Apenas llevábamos cuatro años casados y la rutina se había
apoderado de nuestro matrimonio. Carlos, mi marido entonces, no parecía echar de
menos que no saliéramos ni hiciéramos nunca nada interesante. Yo, en cambio, me
sentía deprimida y cansada de la rutina que él había asumido sin problemas.
Tampoco podía hacer nada por mi cuenta porque, a medida que me iba teniendo más
abandonada, se volvía más celoso; parece absurdo pero era así.
- Veo que estás arreglándote. ¿Vas a salir? – me dijo, viendo
que me estaba arreglando.
- Sí, a visitar a una amiga de la Facultad.
- Bueno, pero no tardes demasiado. Estarás antes de la cena,
supongo.
¿Ya empezábamos con los celos estúpidos? No me gustaba ni su
actitud ni el tono de su voz, y le respondí que volvería a casa cuando quisiera.
Él se enojó y empezamos a cruzar frases, en un tono cada vez más alto, hasta que
con un portazo di por terminada la discusión y salí de casa.
Como siempre, después de discutir me sentí muy mal; y estas
discusiones se habían hecho frecuentes. No me sentía de humor para hacer visitas
pero tampoco quería volver a casa y que él se creyera que había dejado de ir por
él. ¡Estaría bueno que no pudiese visitar a una amiga por sus celos!
La verdad es que a mi amiga Irene no la había visto casi
desde que termináramos la carrera. Pretendía convencerme a mí misma de que no
había tenido tiempo para verla pero los verdaderos motivos eran la dejadez y
Carlos, que me absorbía completamente. Cuando tenemos pareja, nos olvidamos muy
fácilmente de las amistades.
Ahora vivía sola en un pequeño apartamento. Realmente me
alegré de verla. Una mirada antes de que nos diéramos un beso y un abrazo, bastó
para darme cuenta de que seguía siendo una mujer atractiva, puede que incluso
más. Ella siempre había sido más provocativa en todos los sentidos: en su forma
de vestir, al hablar, tratando con los chicos... Le dije que estaba guapísima
con ese pelo castaño largo tan rebelde, recogido de una forma que me gustó
mucho.
Se mostró muy contenta de verme y nos sentamos para hablar de
nuestras cosas. Yo también estaba encantada de verla pero se dio cuenta de que
no era tan feliz como decía. Fue al hablarle de Carlos.
- ¿Problemas de pareja? No me cuentes nada si no quieres – me
dijo, pero yo sí que quería hablar de mis problemas. ¿Quién mejor para
escucharte que una amiga?
- Sí, nuestra relación no está en su mejor momento. Nos
queremos mucho, pero Carlos es cada día más aburrido y más insoportable con sus
celos. Ya te digo que esta tarde no quería que viniese a verte...
Le conté a todo y ella se portó como una buena amiga,
escuchando y consolándome en sus brazos.
- Hombres... ¿Quién los necesita? – me decía, después de un
buen rato hablando.
- Tienes razón: viviríamos mejor sin ellos.
Callé, más aliviada después de confiarle mis preocupaciones.
- Y tú, ¿qué? ¿No tienes pareja? – le pregunté.
- Hace tiempo que no me interesan los hombres.
- Eso es una novedad. Recuerdo que en la Facultad todos iban
detrás de ti. Y ahora estás más guapa todavía.
- Gracias, tú sí que estás guapa. Si te digo la verdad,
descubrí que hay cosas más interesantes que tener siempre a un hombre detrás de
mí.
Yo estuve a punto de preguntar cuáles pero pensé que se había
hecho tarde, y después de despedirme de ella, volví a casa. No eran todavía las
nueve pero por mucho que me dijese que regresaría cuando quisiera, tenía a
Carlos en mi cabeza. Finalmente se había salido con la suya.
