MI ESPOSA Y LA PARTIDA DE POKER (2)
¿Dónde vas con tanta prisa? - Dijo Andrés.
¿Y lo preguntas? Ya has tenido lo que querías. Me voy a
dormir – Silvia contestó con decisión.
Él cortó su retirada cogiéndola por el brazo. De nuevo esa
sonrisa maliciosa, nueva para mí, volvió a mostrarse en su semblante.
No, no. ¿Crees que ya estoy satisfecho? Lo de antes ha
sido sólo ha sido un aperitivo. Anda, ven conmigo – y llevándola del brazo
la situó frente a nosotros y nos preguntó:
¿Qué os parece lo que he ganado esta noche? Bueno
Mariano, tú ya lo sabes, no es necesario que me contestes, pero vosotros
dos… ¿que opináis? ¿No os parece magnífica?
Lucas simplemente hizo un gesto de asentimiento. A Juan en
cambio se le notaba muy incómodo. Ni se atrevía a alzar la mirada. Lo mismo le
pasaba a Silvia, que permanecía ahora de pie inmóvil y expectante ante los
desconocidos planes de Andrés sobre ella.
Juan, ¡mírala! ¿No es un auténtico bombón?
El hombre, viendo que comenzaba a ser el punto de atención de
los presentes,
se sentía aún mas azorado.
Bien, creo que tendré que convencerte.
Andrés se situó detrás de Silvia y llevó ambas manos a su
cintura. Luego las adelantó a la altura del botón mas bajo de su blusa. Soltó
los botones, uno a uno, menos el más alto, el que entallaba sus pechos bajo la
blusa carmesí. Luego deslizó sus manos hacia los laterales de su falda
encontrando con una de ellas la cremallera que hizo descender con parsimonia
para jugar después con sus dedos con el corchete que en esos momentos era lo
único que sostenía la prenda adherida a la cintura de ella. La mano libre la
llevó al botón aún sin desabrochar de su blusa.
Creo que deberías mirar esto, Juan – le reiteró esperando
que prestara atención.
Ya teníamos todos claro lo que iba a suceder y observé que
Lucas no perdía detalle esperando poder admirar en breve el cuerpo de Silvia
mientras que ella temblaba ante la vergonzante inminencia de su desnudez.
Juan no pudo aguantar más tiempo la tensión y finalmente posó
su mirada sobre mi mujer justo en el momento en que Andrés desabotonaba el único
botón de la blusa que quedaba. La prenda, libre de toda sujeción, se desplegó
dejando brevemente a la vista su sujetador de color crema, justo el tiempo que
empleó ella para alzar sus manos y cubrirse. Pero Andrés también soltó el
corchete de la falda y está resbaló sin piedad a los pies de Silvia que de
inmediato también usó una de sus manos para tapar la zona de su sexo.
Pese a los esfuerzos de mi mujer por cubrirse todos podíamos
ya admirar la belleza de su cuerpo casi al desnudo. Andrés la giró hacia si
mismo obligándola a alzar la cara con un suave empujón en su barbilla. Le
susurró algo y ella, bastante indecisa, bajó sus manos.
Mientras la miraba directamente a los ojos, le apartó la
blusa y maniobró en el cierre de su sostén hasta liberar por completo sus
pechos. Luego, sin dejar de mirarla a los ojos, agarró sus bragas y comenzó a
hacerlas descender por los muslos hasta que éstas terminaron de caer por si
mismas dejándonos ver de nuevo sus preciosas nalgas. Una vez que la tuvo
desnuda, Andrés, embelesado, fue recorriendo con la mirada todos los rincones
del cuerpo de ella que aparecían a su vista. Apaciguado su ardor inicial, ahora
se tomó su tiempo para contemplarla tranquilamente en toda su desnudez. Después
se dirigió a nosotros:
- ¡Ufff….! - ¡Tenéis que ver esto!
