Desperté horas después,
sola en la cama. No sé dónde se había ido mi amiga,
pero el recuerdo de la noche que pasamos juntas persistía muy profundo
en mí. Me ubiqué boca abajo en la cama, acostada sobre mi
mano abierta apoyada en la concha. Empecé a moverme sobre la palma
de mi mano, me metí un dedo y enseguida estaba gimiendo fuertemente
otra vez. Esa masturbación me dio un delicioso orgasmo.
De pronto me pareció notar
otra presencia en la habitación. Miré por sobre mi hombro
y alcancé a observar una figura que salía a través
de la puerta. No era Marisa, ¿quién podía ser? Ya
sé, era su padre.
La casa estaba silenciosa. Fui
hasta el baño y tomé una larga ducha. Todo mi cuerpo olía
a sexo pero después del baño quedé ricamente perfumada.
Cuando salí de la ducha
descubrí que no había ninguna toalla con la que secarme a
la vista. Completamente mojada salí rumbo a la habitación,
y en el pasillo me topé con el padre de Marisa. Creo que lo que
menos esperaba era encontrarse con una chica desnuda y los cabellos chorreando
agua, porque los ojos se le abrieron desmesuradamente.
Yo sonreí, me cubrí
apenas los pechos con una mano y la vagina con la otra. “No había
toallas, voy por una”, le dije con picardía. El no pudo articular
ninguna respuesta.
El pasillo era estrecho, de modo
que cuando pasé a su lado nuestros cuerpos se rozaron. Seguí
mi camino, y pude sentir que los ojos de Julio estaban clavados en mi trasero.
No hice el menor gesto para cubrirme, seguí caminando desnuda como
si nada moviendo mis caderas con sensualidad.
Estaba secándome cuando
el padre de mi amiga se asomó por la puerta de la habitación.
“Marisa salió de compras, yo te preparé un desayuno”, me
dijo, recorriendo mi desnudez con su mirada.
Me envolví el cuerpo con
la toalla, anudándola bajo mis axilas. Era corta, y apenas me tapaba
las nalgas. Así fui hasta el comedor a desayunar.
Julio se sentó frente a
mí con una taza de café. Yo estaba con las piernas ligeramente
abiertas, y él no podía dejar de mirar hacia mi entrepierna.
Es decir, me estaba viendo la concha. Yo había decidido jugar con
él, calentarlo y quién sabe, por qué no a algo más.
Nunca estuve con un hombre de su edad, y de pronto me dio curiosidad. ¿Cómo
sería probar la verga de alguien de 50 años?, me pregunté.
-Discúlpame Natalia, pero
quisiera preguntarte algunas cosas. Si te molestan, no me respondas -dijo
él.
-Cómo no, Julio.
-Anoche no pude dejar de verte
con tu novio. Y luego no pude evitar escucharlas a mi hija y a ti. Yo quiero
saber si Marisa es lesbiana. No es que me moleste, pero ella no me dijo
nada y quisiera saberlo.
-Ni ella ni yo somos lesbianas,
al menos eso creemos -respondí con una sonrisa- A las dos nos gustan
los chicos. Lo que hicimos anoche... fue como un juego, somos muy amigas
y queríamos jugar.
-Gracias. ¿Y es habitual
que tengan sexo así ante la vista de todos?
-Fue mi primera vez con público,
y Marisa creo que nunca lo hizo.
-¿Te gustó saber
que todos te observábamos?
-Sí, me gustó -dije
mirándolo fijamente a los ojos.
Se hizo un largo silencio. Creí
que todo había terminado así que me puse de pie y caminé
hacia la habitación. Pero Julio me siguió y me detuvo poniendo
sus manos sobre mis hombros.
-Eres una chica increíble
-me dijo- Yo... temo que esté a punto de perder la cabeza...
Puso una de sus manos en mi nuca
y me obligó a inclinarme hacia delante. Apoyé mis manos sobre
el asiento de un sillón y como seguía de pie, quedé
completamente empinada. Mi concha y mi cola estaban expuestas. Julio me
metió un dedo en la vagina y lo movió con mucha suavidad.
Gemí. “Eres divina, ya estás mojada”, susurró él.
