"Lunes, martes, miércoles y otra vez.
La vida se te escapa entre tus dedos.
Hundida en el qué sé yo, destrozada en el sillón
con la cara hinchada por algo más que la tristeza."
("¡Ay! Dolores" – Reincidentes)
Yo era una muchacha alegre, de las que siempre tenían la
sonrisa en la boca, una chica optimista y feliz que intentaba ser agradable con
todo el mundo. Me casé con 25 años superenamorada. Joaquín era lo que llevaba
años buscando hasta que le encontré a él, el hombre de mi vida, el hombre que me
haría feliz. Los días anteriores al enlace, llenos de prisas, nervios y emoción
fueron excitantes, la ceremonia preciosa y el banquete elaborado para los
paladares más exquisitos. Me sentía como una reina siendo el centro de atención
de todo el mundo aquel día enfundada en mi escafandra blanca e inmaculada para
salir al espacio exterior y andar por las estrellas cogida de la mano de mi
Asmel. Guardé como recuerdo una de las invitaciones. Qué bonito sonaba: Joaquín
Aznar y Dolores Durruti. Y después del banquete con el que terminamos empachados
y un rato más tarde de haber perdido las braguitas convertidas en pedacitos en
los bolsillos de algunos invitados y tras haberme destrozado los pies bailando
con aquellos malditos zapatos, montamos en un coche con la carrocería impecable
alquilado especialmente para esa ocasión y engalanado con lacitos blancos, y nos
llevaron al aeropuerto para ir donde pasaríamos la luna de miel: París, la
ciudad del amor.
La noche de bodas la recordaré el resto de mi vida, como el
resto de las mujeres pero por motivos distintos. Después de hacer el amor
apasionadamente, más por mi parte, pues él no era muy fogoso, estando aun
desnuda en la cama de nuestra habitación, cogió el cojín con el nombre del hotel
que había en un pequeño sillón y me dio en la cara. Me levanté sobre la cama con
la almohada dispuesta a contraatacar y empezando una batalla de cojinazos. En
uno de los suyos le dije que parara; me dio en la boca con la cremallera de su
cojín y me hizo un poquito de sangre en el labio. Se burló de mí y le dije que
era un idiota y un gilipollas, por lo que él se enfadó exageradamente, pues no
había sido para tanto.
- ¿Te ha dolido, amor?- a continuación- Y esto, ¿te duele?
Y me metió un puñetazo que hasta me mareé. El ganadero marca
al ganado con un número; mi dueño me marcó a mí con una cicatriz sobre una ceja
cuando al empujarme fuera de la cama me golpeé con la mesita de noche la noche
que la miel de mi luna se amargó y se convirtió en hiel. Así empezó mi tortura,
así empezó la primera paliza. Y a partir de aquí, se repite la historia de miles
de mujeres que viven aterradas entre el amor a sus maridos y el silencio de la
sociedad.
Horas antes habíamos recibido la bendición de dios y esa
misma bendición del cielo me llevó al infierno. Sabía que cuando bebía su
carácter se volvía agresivo, pero jamás pensé que a mí podría tratarme mal. Mi
Asmel se convirtió en mi Belcebú.
Mi matrimonió se desarrolló en un ambiente hostil de
violencia y lástima. El guión de la mayoría de las noches lo escribía el alcohol
del bar de mala muerte al que acudía después de cenar, la violencia, las
vejaciones, los llantos y las violaciones. Y las noches que venía de trabajar de
buenas y no le apetecían los cubatitas con los amigotes, era una peli porno de
su colección y un polvo salvaje y desagradable, controlado por la fuerza bruta,
sin placer y, mucho menos, cariño o romanticismo. ¿Dónde se escondía el hombre
del que me enamoré que tanto amor me daba? En el mismo sitio donde se escondía
su miedo y su inseguridad. Mis noches más felices eran las que pasaba
completamente de mí o volvía a las tantas oliendo a burdel de carretera mientras
yo lloraba mi desgracia en la cama, sumida en el más absoluto silencio.
