Guía de sombras – Cojito, luego existo.
1.
-¿Servirá para algo? ¿Será mi madre la culpable?
-Bueno, usted dirá. Yo no lo sé. ¿Cómo comenzó todo?
-Yo tampoco sé como comenzó todo. La cosa es que mediando los
sesenta, luego de tres hijos y de cincuenta años de tener relaciones... desde
hace siete no pasa casi nada. ¿Ya estaré kaputt?
-No lo creo... No por hacer demagogia, pero su aspecto es de
un hombre más joven, sin duda.
-Gracias, pero no me convence. En varias oportunidades,
durante los últimos diez años, me hice chequeos completos y todos han dado muy
bien pero... ya ve, hay cosas que no funcionan..., o funcionan muy mal.
-Tal vez sea ansiedad. Le diré que hombres bastante más
jóvenes que usted, incluso de cuarenta y cinco o menos, suelen venir con el
mismo problema. Pero no nos desviemos del objetivo. A usted le interesa lo
suyo... y me parece bien. Usted es casado... me dijo. ¿Su esposa sabe que viene
a verme?
-No.
-¿Por qué?
-Ella quiere que vayamos al sexólogo y también al
psicólogo... pero juntos, cosa que yo no quiero.
-¿Y por qué? ¿Cuál es el problema? En realidad ambos son
parte del problema, por lo tanto lo lógico sería que lo solucionaran juntos, ¿no
cree? O su problema es universal, digamos..., ¿con otras mujeres le pasa lo
mismo?
-No hay otras mujeres.
-Bien, con más razón entonces.
-Sucede que no tengo buena experiencia con la terapia de
pareja. Entre el 85 y el 90, más o menos, o tal vez más, hicimos terapia,
prácticamente impelido por mi esposa, y no vi que cambiara mucho, por lo menos
ella, aunque sé que no soy un juez imparcial...
-¿Cuál fue el problema? ¿El profesional?
-No, para nada..., pero ella dijo muchas veces que ciertas
actitudes no las quería cambiar... y además tergiversaba y ocultaba cosas. Sé
positivamente que es así... y en estas cosas, creo que eso no sirve.
-Es cierto. Espero que usted no lo haga.
-Eso creo.
................... ..................... ...............
-¿Y?
-¿Y qué?
-Cuente.
-No sé qué. ¿Por qué no me pregunta?
-Empiece por el principio.
-¿Por el principio de mi vida?
-No, no. Ya llegaremos a eso. Cuénteme desde el comienzo...
con su esposa. ¿Mabel me dijo?
-Sí... Bueno, la re-conocí el 18 de marzo de 1960. La
re-conocí digo, porque yo la conocía desde los doce años..., trece, cuando
me fui a vivir al barrio. Ella tenía entonces ocho ó nueve años. Más o menos,
porque no recuerdo si la conocí inmediatamente o poco después. En general, por
esa edad... uno mira a las chicas de dieciséis...
-Es cierto. ¿Y por qué la perdió de vista?
-Esa es otra historia bastante desagradable para mí. No por
perderla de vista, pues si bien era una chica riquísima, que tenía todo lo que
tiene que tener..., yo tenía el propósito, a pesar de las cargadas de mis amigos
y de las propias chicas, de no meterme jamás con alguien del barrio. Hubo
algunas acciones colaterales, diría algún milico, pero del barrio,
barrio, jamás.
-¿Y cuál es la historia desagradable?
-En pocas palabras, un día regreso a mi casa... ¡y mis
padres se habían mudado! El por qué y el cómo, es la historia...,
pues si bien cambió mi vida y, en definitiva, si hubiera seguido mis
principios, continuando en el barrio, no me habría metido con la que luego
fue mi esposa..., bah, es un decir. El hubiera o hubiese no existe. Las cosas
son como son.
-Esa es una visión un poco fatalista, ¿no cree?
