CAROLINA, LA NUEVA PUTA DEL COLEGIO (1ª parte).
(Esta serie de relatos va paralela a la titulada "Tres putas
en casa". Aquí empiezan las aventuras de la joven Carolina, de tan sólo 16 años,
quien desea convertirse en puta, después de descubrir a lo que se dedican su
madre y su hermana. Pretende suceder a la anterior puta "oficial" del colegio,
su hermana Alicia, ahora que ha abandonado los estudios para ejercer la
prostitución junto a su madre.)
El despertador sonó a las 6:30, sacándome de un profundo y
reparador sueño, en el que me había convertido en la más codiciada y afamada
puta de la ciudad. Despertarme y volver a la realidad, para darme cuenta de que
sólo se trataba de una fantasía, supuso toda una decepción.
Permanecí unos minutos en la cama recomponiendo las ideas que
fluían por mi mente. Después de lo vivido aquel fin de semana, llegaba la hora
de mostrar al mundo mi nueva y verdadera personalidad. Una nueva Carolina. Sexy,
atractiva, descarada, desvergonzada, salida ... y ... puta. Sobre todo, puta.
Quería mostrar a todos mis nuevas habilidades. Aquellas que había aprendido
junto a mi hermana y a mi madre.
Había mucho que hacer antes de ir al colegio. Di un respingo
en la cama, poniéndome en pié, y unos segundos más tarde ya estaba en la cocina
desayunando. La casa estaba en silencio. Mi madre habría llegado tarde del
puticlub y supuse que dormía plácidamente. Mi hermana se enfrentaba a toda una
prometedora carrera como puta, en su primer día después de abandonar el colegio.
¡Ahh! ¡Cuánto la envidiaba!
Una vez hube desayunado, regresé a mi cuarto a elegir la ropa
que me pondría. Busqué en mi armario sacando las prendas más provocativas que
tenía. Sabía que mi principal atractivo era mi trasero. Redondo, carnoso y
respingón. Pensé en ponerme unos vaqueros ceñidos que acentuasen la rotundidad
de las formas de mi pandero. Pero unos pantalones ... no eran prácticos. Si
surgía la ocasión de follar en el colegio, andar quitándoselos y poniéndoselos
sería un engorro. Definitivamente unos pantalones ... ¡no!. Me decidí por una
minifalda negra que tenía desde hacía un par de años y que casi nunca me había
puesto. A los catorce me quedaba algo holgada y un palmo por encima de las
rodillas. Pero yo había crecido mucho en esos dos años y ahora me quedaba de
forma muy distinta: bien ajustada al culo y a la mitad de mis muslos. Me miré al
espejo. ¡Joder! ¡Qué bien me quedaba! Mis nalgas quedaban perfectamente marcadas
y, al estarme tan apretada, el más mínimo movimiento provocaba que la tela
cediese hacia arriba, dejando mis rotundos muslos bien visibles. ¡Decidido! Esa
era la prenda perfecta. Pensé que con la falda tan cortita que llevaba sería
buena idea que mis braguitas contrastasen en color. Por aquello de que si se me
veía algo, los chicos pudiesen advertir con claridad mi ropa interior. Pensé que
si eso sucedía, les pondría cachondos. Así que, finalmente me decidí por un
minúsculo tanga blanco.
En cuanto a la parte de arriba, y aunque mi talla era una 85,
mis tetas no podían competir en tamaño con las de mi hermana, que al menos usaba
una 100. Me puse un "wonderbra" que subiese mis pechos y los mantuviese juntos y
sugerentes. Lo combiné con una blusa blanca, de corte estrecho, que se ceñía a
mi cintura. Dejé varios botones sin abrochar para que se viese bien mi escote y
volví a mirarme al espejo. Estaba quedando muy guapa.
Sólo faltaba el calzado. Pensé en ponerme los zapatos blancos
de plataforma que mi hermana me había comprado el sábado. Pero lo cierto es que
aún no dominaba eso de caminar a diez centímetros del suelo con semejantes
zancos. Me decidí finalmente por unas botas negras de caña alta, hasta la
rodilla. No tenían mucho tacón. Pero eran cómodas y manejables. Además,
conjuntaban perfectamente con el resto de mi vestimenta. Pensé que si pretendía
ir todos los días al colegio vestida de esa guisa, mi fondo de armario, aun con
las cosas que mi hermana me había comprado, se quedaba corto. Recordé que tenía
los 260 Euros que había ganado aquel fin de semana. Esa misma tarde me los
fundiría de compras.
