Favor no leas este relato si no has leído la primera parte
antes. Gracias.
Mi cara fue la silla de mi amiga Elena durante unos 30
minutos aproximadamente mientras mantenía una amena conversación con Clara. Ella
se sentaba firmemente, otras veces se arrellanaba, en ocasiones cuando se
agitaba la conversación, ella se movía al ritmo de lo que iba platicando, otras
veces la sentía cruzar las piernas. Mientras yo, sólo estaba allí. Inerte, sin
poder moverme, sin poder hacer nada. Mi razón de estar vivo era para que mi cara
fuera la silla de Elena. Sólo me limitaba a aguantar el peso de su cuerpo sobre
mi rostro. Sólo me limitaba a ser un objeto. Casi ni podía respirar, pero lo
importante era que sus nalgas estuvieran cómodas sobre la silla en la que se
encontraba sentada.
Luego de transcurrido este tiempo, por fin se levantó. Sentía
que si se hubiera quedado un minuto más me hubiera reventado la cara. Sentía una
notable molestia en mi nariz y sentía que me dolía la cara. Trataba de mover un
poco lo músculos de la cara para tratar de liberarme de esa sensación, para que
la sangre me circulara por el rostro.
Pude respirar nuevamente con relativa facilidad, sin luchar
para que el poco aire que entraba a mis pulmones fuera el que provenía de entre
las nalgas de Elena.
Ella intercambió unas palabras mas con Clara. Luego Clara se
despidió y subió las escaleras hacia lo que seguramente era su oficina.
Entonces Elena se volteó, se colocó las manos en la cintura y
dirigió su mirada hacia mí.
Me miraba fijamente desde su imponente altura. No con ojos de
lástima, sino con ojos de victoria. Una muy leve pero aún perceptible sonrisa
parecía querer dibujarse en su rostro.
Sus ojos se mantenían en mí. Los segundos se me hacían
eternos.
Yo me encontraba completamente vulnerable, indefenso,
amarrado. Con mi rostro al descubierto para lo que le placiera hacerme. Como un
gusano cuya existencia dependía de el antojo de ella.
Luego de algunos segundos sólo me dijo: "Tu cara es muy
cómoda. Por fin encontré algo para lo que sirves bien".
Y sin decir más nada, se alejó.
Otra vez estaba allí. Solamente esperando ser la silla de
alguien más. Esta idea me atormentaba, sólo debía dedicarme a esperar servir
para comodidad de otra mujer.
En ese momento se acercó una de las guardias que me había
sometido. Era una chica de unos 23 años, mulata, de cabello castaño y
ensortijado que le llegaba hasta un poco más abajo de los hombros. La guardia se
acercó y sólo me dijo: "ya se sobre quién puedo sentarme a almorzar hoy". Me dio
tres palmaditas en la cara y se fue.
Yo seguí escuchando por unos minutos más las voces de las
mujeres en la sala que iban y venían.
No pasó mucho tiempo cuando escuché la voz de otra mujer
comentarle algo a la recepcionista, pero la voz me resultó familiar. La
recepcionista como de costumbre le pidió a la mujer que tomara asiento.
Yo tenía la esperanza de que no escogiera venir hacia mí,
pero escuché los pasos acercarse cada vez más, hasta que de pronto se
detuvieron. Escuché entonces a la mujer exclamar: "Jefe?".
La mujer se acercó más, entrando ya en mi campo visual. Era
Ana. Ana es una mujer de 36 años, casada, muy hermosa, que trabaja para mí como
una más de las oficinistas del personal de más de 25 empleados que yo dirijo en
la sección de la empresa donde estoy al mando, aunque cabe destacar que yo soy
un poco menor que ella. Alta, blanca, no muy delgada, tal vez ya por su edad,
porque ya es madre, pero aún así con un cuerpo muy atractivo. Ella vestía una
blusa rosada y unos pantalones blancos.
Entonces Ana me preguntó: "Jefe, usted que hace allí?"
En eso la recepcionista le aclara que yo no estoy autorizado
para hablar y que mi única función es la de ser una silla en esta sala de
espera.
Ana entonces se dirige a mí diciendo: "Ay Jefe, realmente no
pensé encontrármelo a usted en este lugar, y mucho menos en la condición que se
encuentra".
Ana parecía estar avergonzada de que yo la hubiera visto allí
y al mismo tiempo un poco incómoda por la rara situación de que su Jefe de todos
los día en la oficina, de pronto se encuentre en esa posición.
Ana se quedó de pie al lado mío esperando ser atendida.
El tiempo transcurría pero al parecer la recepcionista estaba
teniendo problemas con el ordenador y no le permitía registrar a las asistentes.
Había que esperar a que solucionaran el problema del sistema
y luego a que atendieran a todas las que habían llegado antes para que luego
atendieran a Ana, sin embargo el tiempo seguía pasando y no reparaban el sistema
en el ordenador.
