La tintorería
Todas las mañanas, al bajar a trabajar al centro, distinguía
su silueta tras el ventanal de la tintorería, inclinada sobre la plancha, un
mechón de pelo rebelde sobre la cara, los brazos delgados y fibrosos empujando
con furia el hierro sobre alguna prenda. Todas las mañanas, sin fallar ni una
sola vez, como si tuviese un sexto sentido, ella levantaba la vista y me
saludaba con una sonrisa deslumbrante al tiempo que, siempre con el mismo gesto,
recogía el mechón insurrecto que brincaba sobre su frente. Todas las mañanas, en
el mismo punto de mi paseo frente al aparador, sentía una dulce punzada en el
pecho y me juraba que esa misma tarde encontraría por casa alguna prenda que
llevar a limpiar y, todas las mañanas, me prometía a mi mismo que aquel día sí,
que aquel día no fallaría. Pero todas las noches, sin fallar ni una sola vez, al
volver a casa reventado tras los dos trabajos que compaginaba y acudir al
gimnasio, bajaba en la siguiente parada del Metro, un poco más arriba para
evitar tener que remontar la cuesta hasta casa, y, todas las noches, sin fallar
ni una sola vez, me olvidaba de la afable tintorera.
Un viernes, hace un par de días, al levantarme, me di cuenta
con horror de que me había dormido, el despertador maligno no había sonado.
Salté de la cama con la velocidad de despegue de un cohete Ariane, volé a la
cocina para prepararme el desayuno y allí me encontré mi traje de fiesta,
arrugado como una uva pasa, doblado inocentemente sobre una silla. De pronto,
como si me hubiesen abofeteado con la percha, recordé que aquel día era la boda
de Samuel y Raquel y yo era el desventurado padrino. Había encontrado una excusa
real para ir a la tintorería y se me había olvidado. Tenía solo dos horas de
margen, ¿conseguiría la tintorera briosa hacer que mi ropa fuese nuevamente
visible? Me duché, me vestí como Dios me dio a entender y bajé corriendo el
pronunciado repecho de su calle con el traje volando detrás de mí.
El vapor de la plancha inundaba la tintorería disolviendo el
tenue aroma de éter de los productos de limpieza. La dorada luz del sol quedaba
amortiguada por las prendas colgadas delante de los ventanales empañados. Buceé
en la cálida neblina buscando a la muchacha, pero ella me vio antes, levantó la
cabeza y con el gesto maquinal que la caracterizaba, escuché por primera vez su
voz de barítono cuando me preguntó:
Hola, ¿en qué puedo ayudarte?
Necesito tener este traje listo en menos de dos horas –le
respondí
No es un problema –afirmó con seguridad guiñándome un ojo
Lo dejé sobre el mostrador y me disponía a marcharme cuando
ella me cogió del brazo añadiendo.
Quédate si quieres, en un momento lo tengo listo
Vale –contesté aún nervioso- Así podremos charlar un
rato…
¿Cómo te llamas? –preguntó
Perdona… Quim, me llamo Quim. ¿Y tú?
Todos me llaman Lisa -respondió
Me mordí la lengua antes de hacer una estúpida broma sobre su
nombre y lo escaso de su pecho, pero, mi instinto me dictó que aquel no era el
mejor momento. Ella se concentró en el traje y yo en ella. Sus fuertes brazos,
cubiertos de una maraña de venas, vivas como las raíces de un árbol, movían la
plancha con rapidez y precisión quirúrgica, sin ningún esfuerzo aparente.
Lisa era casi tan alta como yo y tan delgada y nervuda como
me había parecido en mis saludos matutinos. Pero, desde mi punto de vista, su
cuerpo, al moverse, tenía la gracia celestial de los arcángeles y su cabello
castaño, recogido en un moño, brillaba con reflejos de madera pulida bajo el sol
dorado que entraba por la cristalera. Sus ojos, del color del ámbar, ocultos
tras una cornisa de pestañas bruñidas, me sorprendían una y otra vez mirándola,
pero yo no podía evitarlo. Su cara huesuda, adornada por una nariz recta y
delicada y unos labios maravillosamente gruesos y sensuales me parecían la
culminación de la sexualidad femenina. Allí sentado, viéndola moverse junto a la
plancha de vapor, me hubiese dejado cortar las piernas por poderla besar.
Estaba perdido en estas cavilaciones cuando escuché
nuevamente el ronroneo acariciante que era su voz:
¿Te lo puedes poner un momento? He ido tan rápida que no
sé si lo he dejado bien… -sugirió, tendiéndome el traje con sus largos
brazos
Sí, claro… por supuesto… ¿dónde puedo cambiarme? –inquirí
En la trastienda… detrás de la batería de lavadoras –me
respondió señalando un espacio que parecía abrirse detrás del metal de las
lavadoras industriales.
Me quité los pantalones y me puse el traje. Aún estaba
caliente y tenía el extraño olor de los productos industriales. Ella, a mi
espalda, afirmó:
Me he dejado una cosa, quítate la chaqueta para que no se
vuelva arrugar…
Hice lo que me había pedido y colgué la chaqueta en una
percha que tenía a mano.
Por favor, ¿puedes apoyarte un momento sobre la
estantería que tienes frente a ti? –continuó
Efectivamente, frente a mis ojos había una pequeña estantería
abarrotada de ropa doblada. Me apoyé como había pedido y ella continuó:
- Ahora no te muevas o podría hacerte daño.
