S A L V A J E
Hacía unos días que había recibido aquella llamada de mi
querida Claudia. Después de una cierta ausencia por vacaciones en la facu el
teléfono volvió a sonar y la escuché otra vez, pero como si no hubieran pasado
más que días, amigas y putas como siempre. Llamó para decirme que había alguien
interesado en acostarse conmigo. La propuesta me agarró tan desprevenida que
casi pensé que era una broma, pero ella hablaba en serio.
Empecé a indagar un poco y resultó que era un chico de la
universidad, que ya sabía como era ella en sus costumbres y que una vez nos
había visto hablando en un pasillo y desde ese momento no había tenido la
oportunidad de acercárseme. Hasta sabía lo de Luciana y yo, de aquellas noches
que pasamos juntas y de varias ocasiones en las que fui la mujer de varios
hombres... todos mis gustos. No supe que decirle y le pedí de vernos en un café
de por acá cerca de mi casa para hablar mejor. Según ella no había demasiado más
de qué hablar, era otra oportunidad más de pasar un muy buen rato (supongo que
remarcar esas palabras significa que ella ya lo había probado), pero aún así
aceptó porque hacía mucho que no nos veíamos.
Una hora y cuarto después estábamos en una mesa de una
confitería conocida frente a Plaza Flores, muertas de curiosidad las dos de
saber por qué el tipo quería llevarme a la cama sólo a mí. Por lo que Clau me
dijo parece que vivía caliente conmigo y recurrió a ella por no estar seguro de
cuál sería mi reacción ante la propuesta, y conociendo él la forma de ser de mi
amiga no tuvo inconvenientes en decírselo bien frontalmente. Ella le prometió mi
respuesta para este fin de semana y acá estábamos ahora, pensando en eso café de
por medio. No podía creer que otra de mis amigas me estuviera entregando tan
fácilmente a un hombre con el que había hablado una o dos veces o cursado una
materia juntos como mucho.
Pero bueno, no sé si fue por no defraudarla a ella por las
crecientes ganas de coger que empezaba a sentir, pero terminé aceptando. Se
sonrió amplia pero no menos maliciosamente como ella suele hacer, mientras
repetía por lo bajo lo putas que somos y que tal vez hasta me haría unos pesos.
Y como no podía ser menos, nos quedamos un buen rato chusmeando en susurros
sobre sus atributos de hombre, que como bien supuse, ella ya había probado en
todo sentido.
Así pues, antes de irnos le dije que fuera a hablar de nuevo
con este tal Mariano, que así se llamaba, para contarle que acepté y que me
llamara al celular para ver cómo lo hacíamos.
Pasó la semana y el jueves al mediodía recibí su llamado.
Hablamos medio cortadamente (la verdad era que casi no nos conocíamos) pero
luego de unos minutos entramos un poco más en confianza y quedamos en vernos en
mi departamento el viernes después del trabajo, tipo medianoche. Llegó la noche
deseada al fin, y al volver de la oficina muerta de calor, me saqué el saco y
los zapatos y descalza fui a abrir la puerta del balcón al aire tibio de la
noche. Diez y cuarenta. Sentir la brisa en la cara fue un alivio, pero todavía
necesitaba descargar tensión. Llevé mis cosas a mi habitación y terminé de
desvestirme, quedándome sólo con la bombacha.
Ni me molesté en encender las luces; el tenue resplandor
azulado que entraba por el balcón desde la calle me alcanzaba para ver lo que
hacía. Me paré a pensar en lo que pasaría en unas horas y sonreí. Del armario
saqué una botella de whisky que Néstor usaba siempre que venía a ‘cobrarse’ el
alquiler conmigo como al él le gusta (y confieso que a mí más que a él) y ya en
la cocina me serví un vaso generoso con lo poco de hielo que me quedaba.