Sujetándola de los hombros la fue girando hasta situarla de
cara a nosotros tres, para dejarnos contemplar la belleza de su cuerpo. Sus
piernas eran firmes, fruto del trabajo de gimnasio que diariamente hacía, sus
caderas voluptuosas y marcadas. Sus pechos, voluminosos, iniciaban a caer por el
peso para después remontar hacia arriba con unas curvas pronunciadas culminadas
por las aureolas y unos pezones rojos pequeños y puntiagudos. Su coño era
prominente, tapizado por una hermosa y arreglada mata de pelo castaño oscuro que
dejaba entrever los pliegues de su raja.
La belleza natural de su cuerpo, la inocultable vergüenza que
seguía reflejándose en su rostro y el morbo de estar siendo el objeto de la
encandilada mirada de los cuatro hombres que allí estábamos constituía el marco
perfecto para producirnos una tremenda erección. Yo mismo nunca había visto a
Silvia tan directamente desnuda, pues ella procuraba siempre evitarlo e incluso
hacíamos el amor a oscuras.
Andrés seguía sonriendo orgulloso de mostrarnos lo que había
ganado.
- Bueno Juan ¿Qué te parece?
Juan soltó un hondo suspiro antes de contestar:
- Yo….., no tengo palabras. – y pareciendo haber perdido de
golpe todo la timidez antes demostrada y sin importarle que yo estuviera
delante, se dirigió ya directamente a mi esposa diciéndole que era preciosa.
Pero ella ni miraba ni sentía. Estaba totalmente aturdida por
el cariz que estaban adquiriendo los acontecimientos
Andrés dio un nuevo giro de tuerca a la situación y empezó a
animar a Juan:
Vamos Juan, seguro que estás empalmado a tope. Deja que
veamos lo que escondes bajo tus pantalones.
Juan miraba a un lado y a otro sin saber qué hacer. Estaba
sumamente excitado y casi sin darse cuenta empezó a tocarse su entrepierna por
encima del pantalón.
Andrés ya se lanzó directamente al ruedo y cogiendo a Silvia
por la cintura la acercó hacia Juan instándola a arrodillarse sobre el sofá a
ambos lados de las piernas de él. Aún reticente, Silvia obedeció los deseos del
que esa noche era su dueño y se echó sobre Juan apoyando su desnudo coño justo
sobre la oculta erección del hombre. Para él eso era demasiado y con
dificultades se bajó la bragueta y extrajo su henchida polla al exterior. Tenía
un buen tamaño, sin exagerar, y era de piel muy blanca lo que contrastaba con el
rojo capullo que la coronaba.
Andrés ya había preparado otro preservativo, de un color
verde llamativo, y se lo ofreció a su amigo. Juan torpemente se colocó la
protección y de inmediato se escurrió en el sofá buscando la penetración de su
verga en el coño de Silvia.
A los pocos instantes se volvía a representar una escena con
altas dosis de morbo: tenía a mi mujer casi frente a mí mientras Juan, sentado a
mi lado, se la empezaba a follar con rítmicos golpes de cadera hacia arriba. Y
lo más curioso es que lejos de importarme mi excitación iba en aumento. Juan
continuó sus movimientos un par de minutos más, ocultando y descubriendo
alternativamente el verde envoltorio de su blanca verga mientras jodía con
fuerza el coño de Silvia, que, manteniendo los ojos cerrados, se dejaba follar
aceptando los designios de mi jefe. Entonces él aferró con sus manos los
imponentes pechos de mi esposa y, mientras emitía una especie de quejido
continuo, su cuerpo comenzó a convulsionarse de un modo tal que todos nos
asustamos temiendo que le pasara algo malo, hasta que el mismo Juan nos sacó de
dudas:
- ¡Ayyy, me corro, me corro, por Dios! – y mientras anunciaba
con voz quejosa su corrida, sus convulsiones se incrementaron aun más,
transformándose a continuación en un temblor, salpicado de espasmos, que se fue
apaciguando conforme terminaba el brutal orgasmo que había obtenido tirándose a
Silvia.
Juan salió entonces del estado medio hipnótico en el que se
encontraba y, apartando a Silvia, se puso de pie tapándose su polla y
exclamando:
¡Virgen de la Macarena! ¿Qué he hecho? Mi esposa no me lo
va a perdonar jamás. ¿Qué le voy a decir?
