Al disponerme a escribir esta anónima confesión me digo que
quizás el lector podría pensar o tener una primera impresión que se trata de la
típica historia de la pareja casada desde hace bastantes años y que, un tanto
aburrida, se regala una segunda luna de miel.
Pero aunque así sea no puedo resistir las ganas de contarles
a todos ustedes este reciente episodio de mi vida que considero único y
excepcional. Repleto de experiencias que hasta entonces solo había conocido en
mis sueños y fantasías, y que marca el que sin duda es el comienzo de una nueva
(y muy placentera) etapa en mi matrimonio y en mi vida en general.
Sin extenderme en presentaciones les diré que me llamo
Alejandro, tengo 39 años y trabajo de contable en una multinacional de seguros e
inversiones. Estoy casado con Silvia desde hace algo más de quince años. Silvia
es dos años más joven que yo y trabaja de profesora en una escuela pública de
enseñanza primaria. Tenemos dos hijos varones, Raúl y Marcos, de 12 y 9 años
respectivamente, y vivimos en un barrio residencial de la periferia de una gran
ciudad de la costa mediterránea española.
Como les decía, tras casi tres lustros de matrimonio, la
rutina se había instalado entre nosotros y aquellas pasión y locura de los
primeros años, sobre todo los dos primeros, antes del primer embarazo, se habían
esfumado. Siendo consciente de ello y comenzando a preocuparme muy seriamente de
tal decadencia (admito haber comenzado a desear a casi todas las mujeres de mi
entorno e incluso haber ido de putas algunas veces) decidí, ante la proximidad
de nuestro quinceavo aniversario de bodas, darle una sorpresa a mi esposa. Pensé
que un viaje juntos, los dos solos y en algún lugar bonito, romántico y
tranquilo, podría hacer renacer entre nosotros un poco de esa complicidad que
solo el erotismo, el deseo y el placer compartido pueden aportar a dos personas
que, se supone, se aman.
En secreto busqué entre las muchas ofertas que tanto en
agencias de viajes como por Internet proponían para las fechas que deseaba. Por
una vez no me importaba el precio y para mi elección quise privilegiar ante todo
el exotismo, el confort y la intimidad. Lo principal era evitar cualquiera de
esos lugares abarrotados de turistas del Caribe, del sur de Europa o del norte
de África. Finalmente me decidí por una de las alternativas más caras: un viaje
de diez días a una pequeña y paradisíaca isla del archipiélago indonesio,
alojados en un pequeño hotel compuesto por solo una veintena de bungalows
individuales y situado en la misma orilla de una magnífica playa privada.
También me ocupé de organizar el cuidado de nuestros hijos durante esos días y
una vez todo resuelto, solo cuatro días antes del inicio del viaje, se lo
anuncié a mi esposa.
Desde que le di la noticia de nuestro viaje, Silvia estaba
radiante de felicidad. Se pasaba el día canturreando, sonriente, nos comía a
besos a mi y a los niños a la mínima ocasión y había ido de tiendas para
comprarse ropa nueva que ponerse durante las vacaciones. Yo intuía que el dinero
gastado en ese viaje iba a resultar ser una muy buena inversión. No podía
imaginar entonces hasta que punto iba a serlo.
El viaje transcurrió sin ninguna incidencia digna de mención.
Llegamos a nuestro destino a media tarde, un poco cansados por las muchas horas
de vuelo y, tras deshacer las maletas y ducharnos, dormimos un rato antes de ir
a cenar.
La temperatura era cálida pero agradable y Silvia se vistió
con un precioso vestido nuevo de color verde turquesa, con la falda compuesta de
varias piezas de tela vaporosa superpuestas, las cuales descubrían sus muslos al
andar y al sentarse, un provocador escote que dejaba a la vista parte de sus
senos, prietos y levantados por un bonito (¡e imagino que muy caro!) sujetador
nuevo. Por detrás era abierto, prácticamente inexistente, dejando la espalda
casi completamente desnuda. Me quedé pasmado al verla plantarse ante mí y dar
unas vueltas sobre sí misma para permitirme admirarla por todos los ángulos, y
tardé casi un minuto entero en reaccionar y decirle lo deliciosa y deseable que
la encontraba así vestida, cosa que ella agradeció ruborizándose y dedicándome
una pícara sonrisa.