La humillación a la que me sometía en privado en la soledad
de su casa y mi celda de castigo y en público la única noche del año que me
sacaba para acudir a su cena navideña de empresa a la que me obligaba a ir con
un vestido de fulana que él mismo me compraba y sin ropa interior, me condujo a
una personalidad depresiva, arisca y malhumorada que me hizo perder a mis
amigas, mi pobre relación que en algún momento pude tener con los vecinos y,
casi, hasta mi puesto de trabajo, mal visto por Joaquín, que decía que una mujer
debía ocuparse de las tareas del hogar y de atender a su marido. Por fortuna, en
la oficina pasaba ocho horas de alivio por una parte y tensión por otra pensando
qué me guardaría esa noche el puño de mi miserable marido. ¿Un tercer ingreso en
el hospital con dos o tres costillas rotas o con una hemorragia interna a causa
de sus golpes? ¿otro cuchillo en mi cuello amenazando con rebanármelo cuando
escapando de su furia reptaba y me arrastraba hasta el teléfono sin saber a
quién llamar y esperanzada con toda la fuerza de mi alma a que si chillaba a
través de él alguien me escucharía e iría en mi auxilio?
- Como descuelgues ese teléfono, te degüello como a un
cordero.
Os preguntaréis por qué no le dejaba o por qué le perdonaba o
no le denunciaba. Pues por amor y por desgracia. Si, por desgracia, porque por
desgracia todavía le amaba. Yo me convencía a mi misma de que era su manera de
ser, que tenía una forma de amarme poco convencional y lo aceptaba tal y como
era. Cada mañana después de cada paliza, cuando nos levantábamos para ir a
trabajar, con la resaca patente en su estado físico, me pedía perdón, lloraba,
amenazaba con quitarse la vida él mismo… lo decía de corazón, lo sé, no era una
pantomima, se me ablandaba el corazón y el amor que le profesaba, era más fuerte
que cualquier daño físico o psicológico que pudiera hacerme y las dos veces que
había estado en el hospital no quise saber nada de los servicios sociales, pero
por la noche, comenzaba de nuevo la función. Os aseguro que es cierto la frase
"del amor al odio solo hay un paso". Cuando yo di ese paso, cuando mi marido
mató el amor de una paliza como quizás un día a mí también me mataría, sus
lloros se convirtieron en amenazas de muerte. Decía que me mataría a mí y que
mataría a Ricardo, mi hijo.
Yo no era nada. ¿Sabéis lo que significa "nada" cuando estáis
en una situación así? ¿Por qué algunas tenemos que sufrir eso? No vivía con
miedo, porque eso no era vivir, yo simplemente estaba ahí atada al terror.
Estuve unas dos semanas reuniendo valor para encarar el suicidio. La ventana del
sexto piso en el que vivíamos era la única salida que veía, pero en esas fechas,
me enteré de que estaba embarazada. Lo mejor que me dio mi matrimonio, lo único
bueno, fue mi hijo Ricardo. Renuncié a mis vacaciones de verano para estar a su
cuidado.
Para evitar los estragos que el embarazo y el parto hicieron
en mi cuerpo, Joaquín me apuntó al gimnasio que uno de sus amigotes de juergas y
correrías tenía. Se llamaba Andrés ese apestoso hombre de espaldas de hormigón,
pectorales de acero y aspecto sucio y desaliñado. Era un gimnasio de deportistas
de élite muy bien preparado e, incluso, reconocido con un premio. No nos cobraba
nada a cambio de algún magreo en la puerta del vestuario cuando me iba
acompañado de comentarios lascivos con sabor a whisky como: "Me gustaría
partirte con mi polla ese culito prieto que se te marca en el chándal" o "No
sabes con que ganas te la enterraría toda entera en ese hoyito lleno de pelos".
Claro, mi marido era ajeno a todo esto, no le podía decir nada malo de su amigo
porque lo pagaría caro en mi piel y lo cobraría con su mano justiciera en mi
cuerpo, el cual algunas veces me impedía realizar algunos ejercicios en el
gimnasio a causa de lo dolorido que lo tenía. Pero no era así, mi marido estaba
bastante bien informado del deseo que yo despertaba en su amigo.
Un domingo por la tarde, estaba dando el pecho a mi niño
sentada en el sofá del salón cuando oigo la cerradura de la puerta y veo entrar
a Joaquín, que nunca había llevado amigos a casa, y a Andrés; ambos bebidos. Iba
a irme a la alcoba pero mi marido me ordena, no me lo pide, que me quede donde
estaba y haciendo lo que hacía.
- Esto es lo que yo quería ver.- dice Andrés- Qué suerte
tiene el cabroncete de tu hijo, macho. Qué glotón, aunque no me extraña con las
tetas que tiene su madre.
Joaquín me mandó abrirme la blusa más y dejar al descubierto
mi otro pecho, pero le ignoré. "¿Estás sorda?" me dijo soltándome una bofetada y
abriéndome él mismo la camisa y bajándome la otra copa del sostén para que mi
seno quedara expuesto ante las risas del monitor del gimnasio, que decía: "Vaya
melones más gordos… y duros", lo cual ya debía saber por sus manoseos en la
puerta de los vestuarios.
