MOBBING.
La luz del sol comenzaba a asomarse tímidamente a la ciudad.
Y aunque todavía era muy temprano, ya comenzaba la actividad en el céntrico
rascacielos de oficinas donde trabajo. Algún vigilante deambulando de aquí para
allá, con su walkie y con su porra. Algún reponedor de las muchas maquinas de
café o tentempiés que hay por todo el edificio. Pero sobre todo una legión de
limpiadoras recorriendo frenéticamente los despachos, vaciando papeleras y
limpiando el polvo.
En la planta decimoctava, con vistas a la parte norte de la
ciudad se encuentra mi despacho. Mi hora de entrada son las nueve de la mañana,
pero esa mañana ya estaba allí. En realidad llevaba en el despacho toda la
noche.
Los acontecimientos de las últimas semanas y su terrible
desenlace la pasada noche, habían terminado con mi resistencia. Agotado y
ojeroso, con la camisa arrugada y los faldones fuera, esperaba sentado en el
enmoquetado suelo a que todo terminara. Sabía que tarde o temprano llegarían las
limpiadoras y abrirían la puerta con su llave maestra y todo llegaría a su fin.
No estaba nervioso, ni triste, ni siquiera enfadado. Estaba
más bien resignado. Resignado a mi suerte, a mí destino, a mi final. Cansado ya
de luchar, de pelear, de revolverme contra todo y todos….
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Mi nombre es Pablo y trabajo en un prestigioso bufete de
abogados. Principalmente nos dedicamos a representar a grandes compañías en sus
conflictos internacionales. Aunque estudie derecho, nunca ejercí como abogado.
Mi misión es captar clientes, sobre todo grandes consorcios empresariales a los
que les llueven demandas por cualquier cosa imaginable.
Unas semanas antes, yo era uno de los ejecutivos de más éxito
de la empresa. Un par de contratos a nuevos clientes me habían abierto la puerta
a un ascenso y por supuesto a un aumento. Todo parecía normal, un par de
tiburones un poco celosos y alguna que otra mirada enrevesada a la que no di
mayor importancia.
Marcela, mi secretaria y amante, estaba exultante con el
cambio de despacho. Cambió toda la decoración y reorganizó el departamento que
ahora dirigíamos con una velocidad y una eficacia sorprendente. Ella llevaba en
el trabajo más años que yo y conocía todos los entresijos de la empresa. Además,
como nadie sospechaba de lo nuestro, se enteraba de todos los chismes y
comentarios que pululaban por la oficina, manteniéndome informado en todo
momento de los movimientos de mis adversarios.
Teníamos nuestros encuentros en un hotel de la ciudad, donde
alejados de las miradas de los buitres de la oficina, dábamos rienda suelta a
nuestras pasiones. Ambos éramos solteros, pero las estrictas normas de la
compañía impedían cualquier tipo de relación sentimental entre empleados. Y
menos entre directivos y secretarias.
Allí lejos de todo, podía olvidarme por unas horas del estrés
y entregarme a disfrutar del cuerpo de aquella hermosa mujer. Ambos disfrutamos
sin tabúes, plenamente. Aunque era evidente que ninguno de los dos estaba
enamorado. Yo estaba con ella como podía estar con otra, (que, de hecho, lo
hacía) simplemente por el placer del sexo. Y la verdad, no me importaba mucho
cuales fueran sus motivos. Estaba como un tren y era buenísima en la cama. Eso
era todo lo que me importaba de ella.
Era el rey. Había ascendido, ganaba dinero y me follaba a una
toda una diosa. Era el mejor momento de mi vida.
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El contrato-muestra de Baust&Loret no estaba sobre mi mesa a
primera hora. Marcela tenia que haberlo dejado allí después de redactarlo la
tarde antes. No era habitual que ella se retrasara o se olvidara. Menos si
estamos hablando del posible contrato que podría hacer ganar a la compañía un
buen puñado de millones y a mí, una buena comisión.
Marcela no estaba en su mesa todavía, mire el reloj y me
sorprendió que no hubiera llegado ya. Busque en su mesa el contrato, pues tenía
prisa. Dentro de una hora tenia que estar en el otro lado de la ciudad,
intentando convencer al viejo Baust de que un contrato con nuestro bufete seria
la mejor salida para resolver sus problemas judiciales, que eran muchos.
