Hace muy poco he cumplido cincuenta años y estoy en una época
en la que la juventud ya la empiezo a ver lejana pero en la que todavía no me
considero mayor. Por otra parte siempre he procurado cuidarme y mi aspecto
aunque no es el de un galán, es saludable y aún soy lo que podríamos llamar un
tipo medianamente atractivo. Me sobran unos pocos kilos pero no muchos, soy
moreno y mis cabellos empiezan a tener un color entrecano que me confiere un
aire interesante. Estuve casado durante 28 años y finalmente como ocurre en
muchas parejas, la relación terminó por causas que no considero relevantes
aunque debo confesar que la ruptura me afectó anímicamente como suele ser normal
en estos casos.
Desde hace años soy responsable de almacén en una empresa de
distribución, vivo solo y en el plano afectivo podría decirse que no es tan
satisfactorio como me gustaría pero voy trampeando. Las oportunidades que se le
presentan a un individuo de mi edad son realmente escasas ya que las jovencitas,
que son las que me gustan, prefieren hombres mas jóvenes y las maduras además de
que buscan una relación estable, no suelen, salvo contadas excepciones, estar
muy aprovechables.
Así las cosas, o pago para tener compañía, cosa que no me
interesa o aprovecho lo que surja, pero siempre eludiendo cualquier relación que
vaya mas allá de lo puramente sexual y amistoso. En cuanto percibo el mas mínimo
enamoramiento procuro distanciarme pues no esta entre mis objetivos el lastimar
a nadie, ni emparejar de nuevo. Podría decirse, sin correr el riesgo de
equivocarse, que trato de recuperar el tiempo perdido cuando ya no dispongo de
mucho. En el plano amatorio me considero un hombre normal capaz de satisfacer
plenamente a una mujer que me atraiga y, hasta la fecha, hacer el amor tres
veces en una noche aun me es posible. Creo estar bien dotado si bien esto, como
todo, es opinable y tampoco es cuestión de que nos extendamos en detalles.
Como digo, las oportunidades que a estas alturas se presentan
son mas bien escasas y aprovecharlas o dejarlas pasar es algo que depende del
estado de necesidad en que me encuentre. Normalmente casi que las aprovecho
todas.
Mi comportamiento con las mujeres que me rodean en la vida
diaria suele ser afable y simpático de manera que siempre estoy al acecho pero
sin agobiar. Es una buena táctica que me ha reportado satisfacciones.
La última de ellas ocurrió hace poco.
En mi trabajo coincido con varias mujeres, solteras y
casadas, y tengo que relacionarme con ellas diariamente por tales motivos. Ello
hace que sea una persona conocida en la Empresa y debo tener mucho cuidado y
discreción para no ser visto como un acosador, por tanto nunca voy mas allá de
la palabra amable, del interés fingido por cualquier asunto que conozca y de mi
disponibilidad por invitar a café a cualquiera de las chicas con las que trato.
Con algunas tengo mas relación que con el resto, debido a la
implicación de nuestros respectivos departamentos, pero en general siempre hay
ocasión para entablar conversación con alguien. También es cierto que entre
ellas la hay asequibles por su carácter y otras que por la misma razón no lo
son. O a mi me lo parece.
María es una mujer casada, que tendrá mi edad y que trabaja
en la sección de gran consumo. Es una mujer seria, de aspecto corriente, tiene
buen cuerpo y siempre me ha gustado, pero aunque es amable, yo siempre la he
visto como una mujer distante. Tal vez fuera por eso que me resultaba atractiva
y, también, que tratara de ganarme su confianza.
-Jaime?.
-Si?
-Soy Maria, de gran consumo. Tenemos una reclamación de un
cliente y me gustaría que habláramos sobre ello. ¿Puedes venir al Departamento?
- Si, ¿Cómo no ? . Enseguida.
Aquello no era mas que una incidencia cotidiana de las muchas
que se producían. No había nada de anormal así que cuando pude fui a verla para
conocer de que se trataba y tratar de solucionar el problema.
Nos llevó un buen rato ordenar los pedidos y facturas del
cliente antes de descubrir donde se hallaba la irregularidad que había dado
lugar a la reclamación. Cuando finalmente aclaramos los motivos y convinimos en
la respuesta pertinente, ya había pasado la hora en que todas las
administrativas iban a tomar café así que me ofrecí a acompañarla y ella aceptó.
