AVENTURAS EN EL SIGLO DE ORO: El ESTRENO DE RODRIGO.
El fuego chisporroteo al echar la carne y Rodrigo tropezó al
saltar hacia atrás para no quemarse el jubón. Pedro no pudo más que reírse al
ver a su amigo por los suelos. Estaban cenando un poco de pan duro y habas,
acompañado de una ardilla que habían cazado esa tarde. Llevaban ya varios días
de camino y todavía les faltaba una jornada de viaje para llegar a Madrid.
Después de cenar se acostaron junto al fuego para dormir. No hacia mucho frío,
pero reconfortaba sentir el calor de la llama en las mejillas.
El viaje de Murcia a Madrid no era fácil, los caminos estaban
atestados de asaltantes y no había sitios seguros donde descansar. Solían
penetrar en la espesura del bosque para dormir o comer. Incluso de día caminaban
con precaución, escondiéndose si veían a alguien.
El rey Felipe V estaba buscando soldados para entrar en el
ejército y para dos jóvenes murcianos sin otro futuro que trabajar de sol a sol
en la huerta, en tierras que ni siquiera eran suyas, por un mísero jornal, la
opción de enrolarse era tentadora. Más, si cabe, si la mitad del pueblo, ó mejor
dicho, la mitad masculina del pueblo, te busca para darte una buena paliza o
algo peor. Ese era el caso de Pedro. Apuesto, alto, fuerte y sobre todo
sinvergüenza. Condiciones que había aprovechado para beneficiarse a la mayoría
de las muchachas del pueblo… y a alguna de sus madres. Sin embargo Rodrigo era
bajito, rechoncho y torpe. Aunque bondadoso, trabajador y honesto. Y el mejor
amigo de Pedro.
Ambos querían escapar del opresivo ambiente del pueblo. De la
onda miseria, de la represión religiosa y del penoso trabajo en el campo. Por
eso decidieron, o más bien Pedro decidió por los dos, que lo mejor era alistarse
y partir con el ejército a Flandes, donde (y aunque ellos no lo sabían todavía)
el imperio español se encaminaba hacia una vertiginosa caída de la que ya no
volvería a levantarse.
A media tarde del día siguiente avistaron la capital. A
medida que se acercaban el camino se iba llenando de viajeros que venían de todo
el sur de España. Toda una multitud variopinta de múltiple condición: mendigos,
monjes, comerciantes y sobre todo hombres que acudían a la llamada del rey para
unirse al ejército. Pedro y Rodrigo decidieron darse prisa para llegar antes del
anochecer y no tener que dormir a la intemperie. Con un poco de suerte
encontrarían sitio en una posada, Rodrigo soñaba con una cama mullida para
calmar su dolor de pies y espalda. Pedro también, pero si podía ser acompañado
de una lozana juguetona, pues mucho mejor.
Había demasiada gente en Madrid. Las puertas de la ciudad
eran un hervidero de actividad. Gente que entraba y salía, grupos de jinetes con
gente de armas a las riendas y elegantes carruajes de la nobleza que se dirigían
al Palacio Real. Ninguno de los dos había visto nunca una ciudad tan grande, tan
poblada, tan sucia y tan maloliente.
No era tan fácil encontrar alojamiento como habían pensado.
Las buenas posadas eran demasiado caras para ellos y las que si podían
permitirse estaban todas llenas. La idea de dormir a la intemperie en una ciudad
tan grande y desconocida aterraba a Rodrigo. Sabía que la vida carecía de valor
ante un asaltante y que cualquier ladrón no dudaría en rajarle de arriba abajo
por unos míseros maravedíes.
Vagaron varias horas en busca de un lugar donde quedarse. Al
no conocer la ciudad anduvieron dando vueltas de un lado a otro sin encontrar
nada. Se adentraron peligrosamente en barrios en los que ni los alguaciles
reales entraban sino iban en grupos.
Fue precisamente en uno de esos barrios donde encontraron una
casona grande de donde se oía música y se veía luz. No había ningún letrero pero
el trasiego de gente que salía y entraba era notable, así que Pedro decidió que
no tenía nada que perder por preguntar y se encamino hacia dentro seguido del
temeroso Rodrigo.
Era un burdel, un antro. Sucio y apestoso. La gente bebía y
se emborrachaba hasta caer al suelo. Las prostitutas buscaban entre la gente a
los que tenían dinero, para prestarles sus servicios, o robaban a los que yacían
en el suelo semiinconscientes. La música era vulgar y soez, hablaba sobre las
maravillas de una mujer llamada Lola que, por las descripciones que hacia la
canción, trabajaba o había trabajado allí.
Rodrigo quería salir corriendo de allí. Pero a Pedro todo
aquello le pareció impresionante y cuando una de las muchachas le pasó la mano
por el pecho y le hizo un gesto más que obsceno con la lengua, su verga sufrió
una erección tremenda, que sus polainas apenas podían disimular.
Pedro se dio cuenta de que había habitaciones arriba donde
las jóvenes atendían a los clientes. Ni corto ni perezoso cogió a la chica por
el brazo y se encamino hacia las escaleras haciendo un gesto con la mano a
Rodrigo para que lo siguiera. La chica, una joven morena que no tendría más de
veinte años, le reclamo el pago por adelantado. Pedro hizo un ademán afirmativo
a Rodrigo que, aunque reticente, saco unas monedas de la bolsa y se las dio a la
mujer.