En ese momento terminó la merienda de mi niño y mi marido me
mandó que le llevara a la habitación y que luego volviera a la sala. Al volver,
Joaquín estaba sentado en un sillón y me pidió que les pusiera un cubata y unos
panchitos a cada uno. En el sillón de al lado, se encontraba su amigo. Después
de hacerlo me pidió que pusiera una película en el vídeo para que su amigo viera
el buen gusto cinematográfico que tenía, y al agacharme a coger una del cajón de
debajo del vídeo, me dijo: "De esas no". Puse una titulada "La insaciable Sonia"
o algo así.
Yo permanecía inmóvil a un lado de la televisión mientras oía
una estúpida conversación de la película. Mi marido me pidió que me acercara
donde ellos estaban, y cuando estaba a su lado, lo que me dijo me dejó
petrificada: "Desnúdate". Al no ver reacción alguna en mí, volvió a decirlo:
"¿Me has oído? He dicho que te desnudes. Quiero que Andrés vea lo buena que está
mi señora"- Y yo, la mujer sumisa y de aspecto descuidado en la que me había
convertido, empecé a desabrocharme uno a uno cada botón de la camisa que quedaba
en su ojal, despacio, avergonzada, hundiéndome en la humillación. Andrés no se
perdía ni un detalle y sus glándulas salivales hacían que la boca se le hiciera
agua.
Mi camisa resbaló por mis brazos al suelo. Me desabroché la
hebra del pantalón de un pijama de Joaquín que usaba para estar en casa y lo
deslicé con mis manos hasta salvar las rodillas, desde donde lo dejé caer.
Andrés, flexionó la espalda echándose hacia adelante para coger mi ropa y
apartarla a un lado de su sillón sin bajar la vista, que estaba clavada en mi
vulva cubierta por unas braguitas beige de algodón ligeramente abultadas por el
monte de Venus. Me tomó el codo y me hizo girar un poco.
- Tu mujer no debería llevar bragas. Con este culo tan
hermoso debería llevar tangas.
- Los tangas son para las furcias.- le respondió mi marido.
- Pues la puta del otro día…
- Cállate- le gritó mi algo alterado marido cortando lo que
iba a decir y luego se calmó- Cállate y disfruta del espectáculo. Y tú-
dirigiéndose a mí- he dicho que te desnudases.
- Sí, sí, fuera estas bragas- dijo su amigo exaltado mientras
tiraba de mis braguitas hacia abajo.
- Quita tus sucias manos de mi mujer, borracho de mierda,
ella sabe hacerlo sola- le dijo riéndose a Andrés en plan amistoso.
El sujetador se desabrochaba por delante, y tras desprender
el broche y sacarme los tirantes de los hombros, hizo el mismo recorrido por mis
brazos que la camisa hasta llegar al suelo. "Joder, qué pezones…"- dijo el amigo
con los ojos como platos. Me los tapé con un brazo mientras con la otra mano
empezaba a bajarme poco a poco las braguitas. Cuando mi vello púbico empezó a
asomar, vi como sus ojos se abrían más todavía y sus pupilas se dilataban. Era
asqueroso presenciar como absorto se le descolgaba desde el labio un hilillo de
saliva.
- Madre mía, menudo felpudito. Me encantan los conejos como
el tuyo, en estado salvaje- dijo cuando las braguitas ya no me tapaban nada
soltando grandes carcajadas a las que se unió el cerdo de mi marido.
Llevé la mano a mi sexo para cubrirlo pero Andrés la apartó
dándome un manotazo.
- Vaya pedazo de hembra tienes en tu casa, jodi´o- y tras un
reconocimiento de mi cuerpo con su mirada de obseso- ¿Puedo tocarla?
- Sírvete tú mismo- dijo mi marido, y poco después, le dio en
el brazo para llamar su atención- Mira esto, mira esto- y ambos giraron la
cabeza a la derecha, donde quedaba la televisión.
Yo también levanté la vista al televisor y aunque las
lágrimas que anegaban mis ojos esperando para deslizarse por mis mejillas no me
permitían una visión totalmente nítida, veía a la perfección en la pantalla como
una mujer le metía en la vagina un puño a otra e intentaba meterle también parte
de la otra mano. Mientras tanto, sentía la mano de Andrés subiendo y bajando
desde la corva de la rodilla hasta la nalga, palpando bien la piel del camino.