Fui al cuarto de baño a maquillarme. Antes, advertí una de
las perillas que mi hermana usaba para dejar su culito bien limpio. Recordé que
me había dicho que siempre se ponía un enema por la mañana. Por lo que pudiese
pasar. Decidí que sería buena idea ir adquiriendo las rutinas de una puta y,
aunque aún no entraba en mis planes para aquel día usar mi agujero trasero en el
colegio, tampoco quería cerrarme a nada. Así que, desvistiéndome antes para no
manchar mi conjuntito, me coloqué un enema. Unos minutos más tarde, mi culo
estaba limpio y dispuesto para lo que se me ofreciese aquel día. Me perfumé bien
y me maquillé. Quería estar guapa y dejar claro a todos mi nueva personalidad.
Pero si me pasaba con la pintura, en lugar de tomarme por una zorra, lo harían
por una payasa. Y no quería eso. Un poco de mascarilla, algo de colorete rosado,
rimel, sobra de ojos azul pastel, pintalabios rosa fucsia y ... ¡lista! Cepillé
bien mi larga melena rubia y, volviendo a ponerme la ropa, me miré al espejo.
¡Perfecta! Era justo el aspecto que quería.
Hasta ese día siempre iba al colegio con una amplia mochila
deportiva. Pero aquello, además de no ser muy sexy, no conjuntaba con la ropa
que llevaba. Así que tomé prestado de mi hermana un pequeño bolso blanco. Apenas
si cabía nada en él: unos pañuelos de papel, el móvil, un pintalabios, un lápiz
de ojos, las llaves de casa y un monedero. Me colgué el bolsito de mi hombro
derecho y cogí la carpeta con mi mano izquierda.
Una última mirada al espejo antes de salir a la calle. Si no
fuera por la carpeta, nadie diría que iba a clase. Más que una estudiante de 16
años, parecía una go-go de discoteca. De esas que bailan subidas en una
plataforma. Por fin salí a la calle, sin saber muy bien lo que me esperaba.
Estaba nerviosa pero, al mismo tiempo, impaciente por ver la reacción de la
gente ante mi nueva apariencia. Me concentré en dejar a un lado la vergüenza que
me daba que me vieran así. Pero, si quería seguir los pasos de mi hermana y de
mi madre, era algo que tenía que hacer. Tenía que meterme en mi papel: el de una
joven y ansiosa zorra dispuesta a todo. Debía mostrarme sensual y atractiva.
Pero al mismo tiempo, descarada y provocativa. Y a la hora de expresarme, debía
ser directa y clara ... pero también algo ... ordinaria y soez.
Desde mi casa hasta el colegio había un paseo de unos quince
minutos. Era muy temprano y aún estaba amaneciendo. Las calles estaban desiertas
y durante un rato no me crucé con nadie. Según iba acercándome al colegio,
empezó a apreciarse cierto movimiento. Niños pequeños con sus madres de la mano.
Unos metros más alante, las madres, y los pocos padres que había, me miraron
sorprendidos. En seguida había llamado su atención. Pasé entre todos ellos, que
se agolpaban en la entrada que el colegio tenía para los niños de preescolar y
de los primeros cursos. Para llegar a la entrada para los alumnos más mayores,
había que rodear todo el edificio. Cuando giré la última esquina, apareció ante
mi la primera prueba de fuego. Decenas de estudiantes de entre 14 y 18 años
merodeaban junto a la puerta. Algunos entraban directamente en el colegio. Otros
permanecían por allí, charlando con sus compañeros. Me acerqué con el corazón a
mil por hora. En seguida me convertí en el centro de atracción. Noté sus miradas
en mí, mientras caminaba hacia la entrada. Según iba dejando atrás a algunos de
ellos, podía ver de reojo cómo giraban sus cabezas para contemplar mi insinuante
trasero. Aquello era buena señal. La primera impresión era crucial. Y les habían
impactado. Sonaron varios silbidos que entendí como los primeros piropos. Ya
casi en la puerta, pude escuchar algunos comentarios.