El sólo recuerdo de quien inevitablemente me poseía una vez
al mes en concepto de pago por el alquiler me hizo estremecer de gusto, lo que
pude sentir y ver en mis pezones, que junto con mis enormes pechos desnudos y el
resto de mi torso descubierto se reflejaban en el cristal. Fui al balcón y tras
recostarme en una reposera cerré los ojos para disfrutar del momento y sonreí en
silencio. Todavía sentía mis pezones endurecerse y no pude evitar tomarlos y
amasarlos con los dedos, llegando casi a retorcerlos. Otro sorbo de whisky me
hizo sentir más acalorada que antes. Una idea confusa tomaba idea débilmente en
mi cabeza mareada, pero en el fondo sabía lo que era y me sonreía de picardía
por eso. Empecé a pasarme el vaso frío por el cuerpo: el cuello, los pechos, la
cintura... y finalmente la entrepierna.
No me había dado cuenta de lo mojada que estaba hasta que al
acariciarme allí noté la bombacha muy húmeda y pegajosa. Con un brazo rodeé mis
rechonchas tetas por debajo, juntándolas y abultándolas cerca de mi cuello
mientras sentía el frío del vaso sobre la pelvis, excitándome todavía más. No me
aguanté, y al meter un poco los dedos por debajo empecé a tocarme suavemente la
vulvita y a colarlos en mi cueva. El último sorbo de whisky... Lo terminé, y
luego agarré un cubito y fui hundiéndolo lentamente en mi vagina hasta que
desapareció, sintiendo como empezaba a entibiarse y hacerse agua dentro de ella
para caer como un hilito y besar mi ano. Mi deseo iba en aumento y al ver en mi
despertador todo el tiempo que había pasado a solas pero tan a gusto, me
sobresalté. Quedaban apenas unos veinte minutos antes de la hora pactada, por lo
que me apuré a cambiarme.
Después de una ducha rapidísima seleccioné cuidadosamente la
ropa, aquellas prendas que te hacen sentir como una reina y que transforman al
cuerpo femenino en un mortal e irresistible deseo para el hombre.
Un body de lycra con portaligas blanco sin breteles que a
duras penas lograba ocultar o sostener mis senos, una tanga blanca muy finita y
transparente que se perdía entre mis nalgas al bajar, unas hermosas ligas
blancas de lycra con encaje... y para terminar, sandalias de taco aguja, blancas
también.
Sólo con las luces necesarias prendidas, dejé arreglado mi
dormitorio para el encuentro, y para hacerlo todavía más interesante dejé mi
consolador en la mesita de luz, aquél que me supe ganar en el sex shop de la
galería.
Ya era la hora del encuentro, así que me puse mi batita y me
senté a esperarlo. Estaba muerta de nervios, era la primera vez que estaba
atendiendo en mi casa como una puta y eso me hacía hervir la sangre de la
emoción. Sentada en mi comedor con las piernas cruzadas pero hábilmente
cubiertas por la bata, esperé hasta que escuché un débil timbrazo. Le pedí que
pasara y al entrar cerró la puerta tras de sí, en silencio. Se acercó a mí y yo
me levanté para ir a su encuentro, dejando entreabrirse mi bata para que su
vista se perdiera en lo que había debajo. Sin perder tiempo, fue dejando sus
cosas en la mesa y se desvistió, pero me impidió hacerlo cuando yo me quise
sacar la bata.
Me quedé así hasta que él terminara, y al fin fue sacándome
prenda por prenda. Con la bata en el suelo, se agachó para desprenderme
cuidadosamente los ganchitos del portaligas y así poder sacarme la tanga sin
quitarme las medias ni las sandalias, y al terminar se paró, apuntando ambas
manos directamente a mis tetas medio descubiertas, para agarrarme del body y
bajármelo hasta sacarlas del todo. Cayeron mansamente por su propio peso,
mostrándose con los pezones rosados y erectos, cuan grandes y rechonchas son.
Las tomó como pudo en sus manos y tras disfrutar en silencio de un generoso
apretón que disfrutamos los dos, las juntó y hundió la cara entre ellas.
Muerta de excitación le apreté la cara aún más contra mis
pechos mientras empezaba a estimularlo despacito por debajo del pantalón, donde
ya se podía percibir una buena erección de algo grande.
