AMOR GAY EN UN COLEGIO RELIGIOSO
Sentado en su mesa,
mientras terminaba de resolver los últimos asuntos de la mañana, el padre D.
Antonio Márquez, sacerdote, director del colegio del Santo Cristo, rayando los
sesenta años, abundante pelo blanco y un rostro carnoso y rojizo, a través de la
puerta medio abierta de su despacho comprobó como iban llegando los profesores
del triunvirato asesor que había citado para una reunión que se celebraría al
cabo de unos minutos.
El triunvirato de profesores había sido creado por el mismo
al inicio del curso para que le asesoraran en la toma de decisiones para la
buena marcha interna del colegio, aunque sus oponentes aseguraban lo creó
solamente para intentar demostrar que también este centro, tan clásico y
conservador, se estaba adecuando a los modernos tiempos.
Leonor, soltera, cuarenta y cinco años muy bien conservados,
su eficiente secretaria los iba recibiendo, saludando y ordenando sentar
alrededor de la mesa del antedespacho.
D. Félix Garzón, seglar, cuarenta años, un capacitado
profesor de literatura, autor de varios éxitos editoriales, que habían dado
prestigio al colegio, aunque quizá demasiado liberal para ideas que se
preconizaban en el centro, era uno de los que habían sido citados a lo largo de
la mañana por la secretaria del director. Solamente le informó se trataba de
juzgar una punible acción de dos alumnos de quinto año, y le rogó asistiese, a
una breve reunión, nada más terminar las clases de la mañana, él lo hacía aquel
día a las doce, una hora antes que sonaran los timbres de salida matinal para
todos los alumnos del colegio.
Ahora aprovechando la espera a que les estaba sometiendo el
director, e intentaba leer en los rostros de sus dos colegas mediante la
expresión de sus miradas la importancia que cada uno daba a los hechos que se
iban a juzgar para ponerse en situación.
Miró al padre Fulgencio, sacerdote, asténico, rostro
anguloso, pasado el medio siglo, rictus de amargura en su labios y mirada
terrible, profesor de Física y Química que estaba allí, no solo como acusador,
sino por ser el Jefe de Estudios en el Santo Cristo y por ello responsable del
desarrollo de la vida escolar en el centro que había dejado en su clase a un
auxiliar que le sustituyese, para estar presente en la reunión a celebrar.
Comprobó como sus labios permanecían totalmente cerrados,
respiraba entrecortadamente por su abundante nariz y en sus ojos brillaba, como
siempre, un reflejo acerado. Le recordó la expresión que presentaría el ángel
exterminador que Dios envió a castigar y destruir, según las escrituras, las
impías ciudades de Sodoma y Gomorra por haber caído en prácticas odiosas para el
Creador.
Escudriñó también el rostro del padre José, treinta años,
sacerdote, adiposo, gruesas gafas de carey, que tenía bajo su cargo las
asignaturas de Mecánica y Tecnología, junto a la responsabilidad de la vida
moral y religiosa del centro. Era a su vez, fundador y director de Orientación
Religiosa, una asociación que pretendía agrupar a los alumnos más piadosos para,
ante la bajada de vocaciones que se estaba produciendo, buscar y trabajar las
mentes de los que los que mostrasen la mejor disposición de continuar los
estudios eclesiásticos.
El actual rector le tenía en gran estima, hasta el punto de
haberle nombrado su asesor en asuntos relacionados con la moral cristiana y le
incluyó para formar parte del triunvirato que según su opinión tomaba las
principales decisiones de la vida colegial.
En los ojos del padre José era aun más difícil ver lo que
tras ellos se pensaba. Mostraban una mirada impersonal, se podría definir como
bobina y por su aspecto y manera de estar sentado, parecía estuviese rezando,
meditando o medio adormilado. No sabía si éste tenía que impartir clase a esas
horas, pero aunque la tuviese, la hubiera dejado en un sustituto o perdida, pero
nunca se hubiese permitido no asistir a la llamada del director.
Al no ver nada que le informasen las miradas, aceptó esperar
a que los graves motivos que ocasionaba aquella urgente reunión fuesen
expuestos.
El padre Antonio, terminado sus asuntos, se sentó junto a
ellos e inició la reunión diciéndoles.
- Antes que tomemos una decisión sobre este espinoso asunto
que nos ha reunido aquí, quisiera recordarles que lo más importante, lo que debe
de prevalecer, lo que les guiará antes que ofrezcan sus opiniones, es que esta
vieja y querida por todos nosotros institución, salga incólume.