¡Vaya tía! – exclamó.
¡Joder, qué buena está! – añadió otro.
¿Es nueva? – preguntó alguien.
No sé ... nunca antes la había visto – aseguró otro de
ellos.
Me encantaba escuchar aquellos comentarios sobre mí. Pero me
decepcionó el hecho de que no me reconociesen. Llevaba toda la vida en aquel
colegio y aquellos chicos me conocían de sobra. Bueno ... en realidad ...
conocían a la antigua Carolina. La niña recatada y empollona. Casi comprendí que
no me identificaran. El cambio era brusco. Además, con aquella minifalda, no era
en mi rostro en lo que más se fijaban.
Ya dentro del colegio, todos se giraban a mi paso. Era
delicioso ser el centro de atracción. Pensaba que iba a darme algo de corte.
Pero no fue así. Al contrario. Estaba tan contenta por aquel recibimiento que no
pude evitar dibujar una leve sonrisa. Según avanzaba por los pasillos en busca
de mi aula, y ante el éxito que estaba teniendo, decidí empezar a exhibirme de
verdad. Comencé a caminar más lentamente, exagerando el contoneo de mis caderas.
Moviendo mi culo a un lado y a otro con cada paso que daba. Pude observar cómo
todos miraban mi pandero con atención. Casi hipnotizados por el suave ritmo que
mis caderas marcaban al andar. Cuando llegué a mi clase, varios compañeros
charlaban frente a la puerta. Me acerqué mirándoles con descaro.
¡Dejad paso a este monumento! – exclamó uno de ellos.
¡Vaya pibón! – añadió otro.
¡Gracias, chicos! – dije abriéndome paso entre ellos.
¿Carolina? – preguntó uno - ¿Eres tú?
¡Claro que soy yo! – le aseguré - ¿Es que no me habíais
reconocido? – pregunté mirando uno a uno a todos ellos, con gesto
descarado.
Pues ... la verdad ... es que no – me contestó - ¡Vaya
cambio!
¿Os gusta el cambio? – pregunté insinuantemente.
¡Sí! – exclamaron varios mirándose y sonriendo.
¡Estas tremenda! – dijo otro.
Pues acostumbraos, porque a partir de ahora este es el
look que voy a llevar – expliqué mientras me giraba y entraba en clase.
Todos y todas me miraron sorprendidos. Me senté en mi sitio y
en seguida advertí que la diminuta falda se me subía casi hasta las caderas.
Crucé las piernas con cierta dificultad por las dimensiones del pupitre. A duras
penas pude evitar que las nalgas se me saliesen de la faldita. Todos continuaban
observándome. Los chicos con gestos de admiración y las chicas de desprecio.
Pero ... si es ... Carolina – cuchicheó una de mis
compañeras. En mi colegio había una proporción de chicos bastante superior
a la de chicas, pero en seguida se formó un corrillo con varias de mis
compañeras.
Va vestida como una fulana – pude distinguir que dijo
otra.
No sé como se atreve a venir así a clase – añadió otra
- ¡Qué vergüenza! – dijo indignada.
Sus comentarios no me hicieron el más mínimo daño. Nunca me
habían caído bien. Y aunque toleraba a algunas de ellas, con las que incluso
había mantenido una incipiente amistad, ahora me demostraban ser unas hipócritas
y unas reprimidas. Unos segundos más tarde, apareció el profesor de Historia.
Todos se sentaron y se hizo el silencio. La clase comenzó, mientras observaba
cómo, a pesar de que el maestro comenzaba con las explicaciones, todos
continuaban mirándome de reojo, sin prestar mucha atención a la clase.
Más tranquila, hice balance de aquellos primeros instantes en
el colegio. ¿Había conseguido mis propósitos iniciales? Todo apuntaba a que sí.
Pero ... lo que pretendía iba mucho más allá. Y eso no sería tan sencillo.
Tendría que sacar todos mis encantos a relucir para seguir los pasos de mi
hermana como la puta "oficial" del colegio, a la que todos acudían con unos
Euros en las manos si querían pasar un buen rato.