Ana todo este tiempo seguía de pie al lado mío, pero luego de
una media hora de espera llegó el momento en que me dijo:
"Ay Jefe, yo lo siento mucho, pero usted estando de silla y
yo con ganas de sentarme, creo que es justo que yo me le siente encima".
Esto me dejó helado, el corazón de pronto empezó a latirme
fuerte y rápidamente. Sentarse en el rostro de otra persona, sólo para descansar
a ella le parecía justo?
En ese momento se fue colocando delante del asiento dispuesta
a sentarse.
Ella añadió: "no se preocupe, me voy a sentar un poco
despacio para no hacerle tanto daño".
Vi entonces sus nalgas aproximándose hacia mi rostro. Debo
admitir que nunca había reparado en el gran trasero que tenía Ana. Sus
pantalones blancos permitían ver las bragas blancas que se encontraban debajo de
éste.
Su entrepierna se acercó lentamente hasta hacer contacto con
mi rostro, sobre el cual fue dejando descansar todo su peso suavemente.
Luego, delicadamente se acomodó un poco y logré escuchar un suspiro de alivio al
estar ya cómodamente sentada.
Debo admitir que pesaba más que Elena. La presión que ejercía
sobre mi rostro era mucho mayor.
A ella esto le pareció justo, sin embargo estar 30 minutos de
pie, no se comparaban a 1 minuto del suplicio de tener a una persona sentada en
tu cara. Sin embargo lo que importaba era que Ana ya estaba más cómoda y
descansaba de haber estado parada ese tiempo. No importaba el peso que los
huesos de mi rostro debían soportar, no importaba que casi no pudiera respirar,
no importaba que un ser humano tuviera de aceptar que otro ser humano le
colocara las nalgas en la cara. Esto hace indigno al que le sirve de asiento al
otro. Lo rebaja a ser nada, a sólo existir para besar las nalgas de todos los
demás que lo utilizan.
Incluso yo mismo ya empezaba a sentirme indigno. Empezaba a
sentirme cómo me había dicho Elena: que para servir de silla era para lo único
que servía.
Empezaba a sentir que era justo que las demás se sentaran
sobre mí y que era la razón de mi existencia darles esa comodidad.
De hecho empecé a pensar lo injusto de que Ana se hubiera
quedado de pie todo este tiempo por mi culpa. Debí brindarle comodidad desde un
principio.
En eso sentí que Ana se corrió un poco hacia el respaldar,
con lo que mis ojos quedaron levemente libres, lo suficiente para poder verla a
ella desde mi inferior posición. Su sexo y parte de sus nalgas aún descansaban
sobre mi nariz y boca.
Ella empezó a hablarme de temas de la oficina, de trabajos
por hacer, de su relación con las otras oficinistas del departamento, etc. Me
resultaba irónico que ella, quizá por ser su personalidad, no dejaba de
referirse a mi como "Jefe". Sin embargo no renunciaba a su derecho de estar
sentada sobre mi rostro. Me llama Jefe, pero tiene sus nalgas puestas sobre mi
cara, descansando todo su peso sobre ésta. Se refería a mi como Jefe y sin
embargo era ella quien decidía si se sentaba sobre todo mi rostro o si me dejaba
medio libres los ojos.
Mientras hablaba, algunas veces me miraba desde su suprema
posición, con total normalidad. No dejaba de ser una mujer de personalidad
franca, pero sabía el derecho que tenía sobre mí.
Luego cuando ya se cansó de conversar me dijo: "Bueno Jefe,
voy a ponerme cómoda de nuevo", y diciendo esto se me surró por la cara,
cubriendo nuevamente mis ojos mientras se arrellanaba un poco en su "asiento".
La presión de su peso sobre mi cara me desesperaba, me dolía
la cara, me asfixiaba, habían ocasiones en que pensaba que a no aguantaría más,
sin embargo la opción de renunciar yo no la tenía. Simplemente debía permanecer
allí aunque no lo quisiera.
Ana mientras tanto quizá leía una revista o tal vez tomaba la
taza de café que hacía unos minutos escuché que le habían traído.
De pronto escuché una expresión de Ana: "Rayos!".
Ella se levantó de mi cara enseguida. Al parecer se le había
derramado algo de café en una las sandalias que llevaba puestas. En ese momento
me dijo mientras sacaba unos pañuelos desechables de su bolso: "Caramba, me
descuidé y me cayó café en la sandalia, tendré que secarla."
Pude ver de reojo que levantó un poco la pierna y se sacó la
sandalia.
Luego comentó: "Pero este piso parece estar un poco sucio. Me
da pena Jefe pero mientras seco la sandalia me va a tener que ayudar con mi pie
descalzo". Y diciendo esto, levantó tranquilamente su pierna y colocó su pie
directamente en mi cara para que no se le ensuciara.