Fuimos a cenar al pequeño comedor del hotel. Al ser ya un
poco tarde solo quedaban tres mesas ocupadas y nos instalamos en una de las del
fondo desde donde, durante el día, se ve el mar tan de cerca que casi parece que
se pueda extender la mano y meterla en el agua.
El ambiente era tranquilo y lujoso. Las mesas vestidas con
bonitas mantelerías, vajilla y cubiertos de grandes marcas europeas, y empleados
y huéspedes educados y discretos. Desde luego un ambiente muy diferente del que
estábamos acostumbrados hasta entonces durante nuestras vacaciones familiares,
siempre en hoteles de dimensión "industrial", con comedores enormes y ruidosos,
llenos de gente escandalosa y de malditos críos corriendo y voceando como
salvajes por entre las mesas.
Tras la deliciosa cena, que acompañamos con una botella de un
estupendo vino blanco, propuse a Silvia dar un paseo por el caminito que,
partiendo del restaurante, bajaba hasta la playa. Era un simple sendero de
tierra, bordeado de espesa vegetación y únicamente iluminado por unas farolitas
pequeñas, de solo unos 50 cm. de altura, colocadas a intervalos de unos cinco
metros, las cuales despedían una débil luz amarillenta que apenas bastaba para
poder intuir el trazado del camino.
Al llegar al final del sendero, ya en la arena de la playa,
nos abrazamos contemplando el mar. Nos dejamos llevar unos minutos, oliendo la
brisa marina y oyendo las olas romper en la orilla, por el dulce placer de
sentir nuestros cuerpos calientes pegados el uno al otro, sintiendo el deseo
crecer e inflamarse en nuestro interior. Yo acariciaba la piel suave y caliente
de la espalda desnuda de Silvia, sintiéndola viva y como... no sé, diferente,
como si fuera la primera vez que tocaba esa espalda. Nuestros rostros se rozaban
sensualmente y pronto nos fundimos en un beso. El roce de nuestros labios se fue
intensificando hasta que el beso se hizo intenso, húmedo, cargado de deseo.
Nuestras lenguas se buscaron y Silvia introdujo la suya profundamente en mi
boca, gimiendo como una gata en celo, al tiempo que frotaba su cuerpo contra el
mío y, poseída por el deseo, su mano venía a apretar el bulto que mi pene
semierecto provocaba en mi pantalón.
Al cabo de unos minutos de estar sobándome la verga sobre la
tela del pantalón, mientras nos comíamos la lengua el uno al otro, me desabrochó
los dos primeros botones y, agachándose delante de mí, me lo bajó como una
desesperada de un fuerte tirón, arrancándome un grito provocado tanto por la
sorpresa de ver a mi esposa hacer tal cosa (¡estando en un lugar público!) como
por la descarga de placer al sentir mi polla, ya casi completamente tiesa,
sacudida por la violencia del tirón y quedar libre y a la vista.
Seguidamente, sorprendiéndome aún más si cabe, se abalanzó
como una posesa sobre mi pene, el cual agarró de un puñado con una de sus manos
y se lo introdujo en la boca, comenzando a chupármelo ansiosa, con un vicio y
una saña para mi desconocidas en ella. ¡Irene, mi mujer, me estaba follando con
la boca! Algo que hasta ahora nunca había sucedido. Y además, otra novedad, con
la otra mano me sobaba los huevos y deslizaba uno de sus dedos sobre mi ano, lo
apretaba hasta introducirlo casi por completo y procedía a pajearme el culo,
follándomelo con el dedo, al tiempo que se tragaba mi polla entera. Mi placer
era tan intenso que sentí que no tardaría en correrme si Silvia seguía mamándome
de esa manera.