Cada pasada de su mano por mi pierna, era una pasada de un cepillo de púas con
puntas afiladas. Mi cerebro líquido salía por mis fosas nasales, mi ánimo
desecho estaba en el suelo junto con mi ropa interior, apretaba los dientes
mordiendo mi aliento, apretaba los ojos… No entendía por qué mi marido me hacía
eso. Su perfil no correspondía con el de un típico maltratador: su mujer era
suya y solamente suya.
Cuando terminó en la película la escena lésbica bizarro, los
dos hombres volvieron la cabeza hacía mí. "¿Puedo besarla?" preguntó su
alcoholizado amigo y Joaquín hizo un gesto afirmativo. El amigo se levantó y
asiéndome de la barbilla intentó besarme, pero yo, como hubiera hecho
cualquiera, aparté la cara y mis labios rehusaron besarle. No dejaba de mover la
cabeza de un lado a otro para no encontrarme con sus labios.
- ¡Puta!- y me cruzó la cara de un bofetón.
- Eh, no vuelvas a pegarle, es mi mujer y solo yo puedo
hacerlo, que para eso me casé con ella- le increpó mi marido después de
incorporarse el también para posteriormente, volver al sillón.
Andrés me volvió a mirar, y en un arranque, me cogió la cara
y me la sujetó con sus fuertes manos. Ya no pude escapar y juntó sus labios con
los míos, que intentaba meter hacia dentro para que no tuvieran contacto con los
suyos, y después, con mucha fuerza e insistencia, penetró en mi boca con su
lengua y su impúdico y vomitivo aliento, los cuales recorrieron toda mi boca
produciéndome nauseas. A continuación, se dejó caer de nuevo al sofá y pegó sus
manos a mi trasero desnudo y enrojecido por tanto sobo.
A todo esto, la ginebra llenaba continuamente los vasos, y
cuando se acabó, mi marido sacó del mueble bar una botella de Four Roses. Las
manos de Andrés de nuevo viajaban desde mis corvas hasta mis nalgas pero más
rápido, metiendo sus ásperos dedos entre ellas para acariciarme el ano sin
apartar de mi pubis su mirada de degenerado.
- Te gusta mucho su coño, ¿eh? Es muy suave y caliente. Ya
verás, tócaselo también- instó Joaquín a Andrés.
- Sí, y despide un aroma muy sabroso- contestó éste- Mejor me
lo voy a comer.
Y metió su hocico entre mis piernas contra mi vulva. Me hacía
mucho daño y el oleaje de mi mar de lágrimas aumentaba. Parecía que quisiese
abrir mi monte de Venus con su nariz, su lengua no dejaba de moverse por todo lo
largo de mi hendidura, me mordía los labios… Con mis manos intentaba sacar su
cabeza de ahí mientras oía como mi maltratador se reía, el muy cabrón, pero su
boca estaba adherida a mi sexo. De pronto, uno o dos de sus dedos, presionaron
mi ano y un fuerte dolor me atravesó los esfínteres al paso de sus dedos notando
parte de mi tejido desgarrándose y rompiéndose, con lo cual pegué un
espeluznante grito de dolor cuyo estruendo despertó a mi hijo, que comenzó a
llorar en nuestra alcoba. "Ya has despertado al niño" dijo muy cabreado mi
marido, que se fue adentro después de meterme un puñetazo en la cara que me tiró
contra el sofá, delante del cual había una mesita baja de cristal que estuvo
apunto de hacerse añicos terminando algunos de ellos clavados en mi cuerpo, pero
la fortuna, que fue la única vez en toda la tarde que se acordó de mí, impidió
que eso pasase, quedando la mesa intacta.
Me quedé sentada de lado en el frío suelo con la cara apoyada
sobre mis brazos en el sofá llorando sin consuelo con mi sexo, mi cara y mi
corazón doloridos. ¿Qué consuelo había para algo semejante? ¿qué cura para mi
alma traicionada por el amor?
Cuando Joaquín volvió al salón, pretendió echar de casa a su
amigo.
- Ya no te debo nada. Puedes irte.
- Bueno, ya que estamos... Me cuesta mucho el mantenimiento
del gimnasio, ya sabes, electricidad, agua, calefacción, permisos, monitores...
La mensualidad son 20.000 pesetas. Es mucho dinero el que te ahorras y sabes que
yo…
- Ya veo, ya veo…- dijo mi marido que no era tonto y sabía
dónde quería llegar Andrés- ¿Qué quieres? ¿follártela?- preguntó con toda razón,
a lo que el puerco de su amigo afirmó, cuando mi maltratador, después de
pensárselo, sentenció- Es toda tuya.
