Había estado muchas veces en esa tienda pero era la primera
vez que la veía; debía ser nueva. Me quedé inmóvil mirándola, era lo que siempre
había soñado. Ese cuerpo, esa carita tan juvenil, esa boca, esos pechos... Sus
curvas se convirtieron en una especie de fijación en cuanto la vi y supe que
debía ser mía costase lo que costase. Al final, conseguí que fuera mía. En tan
poco papel debo escatimar en detalles e ir directamente al grano.
Al entrar en casa con ella no podía aguantar la excitación
que me envolvía y nada más llegar a la cama me desnudé rápidamente. Busqué unas
velas para crear un ambiente más íntimo y más cálido en mi frío dormitorio en el
que, después de esa noche, jamás volvería a necesitar dormir con la bolsa de
agua.
Una vez en la cama, habiendo recuperado el aliento y
despojados de toda ropa y de todo lo que nos cubría, me vi reflejado en sus
cristalinos ojos y no me pude contener para brindarle mis caricias. Recorrí con
mis manos completamente su fina y suave piel, cuyo brillo, producido por la luz
de las velas, daba a su sonrosado cuerpo un morbo especial. Amasé sus pechos en
punta y lamí sus pezones, que parecían dos canicas. Jamás había estado con
semejante delicia y tuve que retener mis deseos de penetrar por primera vez esa
dulce vagina cautivado por su boca golosa preparada para darme placer.
Mis manos agarraban su cabeza para marcar el ritmo de esa
mamada. Primero despacio, luego más deprisa, más tarde recuperar la cadencia
inicial, y después meter la quinta velocidad otra vez. Con la cabeza apoyada en
la almohada, veía las llamas de fuego que se arrastraban por el techo.
Fui al cuarto de baño por vaselina para hacer más fácil esa
primera penetración. Como si fuese una pluma, la cogí y en el aire la giré
dejándola sobre la cama boca arriba. Comencé a untar su entrepierna lentamente y
el estar tocando su almejita, me convirtió en un caballo desbocado. No era un
sueño, el tacto de su coñito de escaso vello era tan real que sin ninguna clase
de delicadeza, se la metí todo lo fuerte que pude, notando como la elasticidad
de su vagina se estiraba para recibir toda mi gruesa verga.
Hacía tanto tiempo que no hacía el amor que la locura se
había apoderado de mis desgatadas caderas, y entre eso y mis más de 60 años, ya
era bastante que no necesitara Viagra para poder disfrutar de poderosas
embestidas que me hundían en lo más profundo de un cuerpo tan perfecto. La
expresión de su cara no variaba, pero más me enardecía ver abierta esa boquita
de labios carnosos y sensuales. Su cuerpo estaba igual, no se movía, pero el
roce de mi cuerpo contra el suyo hacía cantar su piel y notaba su interior
vibrar. Cada vez que apretaba su mano, un dulce gemido me animaba a seguir,
pensando que quizás ella también lo estuviese disfrutando como lo disfrutaba yo.
No habían pasado ni cinco minutos cuando sentí que iba a
hacer estallar mi pene dentro de ella, e intentaba aguantar, pero el orgasmo era
demasiado fuerte. Pensé que ya tendría tiempo para perforar su culito y
disfrutar de las suaves caricias que su mano de dedos finos y largos prodigase a
mi polla con una buena paja, así que me dejé ir y me fui entre espasmos y
alaridos de placer.
Quedé exhausto sobre ella. Le di un beso en la frente y me
eché a su lado. La expresión de su cara seguía igual, pero hasta una verdadera
mujerona experta en el arte del amor se hubiera quedado con la misma cara
después de un polvo como aquel.
Miré el reloj y vi que era hora de ir haciendo la cena, así
que quité el tapón y vi como mi niña se iba desinflando poco a poco y como su
cuerpo se arrugaba y languidecía. La doblé con cuidado y la volví a meter en su
caja.
No necesité volver a esa tienda por revistas o películas;
había hecho la compra de mi vida.
Un beso. Sonia.