Andrés intentó tranquilizarle y le pidió el preservativo para
tirarlo. Juan le entregó el condón mecánicamente, mientras permanecía de pie,
absorto en sus pensamientos, tanto como la propia Silvia que, incapaz de
levantar la vista, permanecía a su lado con las manos cubriendo su pubis y sin
tener claro que hacer a partir de ese momento.
Pero quien si debía tenerlo claro era Lucas. Sentí como el
sofá se movía a mi derecha cuando él se levantó y con su habitual semblante
serio se dirigió con decisión hacia mi esposa. Con una de sus manos le alzó la
barbilla obligándola a mirarle a los ojos. Silvia, como yo, debió notar en los
ojos de Lucas el deseo de éste de poseerla al igual que habían hechos los otros
dos jugadores. Mantuvo la mirada hasta que Lucas, acariciándole las mejillas,
acercó su rostro al de ella para besarla. Lucas paseó repetidamente sus labios
por los de ella, y me pareció que fue mi propia mujer la que los entreabrió para
dejarle paso, pero el beso fue interrumpido por Andrés a su regreso al salón.
Vaya, vaya, Lucas. Veo que a ti también te ha puesto
cachondo mi premio. Silvia, no te quejarás, estás siendo la atracción de la
noche.
Lucas interrumpió el beso y miró brevemente a Andrés
esbozando una forzada sonrisa. De inmediato volvió a poner su atención en
Silvia, la agarró de la cintura y la sentó en el sofá justo a mi izquierda. Se
arrodilló a sus pies y tras cogerle las manos las apartó de su coño que
celosamente cubrían. Daba igual mi presencia, estaba claro que todos habían
asumido que Silvia estaba a disposición de ellos tres. Mi esposa y yo nos
miramos brevemente, justo antes de que Lucas comenzara a separarle las piernas
mientras acercaba el rostro a su sexo. El rubor volvió a aparecer en ella cuando
los dedos de Lucas acariciaron suavemente su vello púbico antes de recorrer sus
labios vaginales y separarlos para dejar asomar su clítoris. Lo masajeó unos
instantes y acercó aun más su rostro al coño de Silvia hasta posar la boca en
él. No me cabía duda de que era la primera vez que Silvia recibía semejante
atención en esa parte de su cuerpo, a mí jamás se me había pasado por la mente
practicar sexo oral con ella.
Juan y Andrés se habían acoplado de nuevo en el otro sofá y
yo seguí observando a mi mujer notando como su inicial incomodidad se iba
transformando mientras Lucas movía su lengua por toda la raja de su chocho,
chupándolo y aprisionando con los labios el clítoris, hasta que observé cómo
ella, aún esforzándose por no dar señal de excitación alguna, sufrió un par de
sintomáticas contracciones de placer antes de que él abandonara su labor. Era
evidente que las maniobras de Lucas habían hecho que ella, aún sin quererlo, se
excitara.
Al ponerse en pie, Lucas recibió de Andrés el correspondiente
preservativo, se bajó la bragueta de su elegante pantalón marrón y sacó una
verga de color tan aceitunado como el resto de su piel, circuncidada y de un
notable grosor. Apenas ajustado el condón, levantó las piernas de Silvia,
separándolas, y se echó sobre ella introduciéndole sin dificultades su gruesa
polla en el coño, que sin duda estaba mojado por la saliva de Lucas y por sus
propios fluidos de excitación.
Apenas empezado el bombeo en el interior del sexo de mi
esposa, Lucas le acarició las tetas con ambas manos mientras intentaba de nuevo
besarla en la boca. Silvia debió darse cuenta de que besar a ese hombre mientras
la follaba podía hacer que su excitación llegara a cotas peligrosamente
evidentes, dada mi presencia, y le esquivó, procurando que el placer no se
apoderara de ella, manteniendo los ojos cerrados y las manos sobre el asiento
del sofá, mientras simulaba muecas y quejidos de fingido desagrado cada vez que
él empujaba introduciendo su lanza en lo más profundo de su cueva.
Reconozco que, pese a que un tercer tío se la estaba follando
esa noche delante de mí, los esfuerzos de Silvia por resistirse a gozar me
agradaron y más cuando éstos concluyeron con éxito en el momento en que Lucas
tensaba su cuerpo y con apenas un suave gemido se corría gozando del voluptuoso
cuerpo de mi esposa.
