Madrid, hoy.
- Voy a
entregarte mi secreto mejor guardado, a sabiendas de que con ello me pongo en
tus manos. Ignoro si cuando termine el relato de mi vida, veré en tus ojos temor
o quizá asco. Pero si sigue siendo amor lo que reflejan, como en este instante,
seré redimido por él, y toda la ruindad de mi vida, todas mis maldades y el
dolor que he causado serán perdonados.
Va a hablar,
pero se lo impido poniendo mi dedo índice sobre sus labios.
- Chsssst, mi
amor, no digas nada. Bésame ahora, puede que no desees hacerlo otra vez cuando
termine, y escucha mi historia. Pero antes de comenzar, quiero que sepas que te
amo como nunca he amado en mi ya demasiado larga vida, y que es amor lo que me
impulsa a rasgar el último velo, y entregarte mi alma desnuda:
Ulster, 1154.
Nací Dermoth
Mac Lachlainn, de noble cuna, pues era mi clan el del poderoso rey del Ulster,
Murtough Mac Lachlainn. Siguiendo la tradición, fui educado desde pequeño en las
artes de la guerra. Eran otros tiempos, en los que un hombre debía huir de
mostrar debilidad, considerada propia de mujeres, porque solo eso permitía
sobrevivir en aquellos rudos y agitados tiempos. Nadie me enseñó que existe la
compasión, no fui instruido en el perdón ni la benevolencia. Y crecí pensando
que todo me estaba permitido, que mis deseos eran órdenes a cumplir (¡ay de
aquel que osara oponérseme!, que para algo era pariente de un rey).
Conocí
carnalmente a muchas mujeres, la mayor parte de grado, porque era difícil para
casi todas resistirse a mi apostura, y sabía como hechizarlas con halagos,
requiebros y regalos. Otras tomé a la fuerza, ignorando sus ruegos y su llanto
impotente, cuando no se rendían a mí por las buenas.
Un día que
nunca debió haber amanecido, puse mis ojos y mis deseos en
Caireann, esposa del noble
Shemus O’Rourke, hombre de avanzada edad, 30 años mayor que ella. Supuse que se
trataría de una presa fácil, porque imaginaba que el anciano Shemus no estaría
en disposición de atenderla en el lecho, como así era en realidad.
No esperaba su
resistencia. Mis cartas no obtuvieron respuesta, mis regalos no fueron aceptados
y, en las raras ocasiones en que pude dirigirle la palabra –siempre acompañada-
no dio pie a nada que no fuera un cortés saludo. Y ello excitó aún más mi
inconfesable apetito, y me espoleó a conseguirla a como diera lugar.
Transcurrieron
así varias semanas, en las que no avancé un paso en la dirección en la que mis
deseos me impulsaban. Forzarla estaba fuera de cuestión, porque parecía estar
siempre acompañada.
El oro que
derramé a manos llenas, conseguía hacerme llegar noticias anticipadas de sus
escasas salidas, la mayor parte de ellas para acudir al templo, y siempre me
encontraba allí como por casualidad, pero sin poder cruzar con ella más palabras
que un saludo y una pregunta acerca de la salud de su venerable esposo.
Otro día
aciago, el collar que le envié por medio de una sirvienta sobornada, me fue
devuelto, sí, pero acompañado de una misiva:
“Tened
compasión de mí, os lo suplico. Soy una mujer casada”.
Eso me infundió
nuevas esperanzas, y me dio alas para continuar. Porque podía haber escrito “no
me persigáis, os aborrezco y no conseguiréis nada de mí”. O también “dejadme en
paz enhoramala o mi esposo tendrá noticias de vuestro acoso”. Pero no había
dicho nada de eso. Y entendí que, si apelaba a mi indulgencia, no podía ser más
que porque yo no le era indiferente, y se resistía a aceptarlo.
Otro puñado de
monedas me consiguió unos instantes a solas con ella, a la salida de la iglesia.
Decidí llegado el momento de jugarme su amor a una sola carta.
- Decidme que
me odiáis, o que no os inspiro ningún sentimiento, y no volveréis a verme. Pero
si al menos albergáis en vuestro pecho una brizna de aprecio por mí, dadme
siquiera una leve esperanza, porque estoy rendido a vuestros pies, y me basta
para seguir viviendo una única mirada vuestra. Solo eso os pido.
