Hoy llegué más temprano que nadie a la oficina. Traigo el
uniforme nuevo para Sandra, la chica que hoy empieza a trabajar como secretaria.
Estoy contento de haberla contratado: tiene un sólido curriculum y muy buenas
recomendaciones, que comprobé personalmente. Nos hace falta una funcionaria
eficiente y trabajadora, que coordine las labores de nuestra oficina, que no son
pocas.
Pero no fue eso lo que más me interesó de Sandra. Secretarias
eficientes hay muchas, pero ella es una muchacha deliciosa: es bajita –me
encantan las bajitas-, tiene el pelo largo y sedoso, castaño claro, y unos
rasgos finos de muñequita, que no concuerdan con su mirada de fiera en celo.
Ella mira como una zorra, como si esperara que en cualquier momento uno saltase
del escritorio para poseerla a sangre y fuego, forzándola a patalear y a
defenderse en vano. No es, sin duda, la mirada que uno esperaría de ese rostro
fino como las anémonas, ni de la mujer que posee una voz dulce, que parece que
todo lo dijera pidiendo por favor.
Tiene un bonito par de pechos Sandra, redondos y bien
parados. También tiene una fina cintura, y me gustan sus gestos delicados, y su
modo tierno de hablar y de hacer las cosas, que no se condice con su mirada,
único vestigio de la calentura que la incendia en secreto, como si sobre un
precioso castillo de cuento gobernase en secreto una aristócrata lasciva y
decadente. Pero sin duda alguna lo que más me gusta es su culo, redondo y
majestuoso como una campana, como una tinaja de arcilla. Me encantó verlo en
movimiento, inocente y lúbrico, mientras Sandra se retiraba, nerviosa, después
de la entrevista personal. ¿Ese trasero habrá conocido una verga antes de hoy?
Y, ¿cómo será poseerlo, sentir que penetramos en esa carne dulce y suave,
mientras su dueña gime de deseo?
Estoy algo alterado esta mañana. Lentamente van llegando
todos los empleados, la puntualísima señora Teresa, la secretaria que atiende el
público, una dama respetable por donde se la mire, que atiende sus asuntos y no
se mete en nada. Mujer respetuosa, entrada en años, que tiene una vida rutinaria
y monótona. Llega Fernández, el contador, hombre chispeante, lleno de historias,
que alegra la oficina y trabaja lo menos posible. Algo atrasado aparece Matías,
un estudiante en práctica jovencito, tímido muchacho alto y delgado que
pareciera recién salido de la pubertad. Torpón y despistado, soporta con buen
humor las bromas de Fernández, que no pierde oportunidad de bufonear al pobre
chico.
Y Sandra ¡por fin! llega bastante atrasada, pidiendo
disculpas por ir tarde su primer día, y deshaciéndose en excusas, que me dan
risa. Trae en trajecito rosa pálido, encantador, y una blusita sutil y
semitransparente, que deja ver sus senos preciosos. Está asustada, y me encargo
de tranquilizarla y hacerla sentir bien. Fernández, que no me vio llegar, bromea
acerca de que Sandra es la única secretaria que no tiene uniforme. "Para ti no
alcanza", dice, o asegura que en cualquier momento mandan el sastre de Versace a
tomarle las medidas, por encargo de la empresa. Sandra ríe, y su risa me excita
terriblemente.
La chica es preciosa, y yo ya sé lo que tengo que hacer. A
media tarde, pregunto a la señora Teresa si puede quedarse, porque hay un asunto
atrasado. De sobra sé que la señora los lunes va a la iglesia, y no dejaría de
faltar a menos que fuese algo urgentísimo. Me pide, y Sandra lo oye, si puedo
pedírselo a la chica nueva, mejor. Sandra, que quiere hacer méritos ante mí, y
hacerse perdonar el retraso de la mañana, se ofrece inmediatamente "No tengo
nada que hacer", dice.
-¿Estás segura, Sandra? Es un poco delicado, y es tu primer
día. Quizás sería mejor que la señora Te...
-¡No, no! Yo ya entendí el papeleo, y la señora tiene
ocupaciones, no es bueno molestarla.
-Bueno. Seguro que harás bien este trabajo –le digo,
sonriendo.
La chica está resplandeciente, feliz de poder hacerse valiosa
tan rápido. Me había dicho en la entrevista que le hacía mucha falta el empleo.
Ya veremos, más tarde, cuánto lo necesita.
Cuando todos se van, Sandra se queda conmigo, en esa enorme
oficina que parece estuviera más sola cuando está vacía. Le entrego un rimero de
papeles, y me voy a mi despacho, donde preparo una cuerda, un tubo de lubricante
y una cinta negra, para vendar sus ojos. Cuando tengo todo listo, y pasado un
rato, me acerco a ella dejando las cosas detrás suyo.
-¿Cómo vas, Sandra? ¿Algún problema?
-No, no. Creo que así está bien, ¿no?
Me acerco a mirar su trabajo, posando una mano sobre su
hombro. Ella aprieta los labios y no dice nada. Finjo revisar los papeles, pero
mi mano desciende rápidamente hacia sus pechos.
Intenta levantarse, pero la atajo antes.
-Señ...
-Shhhh, shhhh. Calladita, amor. ¿Vas a perder tu empleo el
primer día, acaso?
Nada dice, y baja la mirada. Tomo su rostro entre mis manos,
para besar sus labios, lenta y profundamente. Ella se deja hacer, y mi lengua
recorre todos los rincones de su boca, lentamente, mientras mi mano busca sus
pechos, encima de la ropa. Le quito el saco del traje, sin dejar de besarla, y
lo arrojo al suelo, mientras le acaricio la espalda y la cintura. Tomo sus
manos, y delicadamente las llevo detrás de su silla. Cuando están así, las ato
con velocidad a su espalda, con la cuerda. Ella se asusta un poco, y abre los
ojos, pero yo me río.