Provocando una pausa, me arrodillé también frente a ella y la
empujé hacia atrás hasta dejarla tumbada sobre la arena. Sin demora pasé las
manos bajo su falda, se la levanté hasta la cintura y le quité las minúsculas
bragas que vestía. Separé sus piernas con mis manos, hundí mi cabeza entre sus
muslos y comencé a lamerle el coño. Ese sexo, que tan increíblemente empapado
estaba y que tantas veces había lamido, tenía esa noche, en aquella playa, un
sabor diferente, un delicioso sabor a hembra en celo, a deseo puro. Un sabor que
me hizo perder la cabeza, que me empujó a lamerlo intensamente, a restregar con
rabia la lengua contra el bultito de su clítoris y hundirla después en su
interior lo más profundamente que pude, arrancando a mi mujer largos gemidos de
placer y llevándola hasta su primer orgasmo de la noche.
Seguidamente me incorporé y me paré un minuto a mirar, a
admirar, aún incrédulo, a mi amada esposa. Me daba un morbo tremendo verla
tirada sobre la arena, totalmente desinhibida, gozosa, abierta de piernas, con
el vestido enrollado a la altura de la barriga, el coño chorreante y entregado,
los pechos desnudos, con erectos pezones que ella misma acariciaba y pellizcaba,
y oyéndola pedirme con voz ronca que la penetrara, que la follara, todavía
poseída por el deseo, como una ninfómana, como una de esas mujeres, esas hembras
viciosas, con las que los casados aburridos fantasean tantas veces.
Excitado por sus palabras y guiado por el deseo, empuñé mi
verga con una mano, coloqué el glande sobre los babosos labios de su sexo, lo
froté con fuerza contra ellos y el hinchado clítoris y, mientras Silvia gemía y
se retorcía de gusto, se la introduje entera, de un solo empujón, con tanto
ímpetu que desplacé de bastantes centímetros hacia atrás nuestros cuerpos sobre
la arena. Comencé a cabalgarla con furia, a administrarle un mete y saca
intenso, clavándosela profundamente en cada embestida, al tiempo que buscaba sus
pezones para chuparlos, lamerlos, morderlos, mientras ella, gimiendo gozosa, me
abrazaba los riñones con sus piernas y agarraba de un puñado mi pelo apretando
mi cabeza con fuerza contra sus tetas.
Estábamos follando como posesos, sin retención, en un lugar
desconocido, en una playa en la que nunca habíamos estado y por donde podría
pasar alguien en cualquier momento. Sin duda la que hasta ese momento era la
experiencia más extraordinaria que habíamos vivido en toda nuestra monótona vida
de casados. Yo estaba gozando como un animal. Pero aún estaba por ocurrir lo más
novedoso de la noche.
Al levantar la cabeza para mirar el rostro deformado por el
placer de mi esposa, me percaté que había un hombre a solo unos metros de
nosotros, plantado junto a la última farola del camino y mirándonos. La luz
tenue solo permitía ver con cierta claridad sus piernas, la mano que se había
colocado en la entrepierna y parte de su barriga. El resto, el pecho y la cara,
quedaban totalmente ocultos por la oscuridad. El desconocido nos miraba mientras
follábamos y se estaba excitando, sobándose la polla sin disimulo.
-Ostias Silvia, hay un tío ahí detrás -dije al oído de mi
esposa, reduciendo el ritmo de mis movimientos pero sin detenerme-. Nos está
mirando y se está excitando tocándose la polla.
Mi mujer ladeó la cabeza y miró al individuo que, justo en
ese momento y quizás animado ante la falta de reacción por nuestra parte, dio un
par de pasos adelante, se sacó la verga del pantalón y comenzó a cascarse una
paja con descaro.
-¡Vaya pedazo de rabo que tiene el cabrón! -Exclamó Silvia
clavando la mirada en la realmente enorme verga del individuo y dejándome de
nuevo pasmado por su reacción- Déjale, no parece que sea peligroso, que se la
machaque mirando si quiere, tu no te pares cariño… hummm.... sigue, no pares de
follarme que estoy a punto de correrme otra vez, ahhhhhh, clávamela fuerte…
Y así lo hice. Hinqué los puños en la arena y la seguí
embistiendo con fuerza, aunque eso sí, sin perder de vista a nuestro inesperado
visitante ya que no me importaba (más bien todo lo contrario) que nos mirara
mientras jodíamos, pero no deseaba en absoluto que se sintiera invitado a
participar activamente.