Me quedé de espaldas a ella, sin girar la cabeza, los brazos
apoyados contra el anaquel que quedaba a la altura de mi barbilla, las piernas
un poco retrasadas. Sentí un escalofrío cuando sus manos acariciaron mi cintura
acercándose al botón del pantalón y un leve sobresalto cuando lo desabrochó
desde detrás mientras notaba su aliento en tu nuca. Mi vista estaba clavada en
la ropa doblada. Cerré los ojos blandamente y dejé que fuera mi piel la que me
indicase lo que estaba sucediendo a mis espaldas. A continuación, sentí el calor
de sus manos descansando sobre mi cintura y como sus labios descendían por mi
camiseta. Percibí como sus dedos tomaban el borde del pantalón y lo bajaban
lentamente pero con firmeza, dejando mis muslos al aire.
- No te muevas ahora por favor… podría hacerte mucho daño
–afirmó en tono burlón
Sus manos se separaron de mis caderas y noté como, de
improviso me descalzaban un pie y luego otro. Distinguí la frescura relativa del
pavimento de hormigón en la planta de mis pies mientras los pantalones acababan
de bajar hasta el suelo. Me hizo levantar los pies por turnos para poder
desembarazarse de los pantalones. No quise abrir los ojos, era un juego saber lo
que estaba pasando. Noté que sus labios se apoyaban a media espalda, donde la
columna se oculta tras la goma de los calzoncillos. La delicada caricia de los
labios se desplazaba a uno y otro lado de la costura con la suavidad de las alas
de una mariposa al volar. Podía percibir el ritmo de su respiración, cálida y
húmeda, sobre la piel.
La punzada líquida y ardiente de su lengua ocupó el lugar de
los labios, lamiendo mi piel en el punto en el que se unía a mis "slips" sobre
las últimas vértebras lumbares. Noté como sus dedos tomaban la goma húmeda y
descubrí la caricia insustancial de la prenda íntima al resbalar dejando la
epidermis lisa y sensitiva de mis nalgas al descubierto. Una suave cosquilla al
separarse de mi pene y luego una carrera hasta los tobillos despidieron a mis
calzoncillos.
A continuación fueron sus manos las que se ocuparon de
acariciar mi culo. Sus dedos se escurrían por su superficie admirando con el
tacto aquello que el ojo no es capaz de percibir. Las yemas de sus dedos
repetían, una y otra vez, en círculos casi aéreos el paseo. Separó los
hemisferios, aproximó con ternura su lengua y dejó que ella repasase el camino
seguido por sus dedos. Yo, sin querer abrir los ojos, percibí como una pluma
líquida viaja incansable, con parsimonia pero con método, no dejando ni un solo
centímetro sin cubrir.
Finalmente, se acercó a mi rabadilla, lamiéndola en diminutos
círculos, dejándose conducir por la ley de la gravedad hacia el interior. Sentí
como un cuerpo húmedo se deslizaba sobre mi coxis y sobre la pared interior de
mis nalgas, esquiando con la suavidad de la nieve primavera en un somnoliento
slalom hacia el interior anhelante de mi ano. Sin verlo pude imaginar su cara
encendida por la pasión apoyada entre mis nalgas al tiempo que advertí una leve
punzada de placer inesperado cuando su lengua descansó por primera vez en mi
esfínter anal, que se replegó sorprendido.
Me imaginé su sexo húmedo y se me hacía la boca agua pensando
en devolverle las exquisitas sensaciones que me estaba haciendo disfrutar,
cuando me di cuenta de que se estaba masturbando contra mi pierna por el compás
sincopado de su golpeteo. Lisa era un travestí… No me importó lo más mínimo,
quise imaginar desde mi posición la rigidez insoportable de su miembro abultado,
la cabeza del pene, de un rojo amoratado, abriendo su ojito pícaro para dejar
salir una pequeña lágrima brillante de placer. Entonces su lengua gravitó en un
amplio círculo sobre mi esfínter, que palpitaba de anticipación, abriéndose,
invitando a ser invadido por un huésped tan placentero.
La penetración colmó un deseo incontrolable que se había ido
gestando con los minutos. Sentí su lengua patinar con lisura por el interior de
mi recto. Su nariz apoyada contra el sacro y sus mejillas incrustándose entre
mis nalgas rítmicamente. De improviso, sin ruido, una catarata hirviente se
derramó sobre mis gemelos, goteando sobre el tobillo y el pie. No pude aguantar
más, me di la vuelta y le ofrecí mi miembro rígido y encendido como un cirio.
Lisa dejó que su lengua trazase los mismos exquisitos, blandos y húmedos
círculos que había estado ensayando en mi culo, sin prisa, como si tuviese todo
el tiempo del mundo para ello. Sentí como mis pies se arqueaban, mi espalda se
curvaba como un arco, mis manos se clavaban en la madera, me mordí con fuerza el
labio inferior, cerré los ojos y percibí como una explosión de placer se
liberaba en mi interior, haciéndote perder el mundo de vista. Por unos instantes
solo pude sentir mi cuerpo, nada más que mi cuerpo, explotando en un paroxismo
incontrolable de placer.
Cuando abrí los ojos, Lisa se relamía, la cara cubierta de mi
leche, mientras me preguntaba:
¿Está el señor satisfecho con la limpieza?
Esta mañana al pasar por delante de la tintorería, como
siempre, me ha saludado con una sonrisa deslumbrante mientras su mano apartaba
un mechón de la frente. Pero en la bolsa ya llevo preparadas las camisas que me
va planchar. Esta noche, podéis tener por seguro, que no me olvidaré.