El colegio del Santo Cristo . . .
In mente D. Félix Garzón continuó la frase a la vez que la
oía en la viva, grave y cuidada voz del padre Antonio.
..... que ha formado tantos soldados para Cristo, debe de
estar ser siempre en todas las decisiones y pensamientos.
Había oído tantas veces la expresión en boca del actual
director del centro que la conocía de memoria. Sabía era una de sus favoritas,
aunque también utilizaba otras muchas que acuñaba y guardaba para poderlas
introducir en la conversación en el momento que consideraba oportuno.
D Félix paseó su mirada alrededor de la mesa que tenían ante
sí y como al descuido acarició su pulida tapa. Era una pieza de caoba tallada,
clasificada como muy antigua en el catálogo de Mac Killer, otra frase de D.
Antonio repetía cada vez que un extraño se sentaba ante ella, aunque en este
caso estaba de acuerdo con él porque la pieza que tenían delante era un
verdadero mueble-joya.
El padre Antonio dirigió su vista hacia la derecha, donde se
sentaba el acusador de aquellos alumnos y le invitó a hablar.
Padre Fulgencio, le ruego explique a sus colegas lo que usted
ha observado me ha contado ayer y que he considerado urgente analizar y
corregir.
El Jefe de estudios, tomó la palabra, ahuecó su voz y comenzó
a narrar.
Había ya notado desde hacía tiempo una engañosa familiaridad
entre dos alumnos, D. Roger Sotomayor y D. Carlos Matallana. Cuando dos
caracteres tan dispares, en todas sus características, como los que poseen ellos
muestran tanta familiaridad, creo se debe de indagar. Y eso hice. Puse cuatro
ojos en vigilar todos sus movimientos.
No se atreve a usar las palabras adecuadas, movilizó a sus
espías - pensó el profesor de física y química.
Había tenido que oír en alguna ocasiones acusaciones tan
peregrinas como la presentó un auxiliar de dormitorio acusando a un alumno que
los días de calor solía acostarse totalmente desnudo en su cama o el que otro
puso en conocimiento de la dirección que durante una ducha le pareció observar
que uno de los alumnos mayores tenia el pene endurecido y por ello excesivamente
provocativo.
La información que dispongo me asegura que esos muchachos
están unidos por lo que más debemos rechazar, por lo que ellos denominan,
prostituyendo la palabra, por el amor. Lo que les une no es nada más que las
bajas pasiones carnales, abyectas acciones que no quiero imaginar,
satisfacciones sexuales innominadas, contactos contra natura, vicio de la carne
. . .
Si sigue glosando el amor homosexual de esa manera va a
conseguir que encienda nuestra libido - comentó para sus adentros D. Félix
que le costaba no sonreír ante la tamaña grandilocuencia que D. Fulgencio
utilizaba para acusar a un par de chiquillos que comenzaban a sentir como
hombrecillos su sexualidad naciente.
Mientras éste gesticulaba como si estuviera ante la gran masa
de estudiantes que tenían que escucharle durante la obligatoria charla sobre
sexo que solía dirigirles durante los Ejercicios Espirituales, que según el
modelo de San Ignacio de Loyola, miedo al infierno, posible muerte en pecado
mortal y olvido de la palabra amor y perdón por parte del Dios creador, se
ofrecían en el colegio a los alumnos de los cursos altos, unos días antes de la
Semana Santa, decían, para preparar su alma ante esas jornadas tan especiales de
vigilia y dolor para los cristianos.
La citada charla de los Ejercicios Espirituales en aquel
colegio, se limitaba a los alumnos mayores para no causar escándalo en los
castos oídos de los de menor edad, que aún no permitían escuchar estas atrevidas
frases, no explicativas sobre la iniciación sexual que iban a vivir seguidamente
sino amenazantes, asustadizas y tachadas de muy pecaminosas, algo que la
naturaleza había puesto en ellos y que llegado al momento justo llegaban a
sentir. Cuando consideraban en el Santo Cristo que sus mentes estaban preparadas
para oír estas atrevidas palabras, sin abrir en sus tiernas mentes el deseo de
aumentar los conocimientos prohibidos para su edad, hacía ya dos o tres años que
se masturbaban todos, sus conversaciones principales versaban sobre el sexo y ya
algunos habían llegado a follar.
