Eran las 9 y cuarto de la noche, y allí estaba yo, en las
puertas del hotel Princesa Sofía evitando que el temblor de mis piernas se
notara en exceso por cualquiera de los viandantes que pasaban por allí. Era
invierno y hacía frío, así que como no me decidiera a entrar pronto acabaría
cogiendo un buen resfriado… No era difícil, solo tenía que acercarme al
recepcionista caminando con paso firme, y con una buena sonrisa pedirle que me
diera la llave de la habitación 807, no sospecharía nada y yo sería una huésped
más de tantas. Sólo eso… así que tragué saliva y entré en la puerta giratoria…
Al final lo planeado nunca sale bien, estaba tan nerviosa que no lograba apartar
mi vista de la preciosa moqueta roja que adornaba el suelo, y casi sin mirar al
recepcionista a la cara le dije en voz bajita:
- ¿Me puede dar la llave de la habitación 807?
El chico, que casi ni me oyó, me lo volvió a repetir y yo
ocultando como podía mi cara de vergüenza le pedí la llave de nuevo. Tal como me
la dio me giré de repente y procuré alejarme todo lo antes posible de allí. ¡Qué
poderosa es la imaginación…! El pobre diablo no tenía ni idea de lo que iba a
pasar en esa habitación, o quien sabe… Bueno, ya estaba hecho, pensé, lo difícil
venía ahora…
Era la primera vez que lo vería después de meses hablando por
Internet, y sus instrucciones para este día eran claras y precisas:
- Ven muy elegante. Te quiero ver en vestido largo y con
zapatos altos, vete a la peluquería si quieres…
No llegaba a entender para qué quería verme tan elegante en
la habitación de un hotel, pero bueno, Él mandaba y eso era algo que yo ya tenía
casi asumido. Así que me encontraba delante del ascensor con mi abrigo en la
mano y el pelo en un perfecto recogido, cubierta por un vestido largo de color
rojo que se ceñía a mi piel dejando intuir mis curvas a la perfección y mostraba
mi espalda al descubierto mientras se sujetaba como un abrazo a mi cuello.
Estaba convencida de que la pequeña abertura que tenia y que dejaba ver una de
mis piernas le encantaría. Mis pies estaban perfectamente recogidos en unas
sandalias plateadas con más tacón del que había llevado en mi vida, aunque de
momento no me habían dado ningún susto esa noche.
Ya en el ascensor subí hasta la octava planta y busqué con la
mirada el número de la habitación. Creo que llegué a descubrir hasta la más
ligera imperfección en el proceso de fabricación de esa puerta antes de
atreverme a meter la llave en la cerradura. Si me había puesto nerviosa sólo
para pedir una llave ahora mi manera de temblar podía ocasionar un terremoto.
Respiré hondo y giré la llave y poquito a poco la puerta fue abriéndose ante mí.
Estaba todo sumido en la más absoluta oscuridad, podía ser
que no hubiese nadie o que me estuviera esperando ocultándose entre las sombras,
metí la tarjeta en la ranura y todo se iluminó. Respiré aliviada, no había
nadie. Pero, ¿y ahora qué?
De repente sonó el teléfono de la habitación. Dudé un momento
antes de descolgar pero cuando lo hice su voz apareció risueña al otro lado del
teléfono:
- Ibas guapísima, aunque deberías mirar al frente cuando
andas, cualquiera habría dicho que buscabas una lentilla. Ha sido muy divertido
verte entrar. Anda, baja que te estoy esperando desde hace un buen rato. Por
cierto, has llegado tarde.
Colgué el teléfono más animada ya. No iba a ser tan
impactante como me había imaginado, además, estaba de buen humor. Bajé ya más
segura de mí misma y cuando lo vi me estaba esperando con una amplia sonrisa, me
acerqué y después de un par de besos me agarro por la cintura y me llevó hasta
fuera del hotel entre bromas.
Era curioso, pensé, parecía como si tuviéramos la confianza
de dos viejos amigos que se ven de nuevo una vez más. Subimos al primer taxi de
la fila que esperaban frente al hotel y de repente me di cuenta que no sabía a
donde íbamos, así que se lo pregunté. Con una amplia sonrisa me dijo que ya lo
vería.
- Porfa, dime a donde vamos, tengo curiosidad, repliqué.
- No necesitas saberlo, además recuerda que el que decide soy
yo. Por cierto, las cosas no se piden así.
Bueno, pensé, al fin de cuentas me daba igual donde fuésemos,
al haber más gente podía relajarme y estar más tranquila, además me estaba
encantando disfrutar de su compañía…
Cuando el taxi paró en la puerta del restaurante me quedé
sorprendida. Había oído hablar de ese sitio. Era el mejor restaurante de toda
Barcelona. Le miré a la cara con ojos sorpresivos e interrogativos, y lo único
que tuve por respuesta fue una gran sonrisa y su brazo rodeando de nuevo mi
cintura. Estaba claro que aquella noche estaba marcando territorio.
Durante la cena hablamos de todo: cine, economía, música y
hasta política. Fue una cena maravillosa en un sitio de lujo. Él era de lo más
divertido e interesante y a cada momento que pasaba me fui relajando cada vez
más. Realmente era un lujo estar a su lado. Casi me sentía como la protagonista
de Pretty Woman, con la diferencia de que yo no soy pelirroja, soy morena, y él
era mucho más guapo que Richard Gere. (bueno, también habían algunas otras
diferencias…) El brindis final lo dediqué yo:
- Por una compañía estupenda y un recuerdo inolvidable.
Soy una genia, ahora lo acabo de bordar, pensé.
No bebo y el cava es algo que se me sube a la cabeza
inmediatamente, y este creo recordar, era el tercer brindis… Pedimos los abrigos
y buscamos de nuevo otro taxi dirección del hotel. Seguíamos riendo y haciendo
bromas, y así llegamos a la habitación.
Cuando entramos, Él estaba a mi espalda rodeándome con sus
brazos y dándome pequeños mordiscos en el cuello. Era la cita perfecta que
siempre habría deseado… Tal y como se cerró la puerta sus risas cesaron, y
sujetándome fuertemente por la cintura todavía y con una voz totalmente seria y
dura me susurró al oído:
- Ha sido una noche maravillosa, espero que la hayas
disfrutado, porque lo que viene ahora princesa, no será tan agradable para ti.
Primero, has llegado tarde y a mí nadie me hace esperar. Segundo, ni una sola
vez te has dirigido a mí como debieras, creo no haberte autorizado a llamarme
por mi nombre de pila. Tercero, has pasado toda la noche mirándome a los ojos,
cuando te tengo más que dicho que jamás me mires a los ojos si yo no te lo pido
y te puedo asegurar que tengo un cuarto y un quinto motivo…
Me quedé paralizada y mientras un escalofrío recorría mi
espalda noté como toda la piel de mi cuerpo se erizaba. Tenía razón... Me había
relajado tanto que había olvidado por completo que Él era mi Amo, y yo su
sumisa, y que venía esta noche para servirle y demostrarle que había aprendido a
la perfección todo lo que él me había enseñado. De mi boca salió un leve
susurro:
- Lo siento dije, mientras mi sonrisa se desdibujaba de
mi cara y empezaba a temblar como al principio de la noche.
Y tanto que lo vas a sentir perrita, y por cierto: Sexto, se
dice: lo siento, Amo.