-Mira esa polla, gorda y tiesa -comencé a susurrar al oído de
mi esposa mientras la follaba- completamente empalmada, seguro que ese cerdo
daría cualquier cosa por venir y clavártela, por follarte. Ohhhhhh, Silvia,
¡eres una zorra! Te gusta que te esté mirando aquí tirada en el suelo,
despatarrada como una furcia y follada, con mi polla bombeándote el coño... te
excita ver ese rabo, ¿verdad putita mía?
Silvia se agitaba y gemía sin retención, sus tetas se
balanceaban sacudidas por mis empujones y casi ni despegaba la mirada del
imponente pene que, a solo un par de menos de nosotros, era masturbado,
machacado con fuerza por su anónimo propietario.
Queriendo añadir más morbo a la situación, me levanté y,
agarrando bruscamente a mi mujer de la cintura, la volteé y coloqué a cuatro
patas, poniéndola justo de frente a la tranca del mirón, y sin demora volví a
clavarle la mía, agarrándola de la cintura y bombeando con tal fuerza que
nuestros cuerpos provocaban un fuerte chasquido al chocar en cada una de mis
metidas.
El desconocido, acelerando de manera delirante el ritmo de la
paja que se estaba cascando, dio entonces un último paso hacia nosotros y,
soltando un gruñido de placer, comenzó a eyacular largos chorros de semen sobre
la arena, un par de los cuales cayeron a solo unos centímetros de mi mujer.
Silvia no apartaba la vista de esa vigorosa polla y al verla tan cerca y
escupiendo chorros de esperma en su honor, comenzó a retorcerse y gemir como una
perra hasta que dejando escapar un grito de placer explotó en el orgasmo más
intenso que jamás hasta entonces le había visto tener. También yo, ya como loco
y sin poder resistir más, me abandoné a mi orgasmo e inundé de esperma la vagina
de mi esposa, gimiendo y sintiendo un placer de una intensidad que no recordaba
haber sentido en mucho tiempo.
Nos derrumbamos juntos sobre la arena, gozosos y agotados,
con las respiraciones agitadas y sudorosos. Nuestro visitante, con el pene ya
algo flácido pero aún así enorme y que todavía se pelaba con la mano,
simplemente se ajustó el pantalón y sin decir palabra dio media vuelta y se
marchó en dirección del hotel. Nunca supimos quien era. Yo sospecho, como le
comenté a Silvia, que quizás fuera uno de los camareros del hotel, pero no
podría afirmarlo.
Tras unos minutos regresamos a la habitación, nos duchamos
para quitarnos de encima el sudor y la arena y nos acostamos. Totalmente
satisfechos y felices, nos tumbamos en la cama, relajados y dejándonos acariciar
por el aire fresco que producía el ventilador del techo, y estuvimos un rato
hablando y riendo, tonteando como adolescentes, frotando suave y sensualmente
nuestros cuerpos desnudos mientras rememorábamos la increíble escena que
acabábamos de vivir en la playa hasta que de nuevo, excitados, volvimos a hacer
el amor con pasión.
Así transcurrió nuestra primera noche. ¡Las vacaciones
empezaban de manera inmejorable!
El día siguiente lo pasamos en la magnífica y casi desierta
playa del hotel, la misma playa donde la noche anterior habíamos estado follando
mientras un desconocido nos miraba y se masturbaba. Disfrutamos de la belleza y
de la paz del lugar, de su inmaculada arena blanca y bañándonos en el agua pura
y cristalina. Silvia estrenó traje de baño. Un atrevido biquini cuya braguita,
aunque no era tanga, dejaba al descubierto buena parte de sus carnosas pero
todavía firmes nalgas. A la parte de arriba, también de reducido tamaño, poco
uso le dio puesto que se la quitó nada más llegar a la playa.
Ambos estábamos en un permanente estado de excitación. La
cálida caricia de los rayos del sol, el rico sabor salado que el agua marina
dejaba en nuestras bocas y que saboreábamos al besarnos con frecuencia y con
mucho frote y chupada de lenguas, y la casi completa desnudez de mi esposa,
provocaban que la mayor parte del tiempo mi pene abultara en del bañador y se
insinuara rebelde, ansioso por ser liberado y atendido. Y el grosor y la dureza
de los oscuros pezones desnudos de Silvia delataban un estado similar.