Como no encontré el documento, no me quedo más remedio que
lidiar con D. Jorge Baust "a pelo", capeando el temporal. Sin el documento en mi
poder solo pude hacerle una exposición oral sobre las ventajas de nuestro bufete
con respecto al que ahora tenía. El hombre no quedo muy convencido y expreso
varias dudas, que yo sin ningún documento con que respaldarme solvente como
pude. Desastroso. El viejo sabía de lo que hablaba y me dejo en evidencia.
Humillado salí de allí… Y colérico volví a la oficina.
Cuando llegue a la oficina Marcela estaba en su mesa
trabajando como si no hubiera pasado nada. Estaba muy enfadado por el ridículo
que había hecho ante el viejo Baust . Llame a Marcela a mi despacho y comencé a
abroncarle…
¿Dónde coño esta el contrato?
Esta en tu mesa Pablo. ¿Dónde va estar?
¿En mi mesa? ¿Dónde?
Pues en tu mesa…. No me hables así ¿vale?
Te hablo como me sale de los hue…
Me quede con la palabra en la boca, justo encima de la mesa,
en el mismo centro, estaba el puto contrato. No podía creerlo. Estaba seguro que
no estaba allí a primera hora cuando llegue….
No estaba aquí a primera hora, lo has puesto luego.
No, no….Lo puse anoche antes de irme.
Marcela no me toques los cojones, lo he estado buscando
esta mañana… Y no estaba. Ni aquí, ni en tu mesa.
Pablo lo puse ayer por la noche. ¿vale? No se lo que a
pasado, pero no es culpa mía y no me gusta que me chilles.
Joder Marcela….
Fuimos bajando el tono de la discusión hasta calmarnos.
Estaba claro que alguien había cogido el documento y luego lo había devuelto a
su sitio. La cuestión era quien y para que. Se supone que Marcela cierra mi
despacho a última hora y nadie puede entrar hasta la mañana siguiente. Solo ella
y yo tenemos la llave. Aunque también habría una copia en recepción, claro que
el conserje no estaba autorizado a dejársela a nadie. Las limpiadoras tendrían
la llave maestra de los despachos, pero era poco probable que ninguna de ellas
tocara nada. Conjeturamos durante un rato y decidimos que lo mejor era estar
alerta…. Ojo avizor.
Por la tarde como era jueves fui al hotel. Llegué ante que
Marcela así que me senté a esperarla. Meditando en lo que había sucedido, me
puse de mal humor. Para cuando llegó ella, yo ya estaba cabreado del todo. Ella
lo noto nada mas llegar… normalmente me abalanzo sobre ella nada mas entrar y
esta vez permanecí sentado sobre la cama.
-¿Qué te pasa?
- a mi nada.
-Venga Pablo…. Que te conozco.
-Tú no me conoces…. Ni tú, ni nadie…
-Venga hombre, no te pongas así conmigo.
-No me estoy poniendo de ninguna manera.
Ella no siguió la discusión. En vez de eso, puso su dedo
sobre mi boca, se arrodillo ante mí y comenzó a acariciarme el paquete.
Desabrocho el pantalón y bajo la cremallera.
No era la primera vez que me chupaba la polla, pero esta vez
parecía diferente. Me miraba a los ojos, sin apartar la vista… desafiante,
provocadora. No era mi estilo, pero no aguante más y la empuje contra el suelo,
le subí la falda y apartando las bragas la folle brutalmente, sin delicadezas.
Descargue en ella mi frustración de aquel día y ella se dejo hacer. Estaba claro
que Marcela era una profesional en todos los campos.
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Una semana más tarde, todo había empeorado radicalmente.
Baust&Loret rechazó nuestra oferta. A pesar que intente conseguir otra
entrevista con el viejo Baust, este me la negó. Además en la oficina empezaron a
suceder cosas extrañas. Desaparecieron un par de documentos de mi despacho,
robaron mi agenda y a mi ordenador hubo que formatearle el disco duro a causa de
un virus informático.
El optimismo y la voracidad comercial que tenia unos días
antes desaparecieron. Los sustituí por el recelo y la suspicacia. Desconfiaba de
todos. De todos menos de mí y de Marcela. No podía creer que alguien estuviera
jugándomela. Jodiéndome de esa manera. Me volví hosco y hostil, no saludaba a
nadie en la oficina, ni conversaba con nadie, a no ser que no fuera
absolutamente necesario.
