MADE IN BRAZIL
La azafata me despertó para avisarme de que la cena estaba
lista, justo en el momento en el que me encontraba en uno de esos dulces y
calientes sueños que le dejan a una flotando… tal y como el avión que me
transportaba en esos momentos a Río.
Estaba loca… "Enajenación mental transitoria", diría mi
psicólogo, pero ahí estaba yo de camino a la fogosidad, al placer, al paroxismo…
Mientras colocaba mi asiento y me servían la bandeja, intentaba acaparar en mi
cabeza esos momentos que el sueño me había dejado, en una paz, en un placer tan
dulce…
Me preguntaba: ¿Cómo empezó todo?... Recuerdo cuando Sergio,
un gran amigo, se presentó en casa el día de mi cumpleaños acompañado de un
cliente suyo, un brasileño llamado Mario. Nada más verle, tras estrechar su mano
y darle un par de besos, con solo su mirada, una profunda y cautivadora mirada…
quedé profundamente impresionada. Fue una de esas veces en las que tu cerebro no
reacciona y te vence hasta el extremo de no poder moverte, como si todas las
partes de tu cuerpo se hubieran congelado… ¿Flechazo o atracción sexual?…
Sinceramente, no lo sé.
Siempre han dicho que los brasileños son de otra pasta, de
cuerpos perfectos, miradas profundas y grandes artistas en la cama, sin duda
aquel hombre cumplía todos esos requisitos y algunos más. Creo que era
simplemente… ¡Perfecto! Mi amigo me había hablado de Mario anteriormente, de lo
bueno que estaba el brasileño en cuestión, de cuanto me iba a gustar, pero nunca
creí que hasta ese extremo. Fue un chispazo, un cortocircuito diría yo, y es que
no pude evitar sentirme terriblemente atraída por él. Mi cuerpo percibía esas
transformaciones, tanto que mis pezones se endurecían a más no poder, el calor
subía por todo mi cuerpo y mi chochito emanaba flujos en grandes cantidades… Me
había puesto más que cachonda en tan solo unos segundos… era increíble y solo
ante la visión de un portento "Made in Brazil". Para que luego digan que solo
los hombres son "visuales"... yo me quedé prendada con ese chico.
No pude perderle de vista en toda la velada, cada vez que le
veía charlar con alguien le observaba, le admiraba, le deseaba… Buscaba la
ocasión para enviarle la mejor de mis sonrisas, el más audaz de mis movimientos
sensuales… Imagino que presa de la hipnosis o de esa locura temporal, aproveché
el descuido de mis invitados a la fiesta, incluido mi novio, y me llevé a Mario
al garaje de mi casa. Allí donde nadie pudiera molestarnos. Recuerdo su cara de
asombro cuando le di la mano, arrastrándole tras de mí. Más asombrado aún cuando
le puse literalmente contra la pared y me despeloté en un abrir y cerrar de ojos
y la sorpresa de los suyos al verme así, sin vergüenza ninguna, mostrándome
desnuda ante él con todo descaro, pidiendo ser poseída por semejante regalo
caído del cielo.
Reaccionó con una extensa sonrisa, mientras sujetaba mis
manos y me decía:
Me gustan las mujeres tan calientes y atrevidas como tú…
Un beso apasionado acompañó a miles de caricias, para acabar
chupándonos, lamiéndonos… No solo dejé que me devorara el coño, cosa que hizo
con auténtica maestría, sino que mi cuerpo fue suyo para todo lo que hubiera
querido hacer con él… y que por supuesto, hizo. Follamos de todas las maneras
posibles, como dos amantes furtivos y necesitados de sexo, a escondidas, sin
decirnos una palabra y a pocos metros de varios de mis invitados… de mi propio
novio ¡Dios mío!. No me importó nada ni nadie, ni siquiera cuando me dio la
vuelta y previo masaje manual, ensalivando la zona con dulces caricias, mi culo
también fue suyo, algo que nunca había dejado hacer antes a mi chico…
Hasta ahí, la historia podría haber sido considerada dentro
de una cierta normalidad; digamos que la mezcla de fiesta, alcohol, joven guapo,
cachondez… forman parte de un explosivo, y todo pudiera haber sido entendido
dentro de lo "comprensible". Sin embargo, lejos de conformarme con eso, a los
pocos días del regreso de Mario a su país, yo me quedé muy triste, decaída,
hecha polvo… Había sido atrapada por las redes de algo que no podía controlar,
estaba fuera de mi propio alcance y entendimiento. Aquel hombre desconocido, ese
que me había hecho el amor como nadie… ese ángel divino, de cuerpo celestial, no
estaba a mi lado…
Por ese motivo, dado que la oportunidad de volver a estar con
él nuevamente no se me presentaría por azar, decidí ir en su busca, fuera donde
fuera, lejos de pensar en lo que estuviera bien o mal, encontrarme de nuevo con
él, aunque tuviera que viajar hasta los confines del Universo… quería sentir
nuevamente ese hermoso cuerpo abrazándome, acariciándome, sentir ese miembro
adorable dentro de mis agujeritos.
