Bruno distinguió, desde el otro lado de la puerta, como ella
trasteaba en la cocina. Cada mañana le despertaba el mismo sonido: ruidos de
vasos y platos al chocar, chorros de agua al caer, el zumbido del exprimidor...
Todo ello era señal inequívoca de que el día había comenzado, y también, de que
no estaba solo. Le encantaba quedarse acurrucado, con los ojos medio cerrados,
relajado al sentir tan próxima su presencia. Sabía que pasado un rato, ella iría
a su lado y le regalaría sus caricias. Pero había aprendido a ser paciente (los
años no pasan en balde) y esperaba su turno.
Pasado un rato, oyó el crujido de la puerta al abrirse, y una
voz, tan dulce y cariñosa, que le hizo estremecer. Hizo como que dormía y ella
tuvo que inclinarse para depositar sus mimos en aquel cuerpo tibio e inmóvil.
Continuó un poco más la farsa antes de darse la vuelta y clavar su mirada
castaña en el bello rostro de su adorada. Sintió las pequeñas manos perderse en
la espesura de su pecho y se estiró, desentumeciendo cada uno de sus músculos.
No había terminado de desperezarse, cuando la vio ponerse en pie y alejarse. Eso
no se lo esperaba ¿Por qué no seguía ella el ritual de cada mañana? ¿Acaso algo
iba mal?
Distinguió la puerta entreabierta y, sin pensárselo dos
veces, salió tras ella. La encontró frente a los fogones, removiendo el
contenido de una enorme cazuela. Se arrimó por detrás hasta quedar pegado a sus
piernas y restregó su cuerpo contra el de ella, reclamando su atención.
-Ya va, ya va, impaciente. Quería darte una sorpresa ¡Hoy
nada de pienso! Estoy preparando un guiso especial para ti ¡Cinco años solo se
cumplen una vez en la vida!
Bruno se relamió sin poder contener la emoción.
-Eres el perrito más lindo del barrio, ¿a que sí?
-¡Guau!- que para los que no tengan don de lenguas,
aclararé que quiere decir: ¡Por supuesto!