Yo no podía verlo porque
mantenía su mano en mi nuca obligándome a mirar hacia el
sillón, pero me di cuenta que se estaba bajando los pantalones con
rapidez. Enseguida sentí que apoyaba la cabeza de su verga entre
mis labios vaginales, dio un empujón y me la metió por lo
menos hasta la mitad.
Di un grito. El padre de mi amiga
la tenía corta pero gruesa, y me estaba clavando con movimientos
vigorosos.
-Tienes la conchita estrecha bebé,
eres un sueño -decía entre jadeos.
Sin sacármela se movió
y cayó sentado en el sillón, y yo sobre él. Hizo que
lo cabalgara dándole la espalda, me sujetaba por las nalgas y yo
subía y bajaba enterrándomela cada vez más. Con mis
manos empecé a amasarme las tetas y a pellizcarme los pezones.
-Me estás enloqueciendo
Natalia -decía Julio- Veo como te entra toda y veo tu culito hermoso
y delicado... Eres un sueño chiquita nunca pensé que iba
a cojerme a una chica de tu edad... ¿A ti te gusta que te coja un
hombre maduro?
Por toda respuesta aceleré
mis movimientos ensartándome más en su verga. Cuando la tenía
metida hasta la base me movía en círculos para saborearla
toda, luego volvía a cabalgar.
Julio me la sacó, me tiró
en el sillón boca arriba, abrió mis piernas e hizo que las
flexionara hasta que las rodillas me quedaron sobre las tetas. Se paró
frente a mí, apuntó otra vez con su verga contra mi concha
abierta y mojada y volvió a metérmela. Yo observé
todo el movimiento y vi desaparecer el pedazo de carne dentro de mi cuerpo.
Sus embestidas eran cortas, vigorosas, y me arrancaban gemidos.
Mientras me cogía en esa
posición me lamía las tetas y la cara. Su lengua me llenó
de saliva y luego hizo algo que me sorprendió: me escupió
en los pezones. Como yo no dije nada, sólo gemía y gozaba,
volvió a hacerlo varias veces y no sólo en las tetas sino
también en la cara. La última de sus escupidas dio de lleno
en mi boca abierta.
El padre de mi amiga volvió
a sacármela, se sentó en el sillón y me ordenó
“chupámela”.
Me puse de rodillas entre sus piernas
y me comí su pedazo de verga sin tocarla con las manos. Estaba durísima,
era efectivamente corta pero muy gruesa y estaba completamente mojada.
Julio me tomó por el flequillo del pelo y me marcó un ritmo
infernal de mamada.
-Así mi amor así,
chupámela así... cométela toda, es tu alimento...
Ahhh, qué boca tienes... aliméntate de mi verga.
Julio se sacudió y le empezaron
a salir chorros de leche. No permitió que me alejara, y tuve que
tragarme toda su descarga. Pocas veces antes había probado el sabor
del semen, en este caso me pareció fuerte, salado. Mientras él
se vaciaba en mi boca me metí dos dedos en la concha, me froté
fuerte y tuve mi orgasmo.
Julio me alzó y me recosté
contra su cuerpo. Mis tetas estaban sobre su pecho, mi concha quedó
apoyada contra su pene ahora relajado.
-Eres una muñequita increíble,
no quiero perderte -me dijo, pasando sus dedos por la comisura de mis labios
donde habían quedado algunas gotas de leche. Chupé sus dedos
y le contesté que a mí también me había gustado
mucho, pero ahora lo mejor era que nos bañáramos porque era
preferible que Marisa no supiera lo que habíamos hecho.
Estuvo de acuerdo. Tomé
otra ducha y volví a la cama, porque el polvo me había dejado
agotada. Dormí un rato y me desperté cuando me besaron en
los labios. Era Marisa que había regresado.
-Hola, ¿te gusta lo que
compré? -me preguntó mi amiga.
Estaba de pie a mi lado, desnuda,
y tenía amarrado a la cintura un pene de goma negro.
Se acostó a mi lado y empezamos
a abrazarnos y acariciarnos. “Es para que juguemos juntas, quiero saber
qué sienten los chicos cuando nos penetran”, me dijo Marisa, tocándose
la verga de goma como si se masturbara. Luego se arrodilló en la
cama y me la metió en la boca.
