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TODORELATOS » RELATOS » AVENT. EN EL SIGLO DE ORO: EL ESTRENO DE RODRIGO
[ La mujer honrada, en casa y con la pata quebrada. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 02 de Diciembre, 2008.
Fecha: 27-Sep-05 « Anterior | Siguiente » en Otros Textos (510 de 1105)

Avent. en el siglo de oro: El estreno de Rodrigo

pabicol
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Dos jovenes del siglo XVII deciden alistarse en los tercios de Flandes. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

AVENTURAS EN EL SIGLO DE ORO: El ESTRENO DE RODRIGO.

El fuego chisporroteo al echar la carne y Rodrigo tropezó al saltar hacia atrás para no quemarse el jubón. Pedro no pudo más que reírse al ver a su amigo por los suelos. Estaban cenando un poco de pan duro y habas, acompañado de una ardilla que habían cazado esa tarde. Llevaban ya varios días de camino y todavía les faltaba una jornada de viaje para llegar a Madrid. Después de cenar se acostaron junto al fuego para dormir. No hacia mucho frío, pero reconfortaba sentir el calor de la llama en las mejillas.

El viaje de Murcia a Madrid no era fácil, los caminos estaban atestados de asaltantes y no había sitios seguros donde descansar. Solían penetrar en la espesura del bosque para dormir o comer. Incluso de día caminaban con precaución, escondiéndose si veían a alguien.

El rey Felipe V estaba buscando soldados para entrar en el ejército y para dos jóvenes murcianos sin otro futuro que trabajar de sol a sol en la huerta, en tierras que ni siquiera eran suyas, por un mísero jornal, la opción de enrolarse era tentadora. Más, si cabe, si la mitad del pueblo, ó mejor dicho, la mitad masculina del pueblo, te busca para darte una buena paliza o algo peor. Ese era el caso de Pedro. Apuesto, alto, fuerte y sobre todo sinvergüenza. Condiciones que había aprovechado para beneficiarse a la mayoría de las muchachas del pueblo… y a alguna de sus madres. Sin embargo Rodrigo era bajito, rechoncho y torpe. Aunque bondadoso, trabajador y honesto. Y el mejor amigo de Pedro.

Ambos querían escapar del opresivo ambiente del pueblo. De la onda miseria, de la represión religiosa y del penoso trabajo en el campo. Por eso decidieron, o más bien Pedro decidió por los dos, que lo mejor era alistarse y partir con el ejército a Flandes, donde (y aunque ellos no lo sabían todavía) el imperio español se encaminaba hacia una vertiginosa caída de la que ya no volvería a levantarse.

A media tarde del día siguiente avistaron la capital. A medida que se acercaban el camino se iba llenando de viajeros que venían de todo el sur de España. Toda una multitud variopinta de múltiple condición: mendigos, monjes, comerciantes y sobre todo hombres que acudían a la llamada del rey para unirse al ejército. Pedro y Rodrigo decidieron darse prisa para llegar antes del anochecer y no tener que dormir a la intemperie. Con un poco de suerte encontrarían sitio en una posada, Rodrigo soñaba con una cama mullida para calmar su dolor de pies y espalda. Pedro también, pero si podía ser acompañado de una lozana juguetona, pues mucho mejor.

Había demasiada gente en Madrid. Las puertas de la ciudad eran un hervidero de actividad. Gente que entraba y salía, grupos de jinetes con gente de armas a las riendas y elegantes carruajes de la nobleza que se dirigían al Palacio Real. Ninguno de los dos había visto nunca una ciudad tan grande, tan poblada, tan sucia y tan maloliente.

No era tan fácil encontrar alojamiento como habían pensado. Las buenas posadas eran demasiado caras para ellos y las que si podían permitirse estaban todas llenas. La idea de dormir a la intemperie en una ciudad tan grande y desconocida aterraba a Rodrigo. Sabía que la vida carecía de valor ante un asaltante y que cualquier ladrón no dudaría en rajarle de arriba abajo por unos míseros maravedíes.

Vagaron varias horas en busca de un lugar donde quedarse. Al no conocer la ciudad anduvieron dando vueltas de un lado a otro sin encontrar nada. Se adentraron peligrosamente en barrios en los que ni los alguaciles reales entraban sino iban en grupos.

Fue precisamente en uno de esos barrios donde encontraron una casona grande de donde se oía música y se veía luz. No había ningún letrero pero el trasiego de gente que salía y entraba era notable, así que Pedro decidió que no tenía nada que perder por preguntar y se encamino hacia dentro seguido del temeroso Rodrigo.

Era un burdel, un antro. Sucio y apestoso. La gente bebía y se emborrachaba hasta caer al suelo. Las prostitutas buscaban entre la gente a los que tenían dinero, para prestarles sus servicios, o robaban a los que yacían en el suelo semiinconscientes. La música era vulgar y soez, hablaba sobre las maravillas de una mujer llamada Lola que, por las descripciones que hacia la canción, trabajaba o había trabajado allí.

Rodrigo quería salir corriendo de allí. Pero a Pedro todo aquello le pareció impresionante y cuando una de las muchachas le pasó la mano por el pecho y le hizo un gesto más que obsceno con la lengua, su verga sufrió una erección tremenda, que sus polainas apenas podían disimular.

Pedro se dio cuenta de que había habitaciones arriba donde las jóvenes atendían a los clientes. Ni corto ni perezoso cogió a la chica por el brazo y se encamino hacia las escaleras haciendo un gesto con la mano a Rodrigo para que lo siguiera. La chica, una joven morena que no tendría más de veinte años, le reclamo el pago por adelantado. Pedro hizo un ademán afirmativo a Rodrigo que, aunque reticente, saco unas monedas de la bolsa y se las dio a la mujer.