-No, no. Las cosas siempre se pueden cambiar... pero todas
tienen el momento oportuno. Es ese momento y no otro. El hecho es que
poco después de cumplir diecinueve años me fui del barrio... y volví a los
veintiuno... con el manifiesto propósito de bajarle la caña a esta chica
riquísima, que cuando volví a ver, y a prestarle atención, de una buena vez, me
dejó paralizado de anhelos y deseos. Ella tenía diecisiete años y era una diosa
completa, de pies a cabeza, y la fecha me acuerdo muy bien, no solamente porque
mi esposa me la hiciera recordar, sino porque es el cumpleaños del hermano menor
de quien era en ese momento muy amigo mío, y que yo, luego de los despelotes más
o menos groseros que había tenido entre La Plata, donde estudiaba, y la ciudad
donde vivían mis padres, resolví, en esa pequeña licencia del servicio militar,
ir a mi antiguo barrio a buscar a mis amigos, y allí me encontré con la novedad
que algunos de ellos también se habían mudado... y al fin di con el lugar del
festejo…
-Era muy hermosa su esposa, por lo que dice.
-Lo sigue siendo. Aunque no lo crea o escuche las palabras de
un tipo enamorado, cualquiera que no la conozca, jamás supondría que tiene más
de cuarenta y cinco años. La piel sigue siendo de terciopelo y el cuerpo
bastante firme, por los años... Parece que el viejo choto soy yo.
-¿Por qué tiene una visión tan poco afectiva sobre usted
mismo, por lo menos en el terreno sexual? Al fin de cuentas..., si usted dice
que no tiene relaciones con otras mujeres, no puede comparar, y ella entonces se
convierte en el único referente.
-Puede que sea así, pero por la razón que sea, sé que ella no
va a cambiar o hacer algo al respecto, creo..., y bueno, no quiero que quede
así.
-¿Así cómo?
-Así, sin poder concretar una buena relación sexual, sin
conflictos, sin inhibiciones, sin reproches o disgustos posteriores tras el
fracaso... Si durante treinta años, con los altibajos del caso, de los cuales
hablaré más adelante, la pasamos fenómeno, sin privarnos de nada..., o casi,
en realidad..., ¿por qué ahora? Y… creo que efectivamente no es un problema
de senectud o algo por el estilo... En fin..., ando más confundido que perro en
cancha de bochas...
-Bien, volvamos atrás. ¿Qué pasó luego..., de ese
re-conocimiento?
-Ya le dije. Quedé embobado... y con una calentura de
órdago. O sea..., quiero decir, no me enamoré a primera vista..., eso no existe,
me parece, es puro verso. Uno se enamora de alguien que conoce, o cree
conocer, por lo menos. Yo no la conocía, verdaderamente. Sólo habría
cambiado cuatro palabras con ella, aun cuando más chica, cuando tendría catorce
años, como había ganado un concurso en la Sociedad Vecinal del barrio fui a
buscarla y la traje de la mano..., no sé por qué, ahora que lo pienso..., de la
mano, como si fuera una nena... y doy fe que para nada lo era... por lo menos
físicamente...
-¿Y cómo la vio? ¿Cuál fue su primera impresión?
-¿Cómo la vi? Bueno... ya le dije, que embobado.
-Sí, lo sé. ¿Pero cuál fue la imagen que tuvo de ella? La
primera, digo. ¿Sabía que la iba a encontrar? Usted la vio a ella..., o al
revés, ¿ella se le acercó para saludarlo? ¿Cómo fue?
-Bueno... tantos detalles no recuerdo. Sí, fue de frente…, la
vi de frente. No que ella estaba por ahí, la vi y me acerqué. No… De pronto, al
minuto o menos de entrar, había empezado a saludar a los amigos... y la encontré
a tres metros mío. Así fue.
-Puede ser que ella lo haya visto y se acercara para hacerse
notar...