Encontré una excusa para mi novio, diciendo que tenía un
nuevo viaje de negocios y lo único que hice fue coger el pasaporte y tomar el
primer vuelo a Río de Janeiro para encontrarme con Mario, sin importarme nada
más.
Tras la cena de ese vuelo de mis sueños y, rememorando esos
momentos tan placenteros, volví a quedarme dormida, pero esta vez el sueño fue
todavía más fuerte, más sentido… Mario me poseía, me hacía suya como un amante
que siempre había esperado, tan claro, como si ese sueño fuera una realidad…. En
un estado de sopor en el que mi cuerpo se había entregado de lleno a esa visión
que cuando desperté estaba bañada en sudor y mi vestido se había pegado a mi
cuerpo.
Me dirigí al baño y allí observé mi imagen en el espejo:
Pómulos sonrosados, ojos brillantes, mi rostro húmedo… sin duda tenía una
calentura de campeonato, algo parecido a una fiebre que me proporcionaba el
recuerdo de Mario y su cuerpo… ese endiablado e increíble cuerpo.
Sin dejar de mirarme al espejo, acaricié mis pechos
observando como el calor aumentaba por momentos… Levantándome el vestido noté
como mi tanga estaba empapado, me lo quité y mi coñito apareció en el espejo
mojadito e hinchado. Apoyando una mano en el lavabo con la otra acariciaba mi
sexo, le pellizcaba, hasta bajar la mano y poco a poco acariciar mi rajita con
mi dedo anular, lentamente, acompasadamente al principio, para a continuación
acelerar el ritmo y sentir mi propia masturbación como si me la estuviera
haciendo Mario con sus habilidosas manos. Me corrí entre jadeos pensando que
seguramente pudieran oírse por todo el avión. Noté algunas miradas cuando
regresé a mi asiento y no me sentí avergonzada, al contrario, parecía estar
orgullosa de tener sobre mi cuerpo la calentura de mi amante.
A la llegada a Río mi cuerpo parecía pedirme más y más
guerra, pensando que mi hombre estaría esperándome dispuesto a todo, igual que
yo. En la sala de llegadas del aeropuerto estaba mi amante carioca. Me agarró
por la cintura con sus cuidadas y grandes manos y me plantó un beso en los
labios que me dejó un regusto delicioso:
Hola reina, estás preciosa…
Mi indumentaria era más bien escasa: Un vestido empapado era
lo único que llevaba encima, pues mi tanga estaba aprisionado en mi puño. Se lo
entregué a modo de regalo y de anticipo de todo lo que iba a suceder ese fin de
semana, algo que agradeció con una extensa sonrisa. Él vestía una camiseta negra
ajustada que remarcaba un impresionante tórax y su abdomen musculoso, y con
vaqueros también ajustados y algo rotos, que le daban un aspecto más salvaje
todavía.
Tú si que estás bueno Mario. Te comería aquí mismo…
Ufff, mujer, no me digas eso que me pongo a cien… de
hecho ya lo estoy en cuanto te he visto.
Me acerqué a su oído para que nadie nos oyera.
Mario, quiero que me penetres una y otra vez, como
hiciste en mi casa, quiero ser tuya, sentirte entero, no puedo evitar
mojarme con solo nombrarte y ahora estoy tan cachonda que no respondo de mi.
Dejaría que me follaras en medio de esta sala repleta de gente. Quiero que
me mates de placer… - mis palabras salieron por inercia.
A mi también me gustaría, pero antes de que nos detengan
por escándalo público, vámonos a mi apartamento…
Me tomó de la mano y me preguntó si no tenía equipaje.