Mientras el profesor continuaba con sus explicaciones, mi
imaginación voló hasta el día anterior, recordando la orgía protagonizada por mi
madre, mi hermana y yo misma. Reviví en mi mente todas aquellas posturas,
rodeada por pollas, y recibiéndolas en todos mis agujeros. Quise recordar el
sabor de los rabos que había mamado aquel fin de semana y la sensación de ser
penetrada sin piedad por el coño y por el culo. Y el sabor y la textura de la
lefa en mi boca. - ¡Ahh! ¡Qué recuerdos! – exclamé para mis adentros. Noté que
la entrepierna se me humedecía y ansié tener una polla frente a mí para
disfrutar como una perra. De pronto, una pequeño trozo de papel arrugado
aterrizó sobre mi mesa y me hizo salir de mi ensimismamiento. Lo desplegué y leí
su contenido:
¡VAYA CAMBIO, CAROLINA! ESTÁS MUY GUAPA.
Miré a mi derecha buscando al autor de la nota. Una par de
filas de pupitres más allá, uno de los chicos me hizo un gesto admitiendo su
autoría. Era César, uno de los chicos más guapos de la clase. Uno de esos que
nunca me habían dirigido la palabra y que siempre pasaban a mi lado ignorándome.
Pero ahora había llamado su atención y quería ligar conmigo, ajeno a mis
verdaderas intenciones. Decidí que era el momento de ir a por todas. Cogí el
bolígrafo y escribí en el reverso del papel que me había mandado:
SI QUIERES ALGO CONMIGO, SAL DE CLASE Y ESPÉRAME EN LA PUERTA
DE LOS SERVICIOS.
Arrugué el papel y se lo lancé ante la mirada expectante de
varios compañeros, y aprovechando que el profesor escribía algo en el encerado y
nos daba la espalda. Media clase se había dado cuenta de nuestros mensajitos y
esperaban la reacción de César. Cuando desplegó la nota y la leyó, me miró,
momento que aproveché para guiñarle un ojo, indicándole así que aquello iba en
serio. Él enseñó la nota a varios de sus compañeros que sonreían al leerla.
Finalmente, levantó la mano.
¡Profesor! – exclamó – No me encuentro bien. ¿Puedo ir
al lavabo? – preguntó.
El profesor asintió y César salió de clase. Al momento, todos
me miraron. Mi nota se había ido difundiendo de boca en boca por casi toda la
clase. Sabían que si levantaba la mano para intentar ausentarme, era para
encontrarme con él. Eso dispararía los comentarios sobre mi reputación. ¡Justo
lo que pretendía! Dejé pasar un par de minutos y levanté la mano.
¿Qué quieres, Carolina? – preguntó el profesor.
¿Puedo ir al baño? – pregunté mientas notaba que un
murmullo se apoderaba de la clase.
Sólo quedan 15 minutos – dijo el profesor - ¿No puedes
aguantarte?
¡No! – contesté con contundencia.
¡Venga! Puedes ir – terminó cediendo al tiempo que los
murmullos aumentaban en intensidad.
Me levanté y coloqué mi minifalda para que no se me viese la
entrepierna y el culo al andar. Todos me miraban. Con paso ligero alcancé la
puerta mientras varias chicas de las primeras filas me criticaban entre
susurros. Cuando cerré la puerta del aula, César estaba al final del pasillo,
frente a los servicios de las chicas. En cada planta, había un solo servicio. Y
era únicamente para las chicas. Todos los chicos tenían que utilizar otro que se
encontraba al otro extremo del patio, junto a los campos de baloncesto. Me
acerqué hacia él, que contemplaba embelesado mis andares. Con una sonrisa en la
boca, quiso decir algo, pero me adelanté a sus intenciones:
¡Vamos! ¡Rápido! – le dije en voz baja pero segura -
¡Vamos dentro que no tenemos mucho tiempo!- exclamé sabiendo que quince
minutos más tarde aquellos servicios se llenarían de chicas. Le cogí de la
mano y entramos en los lavabos. Él me agarró con fuerza por la cintura y
me atrapó contra su pecho, con su cara a escasos centímetros de la mía.