Bajó los ojos y
el rubor asomó a sus mejillas, mientras sus ojos se humedecían.
- ¿Por qué me
torturáis así?. No son mujeres lo que os faltan.
- En verdad,
podría conseguir a cualquier mujer que me pluguiera. Pero solo suspiro por vos,
y solo vos ocupáis mis pensamientos día y noche. Y cambiaría el más exquisito
placer que alguna pudiera ofrecerme, por una sonrisa de mi Caireann.
- Por favor,
piedad –murmuró mientras intentaba alejarse, sacudida por los sollozos.
La tomé de un
brazo, obligándola a mostrarme de nuevo su rostro.
- Decidme que
no me amáis, y nunca volveréis a verme.
Su única
respuesta fue el llanto, que estuvo a punto de conmoverme. Y, ahora sí, la dejé
partir.
Dos meses
después, mi constancia había sido recompensada: ahora había respuesta a mis
escritos, y ésta fue variando poco a poco su tono, hasta llegar a contener
frases como la siguiente:
“Sois la luz de
mis ojos, y lo único que me impide abandonarme en brazos de la locura. Mi
existencia sería inútil y vacía sin vos”.
Conseguir mi
meta fue ya cuestión de días. Mis notas, cada vez más ardientes y explícitas,
lograron por fin que ella aceptara encontrarse conmigo.
Y el día que
selló mi condena, aproveché la oscuridad de la luna nueva; otro puñado de
monedas de oro consiguió que determinada puerta no quedara cerrada aquella
noche, que los dos guardias del perímetro estuvieran ocupados en el lado
contrario cuando accedí a ella, y que su doncella se tornara invisible.
Temblaba como
un corzo cuando la estreché entre mis brazos. Sus rodillas se doblaron, y tuve
que sostener su liviano peso, hasta depositarla en el inmenso lecho solitario.
Empleé mis mejores artes amatorias, besos y halagos, hasta ir reduciendo poco a
poco los últimos vestigios de su resistencia.
Y por fin, pude
contemplar su piel nacarada, con el penacho llameante de su vello púbico, como
un volcán entre sus muslos apretados. Sus cabellos rojos extendidos sobre la
impoluta almohada, eran el marco perfecto para resaltar la delicada belleza de
su rostro, en el que destacaba la profundidad de sus ojos color esmeralda. Sus
senos se elevaban y descendían a impulsos de su aliento entrecortado, y la
expresión entre anhelante y temerosa de sus facciones me hizo desearla como
nunca antes había deseado a otra mujer.
(Te juro, amor
mío, que si alguna vez he estado a un paso de amar a alguien antes de conocerte,
fue en aquel instante. Pero se impusieron mis instintos, y solo quedó la
exaltación del cazador que cobra una presa especialmente difícil y huidiza).
Me tendí a su
lado, conteniendo a duras penas mis impulsos de poseerla de inmediato. No, aquel
era manjar para saborear despacio, sin prisas. Necesitaba además llevarla poco a
poco al punto en que la excitación se sobrepondría a los restos de su natural
pudor, porque a pesar de todo, siempre he encontrado mayor placer en la entrega
voluntaria que en la violación.
De modo que
cubrí de besos la totalidad de su cuerpo, que poco a poco iba respondiendo a mis
caricias. Tenía los ojos cerrados, y sus suspiros iban tornándose en ligeros
jadeos. En un instante dado los abrió, para encontrarse con mi pene erecto a muy
corta distancia de su rostro, que se arreboló instantáneamente. Los cerró de
nuevo… pero solo un momento. Luego me miró directamente. ¡Dioses, a fe mía que
en esta ocasión había hecho un buen trabajo!. Aquella mujer estaba
verdaderamente enamorada de mí, no había más que ver su expresión.
Inició un
conato de huída cuando mis labios se posaron en el sedoso cabello que tapizaba
su pubis, pero se quedó finalmente quieta, entregada. No opuso resistencia
alguna cuando mis manos separaron sus muslos, otorgándome la dicha de
contemplar, al fin, el misterio de su feminidad que probablemente ningunos ojos
habían tenido el privilegio de contemplar.