Cuando Lucas abandonó el cuerpo de mi mujer, ella y yo
intercambiamos una mirada que dejaba translucir su sentimiento de triunfo, con
la creencia de que todo había terminado, y mi convencimiento de que eso no iba a
ser así y de que algo iba a cambiar en nuestra vida sexual a partir de esa
noche.
Al volver a prestar atención a mis invitados noté que Andrés
no se encontraba en el salón, que Juan seguía perdido en sus pensamientos
sentado en el otro sofá y que Lucas, relajándose, se había acercado al equipo de
música y escudriñaba entre los Cds.
Silvia, intentando exponer lo menos posible su cuerpo
desnudo, se deslizó del asiento del sofá en el que había sido follada
consecutivamente por Juan y Lucas y, gateando, buscó su ropa que se amontonaba
en la alfombra, allí donde la había dejado Andrés al desnudarla. Su movimiento
mientras, arrodillada, se alejaba de mi posición en el sofá, me permitió
contemplar su culo balanceándose y el nacimiento, asomando entre los pelos, de
la raja de su coño allá donde terminaba la de su trasero. Fue la segunda visión
para mí nueva, y excitantemente turbadora, de la desnudez de mi mujer.
Cuando estaba a punto de recoger su ropa, Andrés entró de
nuevo al salón con una botella de champán en las manos. Al ver a Silvia en esa
posición sonrió lascivamente y le conminó a sentarse, desnuda como estaba, y
acompañarnos a tomar una copa de cava. Las protestas de mi mujer no sirvieron de
nada y finalmente se sentó junto a mí intentando de nuevo proteger todo lo que
podía, con sus brazos y manos, su cuerpo desnudo. Debo reconocer que el
contraste entre ella, espléndidamente desnuda, y los cuatro hombres, que
permanecíamos totalmente vestidos, ofrecía una situación altamente morbosa.
Todos, menos ella, sabíamos que Andrés tenía más proyectos para esa noche.
Andrés propuso un brindis por Silvia y todos fuimos apurando
nuestras copas mientras mi jefe seguía alabando a mi esposa y alardeando de la
suerte que estaban teniendo todos esa noche. Después se acercó de nuevo a ella
y, tomándola de la mano, la levantó y la atrajo hacia él. Le acarició con ambas
manos el culo mientras su boca se dedicaba a lamerle alternativamente los
pechos, centrándose en sus pezones que reaccionaron a las caricias
endureciéndose. Silvia se mantenía quieta con la vista hacia el techo y los
brazos colgando hacia el suelo, dejando que Andrés la manoseara de nuevo a
placer.
Este cogió una de sus manos y la llevó hacia el bulto de su
polla sobre los pantalones. Silvia reaccionó negativamente e intentó apartar la
mano, pero Andrés se mantuvo firme y la apoyó de nuevo sobre su erección,
apretándola e iniciando una suave frotación. Fue retrocediendo hacia el sofá
hasta sentarse en él y obligando a Silvia a arrodillarse a sus pies, instándola
a que continuara acariciándole el bulto de su polla. Con evidente torpeza ella
siguió frotando un rato sobre el pantalón hasta que Andrés le pidió que le
sacara la polla al exterior y le masturbara. Silvia negó con la cabeza, dándole
a entender que no estaba dispuesta a seguir adelante, pero la fija y seria
mirada de Andrés le convenció de que parar en ese instante, después de haber
sido ya follada esa noche por los tres jugadores, era una tontería. Se aplicó en
bajar la cremallera del pantalón, metió la mano en su interior y, tras maniobrar
un rato, la sacó junto con la verga de Andrés a la que sujetaba con sus dedos
índice y pulgar.
Andrés reiteró sus deseos de que se la meneara y Silvia
inició el movimiento con los dos dedos con los que le asía la polla. Entonces él
le cogió la mano y le mostró cómo quería que la envolviera con toda la palma de
la mano. Silvia reanudó la masturbación mientras Andrés comenzaba a suspirar de
gusto mientras su polla iba creciendo de tamaño. Era ya evidente lo que iba a
pasar a continuación. Andrés se bajó los pantalones y slips hasta los tobillos
y, agarrando con ambas manos la cabeza de mi esposa, fue acercando el rostro de
ella hacia su entrepierna. Silvia luchó contra la intención de Andrés de que se
la chupara, y es que mamársela era ya demasiado para ella.