Al oír esto, salí corriendo hacia el interior de la casa,
pero antes de llegar al pasillo Joaquín me atrapó por la cintura y luego me tiró
contra el sofá, dándome con el pie en la pata de éste y, como más tarde supe,
rompiéndome un dedo. Me volví a levantar para tratar nuevamente de escapar, pero
me encontré de morros con el puño de Joaquín. Andrés se levantó del sillón en el
que estaba, se bajó los pantalones y sus calzones blancos amarillentos y sucios
y se sentó en un extremo del sofá donde yo sollozaba con su pene erecto
apuntando al techo, brillante por el líquido preseminal que había hecho
aparición en el agujero de su uretra haciendo que una gota coronara su redondo e
hinchado glande. Tiró de mis brazos hacia él para acercar mi boca a su
entrepierna. Quería que le hiciera una felación. Mi cara estaba apoyada sobre su
sexo duro, grueso, ancho y adornado por venas a todo lo largo mientras gemía y
mi pecho se convulsionaba a causa de mi llanto. Sentía su pulso en él y notaba
en mi cabello sus resoplidos.
- Joder, macho, joder. En cuanto la meta en su boquita, me
voy a correr- decía emocionado el amigo de mi marido, que me obligó a engullir
ese miembro y me estuvo sosteniendo del cuello para que no me separase ni
pudiera sacármela de la boca.
Me faltaba el aire y ante mi inmovilidad, Andrés embestía
hacia arriba contra mi garganta, lo cual me hacía toser, ahogarme y me producía
arcadas, que provocó que vomitara sobre la polla de ese maldito bastardo, cosa
que le hizo más gracia a mi marido que a su amigo, pues no paraba de reírse a
carcajadas, y el segundo se deshizo de mí para levantarse. Veía como el café que
me tomé esa tarde bajaba lentamente sorteando los obstáculos que los vellos de
sus piernas eran para el líquido y sentía el metálico sabor de la sangre que
había producido en mi garganta.
- Ve al baño a lavarte en el bidé- le dijo mi marido
muriéndose de risa.
- Qué hija de puta. Como me ha puesto la guarra esta, vaya
una zorra- decía mientras se metía por el pasillo camino del cuarto de baño.
- Amor mío, estás fenomenal hoy- me decía Joaquín, que estaba
sentado al otro extremo del sofá, mientras me acariciaba con una falsa ternura-
¿Sabes una cosa? Me has puesto muy cachondo y seguro que a mí me la chupas con
más cariño, ¿verdad?- decía abriéndose la cremallera de sus holgados pantalones
y sacando su verga- Venga, compláceme como cuando éramos novios. Ya sabes que me
encanta tu lengua juguetona- y, por segunda vez, a la fuerza consiguió que me
metiera en la boca un pene caliente y rígido.
Vi aparecer a su amigote de regreso en el salón, con los
pantalones y los calzones en la mano y diciendo entre risas socarronas: "Vaya
culazo voy a disfrutar hoy" al verme de rodillas en el sillón y con el culo en
pompa. Tiró su ropa al suelo y se situó detrás de mí. Mi marido cogiéndome por
el cabello, hacía los movimientos rítmicos para que mi boca subiera y bajara por
el tronco de su polla marcando el compás de los sonidos guturales que salían de
mi garganta cogidos de la mano de gemidos de dolor y cansancio. Yo solo podía
esperar con temor, con horror, lo que Andrés pudiera hacerme y lo que no tardó:
varios dedos invadiendo mi vagina a gran velocidad que, sin ningún tipo de
lubricación, me producía un dolor terrible, y me daba tortazos en los glúteos,
seguramente tornando colorado mi trasero. Oía a Andrés decir: "Qué coñito más
jugoso, por dios." Un rato después se detuvo, y cambió mi entrada delantera por
la trasera.
Empecé a sentir presión en mi ano, una presión mayor que la
anterior. Su pene era demasiado gordo, sentía como mis esfínteres empezaban a
ceder poco a poco, sintiendo cada centímetro de esa dura natura que se abría
paso dentro de mi recto con un dolor parecido al de una flecha atravesándome de
pecho a espalda y mis gritos que retumbaban por todas las paredes de mi casa.