Con una de sus manos aprisionando fuertemente uno de mis
pechos, su boca mordía y succionaba vorazmente mis pezones, primero uno, luego
el otro, haciendo que su miembro se ponga cada vez más duro. Me dio vuelta de
repente y al darle yo la espalda me agarró las dos tetas por los pezones,
erectos de tanta succión, y retorciéndolos con los dedos me levantó las tetas
hasta donde pudo, al tiempo que me mordía el cuello con un beso. Las dejó caer
libremente como dos enormes bolas de carne y al rebotar, no contento con eso,
las agarró fuertemente otra vez para juntarlas y amasarlas con sus terribles
manos. Me dolían los pechos, pero no dije nada porque sin ponerme colorada
admito que era la primera vez que disfrutaba de algo así; en muchas ocasiones
diferentes hombres me tocaron y manosearon antes de ir a la cama, pero nunca
nada que se le parezca a esto.
Mientras él estaba ocupado estrujándome las tetas a su entera
satisfacción, yo a penas pude aguantarme tan excitante manoseo y sin poder
evitarlo empecé meterme los dedos en mi cueva húmeda y medio abierta. Sacaba mis
dedos más grandes llenos de flujo que no podía parar de chupar y los volvía a
meter en mi agujero, para hacerlo de nuevo. Repentinamente me di vuelta me
agaché delante de su cintura, viendo cómo el slip se le había abultado de una
manera increíble, amenazando con salirse de ahí en cualquier momento.
Me adelanté a eso bajando el slip lo necesario como para
poder meter mis dedos y agarrar una pija que, al verla, supe que era la
tentación de cualquier hembra, y mi que hablar de una puta como yo...
Lo saqué con huevos y todo y la vista de todo en su conjunto
me hizo babear como loca. Era bien grande; con un largo superior al normal,
ideal para aquellas penetraciones que tanto me gustan y lo suficientemente
gruesa como para pensar en un poco de lubricación.
Su cabeza, colorada y grande era la terminación de un gran
tronco venoso y rígido del que pendían sendos testículos, gordos y duros,
preparados para darme su carga.
Aún sin poder rodearlo del todo con mi mano, esa tremenda
verga se erectaba desafiante hasta su máximo a escasos centímetros de mi boca
pintada. No pude con mi genio y cerrando los ojos fui abriendo la boca y
acercándomela a ella hasta que mis labios se posaron en esa gorda cabezota y al
entrar en mi boca fueron acariciando lentamente todo ese manjar, centímetro a
centímetro hasta haberla engullido por completo.
La disfruté en silencio por unos segundos, alojada en mi
garganta, mientras sostenía sus huevos en mi mano, para luego empezar a chupar
con todo mi arte y despacito esa fenomenal verga.
Desde la cabeza hasta la mitad, o quizás un poco más, o toda,
chupaba sin parar pero sin prisa mirándolo a los ojos con mi carita más
inocente, mientras Mariano me agarraba un pecho y con la otra mano me tomaba de
la cabeza, siguiendo mis movimientos. Se ponía como loco y yo me babeaba cada
vez más de chupársela de esa manera, hasta que empecé a acelerar el ritmo,
movida por el gusto de chupar algo así. Mostrando la misma excitación que con
mis pechos unos minutos antes, me agarró de la cabeza y empezó él a movérmela
para que se la chupe, haciéndome tragarla por la fuerza. Le gustaba verme
comérsela de esa manera casi mecánica y escuchar el ruido de mi garganta al
engullirla en cada entrada, hasta que en un momento me agarró de la nariz y me
la hizo tragar tan profundo que mi cara se pegó a su vientre por unos segundos,
tras lo cual me soltó. Enseguida regurgité un poco de saliva que tenía acumulada
y que cayó en mis tetas y tras toser tomé aire de nuevo y sin saber por qué me
reí.
O más bien sí sabía por qué. Me estaba tratando como a una
puta y me gustaba. Me gustó tanto que lo miré sin decir nada pero pidiéndole por
más y me entendió. Y nuevamente me agarró de la cabeza para mamársela como él
quería hasta que me agarró de nuevo de la nariz y al comerla toda entera me dejó
unos segundos más así. Al soltarme me cayó aún más saliva y no pude contener la
risa del placer que me daba eso a mi también. Fue entonces cuando se acercó a mi
y yo levanté y junté mis dos enormes y gordas tetas llenas de saliva
ofreciéndoselas.