El padre Fulgencio hizo una pausa, como solía efectuar cuando
hablaba de este tema a los alumnos, buscando en esos segundos de silencio, que
sus mentes analizaran el terrible pecado que cometían al apartarse de la
doctrina que la Santa Iglesia predicaba para cumplir con el sexto mandamiento.
"TOTAL ABSTINENCIA"
En esta ocasión el silencio fue aprovechado por don Félix
para intercalar con toda mala intención una observación.
Pero nadie ha visto que esos muchachos hayan cometido actos
reprobables, solo son sensaciones imaginativas.
Antes que el director pudiera parar las agrias palabras que
ya salían, como un torrente de la boca del iracundo sacerdote, pudo oírsele
decir.
- Para mí son suficientes esas miradas de borregos cuando se
cruzan, ese encontrarles continuamente juntos por todos los rincones del
colegio, lo que sus compañeros murmuran sobre ellos . . .
Por favor padre, tenga la bondad, debemos ante todo buscar la
verdad, no debe de haber nada personal al tomar nuestra decisión.
El padre Fulgencio taladró con su mirada al director que
enrojeció al instante, comprendiendo que había cometido un desliz con aquella
observación de "nada personal".
El padre Fulgencio siempre pensó que su secreto personal no
estaba a salvo en una institución como la iglesia, en la que todos hablan de los
demás, aunque lo hacen de una manera escondida y al oído, pero pensaba que dado
el tiempo transcurrido hubiesen olvidado lo que ocurrió en su vida.
Llevaba arrastrando su condena desde que cantó su primera
misa y creyó que los demás no se daban cuenta que él nunca olvidó su tragedia.
Lo llevaba impreso en su rostro y sus acciones lo proclamaban continuamente.
Aunque una vez mas intento apartar de su cerebro infructuosamente aquellos
agrios recuerdos volvieron a su mente en aquel instante preciso.
Cuando disfrutó de las vacaciones veraniegas, después de
terminar el anteúltimo año de seminario, conoció a una chica de la que se
enamoró perdidamente, hasta el punto que decidió abandonar los estudios
eclesiásticos y formar una familia.
Quiso la fatalidad, el demonio o no se sabe quien, que uno de
los días que habían decidido salir a pasear en barca por el lago que bañaba la
cabaña donde estaban alojados, mientras ella remaba mansamente, él la observaba
loco de amor al trasluz de las luces de la mañana y en un impulso, que no supo
después definir, se levantó y se acercó para besarla. Lo hizo de tal manera que
volcó la barquichuela y lanzó al agua a su amada. Nada pudo hacer para salvarla,
dijo después a todos los que vinieron en su ayuda, pero él sabe bien que
solamente pensó en su salvación, por lo que nadó hasta la orilla dejando
abandonada a la chica, que se ahogó.
Cuando calmó algo su dolida alma, regresó al seminario y
terminó los estudios de sacerdote. Desde entonces siempre odió todo lo que le
recordase al amor, el cariño o cualquier manifestación de acercamiento mutuo,
estuvo enfadado con la vida, con los que veía felices y amargó su existencia sin
apartar de su cerebro los gritos de socorro que la infeliz muchacha lanzaba
mientras él huía.
El director para obviar su fallo se volvió hacia el otro
extremo de la mesa y preguntó.
- ¿Que opina usted padre José?
Este pareció despertar de su letargo y dejó caer en medio de
la mesa, la siguiente pregunta.
¿Serán igual de culpables los dos?
¿Que quiere decir? - saltó el padre Fulgencio sin poder
contener la furia que le estaba consumiendo.
En estas relaciones impuras suele haber uno más culpable que
el otro, es el fuerte que arrastra al débil. No digo que este último no tenga
algo de culpabilidad que la tiene pero es muchísimo menor. Su actuación suele
tener atenuantes. A mi me parece que esta ocasión el fuerte es Carlos y el débil
el arrastrado al pecado de la concupiscencia es Roger Sotomayor.
Yo opinaría, perdone padre, lo contrario. - esta vez se
vio obligado a saltar D. Félix.
Le recordó la serpiente que aparece en los dibujos de Disney
cuando intenta engatusar al niño en el Libro de la Selva o el gato gordo que
finge ante su dueña ser un dechado de bondad que ama a los dos ratones que
comparten su casa, a los que persigue encarnizadamente cuando su ama no le ve.
- Pensar que Roger Sotomayor puede ser dirigido o manipulado
por otro compañero de clase y menos por Carlos Matallana es inimaginable. Este
es callado, tímido, educado, muy buen estudiante, además es becario del centro y
no puede permitirse perder esa ayuda, mientras que Roger es todo lo contrario,
no digo que no sea alegre, simpático, atrayente pero su manera de contestar y
oponerse a las normas establecidas es conocida por todos.