Lo colocó medio transversalmente quedando su talón en mi
mejilla, su arco descansaba sobre mi boca y fosas nasales. Sus dedos sobre el
cojín que rodeaba mi cara. Eventualmente mientras secaba la sandalia movía el
pie como buscando mejor apoyo.
Cuando ya la secó, movió un poco su pie de mi cara para
ponerme la sandalia encima. Prácticamente en la misma forma transversal en que
había estado su pie. Se iba a poner la sandalia pero sobre mi cara.
La suela de la misma se sentía áspera y obviamente estaba
sucia, Ana sin ningún reparo colocó entonces su pie dentro de la sandalia,
apoyándolo en mi cara mientras la cerraba. Se terminó de poner la sandalia.
Luego bajó el pie de mi cara y me dijo que tenía necesidad de
ir al baño. Pero dejó su bolso colocado sobre su asiento para que no se lo
tomaran. En otras palabras, me colocó el bolso sobre el rostro para que supieran
que el puesto estaba ocupado.
Tardó unos cinco minutos. Al regresar me comentó tan
naturalmente como siempre: "Ay que bien, tenía unas ganas inmensas de orinar".
Mientras hablaba levantaba su bolso de mí y sacó otro pañuelo desechable y lo
dirigió hacia mi cara mientras comentaba: "Jefe, tengo que limpiarle un poco la
cara ya que se le ensució con la suela de mi sandalia y si no lo limpio se me
ensucia mi pantalón que es blanco". Mientras decía esto pasaba el pañuelo sobre
mi rostro.
Cuando ya estuvo se volteó y mientras dirigía suavemente su
trasero hasta mi rostro me comunicó: "Bueno Jefe, vamos a seguir esperando a que
me atiendan". Antes de terminar la frase ya se había sentado sobre mí.
Se meneó un poco para acomodarse y la escuché decir:
"Jefecito, quiero que sepa que usted como asiento es muy cómodo".
Una de mis propias oficinistas, a quien yo le pago y que en
teoría debía seguir mis direcciones, ahora descansaba cómodamente sentada en mi
propia cara, mientras yo debía resistir la presión que su peso ejercía en mi
rostro.
Estando en esto nos dio el mediodía, cuando era la hora de
almuerzo de las guardias. Recordé las palabras de la mulata en la mañana, al
parecer eso quedaría para después porque ya me tenían ocupado. En eso escuché a
Ana que comenta: "Allí van algunas guardias de seguridad con sus almuerzos, pero
parece que se dirigen a la parte de atrás. Me pregunto dónde comerán?".
Por el momento eso no me preocupaba, lo único en lo que podía
pensar era en resistir el dolor en mi cara causado por soportar el peso de un
ser humano sentado sobre ella.
Sin embargo las cosas empeoraron. Sin previo avisó, comencé a
sentir algo sobre mi estómago. No podía ver que era, pero cada vez aumentaba más
el peso, hasta que el mismo dejó de incrementarse. Alguien se había sentado
sobre mi estómago. Luego sentí a esa persona acomodarse un poco. Inmediatamente
después me dieron tres palmaditas en la mano.
Tenía a la guardia mulata sentada sobre mi estómago mientras
tomaba su almuerzo. Luego vine a saber que las guardias se reúnen a almorzar y
nos aprovechan a nosotros ya que estamos acostados, atados y dispuestos de forma
perfecta para aprovecharnos como sus bancas.
El ultraje al que estaba siendo sometido era humillante. No
sólo debía proporcionar comodidad a Ana quien leía plácidamente una revista
sentada sobre mi cara, sino que también debía dar comodidad a una guardia de
seguridad que tranquilamente disfrutaba de su almuerzo sentada sobre mi
estómago.
Yo sentía ya que era mi deber servirles lo mejor que pudiera.
No importaba si además de no poder aspirar del todo bien mi aire vital desde las
nalgas de Ana, también tenía que esforzarme en llevar el aire a mis pulmones ya
que la inhalación involucraba tener prácticamente que elevar a la persona que se
encuentra sobre mi estómago para poder hacer llegar el aire a mis pulmones.
Luego al exhalar el aire mi pecho desciende nuevamente
haciendo que quien está en mi estómago también baje. Parece que este suave subir
y bajar les gusta a las guardias mientras disfrutan sus comidas sentadas sobre
nuestros estómagos.
Pues así me encontraba, brindando comodidad y un suave elevar
y bajar a quien mi estómago le servía de silla, a pesar de la tortura, esfuerzo,
sufrimiento y desesperación que eso representara para mí. Y también, mi rostro
servía de descanso para el trasero de una de mis propias oficinistas.
Mi situación lejos de mejorar, cada vez se ponía peor. Pero
ya lo había aceptado. Mi norte en la vida era brindar la mayor satisfacción
posible a mis usuarias. Que sentadas sobre mí, sus descansos fueran una
experiencia sumamente relajante y cómodos. Esto sin importar cuanta agonía
tuviera que yo que soportar para lograrlo.
raulsolo10@yahoo.com