-Puede ser..., es pura especulación. La cosa que allí estaba,
gloriosa, con una pollera cortita y un escote genial. Esto es raro, también. Sí…
luego lo pensé en varias oportunidades. Porque su educación familiar, o de sus
propias actitudes ante el sexo, por lo menos en nuestra primera época, que por
cierto no cambió demasiado a través de los años, pues todo me costaba un
desgaste de saliva increíble, como lo veremos..., bueno… no se correspondía su
imagen física con los criterios familiares..., por lo menos los de la madre, con
respecto al sexo, las mujeres, los varones, y las relaciones de pareja. Un dato:
mi suegra quedó viuda a los cuarenta y cinco años, y era una muy hermosa mujer,
incluso más que Mabel, probablemente, y siguió viuda durante más de veinticinco
años a pesar de haber tenido muchos tipos que le andaban detrás. Después,
desgraciadamente, se casó con un atorrante que la mató, literalmente, creo, de
cáncer a los tres años.
-Ese es un dato, la madre de su esposa.
-Y al final es cierto, toda la culpa la tiene la madre...
-No, no quiero decir eso. Tanto Mabel como usted son
productos de su hogar, de su familia y de su historia. En este caso es indudable
que, aparentemente, aparentemente, usted tenía mayor autonomía que
ella... pero..., ¿hasta dónde es así? ¿Su propia autonomía no es producto acaso
de la actitud de sus padres..., de mudarse sin avisar..., y todas esas cosas que
luego veremos?
-Bien, fue así, no sé si apareció o estaba allí. La cosa que
la vi... y fue un shock..., más o menos, sin exagerar, ni se me había
ocurrido que estaba allí..., ni siquiera lo había supuesto o lo esperaba o lo
deseaba..., en realidad, no existía en mi vida, la verdad.
-¿Qué pasó luego? ¿Se fue al humo... o disimuló algo?
-Creo que ni una cosa ni la otra. No suelo ser impulsivo, en
estas cosas, ni antes ni ahora..., luego veremos que esta precaución, por
llamarla de alguna manera, me reportó más sinsabores que éxitos. Me acerqué a
ella, saludando a la gente de alrededor..., me dio un beso en la mejilla, yo
también, "que tal, como te va...", esas cosas... y nada más, por el momento.
Como el chico del cumpleaños tenía la edad de Mabel, o menos, no recuerdo, en
realidad yo estaba un poco desubicado generacionalmente dado que de los amigos y
amigas de mi edad, sólo había tres o cuatro, sin contar a los hermanos del
chico, claro. Bien, esas cosas de cumpleaños… Bailé con algunas de sus amigas,
sin mayores expectativas, como para desentumecerme y esperar la oportunidad de
ver que pasaba con Mabel, sobre todo si andaba con alguno de los chicos, porque
sino se podría llegar a armar flor de despelote. Pasaron algunos minutos, no
muchos, cuando supuse que podría hacer el intento, ver que pasaba... La saqué a
bailar... y allí se me puso la piel de gallina, los pelos de puntas... y todo
eso… Si de frente el escote era generoso, junto a ella y desde arriba... -y
yo le llevo una cabeza...- ¡se veía hasta el cielo!
-Parece que le impresionó.
-Sí, le dije. Si antes fue shock... ahora era
demolición... Para colmo se ofreció generosa y sin pudor a mi abrazo...
aunque por desgracia tenía una maldita pollera almidonada o algo así, después
supe que se llamaba armada o cosa por el estilo, y me impedía poner mi pierna
entre las suyas. Eso era parte del juego de seducción, eso creía yo. Algo así
para demostrar que "uno era macho, viejo…" Una reverenda estupidez, por
supuesto. Luego me dijo, más adelante, cuando ya habíamos tenido relaciones, que
no había sentido nada, nada, se entiende, como un acoso sexual, o el roce
de mi pierna, o lo que sea, pero sí que había sentido enormes deseos de estar
entre mis brazos... y no sabía bien por que, pues era inédito, según me dijo...
Tal vez sea cierto, tal vez no, por lo que veremos luego tengo mis dudas... pero
es imposible de saber, siempre fue la incógnita para mi. La cuestión es que su
actitud me dio a entender que no tenía novio o compromiso alguno, cosa que si
bien era cierto, luego lo verifiqué, de todas maneras descargaron el odio de
todos los amigos que la pretendían y vieron aparecer a este tipo que por suerte
se había ido del barrio y ahora venía a sacarles su mejor chica. Lo notable fue
que Mabel siempre supuso, aun hoy, que en realidad estaban celosos... pero de
puro guardabosque nomás, como si fueran sus hermanos, cuando en realidad
estoy seguro que todos se la querían montar y no sabían como intentarlo sin
quedar pagando. Pero, claro, no puedo asegurarlo con total certeza. Es
incomprobable para mí. Una de las cosas de las cuales nunca quiso hablar en
nuestra terapia de pareja.