La verdad es que así, en la corta distancia, era una mujer agradable.
El poco rato que estuvimos tomando café charlamos de
banalidades. Yo aproveché para comentar mi situación personal y, de paso, al ver
que no disponíamos de mucho tiempo, le propuse quedar a la salida y tomar algo
al objeto de que tuviéramos ocasión de conocernos un poco más.
Me sorprendió que no aceptara pero mas me sorprendió que me
propusiera ir a cenar a su casa, con su marido, el viernes siguiente. Como aquel
que dice nos acabábamos de conocer y no entendí a que se debía aquél súbito
interés. La verdad es que no supe como reaccionar. Tímidamente traté de
excusarme pero ante su insistencia, por convencerme de que era una buena idea y
de que lo pasaríamos bien, acabé por aceptar.
Los días siguientes apenas coincidimos en el trabajo. Excepto
uno en que nos cruzamos en un pasillo. Ella iba con prisa y recuerdo que yo
también. Me sonrió al verme y no dijo nada, yo tampoco pero cuando llegó a mi
altura y me sobrepasó no pude evitar lanzarle una palmadita en el culo a modo de
saludo. Fue un acto reflejo que nunca debería haber hecho pero, para mi asombro,
lejos de incomodarse su reacción fue la de volverse y obsequiarme con una
sonrisa complacida que me alegró el día. Pero no pensé mas en ello.
Hasta la fecha acordada, hablamos por teléfono un par de
veces por motivos de trabajo y nada mas.
Aquel viernes tuve que anular una salida que tenía previsto
realizar con un amigo, como siempre en busca de ligue, pero no me importó. Pensé
que por una vez que no saliéramos no iba a pasar nada.
Llegué puntal y con un ramo de rosas que la encantó a juzgar
por el abrazó y el beso con que me recibió. Vestía una blusa de seda negra bajo
la que no llevaba nada, lo cual era evidente ya que, además de que lo noté
cuando se apretó contra mi, había dejado sin abotonar los tres botones
superiores y, ocasionalmente, se le veían los pechos, y una falda de lino roja
hasta la rodilla. Olía muy bien y se había maquillado levemente para realzar su
buen aspecto.
Dejó las flores en un jarrón del recibidor, me hizo pasar al
salón donde me presentó a su marido, un tipo de mi edad, mas fondón que yo y muy
amable, que enseguida nos ofreció un aperitivo.
Por indicación de ella me senté en el sofá y ella vino a
hacerlo a mi lado en tanto que su marido fue a la cocina a preparar las bebidas.
Empezamos a hablar mientras esperábamos y noté algo en su mirada que iba mas
allá de la mirada amable que se le dirige a cualquier invitado, sus ojos
brillantes, su risa y esa especie de admiración con la que me escuchaba dándome
alguna palmada cariñosa y sin evitar algún roce sutil que me hizo sentir bien.
El marido no tardó en llegar trayendo unos martinis que había
preparado y se unió a la conversación. Ella le habló de mi, casi hizo que me
ruborizara al explicarle lo buen profesional que era y lo considerado que estaba
en la empresa, de lo fuerte que era, de lo atractivo que resultaba y no sé que
mas.. Tanto fue así que tuve que rogarle casi en broma que cambiáramos de tema
porque aquella adulación me incomodaba un poco.
Apuradas nuestras copas y después de haber hablado, durante
casi una hora, de temas diversos en un buen ambiente. Ella se puso en pie y
recogió la bandeja llevándola a la cocina. Al inclinarse tuve frente a mi una
buena visión de sus piernas pero por respeto desvié la mirada.
Pasamos a acomodarnos para cenar. La mesa era rectangular y
la disposición de los comensales quedó con Maria y yo juntos a un lado mientras
que su marido se colocó solo frente a nosotros.
Habían convenido, me dijeron, que como yo era el invitado de
la señora, él sería quien se iba a cuidar de cambiar los platos y traer de la
cocina lo necesario.
Aunque parecían desvivirse en atenciones, mostrándose atentos
y exquisitos me costó un poco soltarme pues al principio debo confesar que me
sentí un poco cohibido, tal vez el excelente vino ayudara, no sé. La cena era
deliciosa y la conversación que manteníamos, muy amena.