Una vez alojado en mí, intentaba cogerme los senos, pero no podía debido a que
tenía el pecho contra la tapicería del sofá, por su peso, ya que tenía ese
peludo saco de estiércol encima mía; y por el cansancio, que empezaba a hacer
mella, junto con el dolor, en todos los músculos de mi cuerpo. Oí correr el
cinturón por las presillas del pantalón de mi marido. Se lo quitó y se lo
entregó a su amigo viendo que no le dejaba llegar con sus manazas hasta mis
pechos: "Toma. Esto es para tratar a nuestra esclava como se les trata a los
esclavos cuando desobedecen a su amo." Por las marcas que me dejó en la espalda,
se deduce que dobló el cinturón de Joaquín y lo cogió por los dos extremos.
Empezó a flagelarme con él como lo hacían a finales del siglo XIX al sur de
Estados Unidos con los esclavos negros que trabajaban en las inmensas
plantaciones de poderosos terratenientes. Cada azote en mi espalda iba
acompañado por un ronco grito amortiguado en el sexo de mi marido, que
disfrutaba matándome poco a poco.
Mientras, el sexo abotagado de mi marido en mi boca, empezó a
asfixiarme al aumentar el movimiento de mi cabeza. No me llegaba oxígeno a mis
pulmones, me ahogaba con el pene de mi maltratador, y cuando éste retrocedía
dejándole al aire la única oportunidad en la que podía llenar mi pecho, era mi
propia saliva con la que me atragantaba. Cada arcada que me daba era más
violenta que la anterior, como las arremetidas del amigo, hasta que mi estómago
empezó a convulsionarse fuertemente de nuevo. Sentía la bilis escurrir por las
comisuras de mis labios. Me ardía el ano a causa de las embestidas de Andrés. Me
temblaban las piernas y todo el cuerpo derrotado sin fuerzas sobre el sofá. Mis
oídos capturaban el llanto de mi bebé en la lejanía. Mis ojos ya habían llorado
un océano y no se detenían. Mi corazón estaba desolado y sentimiento alguno que
quedase en él se desvanecía. Me quería morir… me quería morir.
- ¡Espera, espera!- dijo el amigo en uno de sus alaridos de
placer que le producía la brutal violación a la que me estaban sometiendo esos
dos hijos de puta- Estoy a punto, tío, y no quiero correrme sin probar ese
chochete rico. Una ocasión así no se puede desperdiciar, amigo. Vamos a hacer
como en la escena de la puta china esa de los melones enormes- propuso
refiriéndose a una escena de la película porno.
El infeliz y abundantemente sudoroso amigo de mi cruel
cónyugue, me levantó de las axilas y me sujetó con mis pies descalzos en el
suelo porque mis rodillas se doblaban y eran incapaces de sostener los 50 y poco
kilos de mi cuerpo. Noté que algo se escurría por el interior de uno de mis
muslos lentamente. Cuando me llevé la mano al trasero y comprobé que mi ano se
había convertido en una fosa en la que poco a poco me iban enterrando y donde
también enterrarían después la punta de otro afilado sable, supuse que sería
algo de sangre, pero no lo sé porque al parecer no repararon en ello. También
podía ser el repugnante semen expulsado por el osobuco del amigo de Joaquín,
aunque ya había dicho que no había eyaculado… no sé qué sería, ni me importaba,
ya me había abandonado al dolor y ni siquiera lloraba, pues ni para llorar me
quedaban fuerzas, solo podía escuchar el ignorado llanto de mi hijo en nuestra
alcoba y sentir el terrible escozor de mi espalda por la cual resbalaban
numerosas gotas de sangre.
Mi marido, tras encender una lámpara, ya que estaba
atardeciendo y prácticamente era de noche, se bajó los pantalones hasta los
tobillos y se tendió en el sofá boca arriba. Andrés me cogió como lo que era en
ese momento, una muñeca de trapo, y me echó sobre mi marido. Al tener mi espalda
sobre su pecho, sentía su respiración tranquila y el suave movimiento de su
tórax, lo cual me tranquilizó a mí también. No sé por qué, pero quizás, a nivel
subconsciente, ya había aceptado que de esa no iba a salir. Miraba al techo con
la mirada perdida y en él, veía extrañas figuras sin una forma definida que se
movían lentamente. Serían alucinaciones producto del fortísimo dolor que
convertía mi cabeza en una bomba a punto de explotar, pero ya nada me importaba.
El amigo me levantó las piernas y las separó para que Joaquín
pudiera acomodar bien la erección de su aparato en mi ano, por donde entró sin
dificultad alguna. Apenas lo sentí gracias a la gran dilatación que el gordo
pene de su amigo, mayor que el de mi marido, había conseguido producirme.