-Usted dice que los amigos de Mabel lo odiaban por pretender
sacarles la mejor chica del barrio... ¿Es así?
-Bueno, no tanto y no todos. Pero de lo que estoy seguro,
sino no serían normales, que la bronca venía porque se les iba la posibilidad de
trincársela antes que se pusiera de novia con un grandote ¿Por qué ese es el
destino, no? Las mejores chicas siempre se van con los más grandotes. Si yo sólo
me hubiera dedicado a las chicas de mi edad, cuando tenía dieciséis o diecisiete
años, me hubiera quedado colgado de la palmera dos por tres.
-Qué pasó luego. En ese cumpleaños o luego, más tarde.
-En el cumpleaños no pasó nada, por cierto. Yo seguía un poco
confundido o dubitativo, digamos. Tenía mis dudas de arrimarle la
chata a una chica a cuyos padres los míos conocían, aunque probablemente no
volvieran a ver jamás. Y... bueno no tenía otros motivos de tipo moral,
religioso, o cosa por el estilo. Tampoco era mi idea seducirla y mandarme a
mudar. Quería estar junto a ella, conocerla, tener relaciones sexuales, si era
posible, y no tenía ningún prejuicio o preconcepto en contra del amor. Si venía,
bien. Y sino, también. Lo notable que en este berenjenal de mi mente, me olvidé
completamente de proponerle encontrarnos en otro momento en algún lugar..., y
medio me entró la desesperación al pensar que tendría que ir hasta el barrio
para encontrarla nuevamente. Le podría haber preguntado a que escuela iba, a que
hora salía, esas cosas clásicas, ¿no? Ni se me ocurrió...
-¿Y entonces?
-Entonces pasó una de esas milagrosas casualidades... que al
final no me evitó el mal trago de ir al barrio. Me encontré con su familia, en
realidad sus padres, y algunas otras chicas y chicos del barrio, en la parada
del bus... y de alguna manera conseguí tirarle la pregunta de cuando la podía
volver a ver. Fue una gran pegada esa, pues más adelante me dijo que se había
quedado muy triste porqué yo no le había sugerido vernos nuevamente. Pero de
cualquier manera no me salvé de caer en la trampera. Me dijo que se reunían en
la sede de la Sociedad Vecinal a preparar una fiesta o algo por el estilo. Como
yo había sido un factótum de los bailongos que en su momento se
realizaban con mucha frecuencia, actividad que había decaído bruscamente
justamente por mi ida y la mudanza de los otros muchachos y chicas... bien,
sugirió a todos que yo fuera a ayudarlos y darles la orientación sabia
del caso. Chan Chan. Y ahí estuve yo, en la cueva del lobo, la semana
siguiente, que por suerte, en realidad, no me provocó demasiado escozor... dado
que tuve la discreción de no acercarme demasiado ni darle más bollilla que a las
otras chicas y muchachos, pero de todas maneras... la situación era incómoda.
Pero supe que estudiaba Bellas Artes, cosa que llenó de satisfacción a mi
costado estético, y la hora en que podía encontrarla. El relato es largo, lento
y aburrido, ¿no? Pero usted quería los detalles.
-No le dije nada. Siga así, parece que tiene buena memoria…
-No lo sé. Creo que algunas cosas no son exactamente así o en
el orden en que las digo..., pero es lo que me acuerdo. Seguramente, cuando me
vaya, pensaré en todas las cosas que no le dije... y tendría que haberlo hecho.
-No se preocupe. Hay tiempo.
-Para usted. No quiero pasarme toda la vida contando mi vida,
tipo "Funes el memorioso".
-Haga como quiera. Si me lo cuenta debe ser porque lo
considera interesante, después veremos.