Acabado el primer plato él fue a la cocina a servir el
segundo y nosotros continuamos conversando. De pronto, como distraída, puso su
mano sobre mi pierna. Me quedé callado. La mire y al hacerlo se vino a mi con
total naturalidad y me beso en los labios. Subió su mano y la depositó en mi
entrepierna. Hice lo mismo introduciendo mi mano bajo su falda. Llegue a
comprobar que no llevaba bragas pero tuve que retirar precipitadamente la mano
ante la irrupción del marido que regresaba con los platos.
El hombre nos miró con amabilidad y proseguimos la cena en
aquel clima de excelente cordialidad. A María se le cayó un cubierto al suelo y
eso me hizo volver a la realidad porque aunque hablaban, desde que sucediera lo
que acabo de explicar, mi cerebro atendía mas a mis genitales que al resto de
órganos.
El fue un par de veces mas a la cocina dando ocasión a que se
produjera algún corto episodio de roces y caricias que me excitaron mas de lo
que yo habría querido.
Llegó el momento de que nos levantáramos de la mesa para
tomar café en el salón. Fue un momento comprometido porque tenía una erección
considerable y temí que se notara. Aparentemente tal circunstancia pasó
desapercibida, para mi tranquilidad.
Tomamos asiento en el salón y el sirvió unas copas. Maria y
yo nos pusimos a hablar de trabajo, ella no dejaba de tocarme y tocarme,
confieso yo estaba un poco cortado pues aunque yo me conducía con total
corrección, su marido estaba delante por mas que pareciera indiferente.
Prueba de que la situación no le era tan ajena como yo
pensaba fue que después de un buen rato de permanecer expectante dijera de
pronto:
-María. No agobies tanto a Jaime porque va a creer que
quieres abusar de él. ¡ No haces mas que sobarle ¡
Ella le miró y con toda naturalidad contestó:
- Claro, eso es lo que quiero, que se caliente, ¿no ves lo
bueno que esta? Y me puso una mano en el paquete al tiempo que me besaba en la
mejilla.
Miré desconcertado, al marido. No dijo nada, solo se encogió
de hombros como si, ante mi asombro, aquello no le importara
Maria me tomo una mano y se la colocó sobre un pecho, dentro
de la blusa. La miré, un tanto confuso, y vi como se me llegaba a darme un beso,
metiéndome la lengua, aprovechando para frotar mi entrepierna por encima del
pantalón.
El marido permanecía sentado en el sillón asistiendo
impasible a aquella demostración de la fogosidad de su mujer.
Ella se me sentó en las rodillas, dándole a él la espalda, y
nos pusimos a morrear mientras yo le acariciaba los pechos. Luego de estar unos
minutos así, ella se quitó de encima de mi, me desabrochó el pantalón y metió la
mano por el interior.
-Levántate, me dijo unos momentos después.
Hice lo que me decía y mis pantalones cayeron al suelo.
Arrodillada frente a mi, buscó bajo el calzoncillo y me sacó la polla hinchada y
roja que enseguida empezó a chupar. Miré confuso al marido. Este me devolvió la
mirada con un gesto que dejaba claro que aprobaba lo que estaba sucediendo.
Entonces agarré la cabeza de la mujer y empecé a acariciarla acompañando sus
chupadas. Permanecimos en aquella posición unos minutos hasta que ella se puso
en pie y de nuevo nos besamos. Le metí mano bajo la falda y me puse a acariciar
bajo ella. Maria dejó de besarme y siguió abrazada a mi notando ahora como mi
mano acariciaba su culo en presencia de su esposo que asistía impertérrito al
espectáculo. Los suspiros de la mujer, indicativos de que su calentura iba en
aumento, eran perfectamente audibles.
Le había desabrochado completamente la blusa y me puse a
comerle las tetas produciéndole gran placer a juzgar por sus jadeos.
De pronto el marido se puso en pie y se acercó a nosotros.
