FLORES DEL NUEVO MUNDO
Yo no me moriré sin haber hecho un trío.
Eso decía Julián. La primera vez que hizo semejante
declaración, nadie se molestó en preguntarle por el sexo de las otras dos
personas. Se daba por hecho. Otra cosa sería cómo lo conseguiría, o si lo haría.
No es fácil montarse un trío. Si ya a veces cuesta que dos personas nos pongamos
de acuerdo, imaginad tres. Yo le dije que siempre podía recurrir al talonario,
que para satisfacer fantasías viene muy bien, pero no era eso lo que él buscaba.
No, gran parte de la magia de un trío es saberte deseado por las otras dos
personas. Deseado de verdad, deseado tú, y no tu dinero.
Bueno, ¿qué vamos a regalarle? -dijo Ana, un poco
impaciente-.
Tú tranquila, que lo tengo todo preparado
-respondí, haciéndome el interesante-. Será el regalo perfecto.
A ver, flipao -me provocó-, ¿en qué andas
metido?
Oooh, flipao, ¿sas? -pinchaba Alberto-.
Joder, un poco de confianza -dije, ignorando sus
puyas-. Es mucho más que un regalo. El otro día me pasó algo
alucinante. Coincidí en un pub con dos amigas mías, que hacía tiempo que
no veía. Estaban por aquí de vacaciones. Resulta que estaban buscando a un
tío de confianza para montarse un trío.
¡No jodas! -exclamó Alberto-. ¿Le has conseguido
dos tías?
Como lo oyes -continué-. Las he citado en mi
casa el jueves, sólo tenemos que decirle a Juli que la fiesta es allí, y
luego desaparecer.
Pero a ver -terció Ana-. ¿Así, sin más? ¿Te
encuentras a dos tías que quieren hacer un trío y les ofreces a Julián, y
aceptan? ¿Y se fían de ti, y tú de ellas?
Pues claro -contesté-. Son buenas chicas, ya te
he dicho que son amigas mías. Supongo que estaba en el momento correcto en
el lugar oportuno.
Y, ¿cómo están? -se interesó Alberto-.
Pues buenísimas, la verdad. Y muy simpáticas. Son
argentinas, por cierto. Y además, una rubia y una morena -concluí-.
Buah, no me lo creo -terció Ana-. Demasiado
surrealista.
¿Por qué? Es sólo sexo. A todos nos gusta, sólo que
ellas son más decididas, tal vez. Y gracias a ello me sé de alguien que va
a pasarlo en grande. Llámale, que no tengo saldo.
Evidentemente Julián no sabía nada de todo esto. Confiado,
acudió a su propia fiesta de cumpleaños sin sospechar lo que le esperaba tras la
puerta.
Lo que le esperaba tras la puerta era la culminación de su
fantasía sexual por antonomasia. Se mostró sorprendido inicialmente de no ver a
nadie por allí, aparte de nosotros tres, claro. Pero no había fiesta, o al menos
no de la convencional. Le felicitamos uno por uno, y cuando lo hube hecho yo, en
último lugar, le puse una mano en el hombro y le dije:
Bienvenido al primer día del resto de tu vida. Tienes
tu regalo en la habitación del fondo. Disfrútalo.
Y nos largamos de allí, no sin antes decirle que volveríamos
en un par de horas. "Estarás entretenido, por eso no te preocupes", se
encargó de recordarle Alberto. Y bien cierto que era.
Juli se había puesto guapete. Si ya de por sí es bastante
moreno, en estos días de verano pasados al sol de las rotondas su piel había
alcanzado un tinte verdaderamente oscuro. "De noche no te veríamos", nos
burlábamos a veces. Para potenciar aún más su moreno, había elegido una
vestimenta clara, con piratas blancos y una camiseta amarilla con propaganda de
algún tipo de pesticida. Nunca supimos por qué le gustaba tanto.
Al margen de ello, el gimnasio y sus trabajos temporales
habían curtido su cuerpo. No es que estuviera cuadrado, pero digamos que no
podía quejarse. Al menos las chicas no podrían quejarse.
Las chicas. Juli abrió la puerta indicada y las vio. Si no
fuera porque lo creía imposible, habría adivinado la naturaleza de su regalo en
ese mismo instante, aunque sólo fuera por la indumentaria que llevaban. O que no
llevaban, mejor dicho. Vio en primer plano a una chica rubia, calculó que de su
edad (ese día había cumplido los diecinueve), ataviada con un escueto bikini
azul celeste y blanco. El centro de la braguita estaba adornado con el sol que
ilumina la bandera de su país, a juego con su larga melena.
La otra era morena, llevaba la camiseta de la selección con
el diez a la espalda y muy, muy ceñida. A Julián le costó creer que hicieran
camisetas de fútbol de esa talla, salvo que fuera de niño. La camiseta era lo
suficientemente corta como para permitir ver un ombligo perforado por un
piercing en forma de aro y, bajo éste, unos shorts negros igualmente ajustados
que contrastaban con su blanca piel.
¡Hola! -saludó cálidamente la rubia-. Vos debes
ser Julián, ¿no? Vení, Val, ¿qué te parece?