También puede ser que hubiera aguantado tanto daño y tanto dolor que los nervios
de mi cuerpo se habían insensibilizado. Después, comenzó a bombear con una mano
en uno de mis pechos y la otra en mi frente. A continuación, Andrés se puso
encima mía y me perforó el sexo en sentido literal porque lo desgarró
concienzudamente en esa doble penetración a la que me sometieron. Mis músculos
no reaccionaban a causa del dolor y el cansancio en ellos al que ya me había
acostumbrado. Tenía la pierna izquierda fuera del sofá, con la planta del pie
calentando la fría baldosa del suelo, y el brazo izquierdo que, lógicamente,
también estaba en el lado exterior del mueble donde me sodomizaban brutalmente
haciéndome un sándwich, estirado con la mano sobre la mesita de cristal.
De pronto, un ápice de lucidez se hizo un hueco en mi cabeza
saturada de desolación y angustia y me mostró un diminuto grano de esperanza.
Palpé con la mano sobre la mesa buscando algo que siempre había ahí adornándola
junto a otras cosas. Joaquín y Andrés, en su lúbrico juego de destrozarme, no se
enteraron de que había cogido el jarrón de cerámica. Necesitaba sacar fuerza de
donde fuera y valor, así que ayudándome de un grito de rabia, hice añicos el
jarrón sobre la cabeza de Andrés, que se desplomó sobre mí. Me lo quité de
encima y tan fácilmente como el sexo de mi maltratador entró, también salió de
mi recto. Eché a correr desesperada, al llegar al pasillo de la entrada de la
casa, me di contra la pared y caí de culo. Solo oía mi respiración acelerada por
la boca. Joaquín, parece ser que al levantarse para salir tras de mí, al llevar
los pantalones por los tobillos, no pudo mantener el equilibrio al tropezar con
su amigo, que estaba tirado en el espacio que quedaba entre el sofá y la mesita
de cristal, cayó y se clavó en una ingle uno de los picos de dicha mesita. Yo me
levanté, alcancé el pomo de la puerta aterrorizada pensando que mi marido me
impediría llegar a ella, a mi único escape que si fracasaba me llevaría a la
muerte. Cuando salí al portal, desnuda como iba y con la espalda llena de
sangre, vi enfrente de mí la salida en la entrada de la casa de mi vecino que en
ese momento estaba saliendo. Don José Manuel se quedó paralizado al verme. Las
rodillas me fallaron y me caí de bruces a sus pies. El era mi bote salvavidas,
así que mi vida y mis brazos se aferraron con todas sus fuerzas a sus piernas.
Sorprendido y confundido por la impresión, me levantó cuando mi marido apareció
en el quicio de la puerta de mi casa abrochándose los pantalones y diciéndome:
"¿Dónde crees que vas, jodida fulana de mierda?" Me escondí detrás de mi vecino,
y cuando Joaquín arrancó sus pasos hacia nosotros encabronado y con toda su
furia, retrocedí adentrándome en casa de mi vecino. Mi verdugo, insultándome a
gritos y jurando que me iba a matar, era contenido por mi vecino para que no
entrara en casa y me cogiera.
Ante tal escandalera, los demás vecinos salieron al portal.
"Oh, no, dios mío. ¡Mi niño, mi niño está ahí dentro!" grité con la boca
hinchada y ensangrentada presa de la histeria que me provocaba ese escándalo que
montaba mi marido y el ver como otro vecino ayudaba a don José Manuel y, aun
así, no podían con él, que seguía en su afán de pillarme para estrangularme con
sus propias manos como juraba que lo haría en cuanto me cogiese.
Una muchacha de veintitantos años que vivía en la puerta de
al lado y se había asomado como el resto de los vecinos, entró corriendo en mi
casa y al rato salió con mi bebé en brazos y se lo entregó a su madre para que
lo calmase, pues no paró de llorar en casi toda la tarde, mi cielito. Después de
dejar en brazos de su madre a mi hijo, la chica, con cara de susto, dijo: "Hay
un hombre muerto en el salón". Lo que me faltaba por escuchar: había matado a
Andrés. Me dio un cuajo y me desmayé.
Desperté en una cama grande cubierta por una manta. A mi
izquierda, vi a mi niño haciendo pucheritos y los típicos soniditos de bebé y
moviendo en el aire sus piernecitas y sus bracitos todavía encogidos. A mi
derecha, la esposa de don José Manuel, me curaba las heridas de la cara después
de haberme lavado el cuerpo. Mi vecino, se acercó a mí con un plato de caldo
caliente del que solo pude tomar dos cucharadas. Joaquín había huido despavorido
cuando una vecina anunció en mitad del forcejeo entre mis vecinos y él, que
había avisado a la policía. Me dejaron descansar un rato y después me vistieron
con un pantalón deportivo de don José Manuel y una camiseta para llevarme a casa
de mis padres. Ellos siempre lo supieron todo; nadie es ingresado en el hospital
dos veces por caerse por las escaleras de un edificio que tiene ascensor, pero
nunca dijeron nada por temor a las represalias que mi maltratador pudiese tomar
contra mí. Desfallecí de nuevo en un profundo sueño a cuidado de Morfeo.