-Bueno. La fui a buscar, no recuerdo si la acompañé hasta la
casa o cerca, no me acuerdo. Creo que fue más de una vez esta cosa. De todas
maneras no me era fácil por el tema de la milicia. Tenía que venir desde La
Plata, o mejor dicho, desde la Agrupación de Tanques de Magdalena…, o desde
Florida en Vicente López, donde vivía un tío que me alojaba cuando andaba
tirado por Buenos Aires. Era el Año del Sesquicentenario de la Revolución
de Mayo y los festejos incluían el famoso mega desfile del 25 de Mayo, y los
militares y colimbas, a falta de mejores cosas que hacer, por suerte, nos
dedicamos prolijamente a montar el espectáculo, ensayando los pasos más
que un bailarín clásico… Nuevamente, en este tema de mi obligación con la
Patria, tuve suerte, desfilé en un semi-oruga, un aparato con ruedas
adelante y oruga atrás, como los tanques, sentado al lado del conductor..., un
Cabo 1º que, entre paréntesis, era un soberano hijo de puta, con perdón de las
putas... oficio noble si los hay…
-¿Mabel fue a verlo desfilar?
-¿Sabe que no me acuerdo? No sé si lo vio por televisión, o
fue directamente a la Avenida del Libertador. No lo sé. Luego, por tandas, nos
fueron dando asueto por algunos días. En otras circunstancias me habría ido a
ver a mis padres, no por que tuviera especial interés, sino por mi contumaz
escasez de plata... y por ver si pescaba algo de lo que había quedado atrás...,
¿esas cosas, vio?
-Luego me lo contará.
-¿Lo qué?
-Lo que quedó atrás. Me interesa saber.
-¿También debe ser parte del relato de mi vida? ¿Qué tiene
que ver?
-Ya veremos, veremos, puede ser. Usted dijo que no es
bueno ocultar cosas, ¿no?
-Bueno, trataremos de hacerla corta... pues si no esto va
para largo...
-No, no. No corte nada... no de aquello que se acuerde y le
dé cierta coherencia a lo que dice, pues saltearse etapas puede oscurecer el
panorama... o los resultados.
-Fue poco después, o el mismo 25 de mayo, tal vez, cuando me
convertí en el novio oficial de la nena lo que, en realidad, no me causó
mucha gracia. No sé si sentía amor, pero sí la quería, no sé si nota la
diferencia, yo la quería... quería tenerla para mí, acostarme con ella,
tenerla desnuda en mis brazos, acariciarla toda, besar cada centímetro cuadrado
de su piel, hacer con ella lo que había hecho con muchas otras chicas..., en
realidad mucho menos de lo que mi fantasía creía..., y esto lo comprobé ahora...
-¿Cómo ahora?
-Sí, ahora. En estos días me puse a confeccionar una lista de
chicas con la que había tenido sexo... y bueno, no son muchos más que la docena,
salvo error u omisión, y eso en el transcurso de diez años, lo que no es
mucho para un adolescente y joven emprendedor, como yo me consideraba.
-Bueno, no exagere..., no es mucho... pero tampoco poco. Una
por año no está mal...
-Es que yo siempre creí que eran muchas más... En cada baile
o reunión salía con una chica… pero no pasaba nada, más allá de las caricias y
franeleo… Comprobé en definitiva que fueron más los chascos que lo
concretado. ¡Cuarenta años creyéndome el macho de América! Ahí tiene un
tema para analizar: "tipo supuestamente viril resulta un fiasco".
-No siga tirándose pálidas. Eso no ayuda. Cuénteme como
sigue.
-Sigue... que… antes que pudiera ponerle una mano encima
ya habían pasado como cuatro meses del reencuentro... y nada. ¡Y para colmo
novio! Un fracaso, según mi supuesto curriculum y mis expectativas. Y
también estaba la madre. No me sacaba la vista de encima. Con mucha cortesía y
amabilidad... la nena se mira y no se toca... No encontraba la vuelta.