Justo como nos lo describió, no parece mal tipo
-dijo ésta, acercándose al atónito Julián-.
El atónito Julián, de todos modos, empezaba a hacerse cargo
de la situación. Esos dos bombones no estaban en la habitación por casualidad,
no podían estarlo. Lo comprendió todo en cuanto la morena alcanzó la posición de
su amiga y pasó una mano por su cintura. Resuelto, adoptó una actitud decidida.
Si iba a pasar, quería estar al mando.
Podéis llamarme Juli. ¿Cómo os llamáis vosotras,
guapas?
Muy bien, Juli -respondió la morena-. Yo soy
Valeria, pero podés llamarme Val. Mi amiga se llama Camila.
Cammy para los amigos -concluyó, sonriente, la
rubia de piel bronceada-.
¿Sabés para qué estás acá, Julián? ¿Para qué estamos
los tres? -añadió Valeria, atrayendo para sí el cuerpo de Camila-.
Para follar -dijo Julián sin rodeos-.
Por toda respuesta, Valeria desanudó la parte superior del
bikini de Camila, que cayó al suelo sin hacer ruido. Quedaron expuestos dos
melones de tamaño más que aceptable, rematados por dos prominentes pezones, que
la primera no demoró en acariciar. Una mirada bastó para que Julián entendiera
que había barra libre.
Se lanzó hacia ese estupendo par de tetas. Mientras agarraba
firmemente a Camila por la cintura, su boca sorbía los rosados pezones que tenía
frente a sí. Valeria entendió que ya no sería de mucha ayuda siguiendo donde
estaba, así que rodeó a Julián y se situó a su espalda.
No seas ansioso y dejá que te saque la remera. Cammy
seguirá con nosotros así la sueltes unos segundos -bromeaba-.
Julián obedeció, soltó a Camila y levantó los brazos para
que, entre las dos, le despojaran de su atípica camiseta. Aún la tenía entre los
brazos cuando Camila comenzó a besar su pecho depilado, y Valeria a mordisquear
su espalda. Se quitó la prenda y asió el culo redondito de Camila con ambas
manos, mientras le largaba un largo beso. Las manos de Valeria habían empezado a
buscar el cierre del pantalón, ante lo cual Julián se volvió.
No es justo, tú aún llevas la parte de arriba.
Valeria sonrió ante tal observación. Sin dejar de mirar a
Julián, cruzó sus brazos sobre los extremos inferiores de la camiseta y tiró
hacia arriba para, no sin esfuerzo, librarse de ella. Dos berzas tan grandes
como las que ya se apretujaban contra la espalda de Julián, hostigándole con sus
pezones, aparecieron ante sus ojos. Y la reacción fue la misma: chupar y sobar.
Fue bajando poco a poco, encontrándose con el aro de plata
que tenía en el ombligo, jugando con él, hasta llegar a los shorts. Julián creyó
conveniente empezar a quitar las prendas inferiores, de modo que, mientras por
encima de su cabeza Camila y Valeria se acariciaban los senos recíprocamente, él
bajaba la cremallera primero, y los shorts después, descubriendo que había
quitado así la última prenda que quedaba sobre el cuerpo de Valeria.
Hecho lo cual no encontró inconveniente alguno para unir su
boca a la parte del cuerpo más deseada de la morena que comenzaba a clavar las
uñas en su cráneo, demandándole precisamente eso mismo.
Dale, Juli, comete la concha.
Y es lo que hizo. Ya los fluidos vaginales de Valeria habían
empezado a mezclarse con la saliva de Julián cuando su mano le agarró del pelo
instándole a levantarse de nuevo. Julián cambió de labios una primera vez, y una
segunda cuando se volvió para besar a Camila. Y aún una tercera cuando volvió a
agacharse, para quedar cara a cara con ese sol sonriente que escondía tras de sí
algo todavía más brillante, aunque Julián no habría podido decir si lo era por
los jugos ya vertidos o por la propia perfección genital de Camila.
Y no eran los únicos labios en acción. Los de las chicas ya
se habían juntado varias veces, como compartiendo confidencias al margen de
Julián, que estaba destinado a zonas inferiores. Cosa, por cierto, que no
parecía disgustarle lo más mínimo, ni a él ni a Camila, actual acreedora de los
trabajos orales de nuestro amigo.
¡Qué lindas tetas tiene esta mina! -escuchó decir a
una de las dos-.
Pronto Julián entendió que estas chicas iban a necesitar algo
más que sus habilidades lingüísticas para alcanzar el orgasmo. Afortunadamente
él sabía qué podía ofrecerles. Era la última pieza del puzzle, que quedó al
descubierto en cuanto se liberó de los pantalones. Ya no había ropas, sólo piel
y metal. Estaba decidiendo a cuál de las dos atravesaría primero cuando le
condujeron hacia la cama. No es que hiciera un gran esfuerzo, pero sí hubo algún
vano conato de dominar la situación. Mas Camila y Valeria, con mayor decisión,
le sentaron en el borde y a continuación se arrodillaron, Camila a la izquierda,
Valeria a la derecha.