Me sentía rara chupando
ese artefacto. Tenía forma, color y tamaño de pene, incluso
con las venas marcadas, pero en la boca se sentía distinto. Claramente,
no era lo mismo que mamársela a un chico. Marisa me miraba con los
ojos muy abiertos, y movía suavemente las caderas.
-Es hermoso ver cómo te
llena la boca, cómo se te hinchan las mejillas.
Giró en la cama e hicimos
un 69, yo con la verga de goma en la boca y ella lamiéndome la concha.
No tardó en excitarme otra vez.
-Quiero metértela -susurró
Marisa, que estaba tan caliente como yo.
Me puse en cuatro, ella se arrodilló
detrás de mí y guió el pene de goma hacia mi concha.
Me lo hundió de un empujón y lancé un grito. Después
empezó a bombear, amasándome las nalgas, las abría
y cerraba y empujaba más y más fuerte.
-¿Te gusta Naty? A mí
me encanta -preguntó Marisa apoyando sus pechos en mi espalda. Yo
deliraba de la calentura y le pedía “dame más, mássss”.
Después de cogerme así
un rato la sacó y me enterró la lengua en el ano. Mi esfínter
casi virgen empezó a relajarse y abrirse. Entonces mi amiga se puso
otra vez de rodillas y apoyó la cabeza del pene en mi agujerito.
-Despacito Marisa que no me lo
hicieron nunca y estoy estrecha -rogué.
-No tengas miedo, te va a encantar.
Además, ¿qué mejor que te lo haga una amiga que te
quiere?
Dio un empujoncito y la cabeza
se abrió paso en mi culito. Sentía entrar cada centímetro,
avanzaba entre los pliegues rugosos de mi esfínter venciendo su
resistencia, y al final se metió toda en mi intestino. Caí
boca abajo sobre la cama con mi amiga encima, completamente ensartada.
Marisa se movía lenta y
profundamente. “Ahora entiendo por qué los varones gozan tanto cuando
nos meten la verga por el culo”, dijo Marisa entre jadeos. Yo sentía
que me faltaba el aire, abría la boca y sacaba la lengua afuera
para poder respirar. “Me estás matando, sácamela un poco,
me estás rompiendo el culo”. Ella sonrió. “No seas tonta
que no se te va a romper. Te lo estoy abriendo solamente”. Se movió
un rato más sin importarle mis ruegos, y así tuve mi primer
orgasmo con una penetración anal.
Mi amiga también se vino,
y me sacó lentamente el pene de goma. Se dedicó un momento
a explorar mi agujerito, manteniéndome las nalgas separadas.
-Ya se te está cerrando.
Lo tienes precioso, marroncito pálido, chiquito... no sé
por qué no se lo entregaste a ningún chico todavía
-me dijo, y le dio un beso. Su lengua me refrescó un poco el ardor
que sentía.
Descansamos un rato, haciéndonos
caricias y dándonos besitos. Fue tan tierno todo que al rato estábamos
las dos otra vez con ganas de sexo. Entonces Marisa anunció que
había comprado más sorpresas.
De una caja extrajo otro pene de
goma, pero era más largo y remataba en los dos extremos con sendas
cabezas.
-Este es para que gocemos las dos
a la vez.
Me puse nuevamente en cuatro y
me penetró la concha delicadamente con la verga. Después
se puso en cuatro ella, dándome la espalda, y también se
lo metió. Empujamos una hacia la otra hasta que nuestros traseros
quedaron pegados, las dos con la verga profundamente metida en nuestras
conchas.
Estábamos las dos en esa
posición, gimiendo y gozando como perras, cuando se abrió
la puerta de la habitación y apareció Julio. No podía
creer lo que veía, dos chicas desnudas, una de ellas su hija, ensartadas
por una pija de goma y al borde del éxtasis. Murmuró alguna
excusa y cerró rápidamente la puerta pero no por completo:
desde mi posición podía verlo masturbándose mientras
nos espiaba. Su leche saliéndole de la verga fue lo último
que vi antes de desmayarme por el placer del orgasmo.
Continuará.
Si les gustó, les agradezco
que me envíen comentarios a Ladysun_1999@yahoo.com