Volví a despertar a la mañana siguiente en el hospital. Junto
a mí estaban mi hermana, que se quedó toda la noche cuidándome, y mi padre. Me
dolía todo el cuerpo. Me tuvieron que dar un punto en el ano a causa del
desgarro, otro en la cara a causa de un puñetazo, tenía la boca partida, un dedo
del pie roto, la vagina también desgarrada, la espalda llena de heridas y marcas
de la fusta improvisada que hicieron con el cinturón de mi marido y, entre
algunas cosas más, múltiples contusiones y magulladuras. Y por parte de ellos,
Andrés fue detenido en mi casa inconsciente, ya que, por fortuna o por
desgracia, no estaba muerto. Mi marido, esa noche fue a casa de mis padres
buscándome y también montó allí la de dios, hasta que llegó la policía y por fin
le detuvieron. A la mañana siguiente: los dos en libertad. Cuando salí del
hospital, me quedé en casa de mis padres. No podía volver a la mía porque
entonces sería cuando me mataría de verdad
Esa noche, antes de acostarme, cuando me desvestí en mi
dormitorio para ponerme el camisón, me quedé desnuda frente al espejo del
armario. Contemplé mi cuello largo, mis pechos medianos todavía erguidos, mi
vientre casi plano, mi pubis con su pelo rizado, mis muslos prietos, mis piernas
largas, mi culo firme… todos ellos manchados de moretones, marcas, cicatrices
del terror… Una hora después de acostarme, sobre las 23:00, vino la policía.
- Según varios testigos que le vieron- hablaba el agente
Colombo- deambulaba borracho por la M-30 (una autopista) intentando torear a los
vehículos. Lo sentimos mucho, señora Aznar. Sus restos han sido llevados al
Anatómico Forense de Madrid.
No deseo la muerte de nadie, pero era la única forma de que
el terror y las dudas de cuál sería el día desaparecieran para siempre. Aquella
noche dejé de ser una víctima de la violencia de género… perdón, ¿de género? A
ver si los medios de comunicación y los politicastros se enteran de que no somos
telas ni chuletas de ternera, somos mujeres. El 68 % de las mujeres que mueren
en el mundo, lo hacen a manos de sus compañeros o ex. El año pasado murieron en
España 97 mujeres, en cifras reales, y hoy, 16 de enero de 2005, día en que
termino este relato, ha muerto la tercera de este año, y solo llevamos dos
semanas, y seguirá aumentando el número y la vergüenza de la sociedad, esta
sociedad pasiva que en realidad no hace nada, porque cuando no es a ti a quien
le toca el pato, no te molestas, pero si cada vez que el mundo se volviera cruel
y cada vez que nuestros gobernantes se equivocasen como hacen a menudo, nosotros
enseñáramos los dientes, quizás evitaríamos muchas de esas cosas por las que
tanto nos quejamos. No hay conciencia, y mientras no cambie el sistema de este
país, mientras los jueces no dejen de firmar órdenes de alejamiento en vez de
proteger a esas mujeres, dándoles vía libre a sus maltratadotes para ser ellos
los jueces de sus esposas o ex compañeras, seguirán sentenciándolas a muerte.
Una orden de alejamiento solo es un papel; una cárcel son paredes de cemento y
rejas de hierro. ¿Se ha enterado el juez o llamamos a Coco para que lo explique?
Un beso. Sonia.
P.D.: Siempre he dicho que no escribiría un relato en esta
categoría y no lo he mantenido. También he dicho que quien escribía aquí era
porque le excitaba, pero yo no me excito en absoluto ante historias similares,
todo lo contrario, creo que en este relato no hay nada morboso, es un alegato a
los malos tratos y estoy preparada para los comentarios que me lo reprochen,
porque sé que me arriesgo a que muchos lo hagan. También critiqué a los que
escribían sobre violaciones, pero me ha salido así; soy una mala persona, soy
una mala persona. De todas formas, me parece lamentable y enfermizo que algo así
sea motivo de excitación sexual.
- Link Segunda Parte: ¡Ay! Dolores 2: El nuevo rostro de Asmel