Soltó la cremallera de su bragueta y dejó que la polla saliera al aire. Nos
separó sin que opusiéramos resistencia. Ella le miro y tomó la verga que él le
mostraba. Se arrodilló, lamió el capullo con delicadeza y chupó con cuidado. Le
tomé la cabeza y acompañé sus movimientos. El hizo que parara y se pusiera en
pie. Al hacerlo me pareció que ella dudaba entre nosotros así que él optó por
entregármela a mi complacido. Otra vez nos besábamos. Ella ahora me agarraba la
polla. De repente se detuvo. Me beso, se separó de mi y tomándome de la mano
trató de hacer que fuera con ella. Tras deshacerme del pantalón y el calzado,
que quedó abandonado en el salón, la seguí.
El dormitorio al que me llevó era grande. Nos tumbamos en la
cama desnudos completamente. Ella se puso boca arriba y yo me lancé a lamerle el
coño haciéndola disfrutar a lo grande. El no tardó en aparecer completamente
desnudo también. Se recostó junto a su mujer y la besó. Indicándole un gesto que
se pusiera a cuatro patas y se la chupara. Al hacerlo, obediente, ella ofrecía
un blanco perfecto para que yo se la clavara por detrás lo cual no dudé. La
mujer se quedo quieta, por un instante, al notar que estaba siendo penetrada por
un miembro que no conocía. Soltó una exclamación antes de proseguir:
-Ohhhhhh
Empecé a bombear y a notar como ella acompañaba el vaivén de
mis acometidas gimiendo de gusto. Me satisfacía comprobar que la estaba haciendo
disfrutar.
Vi al marido incorporarse y venir hacia mí. Le deje él sitio.
Saque la polla del coño de su esposa y fui a ocupar su sitio mientras el se
ponía donde yo estaba para hacer que su verga resbalara hacia el interior de
aquella vagína hiper lubricada. Embistió una y otra vez mientras María me
chupaba y pajeaba la polla y yo le masajeaba las tetas. Se corrieron los dos
casi al unísono. Sus estremecimientos eran inequívocos pero no paraba de chupar
y mover frenéticamente, arriba y abajo, la mano con la que agarraba mi polla
hasta que hizo que se desbordara. Un buen chorro de leche fue a parar a su cara.
Tras unos instantes de respiro, Maria ladeó la cabeza y sorbió un hilillo de
semen que pendía de mi capullo rosado y brillante.
Lentamente la mujer se movió, tomándose un respiro antes de
continuar el juego. Se me colocó a horcajadas sobre el estomago y se paso las
manos por la cara, cuello y pechos, extendiendo para que su piel lo absorbiera
como si fuera un cosmético, aquel liquido blancuzco que acababa de recibir,
mientras su esposo se recostaba al otro lado de la cama y tomaba aire. Ella se
inclinó después y se recostó sobre mi dejando que le acariciara el cabello.
Empezamos a besarnos. Yo ahora recorría con mis manos todo el cuerpo de la mujer
, desde los hombros hasta el culo, en tanto que ella me estaba metiendo la
lengua hasta el último rincón de la boca.
María me dejó y pasó a colocarse sobre él. Se besaron durante
un buen rato. Lejos de desatenderme, ella me masturbaba con una mano mientras no
paraba de meterle la lengua a su marido como antes hiciera conmigo.
Se colocó, luego el hombre, cruzado sobre la cama y ella
cambio la postura para, sin dejar de cabalgarle, ofrecerle su coño yéndose a
comerle la polla que empezaba a crecer.
Poco a poco, poco a poco se puso a comerle el chocho..
Me levanté de la cama. Sobre la mesita había un tarro de
vaselina. Me coloqué de tal manera que, desde su posición, el marido pudiera ver
como me embadurnaba la polla con aquella especie de pomada. Que viera como mis
dedos, conteniendo una buena porción de crema se acercaban por encima de su
cabeza y comenzaban a engrasar el ano de su esposa que jadeaba ostensiblemente.
Aquel tipo parecía estar mas pendiente de mi que del trabajo
que le estaba haciendo su mujer.
La tomé por la cintura haciendo que levantara el culo y
alejara el coño del alcance de su marido. A cambio el iba a asistir, desde una
posición privilegiada, al espectáculo de ver como mi polla engrasada desaparecía
poco a poco de su vista para penetrar en el agujero de su mujer profanando por
vez primera aquel culo al que él no había podido, o no había sabido acceder.