Mi matrimonio siguió igual. Discusiones a diario,
recriminaciones, celos y enfados. Yo le echaba en cara que nunca hacíamos nada
interesante y él se excusaba diciendo que estaba cansado de trabajar. Eso sí,
era hablarle de cualquier conocido, daba igual que fuera un compañero de la
oficina o el peluquero, y él ya se sentía celoso.
Lo que no dejé de hacer fue visitar a mi amiga, ya podía
decir él lo que quisiera. Creo que siempre pasa igual: cuando dejamos de
sentirnos a gusto con la pareja, descubrimos que necesitamos de las amistades
para tener su consejo y sobre todo para que soporten nuestra autocompasión; y mi
amiga fue muy paciente escuchando mis problemas.
La verdad es que la envidiaba un poco, o quizá bastante, por
su vida libre. Ella me propuso salir más de una vez pero yo no quise ir más allá
del bar de la esquina.
- Vamos, diviértete. Tú sabes que él no tiene razón. No dejes
que decida lo que puedes o no hacer – me decía, y tenía toda la razón.
- Para ti es fácil decirlo, que no tienes que dar
explicaciones a nadie. Ya verás cuando tengas pareja y él tenga celos.
- Eso no me ocurrirá – me respondió muy seria.
Luego calló, como dudando lo que me iba a decir.
- Mira, existen muchas más posibilidades de las que tú te
crees. Hazme caso: lo he descubierto con la experiencia de estos años.
¿De qué me estaba hablando? ¿Con qué iba a sorprenderme
ahora?, me preguntaba yo.
- Perdona, no entiendo a qué te refieres.
- Es que a una mujer tan guapa como tú le sería fácil
encontrar pareja, buscar sensaciones nuevas...
- Imposible. Me conozco bien y sé que no sería capaz de
engañar a Carlos con otro hombre.
- Es que yo no estaba pensando en otro hombre... – añadió,
acercando su cara a la mía. Noté su voz apagándose en la boca que me acariciaba
con su aliento. Nunca habría imaginado que pudiera pasar algo así pero el brillo
de sus ojos no invitaba al error. Aunque ella fuera una mujer, yo reconocí ese
brillo.
- No entiendo – le mentí, sofocada, casi sin poder hablar.
- A ver si entiendes esto...
Y me besó. Sus labios tocaron los míos y cerré los ojos por
puro reflejo, sorprendida por un terrible cosquilleo desde los labios hasta la
garganta... Me sujetaba los hombros con suavidad y estuve a punto de dejarme
llevar y envolver por su abrazo, pero sentí su mano sobre mis pechos y luego en
mi pantalón y desperté... Abrí los ojos y vi las largas y negras pestañas de los
suyos y recordé que era una mujer. Aquello no podía estar pasando.
Me eché atrás, asustada, y me levanté. Rápidamente fui a la
percha a por mi abrigo.
- Tengo que irme – le dije, nerviosa y sin atreverme a
mirarla.
- Perdona, no quería ser brusca. Pero hazme caso: existen
muchas sensaciones que no conoces. Debes abrirte. Yo te considero una mujer muy
atractiva.
- Carlos es mi marido y yo siempre le seré fiel.
- Pero el beso te ha gustado, ¿verdad?
Su seguridad me enojaba y me limité a despedirme con un frío
buenas noches y me marché. Estaba alucinada con lo que había ocurrido y muy
molesta con ella. No entendía que Carlos era mi marido y que yo le quería, pese
a todas sus tonterías; y había estado a punto de traicionarle de la forma más
increíble... Bueno, tampoco le había traicionado porque era ella la que me había
besado a mí.
¿Me había gustado el beso? Pues claro que no, aunque reconocí
que sabía besar... ¡Pero qué estaba pensando! Llegué a casa muy alterada y
esforzándome por parecer tranquila.