Nunca me había fijado en lo guapa que eras – me dijo.
Aquel comentario me encantó y la situación era muy excitante. Pero allí no
estábamos para declararnos amor eterno. Yo estaba para algo bien distinto.
Y, además, no teníamos mucho tiempo. Entonces, me besó mientra acariciaba
mi trasero. El beso se convirtió en un intenso morreo que duró medio
minuto. Le aparté con fuerza hacia atrás y le dije con todo el descaro del
mundo:
Por cinco Euros te como la polla. Y por quince te dejo
que me folles – le planté directamente y sin rodeos, recordando lo que mi
madre me había dicho: "Una buena puta no folla gratis ni aunque se
muera de ganas" Y aunque yo me moría de ganas por trincar su polla,
tenía que ganarme una reputación. Si iba por ahí regalando mis servicios,
después nadie querría pagar por ellos.
¿Ehhh? ¿Cómo? No entiendo – dijo muy sorprendido.
¡Ya lo has oído! Tenemos menos de un cuarto de hora
para que te haga una mamada o para que me folles el agujero que más te
apetezca – le expliqué - ¡Tú eliges! Pero ... ¡con la pasta por delante! –
le dije mientras le tocaba el paquete con suavidad para convencerle. Me
hubiera muerto de vergüenza unos días antes, pero ahora ya me había metido
en mi papel y tenía claro lo que quería.
Es ... essssto ... nnnno sé ... yo ... – dijo
tartamudeando. Aquello le había sorprendido de verdad. Se llevó la mano al
bolsillo del pantalón y sacó un billete de 5 Euros – Sólo tengo esto.
¡Perfecto! – dije mientras le arrebataba el billete y
lo arrojaba dentro de mis botas, dejándolo caer a lo largo de la caña alta
que me llegaba hasta las rodillas – Entonces, ¡marchando una mamada! –
exclamé ya sin vergüenza ninguna.
Lo empujé hasta uno de los retretes y cerré la puerta con el
pestillo. Después me senté sobre la tapa del w.c. Inmediatamente, mi faldita
subió hasta mi trasero. Esta vez dejé que se quedase así. Separé las piernas
ligeramente, para estar más cómoda, y el tanga blanco asomó por mi entrepierna.
Desabroché la bragueta y antes de bajarle los pantalones palpé su paquete.
¿Ya estás empalmado? – le pregunté.
Ssssí ... Carolina – balbuceó. A medida que él se ponía
más nervioso, yo me tranquilizaba. Sabía que yo tenía el control. Y eso me
gustaba. Bajé sus pantalones y sus calzoncillos. Su rabo apareció frente a
mí, totalmente empalmado. No estaba mal. Tenía un tamaño medio, para lo
que había visto aquel fin de semana. Lo acerqué a mi labios y besé el
capullo con suavidad. Él contrajo todo su cuerpo en un gesto de placer.
Después, me lo metí en la boca. Lo mantuve unos segundos dentro y, después
lo saqué, bien humedecido por mi saliva. - ¡Ahh! ¡Qué gustazo volver a
tener una polla entre mis labios! – pensé mientras disfrutaba de su sabor,
olor y textura.
¿Te gusta? – le pregunté.
¡Sí! ¡Mucho! – exclamó aún muy nervioso.
Relájate mientras te la chupo – dije volviendo a mamar
su polla. Comencé a deslizar mis labios a lo largo de su cipote, mientras
aceleraba el ritmo poco a poco.
¡Ahhh! ¡Qué gusto! – exclamó - ¡Qué bien lo haces!
Yo también estaba disfrutando de lo lindo con aquella polla
en mi boca. El conejo se me humedecía por momentos. Me apetecía follármelo. Pero
no debía hacerlo si antes él no pagaba lo estipulado. De lo contrario, no me
hubiera comportado como una auténtica puta.
¿De verdad no quieres follarme? – le pregunté sacando
su rabo de mi boca – Sólo te costará quince Euros más.
No tengo más dinero, Carolina – me dijo – Si no, los
pagaría encantado.