Rodrigo estaba aterrado. Su experiencia sexual se reducía a
la masturbación y a haber espiado a Pedro con alguna mujer casada mientras
vigilaba que no llegara el padre o marido de turno. Tomasa, la chica del pueblo
de la que estaba enamorado nunca le permitió más que algún achuchón y además
dejó de rondarla cuando se entero que Pedro se la beneficiaba cada vez que
quería sin tener que estar detrás de ella, ni regalarle nada.
Sin embargo Pedro no iba a dejar pasar la oportunidad de
gozar con una profesional, con una mujer sin inhibiciones. No como las
jovenzuelas del pueblo, que solo le dejaban hacer lo justo y sin muchas
florituras. Aunque aquello les iba a costar casi todo el dinero que les quedaba.
La prostituta era morena, de piel lisa, abundantes pechos y
cara desvergonzada. No era muy guapa, pero lo compensaba con una mirada
desafiante que a Pedro volvía loco de deseo, pero que a Rodrigo parecía
atemorizarle.
A la golfa le hacía mucha gracia el miedo de Rodrigo y
comenzó a pasarle la mano por la cara y el pecho mientras le susurraba
obscenidades al oído. Él parecía desfallecer pero Pedro se moría de risa. Cuando
ya se hubo reído lo suficiente se acerco a la mujer por detrás y le asió los
pechos, estrujándolos y amasándolos mientras le besaba el cuello. Ella puso su
mano en la entrepierna de Pedro… y de Rodrigo, que palideció hasta quedarse
completamente blanco. En cambio Pedro tenía una erección descomunal. Le bajo el
vestido hasta el suelo, quedando ella completamente desnuda y la llevo a la cama
dispuesto a penetrarla de inmediato pero la chica tenía otros planes. Le cogió
la verga y comenzó a besarla y lamerla mientras miraba al pobre Rodrigo y le
decía cosas como "venga gordito, ¿no quieres venir aquí conmigo?" "¿Te gusta?
¿no quieres probar?" Todo con la risa cómplice de Pedro que animaba a Rodrigo a
unirse a la fiesta.
No tardo mucho en notarse un enorme bulto en la entrepierna
de Rodrigo, para mayor alborozo y regocijo de Pedro y la muchacha que, se acerco
a el y de un tirón le bajó las polainas y de otro los calzones, dejando a la
vista el miembro tieso como una estaca. Ella lo cogió con una mano y comenzó un
suave movimiento de vaivén mientras le intentaba calmar pues estaba temblando de
miedo. Luego se metió la verga en la boca y comenzó a chupar y lamer. No pasaron
ni dos minutos cuando Rodrigo empezó a jadear fuertemente y vertió sus líquidos
en la boca de la chica. Pedro se puso a aplaudir y vitorear, riendo sonoramente.
La chica volvió con Pedro y de un empujón lo tumbó en la cama y se montó sobre
su verga, comenzando a cabalgarlo frenéticamente mientras el le sobaba los
pechos. Pedro pensó en ese momento que había sido el dinero mejor invertido de
su vida.
Cuando la prostituta acabó con Pedro, este se quedo tumbado
en la cama. Rodrigo había estado mirando embelesado como fornicaban y esto a la
mujer no se le había pasado por alto. Fue hasta la silla donde estaba sentado
Rodrigo y se ensarto la verga de este, sentándose a horcajadas sobre el.
Comenzando un movimiento, suave primero y frenético después. Rodrigo enseguida
le cogió el truco al asunto y comenzó a tocar los pechos de la hembra mientras
jodian. Pedro se les unió acercando su miembro, de nuevo erecto, a la cara de la
chica que, sin dudarlo, comenzó a chupar. Y así siguieron un buen rato, sin
tregua, hasta quedar saciados y extenuados.
Sin embargo su gozo se convirtió de nuevo en incertidumbre
cuando, a pesar de sus suplicas, no les dejaron dormir en el burdel, porque
hacían falta las camas para el trasiego constante de clientes que duraba, según
les habían dicho, casi toda la noche. De modo que sin más remedio hubieron de
dormir bajo un cobertizo abandonado en la parte de atrás del antro. A Pedro no
le hizo gracia, pues esperaba dormir caliente esa noche. Pero Rodrigo había
cambiado su actitud miedosa por una sonrisa bobalicona que perduro incluso
mientras dormía. Había sido su estreno. Y como Pedro había pensado antes: Era el
mejor dinero mejor invertido de su vida.
Al la mañana siguiente se alistaron. Les dieron uniformes,
alojamiento y comida. Pasarían unas semanas de adiestramiento militar. Que
aprovecharían para aprender el manejo de las armas… y para visitar su burdel
favorito. Ambas cosas les servirían a los dos como una valiosa experiencia para
futuras aventuras militares… y de las otras.
Luego su pelotón marcharía rumbo a Sevilla donde bajarían por
el río Guadalquivir hasta la costa. Una vez allí embarcarían hacia Flandes,
rodeando Portugal y atravesando el Canal de la Mancha. Después se unirían a los
tercios que luchaban bajo el mando del general Spinola que, reclamaba más
efectivos para el asedio de la ciudad de Breda. Irían a la guerra, irían en
busca de fortuna, en busca de gloria. Pero eso amigos, es otra historia.
FIN
P.D.- Si os ha gustado decídmelo. Tengo pensado seguir el
relato con dos nuevas entregas de las Aventuras en el siglo de Oro: "El
ajetreado viaje a Flandes" y "Pedro, Rodrigo y las holandesas" BESOS.