Ambos porfiaron un rato, y parecía que Andrés iba finalmente
a renunciar, pero en ese momento Lucas, completamente desnudo, se acercó a
Silvia y se arrodilló detrás de ella, cogiéndola de las nalgas. Ella se giró
observando al hombre gitano que la estaba de nuevo manoseando. Lucas acercó su
cara al trasero de mi mujer y de nuevo su lengua se apoderó del coño de Silvia
que reaccionó con un respingo al sentir la calida sensación sobre su vulva. Le
chupó por completo no solo la raja del coño, sino también la del culo lo que de
nuevo le produjo varias contracciones de placer mientras, inconscientemente,
aceleraba la paja que le hacía a Andrés.
Lucas abandonó la maravillosa tarea y poniéndose en pie,
introdujo por detrás su picha en el coño de Silvia que permanecía arrodillada
masturbando cada vez con más énfasis a mi jefe. El gitano empezó un lento bombeo
que se fue acelerando cada vez más, mientras sus manos se habían ya apoderado de
las dos tetas de Silvia que colgaban al aire por la posición en la que ambos se
encontraban. En esta ocasión mi esposa no pudo contenerse. La postura en la que
se la estaba follando Lucas era la que mas le gustaba y estaba claro que el
hombre debía agradarle o sabía excitarla muy bien. Silvia comenzó a gemir
suavemente mientras sus piernas comenzaban a dar signos de debilidad ante la
furiosa follada que Lucas le propinaba. Los síntomas de un cercano orgasmo de
Silvia se fueron acentuando y Andrés aprovechó la calentura de ella para
conseguir finalmente arrimar el rostro de mi mujer a su polla y, sustituyendo la
mano de ella por la suya propia, dirigir e introducir el glande entre sus labios
entreabiertos. Silvia, concentrada en el gusto obtenido por la impetuosa follada
de Lucas, apenas se percató de que tenía en su boca un pedazo de polla y
succionó el capullo de Andrés, quien sí comenzó a suspirar mas profundamente con
la excitante sensación de sentir su picha en la boca de mi bella esposa.
Finalmente Silvia no pudo aguantar más y sus gemidos se
convirtieron en una mezcla de quejidos y gritos hasta que sus rodillas se
doblaron en el momento en que el orgasmo apareció en ella. Mientras se corría
Silvia, inconscientemente, comenzó a chupar con frenesí la polla de Andrés
quien, sorprendido, apenas tuvo tiempo de sacarla de tan estupendo agujero donde
iba a correrse sin remedio si ella seguía mamándosela.
Consiguió a duras penas evitar la eyaculación y también Lucas
se retiró sin venirse, dejando a Silvia hecha un trapo a los pies de Andrés
mientras se serenaban sus sentidos después del orgasmo alcanzado.
Miré a Juan y observé en él claras muestras de incredulidad
ante lo acontecido. Seguramente no esperaba que Silvia pudiera tener un orgasmo
y debo admitir que a mí también me había sorprendido y, sobretodo, molestado que
se corriera con un hombre al que ni conocía. Pero la más sorprendida era la
propia Silvia que, confundida y azorada por lo que había pasado, ahora no se
atrevía ni a levantar la mirada.
En cambio Andrés estaba en su salsa, había conseguido evitar
una nueva e inesperada eyaculación precoz y, sonriente, se incorporó anunciando
un nuevo brindis por el orgasmo de mi mujer. Se despojó de toda la ropa, tal y
como había hecho Lucas, y cogiendo a Silvia la sentó en el sofá. Recibí una
furtiva mirada de mi esposa en la que me quería dar a entender que le
disculpara, que no había podido evitar lo que había pasado. Pero ella no sabía
que yo mismo, pese a mi enfado, estaba totalmente empalmado y que también había
estado a punto de correrme viendo como se la follaba Lucas mientras ella se la
chupaba a Andrés.