Estaba tan
ensimismado, que no me percaté de la presencia del anciano Shemus hasta que su
estocada falló por poco, hiriéndome el brazo levemente, solo porque los
vacilantes pies del hombre se enredaron en la alfombra de piel.
Un grito
desgarrador surgió de lo más hondo de Caireann. Me puse en pie, y eché mano de
mi espada.
- ¡No lo
intentéis una segunda vez, viejo, o este será el último día de vuestra vida!.
Cruzamos los
aceros. Pude darme cuenta en seguida de que no era rival para mí. Pero el hombre
insistía, cegado por la ira y deseando vengar su honor mancillado, y yo no me
decidía a atravesar su pecho flaco, cubierto únicamente con la camisa de dormir.
Nuestra pelea tenía como fondo los lastimeros gritos y sollozos de la mujer,
incorporada en el lecho donde había estado a punto de consumar su infidelidad.
Por fin, mi
juventud se impuso, y Shemus se vio obligado a detenerse, jadeante. Casi sentí
lástima del pobre arnudo, que resollaba pesadamente al otro lado de la estancia,
mientras me miraba con los ojos inyectados en sangre.
Instantes
después, sacando fuerzas de donde no las tenía, arremetió de nuevo contra mí. El
cuerpo desnudo de Caireann se interpuso entre nosotros, pero no para evitar su
muerte a mis manos… ¡sino intentando servirme como escudo del ataque de su
cónyuge!.
No tuve opción.
De no haber envainado mi espada entre sus flacas costillas, la suya habría
ensartado a la bella Caireann. Se detuvo con un gesto de sorpresa, y el arma se
abatió, resbalando de su mano. Sus ojos se tornaron vidriosos, e intentó detener
su caída aferrándose a su mujer. Ambos rodaron por el suelo, quedando finalmente
ella debajo. Mi pensamiento en aquellos instantes no fue nada caritativo: la
idea que vino a mi mente fue que, al fin, el pobre desgraciado había conseguido
cubrirla, aunque ya no podía hallar placer alguno en ello.
Yo ya conocía
la sensación. La exaltación de una pelea incrementaba siempre mi libido hasta el
extremo, y no era raro en mí experimentar una erección en el transcurso de un
combate. Loco de deseo, hice rodar el frágil despojo humano, y tomé en brazos la
delicada figura cubierta de la sangre de su esposo, llevándola de nuevo al
lecho, sin parar mientes en su expresión horrorizada, ni detenerme ante los
temblores que sacudían su cuerpo.
Separé sus
piernas, tendiéndome después sobre ella, y la penetré rápida y brutalmente. Sus
sollozos conseguían únicamente espolear aún más mi deseo. Embestí una y otra
vez, completamente fuera de mí, buscando la rápida culminación liberadora, pero
ésta no se producía, a pesar de la sensación de aquella hermosa piel desnuda en
contacto con la mía, de la conciencia de sus grandes senos oprimidos por mi
pecho, y de la grata sensación de su estrecha vagina oprimiendo mi masculinidad.
Si hubiera
habido en mí en aquellos instantes espacio para otra cosa que no fuera el deseo
más exacerbado, seguramente habría podido advertir que mi pene resbalaba sin
esfuerzo en el lubricado conducto que había tomado por asalto.
Y yo continuaba
empujando y empujando, cada vez más excitado. Aquel coito era la suma de la
satisfacción de mis más bajos instintos: arrebatar una vida con mis manos, y
acto seguido lo que constituía casi una violación, pero en la que la víctima no
sólo no se resistía, sino que comenzaba a responder como mujer. Sus
desgarradores sollozos fueron apagándose, y convirtiéndose poco a poco en
rítmicos gemidos que consiguieron enervarme aún más.
En algún
momento noté que sus manos se aferraban a mis glúteos, rasguñándolos, y su
cuerpo se arqueaba ante mis acometidas. Mordió mis labios, que solo soltó para
aspirar el aire que demandaba el desbocado ritmo de su corazón, que yo percibía
latir agitadamente bajo la dureza de sus hermosos pechos.
Cerré entonces
mis brazos bajo su espalda, descargando todo mi peso sobre ella para hacer aún
más íntimo el abrazo, mientras continuaba con mis embates cada vez más urgentes.