No lo necesito amor mío, contigo tengo suficiente, no
quiero nada más. Quiero aprovechar los tres días que estaré aquí para follar
contigo sin parar, quiero tu polla, tu cuerpo, tus besos… eres mi droga…
necesito estar unida a ti…
No creía estar pronunciando esas palabras, pero era lo que
sentía, difícilmente podía controlar esos instintos animales que me habían
llevado a estar con él de una forma tan compulsiva e infantil.
Tomamos el primer taxi y le pedimos que nos llevara con
urgencia a la dirección que Mario le dio escrita en un papel, junto a unos
reales. El coche arrancó como alma que lleva el diablo. Esa velocidad y mis
ganas de ser esclava de aquel guapísimo hombre moreno, hicieron que nos
fundiéramos en un beso, que no era otra cosa que un cúmulo de mordiscos,
lametones y juegos de lenguas que nos transportaban al séptimo cielo.
Bajé la bragueta de su pantalón y notando que no llevaba nada
debajo, saqué su hermosa polla que para entonces se mostraba en todo su
esplendor. Miré al espejo y vi los ojos abiertos de par en par del taxista. Le
guiñé un ojo, y con una sonrisa le invité a que fuera nuestro espectador
privado, sin pensar que eso podría provocarnos un accidente por distracción.
Cuando metí el sonrosado glande de mi enamorado en la boca, sentí que todos los
sabores del mundo se habían juntado en mi paladar y no pude refrenar las ganas
de chuparlo hasta dejarlo seco. El dedo corazón de mi adorado amante se abrió
paso entre mis piernas, bajo mi vestido introduciéndose hasta lo más hondo de mi
coñito, haciéndome estremecer. Yo seguí chupando su miembro con tantas ansias,
con tanta concentración, que cuando quise darme cuenta ya habíamos llegado a su
apartamento. No sé ni como no nos matamos por el camino con aquella velocidad.
El taxista, un hombre mayor, seguramente habría alucinado con nuestro numerito,
y solo se despidió de nosotros con una larga sonrisa. Le di un beso en la
mejilla en señal de agradecimiento y salí del taxi abrazada a Mario… no podía
estar separada de él ni un segundo.
En el ascensor también nos comimos literalmente las bocas,
besándonos y acariciándonos como adolescentes desesperados… Al entrar en su
apartamento lo primero que hice fue cerrar la puerta tras de mi, soltar los
tirantes de mi vestido y dejarle caer al suelo quedando completamente desnuda
frente a él de la misma manera que cuando me visitó en mi casa. Sabía cuanto le
gustaba verme actuar así… Después no le dejé otra opción a que hiciera lo mismo
con su ropa hasta quedar los dos sin otra indumentaria que nuestra propia piel.
Así quedamos, desnudos… frente a frente… Nos sonreímos mutuamente y le dije en
un susurro:
- Te pertenezco.
Mario me agarró por las caderas y me subí a él, abrazando con
mis piernas su cintura. Seguí besándole por toda la cara en el trayecto hasta el
dormitorio, allí me tumbó sobre la cama, tiró de mis piernas hasta dejar mi culo
al borde, se agachó ante mi mojado chochito y comenzó a lamerlo con sumo cuidado
sin dejar de mirarme a los ojos. Mi cuerpo se estiraba cuando sentía su lengua
acariciar mi clítoris. No dejé que siguiera por ese camino, porque unos segundos
más y me hubiera corrido como loca…quería sentirlo pero con toda su verga
inundándome el coño, arrancándome el más recóndito de los placeres de mi
interior. Fue entonces cuando tomé las riendas y le tumbé sobre la cama
colocándome sobre él, dándole la espalda. Al frente había un espejo que mostraba
nuestros cuerpos desnudos y sudorosos... Agarré su palo por la base orientando
la cabeza a la entrada de mi sexo. No costó mucho que se hundiera hasta lo más
profundo y que nos provocara un gemido largo y sentido por ambos. Comencé a
cabalgar en un acompasado vaivén, percibiendo en toda su intensidad como su
verga se abría paso dentro de mi lubricada vagina. La imagen del espejo era para
mi la de una desconocida, pues no creía estar haciendo eso… Sonreí viéndome
reflejada en él. Mis tetas bailaban al compás de un reconfortante polvo, con un
gusto que me transportaba a un paraíso del que no quería escapar… Deseaba con
todas mis fuerzas alargarlo por el mayor tiempo posible, pero el placer era tan
profundo, tan rico, que no pude evitar tener un orgasmo lleno de gemidos y
convulsiones. Mi compañero pronunciaba suaves palabras, acariciando mi espalda,
que añadían todavía más calor a mi cuerpo… mi piel se erizaba y mis manos se
sujetaban fuertemente a sus brazos sintiendo cada centímetro de su miembro
dentro de mi.