Bueno – dije resignándome – Si otro día te apetece,...
ya sabes mis tarifas – comenté para, a continuación, volver a mamar su
dura polla. Mientras chupaba, calculé que no quedarían más de cinco
minutos para que sonase el timbre y aquello se llenase de niñas. Aceleré
el ritmo para provocarle el orgasmo lo más rápidamente posible. Acaricié
sus testículos con una mano mientras, con la otra, controlaba el ligero
movimiento de mete saca en mi boca empujando desde sus nalgas.
¡Ahhhhh! ¡Me voy a correr! – exclamó queriendo sacar la
polla de mi boca para hacerlo fuera de ella. Yo me aferré a ella,
metiéndomela hasta el fondo, para que comprendiera que quería su leche
dentro de mi boca. Su polla se convulsionó y sentí por fin su lefa
chocando con estrépito contra mi lengua y mi paladar. Saboreé aquel
delicioso líquido y, después de tragármelo, le limpié el capullo con la
lengua y con los labios.
Bueno, César. ¡Ya está! – le dije sonriente mientras
rebañaba con la lengua los últimos restos de semen de mi boca -
¿Satisfecho?
Sí, mucho. Ha sido increíble – consiguió decir mientras
se subía los pantalones – Ha sido genial – añadió resoplando y apoyando su
espalda sobre la puerta del retrete.
Antes de que volvamos a clase, tengo que hablar un par
de cosas contigo – le dije.
Adelante – contestó.
¿Conoces a mi hermana?
¡Claro! Es Alicia, ¿no? Del último curso – dijo – Un
bombón de tía ... mejorando lo presente – añadió sonriendo.
¿Alguna vez has tenido algo con ella? – le pregunté.
¡Ojalá! – exclamó - ¿Por qué me preguntas eso?
Porque supongo que tú sabrás que tenía ciertos negocios
aquí en el colegio, ¿no?
Bueno ... algo he oído – confesó – Tengo un vecino en
la clase de tu hermana. Una vez me contó que se la cepilló a cambio de
dinero. Pero no lo creí – explicó.
¡Pues era verdad! – dije sin más rodeos – Mi hermana
era la puta del colegio. Pero, por lo que veo sólo aceptaba a tíos del
último curso – expliqué – Bueno, lo quiero que sepas es que mi hermana ha
dejado el colegio. Ahora, la puta soy yo. ¿De acuerdo?
Vale – asintió.
Quiero que les cuentes a todos lo que ha pasado aquí.
Si lo haces, la próxima vez no te cobraré nada. ¿Vale? – le dije. Pensé
que, a fin de cuentas, si el chaval conseguía traerme clientela, bien
valía eso un pequeño regalo – Quiero que les digas a todos que si les
apetece follar no tienen más que decírmelo. Previo pago de su importe,
claro está.
Sí, vale. Se lo diré a todos – aseguró.
Bien. Ahora, ¡vete! Está a punto de sonar el timbre y
esto se va a llenar de gente. No quiero que ninguna niñata nos vea juntos
aquí, y se chive – le comenté.
César salió corriendo de los lavabos. Justo en ese momento
sonó la campana que indicaba el final de la clase. Había cinco minutos entre
clase y clase, y muchas chicas aprovechaban ese tiempo para ir al baño. Cerré
nuevamente el pestillo del retrete y oí cómo entraban varias chicas. Guardé
silencio para oír lo que decían, mientras cogía un trozo de papel y limpiaba mi
mojado chumino.
¿Habéis visto a Carolina? – dijo una.
Sí. ¿De qué va? – añadió otra – ¿De mujer fatal?
No es más que una mocosa – comentó otra.
No sé, pero esas pintas que lleva son de fulana.
Y se ha marchado con César. Ya lo habéis visto – dijo
otra – Seguro que se han enrollado.
¡Qué va! Si seguro que luego es una estrecha – apuntó
una de ellas.
Yo escuchaba sus comentarios. Si había sembrado la duda sobre
mi reputación sólo con ir vestida así, cuando supieran lo que había hecho allí
mismo, los rumores se dispararían. Decidí esperar a que se fueran antes de salir
del retrete. Una vez que se marcharon, me pinté los labios, me miré en el
espejo, di un tragó de agua y aceleré el paso para llegar a tiempo a la segunda
clase de la mañana, pensando que no se me estaba dando nada mal el día.
Continuará ...