Mi pubis golpeaba el suyo en cada uno de ellos sin misericordia, pero los
quejidos de Caireann no expresaban sufrimiento: eran en este punto ya de
indudable goce.
Locura. Esa es
la palabra apropiada para describir el estado en que me encontraba. No veía ni
oía, concentrado solo en las sensaciones que me embargaban. Los quejidos de la
mujer fueron subiendo de volumen hasta convertirse en una especie de lamento
sostenido. Sus piernas se cruzaron en torno a mi cintura, y percibí las primeras
contracciones de su culminación; su cuerpo se tensó, el sonido gutural que
escapaba de su garganta se tornó chillido de placer, y alcanzó la cumbre de su
orgasmo. Solo entonces me fue concedido el verter en ella mi ardor, apagando el
fuego diabólico que me consumía. Quedé sin fuerzas, derrumbado más que tendido
sobre el hermoso cuerpo que al fin había poseído.
Tiempo después,
ella abrió los ojos, y sonrió con dulzura. Sus dedos acariciaron mis cabellos, y
conocí su primer beso.
- Os amo
–murmuró-. Soy vuestra, llevadme con vos, que solo deseo serviros y amaros el
resto de mi existencia.
La miré, y
sentí crecer en mi pecho un sentimiento de profundo asco. ¿Cómo podía hablar de
amor esta mujer, que terminaba de satisfacer sus más bajos instintos a un paso
del cuerpo muerto de aquel a quién había jurado fidelidad eterna?.
- ¿Amor decís?.
¿Venir conmigo?. ¡Jajajajaja!. Ilusa. No soy hombre para atarme a mujer alguna,
y menos aún a vos. Solo me inspiráis repugnancia en este instante.
Su rostro se
crispó, pasando de la sonrisa a la más absoluta incredulidad, incapaz aún de
aceptar la sentencia que habían pronunciado mis labios. Ceñí el tartán en torno
a mis caderas, deslicé mi acero tinto en sangre en su tahalí, y me dirigí a la
puerta del dormitorio, dejando a la bella Caireann como un muñeco roto sobre las
sábanas revueltas, incapaz incluso del llanto.
Una anciana de
rostro arrugado estaba detenida ante dintel, estorbándome el paso. No decía
nada, solo clavaba en los míos sus ojos como carbunclos, con expresión serena en
la que no había temor alguno.
- Apartad de mi
camino, vieja, u os atravesaré de parte a parte –ordené.
No se movió,
por lo que, iracundo, eché mano de nuevo a mi espada. Algo me impidió
desenvainarla. Sentí los miembros repentinamente pesados, y el simple hecho de
respirar me costaba un esfuerzo ímprobo. Como entre sueños, escuché su voz
cascada:
- Habéis hecho
mucho mal, Dermoth Mc Lachlainn, y debéis pagar por ello. Pero vuestro peor
pecado consiste en burlaros del sentimiento más elevado que un ser humano puede
albergar en su pecho. Por ello, vagaréis eternamente sin hallar el descanso de
la muerte, hasta que vuestros ojos conozcan el llanto por el amor perdido.
Mi parálisis
desapareció repentinamente. Me reí en sus barbas, e intenté apartarla de un
puntapié, pero mi calzado encontró el vacío donde antes había estado el
decrépito despojo que había osado maldecirme.
No tardé en
olvidar a Caireann y a la vieja.
Tiempo después,
me encontraba entre los defensores del castillo de Ferns, en el condado de
Wexford, sitiado por Rory O’Connor rey de Connacht. La pelea acabó muy pronto
para mí: una certera flecha encontró mi bravo corazón en su trayectoria, y me
despedí de este mundo.
Recobré la
consciencia horas más tarde, tendido entre los restos humeantes del castillo,
cubierto de sangre y rodeado de cadáveres, cuyos cuerpos comenzaban a ser festín
de los buitres. Tiré del asta emplumada que sobresalía de mi pecho, y ello me
causó un dolor insoportable, que amainó muy pronto. Ante mis atónitos ojos, la
herida comenzó a cerrarse, y el sufrimiento desapareció.
A. V. Agosto de 2005.