Visto desde el exterior, sin analizar detenidamente el
comportamiento del alma humana yo también hubiera opinado lo mismo -
contestó con una mansedumbre estudiada el padre José - Pero en estos casos de
atracción homosexual el fuerte es el bueno, pensativo, callado, el que parece
estar en la sombra, no destacar que a veces planifica encuentros, roces
corporales, ocasiones de pecar . . .
No creo en esa teoría - replicó de nuevo el señor Garzón.
Espere D. Félix - aprovechó para intervenir el director -
no descarte tan rápidamente lo que el padre José nos esta explicando. Yo
mismo opinaba antes como usted pero estoy cambiando de parecer.
Al profesor de física y química le pareció observar una
mirada de entendimiento entre D. Antonio y el padre José y comenzó a comprender
la situación y el por qué de aquella reunión citada de manera tan rápida y a
horas tan intempestivas como la cercanía del almuerzo del mediodía.
El padre Fulgencio que odiaba todo lo que significase amor,
ternura amistad o cariño, viniendo tanto de seres homosexuales como
heterosexuales, había echado su vidriosa mirada sobre aquellos chiquillos de
catorce años, que estudiaban el quinto curso y parece ser habían sentido en su
despertar sexual una fuerte atracción mutua.
Denuncia a los chiquillos y el director se encuentra con este
problema encima de su mesa y no le queda más remedio que afrontarlo. Es un acto
que si es verdadero y casi nunca el padre Fulgencio se equivoca en sus
apreciaciones y acusaciones, se considera de los más reprobables para la marcha
del colegio.
El director sabe que el padre Fulgencio, llevado por la ira
que le consume el corazón y más ahora que él ha cometido el desliz de citar su
venganza personal contra todo lo que signifique amor, no se conformará con salir
de la reunión sin un castigo ejemplar para los chicos.
Es el padre José el que ha entendido perfectamente la
recomendación que dijo al principio en el que les exhortaba pensasen en la
institución. Es el que ha intentado maquiavélicamente desviar la culpa de todo
lo ocurrido sobre Carlos Matallana, pobre, becario, humilde cuya expulsión del
colegio no ocasionaría ningún problema importante y exonerar a Roger Montemayor,
probablemente el verdadero culpable pero hijo de un rico, poderoso, influyente y
generoso donante de sumas importantes al colegio, que no aceptaría la expulsión
de su vástago por esa causa y menos sin pruebas fehacientes, por la mala imagen
para su familia.
Aunque lo que más teme el padre Antonio es perder los cheques
para la institución que dirige, que seguro dejaría de recibir e ahí su
estrategia.
¿Entonces cual es mi papel? Seguramente desean que yo crea
que todo se ha desarrollado acorde una justicia bien ejecutada. El padre
Fulgencio acepta ante mi voto acorde ala opinión del padre José, se castigue a
la mitad de su presa, el padre José sube en la consideración del director, éste
queda satisfecho porque no pierde sus subvenciones y el único solamente que paga
aquí, es el pobre becario que no tiene quien le defienda.
Estaba sintiendo una terrible ira contra la institución, los
componentes de aquella farsa, a la que le obligaban a asistir y sobre todo
contra quienes creían que era manejable en este asunto ético como había hecho en
otras ocasiones por no verse involucrado en los manejos turbios d los curas del
colegio.
Fue la suerte o la providencia la que hizo que la reunión se
aplazase antes que se pidiesen los votos.
La secretaria, con una sonrisa de oreja a oreja, penetró en
la estancia, agachó su cabeza junto a la ladeada del director y le comunicó algo
al oído. Este sonrió beatíficamente y les comunicó la noticia.
El señor obispo me pide, si me es posible, pase a desayunar
con él. Les ruego me disculpen. Continuaremos la reunión a las cinco de la
tarde, cuando terminen sus clases vespertinas..
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Tocan los timbres que
señalan la terminación de las clases de e la mañana. Los alumnos de quinto curso
salen en tropel y bajan como diablos las escaleras que les dejarán en el patio.
La mayoría dispone de poco tiempo para tomar los autobuses que les llevaran a
sus domicilios, con el tiempo justo para comer y volver a reanudar, a las tres
en punto, las clases de la tarde.