Ni que decir que dejé de visitarla desde ese día. Ahora
entendía a qué misteriosas experiencias nuevas se refería y qué quería decir con
eso de que había algo mejor que los hombres. ¿Sería mejor? Más tonterías que
pensaba. Lo que tenía muy claro es que no la iba a perdonar y que no volveríamos
a vernos después de lo que había pretendido hacer. También es verdad, quisiera
reconocerlo o no, que temía lo que pudiera ocurrir si volvía a visitarla...
Una tarde, al volver del trabajo, encontré a mi marido muy
sonriente y esperándome.
- Arréglate, cariño, salimos esta noche.
- ¡Vaya sorpresa, me encanta! ¿Y adónde vas a llevarme?
- Es que mira – empezó a decirme, con tono muy serio -, he
notado que últimamente has dejado de visitar a tu amiga y he hablado con ella
esta tarde. No me lo ha dicho pero sé que habéis dejado de veros por mi culpa y
eso no me gusta. Me he portado muy mal contigo y quisiera que hubiera confianza
entre nosotros. Para compensarte, le he dicho que quedáramos los tres para
conocernos mejor ella y yo, y me ha propuesto salir a tomar algo.
Por un lado me sentí feliz de que se hubiera dado cuenta de
que tenía que confiar en mí, pero por otro me sentí conmovida porque creí que no
me había portado bien con él. En cuanto a la idea de salir los tres...
- No sé si me apetece mucho salir hoy.
- ¡Vamos! En serio, te prometo cambiar a partir de hoy.
Tuve que decirle que sí. Parecía sinceramente arrepentido de
sus celos y yo no podía negarme. En cuanto a ella, hubiera preferido no volver a
verla. Aunque quizás quisiera recuperar mi amistad. La perdonaría, pero que no
pretendiese nada más.
Los asientos de la barra estaban todos ocupados de gente
riendo y hablando de sus vidas entre caña y tapa, mientras los camareros
entraban y salían de la cocina llevando raciones en las bandejas. Sólo quedaban
sitios en las mesas e Irene nos hizo una señal para que la viéramos. Nos
sentamos con ella y yo la saludé educada pero algo fría.
- ¿Tú eres Carlos? Encantada, Fernanda siempre me habla
maravillas de ti y de lo feliz que es desde que estáis casados – le dijo, y se
dieron un beso. ¿Qué yo siempre le había contado maravillas de mi marido? ¡Vaya
cinismo! Poco iba a poder perdonarla si empezábamos así.
- ¿Traigo la carta y pedimos algo para comer? – preguntó
Carlos.
- No es necesario, ya he pedido yo un par de raciones. He
comido antes aquí, y hacen unas raciones buenísimas. Espero que os guste lo que
he pedido.
Empezamos a hablar de nuestras cosas hasta que el camarero
nos interrumpió para dejar sobre la mesa una fuente de barro repleta de almejas,
tres platitos para echar las cáscaras, y un canasto con panecillos. Era la
primera ración: almejas en su salsa.
- ¿Os gustan las almejas? – nos preguntó.
- Sí, la salsa está muy buena – respondió mi marido, mojando
un trozo de pan en la salsa. No mentía: la salsa verde con sus ajitos y su
perejil era deliciosa.
Yo empecé a comer. Tenía hambre y me gustaban mucho las
almejas.
- A mí es que me encantan las almejas. Meter mi lengua entre
la cáscara y llegar hasta la carne – añadió Irene, y cogió una almeja para
abrirla delicadamente... e introducir su lengua en la almeja, muy despacio y
para que pudiese verla bien, mientras me miraba a los ojos. Esa mirada me hizo
soltar la almeja que tenía entre mis dedos y ruborizarme. Ella pareció divertida
con la cara de sorpresa que debí poner.
- Cielo, se te está cayendo la salsa al mantel – me advirtió
Carlos, y vi una mancha verde en el mantel.
Él seguía a lo suyo, sin darse cuenta de nada, comiendo más
almejas que nadie y arrebañando la salsa con trozos de pan. Yo era la que menos
comía, y me daba cuenta de la mirada provocadora y divertida de Irene sobre mí.