Rodrigo estaba aterrado. Su experiencia sexual se reducía a la masturbación y a haber espiado a Pedro con alguna mujer casada mientras vigilaba que no llegara el padre o marido de turno. Tomasa, la chica del pueblo de la que estaba enamorado nunca le permitió más que algún achuchón y además dejó de rondarla cuando se entero que Pedro se la beneficiaba cada vez que quería sin tener que estar detrás de ella, ni regalarle nada.

Sin embargo Pedro no iba a dejar pasar la oportunidad de gozar con una profesional, con una mujer sin inhibiciones. No como las jovenzuelas del pueblo, que solo le dejaban hacer lo justo y sin muchas florituras. Aunque aquello les iba a costar casi todo el dinero que les quedaba.

La prostituta era morena, de piel lisa, abundantes pechos y cara desvergonzada. No era muy guapa, pero lo compensaba con una mirada desafiante que a Pedro volvía loco de deseo, pero que a Rodrigo parecía atemorizarle.

A la golfa le hacía mucha gracia el miedo de Rodrigo y comenzó a pasarle la mano por la cara y el pecho mientras le susurraba obscenidades al oído. Él parecía desfallecer pero Pedro se moría de risa. Cuando ya se hubo reído lo suficiente se acerco a la mujer por detrás y le asió los pechos, estrujándolos y amasándolos mientras le besaba el cuello. Ella puso su mano en la entrepierna de Pedro… y de Rodrigo, que palideció hasta quedarse completamente blanco. En cambio Pedro tenía una erección descomunal. Le bajo el vestido hasta el suelo, quedando ella completamente desnuda y la llevo a la cama dispuesto a penetrarla de inmediato pero la chica tenía otros planes. Le cogió la verga y comenzó a besarla y lamerla mientras miraba al pobre Rodrigo y le decía cosas como "venga gordito, ¿no quieres venir aquí conmigo?" "¿Te gusta? ¿no quieres probar?" Todo con la risa cómplice de Pedro que animaba a Rodrigo a unirse a la fiesta.

No tardo mucho en notarse un enorme bulto en la entrepierna de Rodrigo, para mayor alborozo y regocijo de Pedro y la muchacha que, se acerco a el y de un tirón le bajó las polainas y de otro los calzones, dejando a la vista el miembro tieso como una estaca. Ella lo cogió con una mano y comenzó un suave movimiento de vaivén mientras le intentaba calmar pues estaba temblando de miedo. Luego se metió la verga en la boca y comenzó a chupar y lamer. No pasaron ni dos minutos cuando Rodrigo empezó a jadear fuertemente y vertió sus líquidos en la boca de la chica. Pedro se puso a aplaudir y vitorear, riendo sonoramente. La chica volvió con Pedro y de un empujón lo tumbó en la cama y se montó sobre su verga, comenzando a cabalgarlo frenéticamente mientras el le sobaba los pechos. Pedro pensó en ese momento que había sido el dinero mejor invertido de su vida.

Cuando la prostituta acabó con Pedro, este se quedo tumbado en la cama. Rodrigo había estado mirando embelesado como fornicaban y esto a la mujer no se le había pasado por alto. Fue hasta la silla donde estaba sentado Rodrigo y se ensarto la verga de este, sentándose a horcajadas sobre el. Comenzando un movimiento, suave primero y frenético después. Rodrigo enseguida le cogió el truco al asunto y comenzó a tocar los pechos de la hembra mientras jodian. Pedro se les unió acercando su miembro, de nuevo erecto, a la cara de la chica que, sin dudarlo, comenzó a chupar. Y así siguieron un buen rato, sin tregua, hasta quedar saciados y extenuados.

Sin embargo su gozo se convirtió de nuevo en incertidumbre cuando, a pesar de sus suplicas, no les dejaron dormir en el burdel, porque hacían falta las camas para el trasiego constante de clientes que duraba, según les habían dicho, casi toda la noche. De modo que sin más remedio hubieron de dormir bajo un cobertizo abandonado en la parte de atrás del antro. A Pedro no le hizo gracia, pues esperaba dormir caliente esa noche. Pero Rodrigo había cambiado su actitud miedosa por una sonrisa bobalicona que perduro incluso mientras dormía. Había sido su estreno. Y como Pedro había pensado antes: Era el mejor dinero mejor invertido de su vida.

Al la mañana siguiente se alistaron. Les dieron uniformes, alojamiento y comida. Pasarían unas semanas de adiestramiento militar. Que aprovecharían para aprender el manejo de las armas… y para visitar su burdel favorito. Ambas cosas les servirían a los dos como una valiosa experiencia para futuras aventuras militares… y de las otras.

Luego su pelotón marcharía rumbo a Sevilla donde bajarían por el río Guadalquivir hasta la costa. Una vez allí embarcarían hacia Flandes, rodeando Portugal y atravesando el Canal de la Mancha. Después se unirían a los tercios que luchaban bajo el mando del general Spinola que, reclamaba más efectivos para el asedio de la ciudad de Breda. Irían a la guerra, irían en busca de fortuna, en busca de gloria. Pero eso amigos, es otra historia.

FIN

P.D.- Si os ha gustado decídmelo. Tengo pensado seguir el relato con dos nuevas entregas de las Aventuras en el siglo de Oro: "El ajetreado viaje a Flandes" y "Pedro, Rodrigo y las holandesas" BESOS.

TodoRelatos.com © pabicol

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