Dos chicos sin embargo parece no tienen esa prisa, dejan que
todos les adelanten y paran un momento ante la puerta del aula. Cuando nadie les
puede contemplar alargan sus brazos y estrechan sus cuerpos, a la vez que se
besan apasionadamente.
Carlos, te amo, eres toda mi vida, mi aliento, mi pensamiento
constante.
Yo te amo lo mismo, pero ten cuidado Roger, nos pueden ver y
siento que el padre Fulgencio nos vigila.
No te preocupes, nunca se atreverán con nosotros, mi padre no
lo permitirá.
No sabes de lo que son capaces los curas, tú no has tenido
que pasar como yo, por humillaciones y vejaciones para conservar la beca y poder
estudiar aquí. Tengo miedo de ese sacerdote. Pretendía me confesase con él, pero
desde que me negué no me quita la vista de encima.
Será que también esta enamorado de ti, porque eres
maravilloso, bello, atrayente, perfecto, lo mejor que hay en el mundo. Pero no
te preocupes tendré sumo cuidado.
Volvió a besarle locamente antes de separarse y bajar las
escaleras manteniendo cierta distancia hasta llegar al patio del colegio. Allí
se separaron, Carlos giró hacia la izquierda. Vivía en una aldea cercana y el
autobús escolar le llevaba y recogía para las clases de la tarde.
Roger marchó hacia la derecha, bordeando el pabellón
principal del colegio, donde se impartían las clases, para llegar al parte
contraria, donde se encontraba la residencia de estudiantes internos y estaban
los comedores.
Nada más girar el lateral se dio de bruces con el profesor de
literatura.
Perdone D. Félix, no le había visto - se disculpó, aunque
le pareció que estaba allí parado esperándole.
Hola Roger, querría hablar contigo un minuto.
Si, claro - le pareció extraña la proposición pero
asintió.
Solo deseo me contestes a una pregunta. Sé que amas a Carlos
Matallana. ¿Hasta que punto estás dispuesto a llegar para ayudarle?
Hasta dar la vida por él, le amo como nunca pensé lo haría
con nadie - contestó instintivamente sin preguntarse como el profesor
conocía sus escondidos amores.
Entonces sigue las instrucciones que te voy a dar. Quiero que
entregues personalmente esta carta al padre Antonio., No la abras, no la leas,
no quiero conozcas lo que pone en ella, entrégala tal como te la doy, pero solo
a él.
Juro cumplir lo que me indica - promete el chiquillo
seriamente.
No te pido un juramento, me vale que me lo prometas como
hombre. Pero de hacer exactamente lo que te explico depende que tu Carlos
continúe en el colegio. Hay otra cosa importante, al momento de dársela le
dices, apréndelo bien.
"Quisiera que mi padre no se entere de esto".
Roger tomó la carta. Comprendió enseguida que algo terrible
se cernía sobre la cabeza de su amado y que le necesitaban para salvarlo.
Guardó la misiva entre la piel de su pecho y la camisa blanca
de su uniforme y penetró en el edificio de la residencia preocupado pero a la
vez contento de poder ayudar a quien era en aquel momento parte de su ser
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Son ya las cinco. Roger
está en tensión. No había dirigido la palabra en toda la tarde, ni siquiera la
mirada hacia Carlos que aunque extrañado de la actitud de su amor, con el que
solía cruzar su mirada muchas veces durantes las clases y hablaban durante los
descansos, no dijo ni señaló esta actitud. Pensó que la recomendación que le
hiciera al mediodía había hecho mucho efecto.
Cuando tocó el timbre que señalaba había terminado la ultima
clase y vio que Roger salía corriendo para ser el primero en abandonar el aula,
Carlos pensó que había tomado demasiado en serio su advertencia, pero recogió
como tenía por costumbre lentamente y esta vez algo apesadumbrado, sus cosas y
salió el último de la clase, bajó las escaleras y al no ver a su amor en el
patio, se dirigió al autobús que le llevaría a su casa.
Roger mientras había bajado las escaleras con tanta prisa que
estuvo a punto de caerse varias veces, dirigió después su carrera hacia el
edificio de las oficinas, enfiló las escaleras que le llevaban al primer piso y
sin que nadie le parase penetró, como una exhalación, en la zona reservada a
dirección.
A Leonor la eficiente y trabajadora secretaria del director
no le dio tiempo nada más que a levantar la vista de lo que estaba haciendo al
ver irrumpir al muchacho en la zona prohibida para ellos y no pudo detenerle.