Empezamos ir al cine, una pequeña caricia aquí, otra más allá... pero no pasaban
de escarceos. No había manera de estar solos. Lo notable del caso es que ella no
ofrecía resistencia alguna, les gustaban, sí..., pero no tomaba ninguna
iniciativa ni las respondía, como se suponía lo hacía toda chica, por lo menos
las que yo conocía. Era como si considerara que si yo lo hacía era natural,
lógico, pero que ella no tenía que mostrarse apasionada ni cosa así. No estaba
bien, yo, la verdad.
-¿Y por qué supone que era?
-No lo sé. Nunca lo pude asegurar... y ella no lo expresó
nunca. No era gente religiosa. Creyente sí, pero nada de cirios, ni iglesias, ni
santos. Tal vez le habían puesto en la cabeza que al matrimonio había que llegar
virgen. Digo, a lo mejor, que una mano lleva a la otra, lo cual es cierto. Que
no hay que darle calce al varón, que pica y se va. ¡Que sé yo! Para colmo me
hacía ciento cuarenta kilómetros por semana para verla. No era joda. Estaba
harto. Me iba cada semana mascullando puteadas y decidido a no volver más, pero
se acercaba el viernes y solo pensaba en verla. Y así semana tras semana.
Verdaderamente difícil estos amores de viajante. Bueno… ¿conoce eso de
que "con paciencia y con saliva..."? Así estaba yo, con más paciencia que
el elefante. En definitiva me daba cuenta que el tema pasaba por la
imposibilidad de estar solos más de cinco minutos, porque de otra manera, con
más tiempo, sabía que podía vencer toda resistencia, porque en realidad no
existía. Ella dejaba hacer..., lo malo era que no podía hacer nada. Poco a poco
sin embargo, tal vez en vista de mi buen comportamiento, los padres
comenzaron a dejarnos algún tiempo solos, viendo televisión en el living,
rebusque generacional de máxima importancia por aquella época. Tenía bastante
experiencia al respecto...
-¿Usted o Mabel?
-Yo por supuesto. Ella nada..., eso creo. Hacia junio o
julio, había logrado salvar algunas barreras. Primero fueron los pechos, al
principio sobre la ropa, luego bajo el corpiño. No hubo resistencia. Luego le
puse la mano entre las piernas, sobre el pantalón. Ninguna reacción negativa.
Más adelante traté de introducir la mano por el costado, en esos pantalones de
mujer que tenían el cierre lateral. Demasiado complicado. Luego le solicité que
la próxima semana se pusiera una pollera bien amplia, que no molestara. Así lo
hizo. En esa primera oportunidad pude acariciar su vello y su vulva. No hubo
problemas. Es más, sentí entre mis dedos el temblor de su orgasmo... y así me lo
confirmó tiempo después, cuando ya éramos amantes. ¡Pero no sabía que le había
pasado! ¡Le gustó pero no sabía por qué! Le pedí que al día siguiente,
cuando yo viniera desde Florida, donde iba a dormir, no tuviera la bombacha
puesta porque molestaba... Respondió a las mil maravillas. La cosa
mejoraba... pero ella no reaccionaba de ninguna manera... y yo no me animaba a
pedirle nada, por lo menos lo que yo quería que hiciera conmigo. Y aquí
comenzó mi otro martirio. Yo quedaba con los testículos duros como guijarros. No
tuve más remedio que ir al baño y masturbarme. ¿Qué otra cosa podía hacer? No
digo que me desagradara... pero ese trabajo, por lo menos, tenía que
hacerlo ella ¡qué diablos! Eso fue un par de veces, hasta que me decidí. Tomé su
mano y la puse entre mis piernas, «quiero que me acaricies así», y le
dije como. Lo hizo sin drama, es más, con gusto... pero apareció el otro
problema. Normalmente yo usaba calzoncillos tipo slip, que son cómodos
bajo de la ropa, pero que en estas circunstancias oprimen bastante. Cambié por
los tipos bóxer, que me permitía tener una buena erección, cosa que sin
duda le gustó mucho, pero que me dejaba siempre con el semen manchándome la
ropa. Y no podía sacarla ¡pues la vieja podía aparecer en cualquier
momento! Le dije mi preocupación. Trajo alguna revista, diarios, hizo que cosía
alguna ropa, de todo, pero no estabamos tranquilos. ¡Y estaba entusiasmada! La
primera vez que me abrí el pantalón, le dije que me la sujetara y la
sacara para afuera. Lo hizo con tan buen ánimo y rapidez que casi me la corta.
