Autor : Walter Dario Mega
Email : walter.mega@gmail.com
Relato de Cronicas/Drama
Sequía interior
No sé cómo habíamos llegado hasta aquel pueblo, pero sí
recuerdo observar, con un acostumbrado escozor, las montañas ocultas detrás de
las nubes de tormenta ácida.
Las últimas provisiones las habían consumido los
habitantes del norte. Olas negras cargadas de sal de uranio bañaban las
orillas del mar, mudas de vida. En el sur, el hambre se había llevado todo
lo humano existente, y sólo quedaban los sobrevivientes del último castigo,
dueños del sonido de un llanto no escuchado.
Las niñas mujeres que aún vivían allí se acercaron
ofreciéndonos sus cuerpos invadidos de flacuras y pestes; los niños acunaban
palabras de odio en sus huesos vacíos de hambre, mientras el cura se escondía
detrás del paredón infranqueable de las letras doradas de un Apocalipsis
esperado.
El sur era un páramo de muerte: las plagas se habían
adueñado primero de las plantaciones, luego, como una bruma consumida en
fuego rojo, de los animales; al final, el canibalismo corrió como un reguero
de lava por las calles; el terror sometió a aquellos pueblos, y el desierto
cubrió todo.
No puedo decir cuantos años tendría, pero sí, en cambio, que
era una de las muchachas más bellas que hubiera visto en mis últimos años de
peregrinaje; mi mirada se posó en la suya e , instantáneamente, corrió ante mí a
ofrecer su cuerpo "sin limites", según rezaba la venta.
La hambruna plagaba hoy los países del norte sin dejar
dudas de su poderío; las napas se contaminaban con la ácida humedad de miles
de hembras estériles; el agua gris saciaba la sed de niños moribundos; y la
calidez del sol se escondía detrás de las nubes oscurecidas de azufre.
La tomé de la mano y la llevé hacia el primer edificio que
tuviera una habitación con el techo sano, pues la tormenta amenazaba ser
imponente. Besó mi boca sin rozar mis labios y dejó que tuviera sexo con ella,
aunque no me abrió sus piernas; y mi semen no encontró guarida en su nido seco
de placeres donde mi saliva sirvió para deslizar mis instintos, y susurré un
suave "te amo, ven conmigo", mientras mi esperma recorría su interior vacío de
cuna; "son dos dólares", contestó, y, sin limpiarse, volvió al mismo banco roto
de la plaza principal.
Las hembras subsisten, pues los machos, atrapados en las
telarañas de la viuda negra, ofrecen sus últimas regalías. Las sonrisas se
encarecen, y el amor yace inerte en la habitación de un pueblo perdido, y
corre desde la vagina por los muslos de una bella muerta en vida.
Walter Darío Mega (14-10-2003)