Poco antes de la hora de comer regresamos a la habitación y
nos duchamos juntos, abrazados y excitados bajo el chorro de agua tibia. Silvia
volvió a chuparme la verga con glotonería, engulléndola entera hasta llegar a
tocarme los huevos con sus labios, ¡haciéndome una auténtica comida de polla!
Algo muy diferente de los tímidos y breves lametones que, casi con asco,
acostumbraba a prodigarme cuando en anteriores ocasiones yo, colocándole el pene
sobre la boca, la medio forzaba a hacerme una felación.
A continuación, cuando me había puesto ya la pija como un
monolito de piedra, lamí su coñito agachado frente a ella, que había colocado un
pie sobre mi hombro y me entregaba su jugosa rajita, totalmente abierta y
accesible a mi boca. Lamí y chupé su clítoris, pasé la lengua por todo su sexo,
lo penetré con ella, le lamí el ano... Hasta ese día ¡nunca habíamos hecho cosas
así en la ducha! Agarrando y levantando uno de sus mulos, la penetré
arrinconándola contra la pared, propinándole furiosas metidas con un movimiento
de abajo arriba que rápidamente nos llevó al orgasmo.
Así pasamos los primeros días de nuestra segunda luna de
miel: disfrutando del mar y la naturaleza, regresando presurosos a nuestro
bungalow cada vez que la excitación y el deseo se volvían irresistibles y nos
poseía la necesidad imperiosa de amarnos, de lamernos, de follar como locos,
cosa que hacíamos al menos dos veces diarias. Hasta antes de ese viaje la
frecuencia de nuestras relaciones sexuales era también de dos o tres veces...
¡al mes!
Una noche, durante la cena, hicimos amistad con Nicole y
Antonio, una pareja algo más joven que nosotros y residentes en Suiza, país de
origen de la chica. Intercambiamos algunas banalidades mientras cenábamos,
estando cada cual en su mesa, y al terminar nos instalamos los cuatro juntos en
la terraza del bar de la piscina para tomar unas copas y charlar.
Nos contaron que solo hacía seis meses que se conocían y que
eran sus primeras vacaciones juntos. Es cierto que se les veía muy enamorados,
como solo suele verse a las parejas que están viviendo la violenta explosión de
sentimientos, deseo y emociones que el nacimiento de un apasionado amor provoca.
No cesaban de besarse, de tocarse, de halagarse mutuamente, mirándose directa e
intensamente a los ojos, cuchicheándose cositas al oído y riendo como críos.
Nicole, una hermosa mujer de unos 30 años, llamaba la atención por su belleza
natural, que conseguía acentuar con su a la vez elegante y provocativa manera de
vestir. No había hombre (ni tampoco mujer) que no se le quedara mirando al
pasar. Y Antonio, que por supuesto se percataba de ello, muy lejos de molestarse
manifestaba una evidente satisfacción al ver la envidia y el deseo que su novia
despertaba por todo su entorno. Es más, en un momento de la conversación me
confesó, en tono confidencial, que tanto a él como a Nicole les encantaba ser
mirados y que en ocasiones se abandonaban a sus ardores en lugares públicos y
siendo conscientes de ser observados, satisfaciendo con ello una clara
inclinación exhibicionista.
La mañana siguiente, estando un poco cansados y con la piel,
aunque ya morena, algo irritada como consecuencia de las muchas horas de sol y
playa, decidimos quedarnos en la piscina del hotel. Bajo uno de los parasoles,
en un rincón al fondo de la piscina, estaban Nicole y Antonio. Al llegar e
instalarnos bajo otro parasol, a solo unos metros del de ellos, nos saludamos e
intercambiamos algunas palabras.
Nicole estaba deliciosa con su minúsculo biquini amarillo,
que más que para tapar parte de su cuerpo servía para provocar la imaginación y
hacer soñar con las delicias que la escasa tela apenas conseguía ocultar.