Giré sobre mi misma, despacito, tratando de no perder la
penetración, quedando sobre él cara a cara. Mis tetas se apoyaron sobre su pecho
y en esa posición permanecimos un largo rato. La sensación era muy agradable…su
polla dura dentro de mi, su lengua caliente jugando con mis labios y su cuerpo
sudoroso bajo el mío… ¿Hay acaso mayor placer?
Me incorporé agarrándome al cabecero de la cama, lo que me
ayudó a hacer más fuertes las acometidas dentro de mi caliente coño, sintiendo
la verga de ese divino brasileño con mucha mayor intensidad, percibiendo cada
centímetro de su carne en mi interior. Nunca había echado un polvo con tantas
ganas. Mario no tardó en correrse con una fuerza increíble, hasta el punto de
notar cada uno de sus chorretones en mi vagina… Uno, dos, tres y hasta cuatro
veces pude sentirlos llegar hasta la matriz...
Mi cuerpo cayó nuevamente sobre el suyo para permanecer
abrazados durante unos minutos en los que saboreamos todas las mieles del
placer. Mirándole a los ojos, le di una lamida a sus labios y le susurré
suavemente en su oído:
¿Quieres de nuevo mi culito?
No contestó, solo sonrió afirmando ese deseo. Me colocó boca
abajo en la cama, puso una almohada bajo mi vientre y mi culo quedó expuesto
hacia él en pompa. Mojó sus dedos con nuestros jugos y me los fue introduciendo
por ese pequeño orificio poco a poco… uno a uno… No tardó en dilatarse, porque
Mario era un experto en ponerme tan loca que hubiera hecho cualquier cosa en ese
momento, me sentía entregada, relajada y tremendamente excitada. Al sentir su
glande intentando abrirse paso por mi conducto trasero, un escalofrío recorrió
todo mi cuerpo. Y cuando este logró entrar lentamente la sensación se convirtió
en un calor intenso que subía por mi espalda y que me hacía estremecer. Cada
centímetro que avanzaba su tronco en mi estrecho agujero me producía más y más
placer y cuando estuve completamente empalada por mi guapo brasileño, grité de
locura, de dolor, de gusto, de rabia contenida… de todas esas sensaciones que
estaban dentro de mi y que ahora expulsaba por mi boca…
Mario se agarraba a mis caderas y bombeaba con tanta
habilidad, con tanta armonía, que creía haber entrado en otra dimensión del
placer, que se incrementó aún más cuando sus dedos jugaron entre mis piernas
hasta llegar a mi clítoris. En cuanto lo hizo me corrí como nunca, llena de
espasmos y movimientos involuntarios… Al poco rato y sin dejar de taladrarme una
y otra vez en mi agujero posterior, sus manos acariciaban mi espalda mientras
musitaba con dulces palabras el gusto que sentía… Se corrió dentro de mí de
nuevo y cuando sacó su chorreante miembro, su semen se desbordaba y deslizaba
entre mis muslos como si fuera una catarata.
Creo que nos quedamos dormidos durante un buen rato, no sé
cuanto, pero el suficiente para volver al ataque una vez más, hasta volver a
quedar rendidos de nuevo y nuestros cuerpos exhaustos. Durante los tres días que
estuvimos juntos en su apartamento no dejamos de amarnos, con la misma fuerza y
tanta pasión como la primera vez. A pesar de nuestros cuerpos doloridos, la
sensación de placer y de vivir momentos tan intensos fue tan grande que no
importaba todo lo demás.
La despedida fue lo más difícil, dejar Brasil y a mi amante
perfecto, ese fantástico hombre que dejó un recuerdo imborrable en mi... Tan
costosa fue la separación que mi dependencia de él tuvo que ser tratada por un
profesional, que intentó ponerme los pies en la tierra. Sin embargo esa
sensación de necesitar de nuevo el cuerpo de Mario, no ha desaparecido todavía…
Lydia
lawebdelydia@gmail.com