que era muy fuerte y todo un cortazo abordar con tales pretensiones
a mi suegra, aclarando ellas que eso no era problema al tenerlo hablado con su
madre y que, si aceptaba, la clave sería acceder a bajar a la piscina con su
madre y que ella tomaría la iniciativa.
¡Así se las ponían a Felipe II!, pensé yo, por lo que me
decidí a hacerlo, no sin antes comentar a mi esposa que temía que todo esto
afectara a nuestro matrimonio, contestando ella que era una gran favor que les
hacía y que me empleara sin temor y a fondo, haciéndole a su madre todo lo que a
ella la hacía para que supiera lo que era gozar a lo grande.
Convinimos que cuando su madre despertara ellas se irían de
compras, lo que aquélla tomaría como pistoletazo de salida. Efectivamente,
cuando mi suegra apareció en salón de la televisión, ellas dijeron que se iban y
mi suegra dijo que con quién se iba a dar un chapuzón en la piscina, que sabían
que le daba miedo bañarse sola, pues no era muy buena nadadora. Ellas, riéndose
pícaramente, le dijeron que me dejaban de socorrista, mostrando mi suegra una
sonrisa que delataba cómo todo estaba preparado.
De manera que, super excitado, me puse el bañador y me baje a
la piscina, esperando muy nervioso la llegada de mi suegra, apareciendo mi mujer
provista de una botella de ginebra, hielos y tónicas, diciéndome: "toma, mi
amor, para que os pongáis a tono; y dale cañita a mi madre, que le hace mucha
falta", dándome un beso y asegurando que no se darían prisa en regresar.
Pasados unos minutos, apareció mi suegra y ¡Dios!, casi me
desmayo. Venía con un diminuto bikini blanco tipo tanga. Se agacho a poner unas
copas y le vi ese delicioso culete que tanto deseaba, por lo que se me empinó
inmediatamente.
Le dije:
- ¡Joder! suegra, que bikini te gastas.
- Estas locas de tu mujer y mi otra hija, que se han empeñado
en que me queda bien.
- Ya lo creo que te queda bien, enseña más de lo que tapa.
- Si te sientes incómodo, subo y me pongo un bañador.
- Que va, que va, estás bien así.
Nos sentamos en las tumbonas y se pegó el gin-tonic de un
trago. Me pidió que le sirviera otro que volvió a deglutir. De manera que le
puse el tercero, a pesar de que ya la notaba un poco tomada.
La ingesta alcohólica debió calentarla, pues se abrió
bastante de piernas y no le importó que le clavara los ojos en el coño. Es más,
se tumbó boca abajo y me pidió que le diera bronceador en la espalda.
¡Joder, que maravilla!, ahí tenía yo a mi suegra con las
nalgas al aire y supercachonda.
(Aprovecho este momento para deciros que es alta para su edad
–sobre 1,75 cm-, esbelta, morena, de piel más bien clara, aunque a estas alturas
del verano bronceadita, y tiene un buen par de tetas).
Hago esta precisión porque boca abajo y al aplastarse el
pecho contra la tumbona, se asomaban ambas periferias de las tetas.
Comencé a extenderla el bronceador aprovechando para sobarle
la parte de las tetas que asomaba; aunque no me atrevía a aplicarle la crema en
las nalgas descubiertas por el tanga.
De repente me dice:
- Antes decías que no te incomodaba mi bikini.
- Y no me incomoda.
- Pues no se nota, porque el culete también quiere cremita y
tu ni te acercas.
De manera que estás a tope, pensé. Pues vas a ver. Comencé el
cremoseo en tan linda parte, abriéndole bien las nalgas, una y otra vez, de modo
que le veía el ojete y el coño. ¡Como la gustaba a la muy guarra!, que se
espatarró a tope. Yo seguía abriéndole y me la hubiera tirado allí mismo a no
ser porque se levantó, diciéndome que nos bañáramos. Me opuse, le dije que tenía
un poco de frío (lo cierto es que tenía la polla a reventar y no quería que se
me viera al levantarme); a lo que contestó que entonces es que estaba enfermo,
pues hacían casi 40 grados. Me dijo:
- Al menos siéntate en el borde la piscina, ya que recuerda
que eres mi socorrista.
Accedí, aprovechando que bajaba a la piscina por la escalera
y no podía ver mi erección (al menos eso pensaba). Pero estaba muy equivocado,
porque nada más meterse en el agua, lo que le produjo una hinchazón en los
pezones, caminó hacia mi y con ambas manos lanzó una ola de agua a mis partes.
Claro, mi bañador se pegó y se me notaba el pollón. Pero es que siguió y
tomándome por los tobillos me dijo:
- No seas friolero, que estoy yo aquí para calentarte.
Tiró fuerte y me zambulló. Hice con que me cabreaba y la
capturé para darle una aguadilla; ella hábilmente me rodeó con sus brazos y se
subió a horcajadas, colocando su vulva en mi erecto pene.
¡Fuaaaaaaaaaa!, que cachondo me pongo solo con recordarlo.
No me ahogues, socorrista, que no es para tanto.
¡Como que no! –dije yo- si tu también estás helada. ¡Mira si
no cómo tienes los pezones!.
- ¿Te gustan?. Pues caliéntamelos.
Se quitó la parte de arriba del bikini, la llevé como una
lancha al bordillo, subiéndola al mismo, y me lance a comerle los pezones como
si nunca me hubieran dado de mamar.
Ella se estremeció, arqueando la espalda, diciéndome que ya
le había dicho mi mujer lo bueno que era, a lo que le contesté que no sabía lo
que le esperaba. Le quité el tanga y ella se espatarró, le abrí los labios y me
la jalé el coño como indigente hambriento. Le saqué el clítoris de la funda y se
lo absorbía tan fuerte que temí arrancárselo. Estaba poseso de una excitación
bestial. Subí al borde de la piscina y la llevé a una tumbona, donde –sentada-
me bajó el bañador, me descapulló y comenzó a hacerme una mamada espectacular.
Cuando mi glande rebosaba flujo, la tumbé. Ella se abrió de
par en par de piernas mientras, con una cara de vicio indescriptible, me decía:
- Venga socorrista, dame los primeros auxilios.
Cogí mi rabo y se lo roce por todo el coño: arriba, abajo,
arriba, abajo, ¡DIOS QUE GUSTAZO!. Ella no aguantaba mas, me cogió la polla y la
acercó a su agujero, a la vez que con los talones presionaba mi culo para que la
empalara. Así lo hice. Lentamente. Ella arqueó su espalda con tal fuerza que me
levantó a mi también y, en la caída, note mi verga ensartada hasta las bolas en
su vagina. Que calidez, que lubricación, que suavidad. Follábamos como locos, la
comía los pezonazos, la decía obscenidades que ella me imploraba:
- ¿Como te gusta el rabo eh?.
- Síííííííííííí´.
Para putearla le sacaba la polla de vez en cuando, rozándola
toda la raja y así yo aguantaría más. Pero ella la amarraba y como una puta en
celo se la volvía a incrustar.
Yo ya no daba para más y le pregunté si le faltaba poco. Me
dijo que no, que le follara a lo bestia. Lo hice con tanta intensidad que casi
me hacía daño, pero a ella le molaba. Tres empujones mas y mi vergote reventó en
todo su chochazo.
Quedé rendido encima de ella, ambos jadeantes.
Luego he tenido mas encuentros con mi suegra, todos
consentidos, incluso auspiciados, por mi esposa (y su hermana), que se los
contaré otro día porque ahora me tengo que hacer una paja del calentón que he
pillado recordando todo esto.
Saludos.