Andrés comenzó a llenar de cava las copas dejando para el
final la de Silvia. Apenas unas gotas cayeron en la de mi esposa antes de que se
vaciara la botella. Juan se ofreció a compartir con ella el contenido de su
copa, pero Andrés, que mantenía un rictus sonriente, le dijo que no se
preocupara, que él lo arreglaría.
Salió del salón, ante la extrañeza general, volviendo al poco
rato y escondiendo algo en una mano detrás de su espalda desnuda. Le dijo a
Silvia que alzara su copa y entonces nos enseñó lo que escondía. Traía los tres
condones que creíamos estaban en la basura y los mostraba orgullosamente. Con la
otra mano acercó uno de ellos a la copa de mi esposa, que, estupefacta e incapaz
de reaccionar, vio como derramaba el esperma recogido en el condón dentro de su
copa de cava.
Hizo lo mismo con el segundo de los preservativos y cuando
cogió el tercero, el de color verde que se había puesto Juan, nos lo acercó sin
poder evitar dirigirse a él para preguntarle cuando se había corrido por última
vez, y es que el preservativo mostraba una abundante eyaculación. Juan, ante la
risa de Andrés, a duras penas pudo contestar que hacía más de seis meses. Cuando
lo vació en la copa de Silvia, su contenido alcanzó una notable cantidad de
semen, ya bastante licuado, que llenaba mas de dos tercios de la misma.
Andrés pidió brindar por el orgasmo alcanzado por mi mujer y
todos levantamos nuestras copas menos Silvia que, aturdida, miraba su copa
repleta de la lefa de los tres hombres que esa noche se la habían tirado
consecutivamente. Todos dimos un sorbo a nuestras copas y Andrés se dirigió a
Silvia animándola a hacer lo mismo. Yo estaba convencido de que ella no lo iba a
hacer y en efecto ella reaccionó depositando la copa a sus pies. Entonces Andrés
le dijo que si no lo hacía consideraría que la apuesta no estaría cobrada.
Silvia me miró suplicando que intentara sacarla de esa
situación, como había hecho anteriormente, pero no fui capaz de decir nada. En
realidad, y no se si por el propio cabreo que yo tenía después de su orgasmo,
sentía una excitante comezón interior ante la posibilidad de observarla
bebiéndose la leche de los tres varones que me acompañaban. Entonces ella, tras
lanzarme una mirada llena de rabia, cogió la copa del suelo y, tras contemplar
de nuevo su contenido, la aproximó a sus labios, dudando que hacer.
Andrés y Lucas, totalmente empalmados, se la meneaban ante la
incertidumbre de Silvia en apurar el semen recogido en la copa. Juan también se
tocaba sobre los pantalones y yo, totalmente excitado, prefería no tocarme por
miedo a correrme.
Tras unos segundos de espera, Silvia posó sus labios sobre la
copa y la inclinó lentamente, con lo que el líquido comenzó deslizarse en
dirección a su boca. Cuando la leche alcanzó su labio superior, hizo una mueca
de asco y puso de nuevo la copa en posición vertical. Volvió a contemplar lo que
debía beberse y unos segundos después, tras obsequiarnos a todos los allí
presentes con una mirada llena de ira, aproximó de nuevo la copa a sus labios y
de un solo trago, sin saborearlo, se echó a la garganta todo el semen allí
acumulado. No pudo evitar un par de arcadas que la obligaron a toser varias
veces, pero, una vez repuesta, puso la copa sobre la alfombra y volvió a
mirarnos, esta vez de una manera desafiante.
Nuestra sorpresa era total, sobretodo la mía, pues aún no
podía creerme que mi escrupulosa esposa se hubiera llevado a la garganta la
leche de los tres invitados. Pero Andrés no tardó en reaccionar y, sonriendo aun
más lascivamente, se aproximó a ella sin dejar de menarse la polla. Cuando
estuvo justo frente a ella le dijo:
Vaya Silvia, creo que nos has desconcertado a todos. No
pensaba obligarte a beberte la copa, era sólo un juego. La pregunta que
ahora me hago es hasta donde eres capaz de llegar.
CONTINUARA