Maria gimió como una salvaje mientras me la follaba por el
culo. El le metía los dedos en el coño y ella le chupaba el capullo apretándolo
con sus labios. Note que otra vez la mujer se corría como una perra sin que yo
parara de acometerla, cada vez con mas fuerza, hasta llegar a correrme también y
derramar mi semen en su interior. También él acabó corriéndose en la boca de
ella.
Sudorosos, cansados y jadeantes nos recostamos sobre el lecho
boca arriba. Ella, que había quedo en medio resoplaba mientras esperaba que su
respiración se recuperara, agarró una polla con cada mano y empezó a acariciar
suavemente. El la tenia casi irrecuperable, pero a mi me hacia falta poco tiempo
para recuperar. Enseguida monté sobre ella y fui a ponerle la polla entre las
tetas para masturbarme con ellas. El aprovechó para bajar su mano hasta el coño
y introducirle los dedos buscándole el punto donde presionar para darle placer.
Ella empezaba de nuevo a gemir.
Le quité, después, el almohadón sobre el que apoyaba su
cabeza y lo coloqué bajo la cintura de ella haciendo que su pelvis quedara
ligeramente levantada. Le abrí las piernas y le metí la polla hasta dentro. Ella
me cogió los huevos y los acarició con la palma de su mano. El marido se puso a
chuparle las tetas mientras ella no dejaba de responder a mis acometidas con
gemidos de placer. De nuevo mi polla de él a estar en todo lo alto y la mía
necesitaba un respiro. Me retiré y enseguida ocupó mi lugar sin dejar que se
interrumpiera el ritmo de la follada.
Yo fui a situarme de forma que mi polla quedara al alcance de la boca de Maria y
esta no tardó en tragársela toda mientras el otro seguía empujando sin descanso.
La mujer cerró sus piernas alrededor de la cintura de él y apretó con fuerza.
Miré al marido. Estábamos bastante compenetrados.
Me tumbé a su lado boca arriba y entonces, soltándose de
ella, hizo que su mujer me cabalgara y desde aquella posición ayudó a que se
metiera mi polla. Ella empezó a saltar cada vez con mas brío.
El se puso en pie sobre la cama y situándose tras de la mujer
la obligó a doblarse hacia adelante .
Imagino que el agujero de su culo, aun grasiento, se le ofrecería como una
visión de lo mas excitante.
Los gemidos de la mujer eran cada vez de mayor intensidad. Se
estaba corriendo de nuevo, o estaba a punto de hacerlo. El se embadurnó de
vaselina y vi que buscaba la posición.
Se la metió por el culo y se corrió, tan pronto la sintió
toda dentro, en medio de los gritos de su esposa y de los empujones que desde
abajo yo le propinaba al tiempo de correrme también.
Nuestras pollas, vigorosas antes, estaban ya arrugadas cuando
María las lamió por última vez aquella noche.
Una hora después, estábamos de nuevo en el salón compuestos
como si nada hubiera pasado, tomando una copa y charlando animadamente. Salí de
allí cuando casi eran las cuatro de la mañana prometiendo regresar cuando
gustaran invitarme y muy agradecido por la velada. María me despidió con un beso
en la boca y él me dedicó la mejor de sus sonrisas .
Desde ese día, he vuelto varias veces para repetir el juego.
El es un buen tipo, aunque algo raro, y esta obsesionado por satisfacer a su
mujer, lo cual es digno de elogio. No es cierto, pero hemos tenido que decirle
que en su ausencia lo hemos hecho, ya que al parecer eso le resulta excitante.
La relación que ahora tengo con María es la de buenos amigos, ella ama a su
marido y conmigo no quiere mas que esos esporádicos encuentros a tres. Me ha
dicho que de ir mas allá teme enamorarse y no quiere en ningún caso tener que
enfrentarse a una elección. Yo la he entendido y respeto su decisión. Por lo
demás nos seguimos viendo en el trabajo como unos compañeros mas.
He sabido que últimamente él anda considerando la posibilidad
de invitar a alguna mujer para que se sume a nuestros juegos pero de momento a
Maria no le seduce la idea. Aun es pronto, dice, para introducir variaciones.
Bueno, yo tampoco creo que eso sea una prioridad. Si ocurre ya lo contaré.