Silvia, quizás un poquito celosa de ver el magnífico cuerpo
de Nicole y al percibir la mirada que, claramente cargada de deseo, no pude
evitar dedicarle, desnudó sin pudor sus generosos senos, mostrándolos
descaradamente a nuestros nuevos amigos, y tumbándose bocabajo sobre la hamaca
me pidió que le aplicara la crema solar en la espalda.
Comencé a extender la crema por los hombros, la espalda y las
piernas de mi esposa, haciendo que mi mano resbalara sobre su piel lo más
sensualmente posible, con la clara intención de transmitirle mi excitación y
despertar también su deseo. Comenzando mi caricia desde la nuca, extendía la
crema por toda la espalda y dejaba bajar mis manos al pasar por los costados
para acariciar la parte externa de sus senos. Me recreaba sobre sus nalgas,
incluso metiendo los dedos bajo la tela del biquini, y pasaba mis manos con
especial lentitud y suavidad por entre sus muslos, ejerciendo una leve presión
sobre su sexo. Notaba a mi esposa, que había ladeado la cabeza en dirección de
la otra pareja, dejarse llevar por el placer que mis masajes le proporcionaban,
y advertí con agrado como nuestros amigos nos miraban interesados y sonrientes,
mientras mi pene comenzaba a abultar de manera notoria.
Cuando llevaba un rato embadurnando de crema y sobando a
Silvia, cuando comenzaba a introducir mi mano más profundamente dentro de su
braguita para que mis dedos rozaran su sexo húmedo, cuando ya mi pija tiesa como
un mástil tensaba obscenamente la tela de mi bañador y el intercambio de miradas
se hizo más intenso, más lascivo y cargado de vicio, Nicole fue a instalarse
sobre la misma tumbona que Antonio, colocándose de espaldas contra él y mirando,
excitada y desafiante, hacia nosotros.
Al principio despacio, comenzó a frotar el culo contra la
entrepierna de Antonio. Observé como su mirada recorría con deseo el cuerpo de
mi esposa así como el bulto que provocaba mi polla. Las manos de Antonio
comenzaron a recorrer sin disimulo todo su cuerpo. Deshizo el nudo que mantenía
el sujetador del biquini de la mujer, el cual era tan pequeño que apenas tapaba
poco más que sus oscuros pezones, y se lo quitó. Comenzó entonces a acariciar
los preciosos pechos de Nicole, tomando cada uno a su vez en la mano y
proporcionándole un intenso masaje en el pezón, el cual retorcía entre las yemas
de los dedos mientras con la palma de la mano le apretaba la teta. La mujer se
restregaba ya sin disimulo contra el cuerpo de Antonio y era evidente que a
ambos les importaba bien poco el hecho de que no estuviéramos solos en la
piscina. Bien es verdad que los ocupantes de los otros cuatro o cinco parasoles
parecían adormecidos y no prestar atención a lo que en el rincón del fondo
estaba sucediendo. Pero Silvia y yo, mirando descaradamente, no perdíamos
detalle, ninguno de los dos.
Nicole levantó una pierna y la pasó por encima de las de
Antonio. Este a su vez se quitó el bañador y lo arrojó, con la clara intención
de hacérnoslo ver, al suelo delante de la hamaca y a nuestra vista. Entonces,
con gran sorpresa, pudimos ver como por entre las piernas abiertas de Nicole y
frotándose a la tela del biquini que aún cubría su sexo, comenzó a pasar la
polla erecta de Antonio en un lento movimiento de vaivén. Podíamos ver la gorda
cabeza roja de la pija ir y venir frotándose contra el coño de la chica al
tiempo que Antonio seguía magreándole las tetas, y bajando la mano por la linda
barriguita la introducía por dentro de la braguita y le masajeaba el clítoris
con los dedos.
Continuaron con ese mismo trajín un rato, excitándose al
máximo, exhibiéndose a nosotros y excitándonos también. Yo continuaba
acariciando el cuerpo de mi esposa como si aún le estuviera aplicando la crema y
llevaba cada vez con más frecuencia mi mano hasta su sexo para acariciárselo
sobre el biquini, ejerciendo un suave masaje con mis dedos sobre él, que ya
notaba húmedo a través de la tela y que Silvia, separando un poco los muslos,
dejaba totalmente accesible a mis caricias. Ella, a su vez, introdujo una mano
disimuladamente por el hueco de una de las anchas perneras de mi bañador y me
comenzó a menear la polla despacio, matándome de gusto.