Su lengua se me insinuaba cada vez que se introducía en una almeja para alcanzar
la carne...
Dicen que las ostras son afrodisíacas pero yo estoy segura de
que las almejas tienen que serlo tanto o más. Me sentí excitada, furiosa y con
ganas de irme, todo a la vez. Enojada, me dieron ganas de volcarle la fuente
entera de las almejas, pero luego pensé en cómo serían esos labios cubiertos de
la salsa verde... Otra vez recordé aquel maldito beso.
Por fin se terminó la fuente.
- Buenísimas – sentenció mi marido.
- ¿Verdad que sí? Yo es que prefiero el pescado a la carne –
dijo ella.
- Pues tienes razón, donde estén el pescado y el marisco...
- ¿Y tú, Fernanda, qué prefieres? ¿La carne o el pescado? –
me preguntó ella, con toda la inocencia que podía fingir.
- Ehh... la verdura.
Me sentí indignada pero con ganas de reírme con la dichosa
preguntita. ¡Menuda era mi amiga! Hasta aquel día que me había besado, yo había
creído conocerla muy bien, pero aquella noche iba a descubrir muchas más cosas
de ella.
Llegó la segunda ración: tortilla española. Esta vez sí
entendí el plato a la primera. Era tan descarado que me dieron ganas de
levantarme del asiento, de reírme o de las dos cosas a la vez. Al final me comí
mi trozo de tortilla en silencio.
- La tortilla la hacen muy bien aquí, ya veréis.
- Ah, pues tienes que ver qué tortillas más ricas sabe hacer
Fernanda: con sus patatas, su pimiento y su cebolla – comentó mi pareja,
totalmente inconsciente de lo que estaba ocurriendo en aquella mesa entre esa
mujer y yo, poniéndole las cosas todavía mejor.
- ¿De veras? Pues me encantaría verlo – dijo ella, con una
sonrisa irónica e insinuante para mí.
No podía creerme aquello. Una mujer me estaba seduciendo y
Carlos no se daba cuenta de nada sino que, inconsciente, le seguía los
comentarios.
- ¿Y qué comemos ahora? ¿Algún bollo de postre? – pregunté yo
muy sarcástica, cuando se acabó la tortilla.
- ¿Bollos? ¿En serio te apetece comer algo dulce? – me dijo
ella, como si le extrañara mi comentario.
- Yo estoy lleno – dijo mi marido, y yo tampoco tenía hambre.
Sí creía que con el café se acababa todo, estaba muy
equivocada.
- Oye – me dijo Carlos -, estoy pensando que ¿por qué no
salís un poco vosotras solas, para hablar de vuestras cosas?
El Carlos de siempre jamás me habría propuesto algo así. Se
había tomado muy en serio lo de cambiar pero, por una vez, hubiera preferido que
fuera el celoso y aburrido de siempre.
- ¿Seguro que no te importa? – le preguntó la muy descarada.
- Claro que no.
- ¿Podemos hablar un momento en privado? – le dije a Carlos.
Fuera del bar, le dije que me encantaba que hubiera decidido
ser menos celoso, pero que tampoco tenía por qué hacerlo...
- Mira, yo quiero que seas feliz y que tengas tus amistades.
Confío plenamente en ti porque sé que nunca me engañarías con otro hombre.
¡Aquello era demasiado! Si él hubiera sabido lo que tenía
Irene en mente...
- Pero... ¿estás realmente seguro?
- Claro, cariño. Puedes salir con tu amiga siempre que
quieras. Lo importante es que te lo pases bien.