Las separé un poco para que pudiera poner su tremenda pija
entre ellas y al apoyarla ahí las junté de nuevo, ocultándola entre medio,
dejando sólo la colorada cabeza sobresaliendo. Enseguida sintió el calor y la
abundancia de mis senos y creí sentir como su verga crecía un poco más o se
estremecía del placer al tiempo que Mariano se la fregaba hacia arriba y hacia
abajo sin parar ni dejar de gemir.
Estuvimos así unos minutos hasta que me levantó del suelo y
rápidamente me llevó a la cama.
Cuando se terminaba de bajar el slip pude ver como le
brillaban los ojos al notar mi consolador en la mesita de luz, y tras ver que lo
esperaba en la cama abierta de piernas, tocándome groseramente la vulva y
metiéndome los dedos, no se aguantó. Supe lo que él quería. Se subió a la cama y
se me tiró encima, pero se dio vuelta para quedar de cara a mi vagina abierta y
darme toda su verga, que no perdí tiempo en meterme en la boca de nuevo.
Mariano, también sin perder tiempo, pasó los brazos por debajo de mis piernas y
tras aferrarse a ellas hundió la cara en mi entrepierna ya toda empapada y
entregada. Fue lamiéndome la vulva despacito, haciendo jugar su lengua entre mis
labios y acariciándome el clítoris de una manera que encontré sencillamente
enloquecedora, hasta que al fin encontró mi agujero y su lengua entró hasta
donde pudo. La sensación que me provocaron esas lamidas tanto por dentro como
por fuera no la olvidaré jamás, como así tampoco olvidaré la manera en que al
subir, empezó a comerse mi clítoris con mi vulva dentro de su boca.
Me estaba haciendo gozar como la cerda que soy mientras su
pija no paraba de entrar y salir de mi boca, aprovechando a veces para chupar
esos testículos que parecían agrandarse más cada vez. A tientas agarré el
consolador y se lo di. No paraba de chupar, y de pronto sentí la cabeza ir
fregándose en mis labios hasta abrirse paso entre ellos y encontrar mi agujero.
Tenía el pulso acelerado de los nervios, y sin dejar de sentir su lengua vagar
por mi entrepierna, me metió bruscamente el consolador casi hasta dejarlo oculto
dentro de mi vagina, salvo por una pequeña parte para poder agarrarlo. Largué un
grito, ahogado por la enorme verga que me llenaba la boca y lo escuché reírse
por lo bajo haciendo un comentario que no escuché bien ni comprendí. Enseguida
empezó a meterlo y sacarlo de mi sistemáticamente mientras seguía chupándome.
Permanecimos así hasta que decidió sacarme
el consolador de la concha para empezar a acariciarme el
culo, al tiempo que yo chupaba sus gordos huevos. Empezaba a meter apenas la
puntita, subía, bajaba, trataba de entrar de nuevo... Al fin, dejó mi consolador
a un lado y al levantarse me corrió para ocupar mi lugar en la cama, boca arriba
y con el pito tremendamente erecto. Me subí sobre él, agarrando en mi mano su
pijota y apoyando la cabeza hinchada en mi ano medio abierto empecé a bajar,
lentamente, sintiéndola dilatarme el esfínter al entrar, hasta que al llegar más
o menos a la mitad me tomó de la cintura y me hizo bajar bruscamente hasta
quedar por completo sentada, toda su verga dentro de mi culo y las grandes bolas
apretadas por mi entrepierna.
Suspiré del placer por aquella penetración y enseguida empecé
a subir y bajar, con ritmo y velocidad, metiéndomela más y más con cada bajada
mientras Mariano me apretaba las tetas con ambas manos siguiendo sus marcados
saltos. Era un pito sensacional el de él, durísimo y grueso parecía llegar hasta
el fondo de mi culo en cada entrada, haciéndonos gozar como locos a ambos. En un
momento decidí metérmela entera y menear las caderas mientras me inclinaba hacia
delante, dejando caer mis tetas bien cerca de su boca hambrienta para disfrutar
de nuevo de ese apetito voraz comiéndome y chupándome los pezones otra vez, y
así fue. Succionaba con fuerza y de vez en cuando me mordía para volverme loca
de gusto, a la vez que desde esa posición yo reanudaba mis movimientos, ahora
más marcadamente.
