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Fecha: 30-Ago-05 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Mi inocente hermanita (2)

Juan
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Tiempo estimado de lectura: [ 4 min. ]
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Me acerqué lentamente y al colocarme próximo a ella su mano hizo contacto con mi cuerpo. Fue directo a mi bragueta y bajándola colocó su mano por dentro hasta enrollarla en mi verga. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Después de aquel maravilloso acontecimiento que nos envolvió a mi hermanita y a mi no pude parar de pensar ni siquiera por un momento. Me iba a la escuela y no ponía atención a más nada sino a mis recuerdos y el deseo de vivirlo otra vez. En más de una ocasión me levanté del pupitre para correr al baño a masturbarme pensando como me había chupado con esa boca tan inocente. Me miraba al espejo y se me hacía ver correr por mi boca el flujo que tragué aquella noche.

Tardó unas tres semanas pero finalmente mis padres tuvieron otra salida. Priscila sabía separar muy bien las cosas pues no había mezclado los tantos mientras no teníamos perspectivas de disfrutar otra velada.

Ya sabido que mis padres estaban preparándose para su encuentro de amigos, que mi madre se estaba bañando y mi padre cambiandose en el dormitorio, ella se acercó mientras yo me preparaba un jugo de naranja y, por detrás casi sin dar advertencia posó su mano entre mis piernas subiéndola hasta llegar a mis huevos que se levantaban junto a mi pene que tomaba forma.

Me puse bastante nervioso y peor aun porque me excitaba en sobremanera. Ella susurró a mi oído, "no te olvides que todavía tengo una parte de niña que no me la robaste".

Tanto había pensado en esto y ahora sentía como que me acobardaba. Pero ella se alejó y se encerró en su recamara al tiempo que sentí los pasos de mi padre que se acercaba y con naturalidad me dijo que cuide bien la casa porque ellos me tenían la confianza de que yo ya era un hombre para hacerlo. …si lo supieran!!!

Llegó finalmente la hora de que partieron y cuando me cercioré que se habían ido cerré la puerta e ingresé a la casa. Mi hermana estaba sentada en el sillón con un pequeño pantalón que poco le cubría las nalgas. Su mirada se dirigía directamente a mis piernas y sin vacilar, aceché.

Me acerqué lentamente y al colocarme próximo a ella su mano hizo contacto con mi cuerpo. Yo sabía que su miedo transpiraba a través de su mirada y mis piernas acompañaban su ritmo temblando sin parar.

Fue directo a mi bragueta y bajándola colocó su mano por dentro hasta enrollarla en mi verga que se endurecía con agilidad con su tacto enfático y a la vez delicado. La extrajó y mirándome a los ojos puso nuevamente su lengua por encima de mi glande. Mi calentura se ponía extrema pero pensé que tenía que aguantar pues había mucho más que hacer aparte de disfrutar otra vez su calida respiración en mis partes mas sensibles.

Le pedí que no se la metiera, para no provocar mi eyaculación tan rápido. La agarré de los codos y la levanté a mi altura hasta que casi instintivamente me arrojé a sus labios besándola nuevamente con locura.

--Te amo-- declaró-- pero como a un hombre, no como un hermano--

La acompañé hasta la puerta de mi dormitorio y bajándole el pantaloncito dejé al descubierto su blanca piel apenas envuelta por la más pequeña de sus prendas. Agarré su culo con mis dos manos a la vez que una de ellas se deslizaba hasta introducirce por debajo del elástico. Lentamente descendí ejerciendo presión para obtener su desnudez. Recorrí su cuerpo con el mio que estaba ya sin ropas y me puse por detrás apoyando fuertemente mi tronco en la línea de su rico culo y poniéndole mis manos en sus tetas completé la acción dejándola como había llegado al mundo.

La fui empujando hasta llegar a mi cama. Sentía como su cuerpo sudaba.

Yo intentaba pensar en otras cosas para que la fiebre no me cegara descargando mi arma, pero no podía. Tenía a mi hermana con una virginidad apenas adolescente enfrente mio. Solo tenía que tomarla.

--¿Estás segura?--me aventuré a preguntarle para calmar mi conciencia en el futuro.

--Si no es con vos que te amo y sé que siempre me vas a cuidar, ¿con quien otro?--

--¿No pensabas llegar pura al casamiento?-- reiteré como un estúpido.

--Juan, no dudes. Ya me metí un dedo una vez. ¿Quien va a creer que soy virgen? Además, talvez ni mi marido se merezca esto. Te amo.--concluyó.

Con mi mano cubri sus pelos puvicos casi nuevos mientras un dedo rozaba el objetivo. Se humedeció casi hasta chorrear. La perra caliente de mi hermana quería sentir ser finalmente una mujer.

Me acerqué lentamente a su cuerpito que no paraba de transpirar y besándola en fracciones le dije:

--Dentro de unos días vas a cumplir trece. Este es mi regalito-- La cabeza de mi pene ya sentía el jugo que le mojaba por acercarse a su cabidad. La fui empujando un poco más y de repente sentí como se introdujo hasta la mitad.

Miré su carita y parecía que estaba recibiendo una paliza. Su rostro era de sufrimiento. Mis nalgas estaban rojas de cómo eran apretadas por sus dedos afilados por sus uñas. No vacilé. Continué hasta que luego de sacar y poner unas veces empezó a gemir como aquella vez en que le chupé hasta el fondo de su rica vagina rosada.

--Eso me gusta. ¡¡¡No pares!!! Por favor, no pares--terminó susurrando.

Yo sentía que me venía pero mirando sus ojos me percaté que en poco ella también habría de acabar. Cerré mi mente. Sus gemidos aumentaban de nivel. Me obligaba a meter mi trozo más adentro aun. Una, otra, otra y ya no podía más si no fuera porque noté que con su frente arrugada por el esfuerzo en conseguir disfrutarlo a fondo me declaró que estaba por explotar.

No porque decidí yo, sino porque no existía forma de soportar otro instante, dejé correr mi leche que entró por su vagina hasta el fondo y llenó su vientre mezclado por su fuego que derretía nuestros ánimos hasta quedar fundidos.

Caí sobre sus hombros. Sus suaves pechos me rozaban el torso. Su voz suave me declaró el encanto que embargó nuestra maravillosa experiencia. Durante cinco minutos estuvimos a la merced de cualquier acontecimiento pues estabamos en cuerpo pero llevados del alma a otro lugar.

Tuve suerte de no dejarla embarazada pues no tomé ninguna precuasión.

Mi vida nunca más fue la misma. Si bien es cierto que con la madurez de Priscila y mi ansiedad controlada por su prudencia anduvimos jugando por un largo tiempo aunque a veces tenía que esperar bastante para tener mis chances.

Priscila creció y conoció sus amigos. Ya después de que tuvo su primer novio no quiso estar más conmigo. Creí que se había arrepentido o que alguien le había mostrado ser mejor que yo. Sin embargo una noche de locura cuando yo tenía un poco más que veinticinco __ella por cumplir 23__ nos besamos pasionalmente y me dijo que como la luna siempre brilla, nuestro romance será su mas romántico recuerdo de lo que se puede hacer con un hombre.

A pesar que al poco tiempo se casó, el hecho de haberla poseído primero nunca se apagó de nuestras mentes. Aunque mi conciencia a veces me reprende siempre recuerdo que ella vio en mi algo que le hizo confiarme lo más grandioso que podría dar a alguien.



© Juan

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