Él tenía razón: me lo iba a pasar muy bien esa noche. Me besó
y me dejó realmente pasmada. ¿Qué podía hacer yo? Había sido fiel pero él sería
culpable de lo que pudiera ocurrir. Me di por vencida, y cuando volvimos a
sentarnos, alargué mi pierna hasta rozar la de Irene. Ella se sorprendió un
poco, pero no mucho: estaba muy segura de salirse con la suya. Luego me sonrió
de una forma, como advirtiéndome de todo lo que podía pasar aquella noche... Era
la señal de mi rendición: había claudicado y ahora sentía mucha curiosidad por
lo que pudiera pasar. Acarició mi rodilla con la mano con suavidad. En buenas
manos me dejaba Carlos esa noche...
Carlos se fue y llegó el momento que tanto temía: el momento
en que nos quedamos solas las dos.
- Ya te vale, ¿no? – le dije.
- ¿A qué te refieres?
- No te hagas la inocente... En la Facultad siempre querías
salirte con la tuya y no has cambiado. Y ahora, ¿por qué no vamos a tu casa? –
La petición la sorprendió un poco más. Yo estaba envalentonada. ¿Es que yo no
podía tener la iniciativa también?
- Me parece bien, así tendremos tiempo para poder hablar.
¡Nunca perdía el sentido de la ironía! Me parecía mentira lo
que había ocurrido esa noche. Y todavía quedaba lo mejor.
Ya en su casa, sacó el llavero para abrir la puerta del
apartamento. Buscó la llave adecuada con tranquilidad, manteniendo el dominio
que tenía siempre. A mí, en cambio, oír el tintineo del manojo de llaves me
desesperaba. Cogí su muñeca y el roce de su piel fue suficiente para acelerar
mis latidos. Nos quedamos las dos en silencio en aquel pasillo.
- ¿Sabes? Hay algo que no puedo olvidar desde aquel día... –
empecé a decir.
- ¿Puede ser esto? - Y no me permitió acabar porque noté sus
manos sujetando mis mejillas mientras me rozaba la piel suavemente con las yemas
de sus dedos. Cerré los ojos y tuve su boca en la mía. Cuando ella comió mis
labios con suavidad pero con ganas, viví la misma sensación que había tenido
aquella vez. También ahora los pelillos de la piel se me pusieron tiesos como
escarpias y me inundó la misma sensación de calor... Luego ella se separó. Abrí
los ojos y seguíamos en un pasillo, delante de la puerta del apartamento.
- Sí, era esto... lo que quería recordar... – dije con la voz
entrecortada.
- Será mejor que entráramos, antes de que aparezca algún
vecino.
Tenía razón y entramos. Apenas se había cerrado la puerta y
yo quería que nos besáramos otra vez. No podía haber dudas: su beso me había
gustado; nunca me habían besado así.
Pero ella no se conformaba con besarme. Con sus dedos
desabrochó mi blusa y luego pasaron por el hueco de entre los pechos. Tampoco me
habían tocado así. Pensé que sus dedos eran largos y finos, no como los de
Carlos, y más adecuados para acariciarme suave y cuidadosamente, en vez de
manosearme con prisa como hacía él. No se abalanzó sobre mis tetas sino que
esperó a quitarme el sujetador con mucha calma. Luego los sostuvo en sus manos y
los estrujó y acarició, rozándome los pezones con los pulgares, sin que
dejáramos de besarnos.
Pensé que su lengua era mucho más hábil y deliciosa que la de
Carlos. Ya me lo había demostrado comiendo aquellas almejas. Buscaba mi lengua
para derretirla en mi boca como si fuera un polo. También sus manos eran más
habilidosas. Muy lentamente, se quitó la blusa y el sujetador. Cuando rozó mis
pechos con los suyos, entendí que había cosas que no había imaginado nunca.
Hundió sus dedos bajo mi falda...
- ¿No te dije que me gustaban mucho las almejas? – me dijo
ella, muy excitada.
- Pues esa almeja está muy caldosa... – le respondí, no menos
excitada que ella.
- No hace falta que lo digas porque la estoy tocando.