Su pito nos hacía delirar de placer con cada movimiento y al
escucharme gemir me tomaba de la cintura para cogerme con más fuerza, dándome
sonoras palmadas en las nalgas hasta dejarlas coloradas. Con sus fuertes manos
amasándome las caderas estuvimos así hasta que sin aviso me quitó de encima
suyo. Pensé que iba a acabar ahí mismo, pero en cambio me tumbó boca abajo en
la. Así lo hice y al momento lo sentí subirse arriba de mis caderas, acomodarse
y al separarme las nalgas me la clavó bien adentro y sin detenerse, arrancándome
toda clase de gritos, mezcla de placer y de un poco de dolor. No contento con
haberme penetrado de semejante forma, empezó a avanzar hasta sentir sus bolas
completamente pegadas a mi ano, y volviendo a juntar mis nalgas con las manos
empezó a bombear cuan fuerte y profundo pudo.
Yo más que penetrada me sentía atravesada; y él, casi sentado
sobre mis caderas, me daba sin parar haciendo caso omiso de mis gritos, sean de
lo que fueren.
No pasó mucho hasta que, gritando y gimiendo ambos, se
inclinó sobre mi espalda y acelerando el bombeo notablemente me agarró de las
tetas para estrujarlas a medida que su placer iba en aumento.
Ahora si empezaba a molestarme un poco su rudeza, y sus
continuos enviones se hacían tan profundos como dolorosos, pero para cuando me
quise acordar, me acabó. Sus gritos de placer se combinaron con un presión
terrible en mis tetas y una estocada final en culo que culminó en un abundante
chorro de leche espesa y caliente, seguido por otro no tan espeso pero
igualmente copioso, ambos en lo más profundo de mi colita. Creo que a pesar del
dolor y de no haber acabado aún, disfruté esa eyaculación tanto como él. Se
quitó de mis espadas y quedamos recostados uno al lado del otro, pero por eso
inactivos. Enseguida fui a comerle la pija, toda manchada de restos de semen
mientras él seguía cogiéndome la concha con mi consolador. Mi feminidad estaba
ya inundada de jugos y totalmente regalada a esa otra pija al tiempo que Mariano
me metía dos de sus dedos más largos en el culo y los sacaba con semen para
dármelo a chupar, además de su pijota, que ya iba creciendo de nuevo.
El verme regalada a su voluntad y mostrándole mis deseos más
bajos lo calentó de tal forma que enseguida me hizo subirme sobre su pija otra
vez, pero ahora su apuro me hizo hacerlo de espaldas a él. De nuevo mi culo fue
atravesado por esa dura columna de carne que lo recorría a fondo en cada
movimiento que yo hacía, y esta vez no pude resistirme y me recosté sobre el
pecho de Mariano, dejando caer mis tetas a los lados como dos enormes bolas de
carne. Enseguida me abrí de piernas y tomando una de sus manos se la llevé a mi
vagina abierta, obligándolo a meterla ahí, en ese agujero baboso, para
masturbarme a escasos centímetros de donde su verga entraba y salía de mí sin
descanso.
Un pito duro y enorme dentro de mi culo, una mano violando mi
concha impunemente a gusto y gana y otra mano pellizcando y retorciéndome los
pezones, apretándome los pechos con todas las ganas... Así me encontraba en ese
momento, disfrutando como loca antes de cambiar de posición.
Ardiendo de lujuria me salí de encima de Mariano y
desplazándolo con un brazo me puse en cuatro patas, bien abierta de piernas,
ofreciéndole ambos agujeros para que los penetre sin piedad.
Agarró el consolador y me lo metió del todo en la concha, ya
sin manera de poder agarrarlo, y mientras me manoseaba la vulva su boca se posó
en mi culo, que luego de un par de lamidas dejó entrar suavemente la lengua de
mi amante. Era una sensación exquisita, que por desgracia terminó demasiado
pronto al parar de chuparme el ano.