Todo esto hizo que mi rendimiento bajara. Ni captaba
clientes, ni atendía como se merecían a los que ya tenía. Mi superior, Don
Antonio, me llamó la atención. Me advirtió que habría más de un interesado en
ocupar mi puesto si yo no cumplía con las expectativas. Intente darle una
explicación, pero el no encajo muy bien que yo acusara a alguien de boicotearme,
sin aportar ni pruebas ni sospechosos. Y me abronco.
Fuera de mí por la ira y frustración, decidí poner fin a toda
esa locura. En solo unos días había pasado de ser un triunfador, a ser un
perdedor. De estar en la cresta de la ola, a estar con el agua al cuello. No
podía ser… "por mis muertos que yo arreglo esto".
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Eran las diez de la noche. Entré en el edificio. El conserje
no receló nada. Le dije que había olvidado las llaves de mi casa en el despacho.
Subí por las escaleras, dieciocho pisos. No quería que la luz del ascensor
delatara que alguien subía. A medida que iba subiendo mi humor empeoraba.
Comencé a sudar debido al esfuerzo. Empecé a preguntarme que mierda hacia yo
allí a estas horas, sudando como un cerdo.
En realidad no tenía ningún plan. Tan solo apostarme en un
rincón de mi despacho y esperar a que algo sucediera. Por la tarde había dejado
sobre mi mesa unos papeles (nada importantes) y le dije a Marcela que los
revisara, que era muy importante y muy urgente. Se lo dije en voz normal, pero
delante de toda la oficina, asegurándome de que el cabrón que me estaba
jodiéndome se enterara.
Cuando llegué a la planta del bufete abrí sigilosamente la
puerta que daba paso de las escaleras al edificio y entré. Cautelosamente avancé
por toda la oficina, no había luces encendidas. Cuando conseguí llegar a la
puerta de mi despacho me pareció oír un ruido dentro. No tenia ventanas hacia
dentro, solo hacia el exterior, así que decidí abrir con sigilo.
La sangre se agolpó de repente en mi cerebro, la vista se me
nublo por unos segundos… Los que tardó la ira en aparecer.
Ante mis ojos y sobre mi mesa estaban Marcela y D. Antonio.
Follando.
No estaba muy seguro de lo que sucedía pero estaba claro que
eran ellos los que me habían estado fastidiando. Mi jefe y mi secretaria. Cuando
me vieron actuaron de manera muy distinta. Antonio nervioso, trato de subirse
los pantalones, sin embargo Marcela me miraba a los ojos con actitud desafiante,
como en el hotel. Entonces lo comprendí todo. La muy zorra quería mi puesto.
Antonio avanzo hacia mi, no se con que intención, pero no se
lo pregunté. Le di un puñetazo en la boca y callo de espaldas. Trato de
levantarse, pero yo estaba loco de furia y le propine una patada que le impacto
entre el cuello y la cabeza. Marcela me agarro del brazo, pero antes de que
hablara la golpeé con todas mis fuerzas y cayó fulminada. Agarre el cenicero de
marfil que hay sobre mi mesa y lo estampé sobre el cráneo de Antonio. El golpe
fue seco. Pero las consecuencias muy húmedas. La sangre comenzó a manar a
borbotones, manchando la moqueta azul de importación. Eso me enfureció aun más.
Marcela, que trataba de incorporarse, no vio el puño de mi mano hasta que lo
tuvo sobro su ojo. Volvió a caer.
Cuando Marcela despertó vio horrorizada el cuerpo inerte de
Antonio. Trato de chillar pero yo se lo impedí. Ella no se arrugo e intento
escapar primero y hacerme frente después. Como no pudo hacer ninguna de las dos
cosas me miro a la cara. Me desafió con la mirada, como en el hotel, como hacia
unos momentos. Así, cara a cara, me dijo que si yo había llegado tan lejos era
por ella. Que yo no habría sido nada en la empresa sin ella. La abofeteé… Me
escupió…. La estrangulé.
Después me senté en el suelo. Y espere a que amaneciera. A
que las limpiadoras llegaran, a que todo terminara de una maldita vez.
FIN
P.D.- Este no es mi estilo. Pero quería probarme con un
relato un poco mas largo que los micros. Como no es nada erótico no tengo más
remedio que mandarlo a la triste sección de Otros textos. Si no os gusta
decídmelo. ¿Vale?.... Y si os gusta, pues también. BESOS.