Roger atravesó el antedespacho y se presentó ante el padre
director.
- "Quisiera que mi padre no se enterase de esto" -
gritó más que dijo mientras alargaba al extrañado padre Antonio, que permanecía
como clavado en su asiento, la carta que D. Félix le había entregado al
mediodía.
Se dio la vuelta y tal como había llegado, corriendo desandó
el camino, encontrándose de nuevo en el patio donde intentó recuperar la
respiración mezclándose con los últimos alumnos rezagados, que se dirigían a la
residencia de estudiantes a dejar los libros en su habitación y pasar
seguidamente al comedor a tomar su merienda.
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D. Félix Garzón había
terminado la clase que había impartido de cuatro a cinco de la tarde a un grupo
de sexto año, despidió a sus alumnos y recogió sus cosas más lentamente que en
otras ocasiones para tranquilizar los nervios.
Sabía había hecho algo que de descubrirse originaría un gran
escándalo en el Santo Cristo y se vería obligado a solicitar su renuncia. No
había podido resistir el impulso de honradez que había sentido aquel mediodía.
Había visto muchas injusticias en ese centro y siempre miró hacia otro lado para
no verse atrapado en la tela de araña que significaban los amores, odios,
rencores, avenencias e intereses creados que existían en el fondo de aquella
antigua, noble y copiada institución, como predicaba el padre Antonio.
Cuando un chiquillo de catorce o quince años nervioso,
impulsivo y hasta injusto a veces, por la manera que recibió cumplidas todas sus
satisfacciones, que se había criado, dice por el ser que ha comenzado a amar
"Estaría dispuesto a dar mi vida por él" se debe de creer en el amor.
Subió las escaleras del edificio de la secretaría preparo su
rostro para que no leyeran en él la incertidumbre que le asediaba y penetró en
el recinto privado del padre Antonio.
Estaban esperando sentados en la misma mesa del antedespacho
los padres Fulgencio y José y cuando lo hizo él, apareció el director del
centro, que sin sentarse siquiera, comenzó a hablar. Utilizó un tono perentorio,
que no admitía réplicas, ni preguntas. Era el que solía utilizar cuando impartía
órdenes que se debieran cumplir perentoriamente, sin rechistar.
He consultado este mediodía mientras desayunaba, con el señor
obispo, el caso de esos dos chicos y lo que significaba para el centro su
expulsión. Me ha dado un buen consejo y ha abierto mi mente a la verdad.
Volvió su cara hacia D. Fulgencio, que le miraba perplejo y
añadió odio a sus palabras.
- Padre, creo que no hay nada de verdad en lo que ha contado
aquí. Son imaginaciones de su mente calenturienta.
Cambio el tono para dulcificarlo algo.
- Padre José, gracias por asistir y dar su opinión sincera
sobre el problema ficticio que el padre Fulgencio nos presentó.
Ahora sin dejar de impregnar a sus palabras de autoridad les
añadió algo de amistad.
D. Félix perdone por entretener parte de su tiempo libre.
La última frase que pronunció no dejaba lugar a dudas para
ninguno de los tres.
- Buenas tardes señores, tengo mucho trabajo atrasado que
debo atender.
Cuando bajaba la escalera el señor Garzón sí pudo leer en
esta ocasión en los rostros de cada uno lo que estaban pensando e hizo los
posibles para si sus compañeros le miraban no leyeran en el suyo la alegría que
le inundaba.
El padre José seguía pareciendo aborregado, pero sus
pensamientos trabajaban a toda velocidad y estaban preguntándose.
- ¿Qué habrá pasado? Necesito enterarme para acoplarme a la
nueva situación.
En el rostro delgado y descarnado del padre Fulgencio no se
notaba la congestión interior que estaba soportando pero en sus ojos fulgurantes
sí se podían traducir sus pensamientos.
¡¡ Qué poco te queda padre Antonio de estar en ese pedestal
!!. En cuanto averigüe que te causó el miedo que demuestras estás perdido.
Hubiera sido feliz si hubiese visto lo que sucedió en el
despacho cuando ellos marcharon y se cerró la puerta.
El padre Antonio se dirigió a Leonor, su secretaria y
mientras la besaba con pasión le decía.
- Leonor alguien ha averiguado nuestro secreto, debemos
tener cuidado. Desvístete porque debo calmar mi ira y tu eres lo mejor que tengo
para hacerlo.
Cuando se colocaba en posición para follarla le dijo al oído.
Creo que el padre Fulgencio nos vigila. . .