Valeria fue la más decidida, y se metió el aparato de Julián
antes de que Camila pudiera decir "esta polla es mía". Sin embargo, no
permaneció ociosa, dirigiendo sus esfuerzos (y no eran pocos) a las pelotas de
Julián, que permanecía semiincorporado en un estado de éxtasis. No hubo de
esperar demasiado a ver cómo había un cambio de papeles, siendo la boca de
Camila la que pasó a alojar su miembro, y la de Valeria la beneficiaria de sus
huevos.
¡Qué buena pija tenés, carajo! -Julián sólo era
consciente a medias de este tipo de comentarios-.
Cuando iniciaron una indescriptible mamada a dúo, Julián se
dio cuenta de que no llevaba las de ganar en este particular duelo a tres. Él
tenía el falo, pero las chicas llevaban el cetro, y sucedería lo que ellas
quisieran, cuando lo quisieran y como lo quisieran. Y lo que querían en ese
momento, le pareció a Julián, era hacer que se corriera en el menor tiempo
posible porque, lo fuera o no, es lo que estaban a punto de conseguir.
Y lo consiguieron. Dos lenguas a la vez sobre su polla era
más de lo que Julián podía aguantar. Eyaculó descontroladamente sobre los
rostros de las dos jóvenes que acababan de hacerle el mejor regalo de su vida, y
cuando acabó ofreció su manguera para que acabaran de sacarle todo el partido.
Y sin embargo, la erección de Julián no desapareció. No es
que vaya a entrar en el Guinness, pero podía estar orgulloso. O deberían estarlo
ellas, que eran las causantes reales de ese estado de total potencia en Julián.
Así las cosas, no había razón para demorar el siguiente paso. Camila trepó sobre
Julián y en un santiamén se enterró su polla hasta los huevos.
¡Sííí, qué rico! -se le escapó-.
Como activado de nuevo, Julián se incorporó más y volvió a
los pechos redondos, majestuosos y bronceados iniciales, mientras Camila le
cabalgaba con total impunidad. Pero Valeria no iba a dejar a su amiga gozar en
solitario del único hombre de la habitación, así que volviendo a tumbar a
Julián, se sentó sobre su cara.
Seguí, Juli, acabá lo que no acabaste.
Julián despertó con renovadas energías. Pasó sus brazos por
sobre los muslos de Valeria, retomando el cunnilingus iniciado anteriormente,
mientras movía la pelvis todo lo que le permitía el sándwich colchón-Camila.
Ésta y Valeria, cara a cara, volvieron a intercambiar besos y mordiscos.
Así, Val, chupá.
Tenía que haber sido Camila, se dijo Julián. La propia
Camila, constantemente martilleada por el vigoroso sexo español, fue la primera
en correrse, lanzando un grito, primero, y profiriendo toda clase de
barbaridades, después. Descabalgó a Julián, quien, libre también de las
extremidades inferiores de Valeria, se levantó y se dio la vuelta para
contemplar cómo la morena se había acomodado en la cama a cuatro patas.
Camila se acercó por un lado, apoyó una rodilla en la cama y
dio una palmada en el culo de Valeria, que miraba a Julián, relamiéndose.
Mirá qué orto, Juli. Dale fuerte a esta morocha.
Julián, aún de pie frente a la cama, tomó a Valeria por la
cintura, atrayéndola hacia el extremo, y la penetró sin contemplaciones. Su
vagina estaba ya de sobra lubricada, y el mástil de Julián entraba y salía sin
ninguna dificultad, mientras Camila seguía empeñada en sobar su culo.
¡Así, así! ¡Cogeme fuerte!
Tanto fue el cántaro a la fuente, que por fin ambos se
desbordaron al unísono. Un último alarido de Valeria acompañó las postreras
acometidas de Julián en su conejito, ahora inundado por partida doble. Se echó a
un lado de la cama, triunfador y derrotado, mientras las pocas fuerzas que le
restaban comenzaban a abandonarle. A Valeria le costó recuperarse del tremendo
orgasmo recién disfrutado, pero lo hizo, se levantó con ayuda de Camila, que
miraba divertida la escena final, y ambas comenzaron a vestirse.
Se despidieron de Julián con un beso en la mejilla, mientras
éste se encendía el cigarrillo de después.
Hasta la próxima, amor. Lo hemos pasado muy bien
-dijo Valeria-.
Andá y sé bueno, que te estaremos vigilando -se
despidió Camila-.
Tenéis nombre de hierbas -acertó a contestar Julián
a modo de epílogo-.
Unas risas le acompañaron desde más allá de la puerta,
mientras se sumía en una agradable somnolencia.
Le dejaron igual que nos lo encontramos nosotros, aunque sin
ropa y en la cama. Cuando llegamos, estaba tendido en el sofá, fumándose otro
pitillo y con la mirada perdida hacia un horizonte más allá del Atlántico.
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Hay una cosa que no entiendo -dijo Ana-. Tus
amigas buscaban a un tío de confianza, ¿y tú pasas y le cedes el puesto a
Julián?
Bueno -contesté-, la verdad es que nunca dije
tal cosa.
Me encantaba hacerme el interesante.
A Juli.