Pero empezó a masacotearla de cualquier manera. Le tuve que enseñar como
hacerlo. Como tenía que tomar el pene entre sus manos y tirar el prepucio
suavemente hacia atrás, hasta que el glande saliera totalmente. Y luego repetir
la operación… y con la presión y el ritmo necesario para que no hubiera
irritación. La primera eyaculación al exterior, le encantó. Me decía que
le hacía acordar una crema para suavizar la piel. Pero a veces se le iba la
mano... y me dejaba a la miseria. Pero algo había logrado. Me sentía mucho mejor
y solo faltaba acostarnos juntos. Le dije que podríamos ir al cine, y en lugar
de ello, irnos a un hotel. No quiso saber nada. En sus justificaciones dudaba
entre que los viejos le pedirían que contara la película... y que a esos
lugares solo iban las putas, que le daría mucha vergüenza que la vieran,
etc., etc. No había manera de convencerla. Y así seguimos durante meses
interminables, desde marzo de 1960 hasta septiembre de 1961... ¡yo calentando la
pava sin poder tomar el mate! Y siempre que me iba pensaba lo mismo, es la
última vez... y al sábado siguiente nuevamente a prender la hornalla...
-¿Qué pasó en septiembre?
-La madre cumplía años el día siguiente y resolvieron, oh
milagro, ir a hacer las compras para la reunión familiar, ambos dos, los
padres ¡Dios sea loado! ¡Al fin solos! Pero Mabel seguía con sus dudas.
«Aprovechemos ahora, mujer, que no nos vamos a ver en otra.» No había caso.
Se paseaba nerviosa de un lado a otro de la casa... y yo atrás, como un
perrito faldero. Un cuadro de sainete lamentable. Se metió en el baño, pero
dejó la puerta abierta. Por supuesto que yo no iba a ser tan grosero como para
meterme atrás de ella. Me llamó. «Podés entrar, me estoy peinando.» Entré
y traté de convencerla que era la oportunidad única de tirarnos sobre la cama de
los viejos... «Ni se te ocurra, nos encuentran en la cama y nos matan, y
además se darían cuenta. No quiero.» Yo estaba decidido, ahora o nunca. Al
fin de cuentas no tenía ninguna necesidad de peinarse en ese momento, y si me
invitó a entrar al baño… por algo sería. No podía ser de otra manera. Hoy..., o
no volvía más. Eso lo pensé, pero jamás lo dije. Me serené como pude y comencé
un paciente trabajo de ablande, sin hablar. Me puse atrás, apoyándola
decididamente, dado que estaba duro como garrote. Le acaricié los pechos, la
di vuelta, retrocedí sentándome en el inodoro, la tapa baja, por suerte, le
levanté la pollera, que sabía que estaba sin bombacha, y la hice sentar a
caballito. Descubrí el sexo y ahí nomás, al fin, la penetré. Ni la menor
resistencia, ni el menor drama... y ni medio minuto de espera, Mabel y yo
llegamos al clímax simultáneamente…
-Evidentemente estaba esperando que usted hiciera eso.
................ .................
-¿Quedó cansado de tanta explicación?
-¿No era que había que dar detalles?
-Sí, por supuesto, me parece bien..., pero como se quedó
callado..., es como si estuviera en los momentos posteriores al amor, realmente.
-Estaba pensando en lo hermoso que fue. Yo había tenido
muchas mejores oportunidades, y más cómodas, y menos complicadas, y más eróticas
o sexy... pero en ese momento comprendí que la amaba y que ya nunca podría
dejarla, por el motivo que fuera. Algo hermoso, nuevo... y adulto, tal vez. En
realidad, sentía que habían quedado atrás los años de disparate y bon vivant...
En fin, no sé si eso lo pensé entonces, o lo estoy pensando ahora. Es lo que
siento.
-¿Seguimos luego?
-Bien, hasta el jueves.