Notaba sus dedos acariciando mi entrada y eso fue demasiado
para mí. Nunca me habían tocado así y ella lo hizo despacio y con tranquilidad,
como me gustaba, entreteniéndose en la cara interior de los muslos y luego en
los labios. Después, en el botón que había más adentro. La besé otra vez, como
queriendo agradecer el placer que me daba.
Cuando sacó sus dedos, estaban brillantes por la humedad.
Acercó su anular y yo lo chupé encantada. Era terriblemente morboso probar el
jugo de mi propio sexo.
- Estás muy caldosa., sí – dijo ella –. Quiero probar esa
salsa.
Y me llevó a su cama. Unas pocas horas antes, lo último que
hubiera pensado es que me desnudaría por voluntad propia para meterme en la cama
con otra mujer. La vi más hermosa que nunca. Siempre me había parecido guapa
pero ahora era más que guapa... Ella se había salido con la suya y había
cambiado completamente las reglas esa noche.
Me guió con sus manos y con mucha delicadeza para que me
recostase sobre la cama. Me había tocado pero ahora iba a mostrarme cómo se
comía una almeja... Después de besarme arrastró su lengua despacio por mi
cuello, mis pechos y luego por mi vientre. La notaba húmeda como un caracol que
se arrastra lentamente. Besó mi empantanado bosque de Venus y abrió su boca para
mordisquearme con mucha suavidad la parte interna de los muslos. Su lengua
entrando y moviéndose con rapidez, buscando la salsa que me cubría... ¿Cómo
había podido vivir hasta entonces sin una boca así?
Ajena a los gemidos entrecortados y agudos que salían de mi
boca, ella no dejó de comer toda la salsa que había en mi sexo. Nunca podría
haber aprendido Carlos a hacer esto. Abrí los ojos y vi la brillante luz de la
lámpara en el techo. En realidad, no la veía porque había dejado de prestar
atención a otra cosa que su lengua. Hasta que cerré los ojos y gemí una última
vez. Fue un gemido más prolongado. Luego mi cuerpo dejó de temblar y se relajó
completamente. Su boca había dejado de comerme el coño y la noté otra vez en mi
cara, invitándome a que la besara. Nos abrazamos.
Hubiera querido dormir con ella pero tuve que dejarla. Esta
no fue, ni mucho menos, la despedida fría y violenta de la última vez. Le dije
que volvería en cuanto pudiese. También quise decirle que había sabido hacerme
gozar de una forma increíble pero no hacía falta que lo dijese, eso ya lo sabía.
Me marché en silencio.
Era tarde cuando llegué a casa pero no me importaba. Tampoco
parecía importar a Carlos, que dormía tan plácido. Le miré un momento,
pensativa, casi algo culpable, pero duró poco: estaba agotada y me cambié para
acostarme.
A partir de entonces se terminaron los celos. Él me dejó
hacer y yo aproveché, pero que muy bien, esa libertad. Agradecí la confianza
recibida pero si él hubiera puesto además un poco de interés... Nuestro
matrimonio se acabó poco a poco y él ni se dio cuenta. Se conformaba con que no
hubiera discusiones: creía que eso bastaba para que nuestra relación pudiera
funcionar.
Al final lo supo porque tenía que decírselo. Ya no quería
dormir con él, y menos hacer el amor. Me encontré diciéndole cosas que jamás
habría creído que tendría el valor que decir. Él pasó del completo estupor a la
furia, pero no quiero dar detalles tan desagradables. Furioso, me gritó cosas
muy ofensivas, pero no traté de defenderme. Entendía su cólera. Si él quería
creer que le abandonaba porque era una lesbiana por naturaleza, allá él. En mi
defensa, diré que descubrí mucho más que placer sexual con Irene. Si él me
hubiera escuchado como ella y prestado el mismo interés, nuestro matrimonio no
habría terminado así. Quizá le hubiera dado otra oportunidad. Ahora no me
arrepiento de nada.
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Agradeceré vuestros comentarios.
Un saludo cordial. Solharis.