Cuando está así –los pechos resaltan más que nunca, con sus
brazos atados atrás- le quito la blusita transparente, arrancándosela, haciendo
saltar todos los botones de un tirón. Sus tetas saltan, rabiosas, y su mirada de
zorra se vuelve desafiante. Le quito también el sostén y su faldita rosa. Así,
en calzones, atada a su silla y mirándome con ojos de fuego está espléndida, mi
secretaria.
Rápidamente la monto a horcajadas sobre mí, corriéndole sus
calzoncitos, para empezar a penetrarla. Lo hago con rudeza, soltándosela toda de
una vez. Ella gime cuando entro; después se va acostumbrando. La silla con
ruedas que tiene se mueve con mis embestidas; llegamos hasta la pared, donde la
clavo sin piedad. Ella gime, y yo estoy hirviendo, penetrándola con energía,
cada vez más rápido, cada vez más fuerte, cada vez más adentro. Llega el minuto
en que sus piernas –sorpresa- se enroscan en mi espalda. A esta mujer le está
gustando lo que le sucede...
Sigo entonces, mientras mis manos se regodean en sus nalgas.
De vez en cuando le suelto un cachetazo en ellas, o le pellizco los pezones,
mientras le beso el cuello y los labios, mordiéndoselos.
Ahora, tras quitarle sus calzones, le desato las manos. Ella,
que ya me devuelve los besos, y la he sorprendido sonriendo, la muy zorra, se
deja hacer, y la tiendo boca abajo sobre el escritorio en que trabaja, volviendo
a atarle las manos a la espalda. Ya no me interesa su mirada, así que le vendo
los ojos de prostituta que tiene. Separo sus piernas, y empiezo a follarla desde
atras, lentamente, con lentitud, gozándola al principio. Veo su espalda
arquearse, y la siento respirar agitadamente.
A veces me agacho, para besarle la nuca, o para susurrarle
inmundicias. "Eres una zorra", le digo, "una putilla, Sandra, una calentona que
solo quiere que la cojan". La muchacha no dice nada, sólo suelta unos "Ahhhh",
que son más bien aprobación. Es una verdadera viciosa, esta chiquita. He
encontrado, por fin, la degenerada y sensual Sandra, debajo de la ingenua
muchachita que se deja ver casi siempre, y gobierna ahora la caliente
aristócrata, una perra con todas sus letras.
Después de un rato de bombeo, decido conocer su agujero más
secreto. Saco mi verga, y empiezo a acariciarle la rosca, con un dedo. Ella se
pone tensa al sentirme; sabe lo que va a sucederle. Yo no digo nada, sólo me
unto los dedos en el lubricante, y se lo empiezo a pasar por el culo, mientras
la miro estremecerse. Es estupenda, y su trasero está más hermoso que nunca:
desnudo y sudado, ofreciéndose con su dueña doblada sobre un escritorio.
Empiezo a meter, fuerte desde el principio. Sandra da un
pequeño grito, y yo le meto dos dedos en la boca, que chupa y mordisquea, como
una perra, mientras la masturbo, pasándole los dedos por el clítoris. Subo un
pie, apoyándolo sobre el pupitre, sin dejar de darle muy duro. Está toda sudada,
y se retuerce y gime. Está deliciosa, Sandra, y yo no dejo de recordárselo,
golpeando sus nalgas con las manos.
-Más, más, pide la chica, moviendo su culo al compás de las
embestidas
-¿Te gusta, chica? ¿quieres chupar? –le pregunto.
-Si, si dice, entre gemidos ahogados.
Entonces, y haciendo un esfuerzo, acerco el pie hasta su cara
-como ella está con los ojos vendados no sabe qué estoy haciendo- y lo pongo
sobre su cara, aplastándola.
-Ahí tienes, zorrita: chúpalo todo.
Sandra empieza a lamer, como una perrita buena, mientras yo
sigo dándole por el culo, y soltándole cachetadas, ahora sí fuertes, para que
las sienta. Su lengua me acaricia la planta del pie, que le oprime la mejilla
contra el banco, y yo estoy enfebrecido, le bombeo muy duro, tomándola de la
cintura y masturbándola por momentos. Siento que gime más fuerte y rápido, que
se estremece unos segundos y que después, en un momento, se queda quieta ¡La
pequeña mujerzuela ha tenido un orgasmo! Esta chica –creo- no se va a ir nunca
de la oficina...
Cuando siento que voy a acabar, la volteo y me doy la vuelta,
hasta quedar con mi verga sobre su cara, y empiezo a masturbarme. Cuando estoy
casi listo, le saco la venda de los ojos –lo primero que ve, es un miembro casi
encima suyo, y el semen saltándole a la cara. La chorreo por todas partes: las
gotas le corren por las mejillas, y la garganta.
Ya estando más tranquilos, cuando ella se ha lavado, le hago
entrega de su nuevo uniforme. Ya es parte de esta oficina –le digo- y merece
tener todos los atributos. Va a mi oficina a probárselo -¡que divertidas son las
mujeres! Acabo de follarla como un demente, y se va a vestir a la pieza del
lado- y vuelve a mostrarse. Se ve estupenda, perturbadora: el traje le sienta
muy bien, y ella recién follada, con la ropa de oficina, está para comérsela.
Antes de que se fuera a su casa volvimos a hacer el amor, más
tranquilos. Y el trabajo pendiente quedó para el otro día –no era nada tan
importante, después de todo.