Se ubicó por encima de mis caderas y yo separé mis nalgas con
las manos, lista para la monta que esperé tan ansiosa. Su pija no se hizo
esperar: más dura que antes, su cabezota forzó mi esfínter una vez más, entrando
en mi colita dolorida a lo bruto sin tregua, para terminar presionándome el
mismísimo fondo del culo, dejando sus enormes y coloradas bolas pegadas a mi ano
vencido. Y con fuerza, clavó sus manos en mis caderas y empezó a bombear
furiosamente, sacándola hasta dejarme sólo la cabeza adentro para luego volver a
meterla bien profundo. Ya estaba habituándome a su rudeza y admito que no podría
disfrutarlo más de otra manera. Me bombeaba despacio pero firmemente,
embistiéndome con violencia y haciéndome gritar de gusto con cada empujón, al
que además le seguía un continuo golpeteo de sus huevos en mi vagina. Ciega de
placer, gritaba y entre gemidos le pedía por más y más fuerte a la vez que
sentía cómo el consolador y esa verga divina se fusionaban en mi interior hasta
parecer una sola.
Obedeciendo mis deseos se inclinó sobre mí y clavando sus
dedos en mis tetas las apretó mientras sus estocadas en mi culo aumentaban hasta
el dolor, decidido a romperme el culo.
Era increíble como me estaban haciendo gozar esa noche, y al
no poder resistir más, con mis dos agujeros llenos al límite exploté en un
orgasmos anal como pocos haya experimentado. Todo mi cuerpo fue invadido por un
placer enorme salido de algún lugar en el interior de mi culo, que se extendió
rápidamente hasta ponerme las tetas y los pezones duros como piedras y hacerme
reventar de placer. Duró un par de minutos en los que no hice más que disfrutar
y gritar como una marrana; me trataron como a una puta callejera y así acabé,
montada y gozando como una puerca por todos mis agujeros.
Mariano estaba excitado sobremanera al sentirme acabar de
semejante forma, y tampoco él pudo contenerse de acabarme en el culo por segunda
vez, gritando y escupiéndome gruesas gotas de leche que no dejaban de salir y
que me iban llenando el culo poco a poco, hasta empezar a caer por mi maltratado
ano en finos hilitos que se mezclaban con los jugos de mi concha cogida.
Loco de lujuria se quitó de encima de mis caderas, y
contemplando el espectáculo de mi culo obscenamente abierto y enrojecido me
pedía desesperado que le mostrara como expulsaba todo ese esperma que él me
había inyectado, y me dio un par más de fuertes y palmadas en las nalgas, que
sonaron como cachetazos. Ya casi no me respondía el esfínter, por lo que apenas
sentí cuando estaba por salir y al final toda esa crema acumulada empezó a
brotar del interior de mi culo a borbotones en dos gruesos chorros blancos y
espesos, que al salir comenzaron una rápida caída por mi concha y luego a la
cama.
Cada vez que mi esfínter se abría como podía para liberar
otro poco de esperma Mariano ardía cada vez más.
A pesar de haber acabado tan abundantemente por segunda vez
todavía mantenía una buena erección, pero yo en cambio tenía el culo destrozado.
Muertos de cansancio nos acostamos para recobrar un poco el
aliento, hasta que pasado un cuarto de hora él empezó a vestirse. Yo lo miraba
hacerlo con la misma tranquilidad con que se había desvestido al principio, y él
no me sacaba la vista de encima. Al final, se acercó a la cama y tras decirme lo
estupenda que estuve y cuanto gozamos juntos nos preguntamos cuándo sería la
próxima vez, y tras darme la dirección me hizo prometerme que lo llamaría y que
iría a su casa para otro encuentro igual. Con una sonrisa le dije aceptaba, y
levantándose nos despedimos con un beso. Apagué todas las luces segundos antes
de que la puerta se cerrara tras él, dejando todo con la misma luz azulada de la
noche que entraba por mi balcón, y ya más tranquila y en silencio me acosté como
estaba, durmiendo rápidamente con una sonrisa cómplice en los labios.