Antonio ladeó con la mano el pequeño tanga de la mujer y dejó
al descubierto y bien a la vista el riquísimo coñito, completamente depilado, de
Nicole. Esta, como poseída por el deseo y dedicándonos, sobre todo a mi esposa,
una mirada desbordante de vicio, buscó con su manita la verga tiesa de Antonio,
la agarró y comenzó a pajearla y frotarla contra su sexo. Poco después Antonio
levantó la pierna que Nicole tenía colocada sobre las suyas, agarrándola con su
brazo por el muslo, y la mantuvo de esa manera provocando que el coño de la
mujer quedase abierto y esta pudiera, guiándola con su mano, colocarse la punta
de la polla del hombre en la rajita, que éste comenzó a clavarle empujando desde
atrás.
¡Aquello era alucinante! No podíamos creer lo que estábamos
viendo, nuestros nuevos amigos ¡estaban follando delante de nosotros! Entonces
entendí hasta que punto las palabras de Antonio la noche anterior, cuando aludió
como sin darle importancia su gusto por el exhibicionismo, eran reales. ¡Como
gozaban haciéndolo mientras Silvia y yo los mirábamos! Y, para que negarlo...
¡como nos estábamos excitando mirando!
Nicole gemía ya sin recato y se pellizcaba ella misma los
pezones, ya que la mano de Antonio había dejado de ocuparse de ellos y no
abandonaba su clítoris, que masajeaba con intensidad mientras su polla entraba y
salía del tentador coño a buen ritmo. Ritmo que fue incrementando hasta hacer
que la chica dejara escapar un par de intensos gemidos y su cuerpo se sacudiera
por el placer al correrse con la verga del hombre bombeándole con fuerza.
Antonio continuó follándola unos segundos y, soltando a su vez un gruñido de
placer, sacó la pija de la húmeda cavidad de Nicole la cual, empuñándola con una
mano, comenzó a pelársela con rabia y no paró de hacerlo hasta que cesaron de
brotar de ella los chorros de abundante semen que vertió sobre la barriguita
lisa y morena de la chica, los cuales vimos después resbalar por ella para ir a
caer goteando en la toalla colocada bajo sus cuerpos.
Silvia y yo, que locos de excitación ante tan increíble
espectáculo no parábamos de masturbarnos mutuamente, estábamos completamente
salidos y deseando también follar. De buena gana le hubiera bajado la braguita
del biquini allí mismo y la hubiera poseído, colocándola a cuatro patas sobre la
hamaca, cogiéndola desde atrás y brindando a nuestros amigos el mismo tipo de
espectáculo. Pero, la verdad, ni me atreví a hacer tal cosa, ni creo que Silvia
lo hubiera permitido. Ya el hecho de haber estado mirando a nuestros amigos
follar y el estar masturbándonos delante de ellos como lo estábamos haciendo (¡y
en un lugar público!), era mucho más de lo que nunca hubiéramos imaginado que
llegaríamos a hacer en similares circunstancias. En vez de eso, me tumbé sobre
mi esposa y, apoyando y restregando contra su culo mi pétrea verga, le susurré
al oído:
-Vamos a la habitación cariño...
No hubieron más palabras. Nos levantamos apresurados y nos
marchamos abandonando allí todas nuestras cosas. Solo yo cogí una toalla que me
enrollé por la cintura para intentar disimular el obsceno bulto que marcaba mi
erección. Nada más llegar al bungalow y apenas abrimos la puerta y entramos, nos
arrancamos mutuamente la poca ropa que vestíamos y allí mismo, en el suelo de la
entrada, follamos como desesperados y tuvimos ambos, como nos confirmamos luego
al comentarlo, uno de los orgasmos más intensos y salvajes de nuestras vidas.
Durante el resto de las vacaciones pasamos mucho tiempo con
Nicole y Antonio. La mañana siguiente estuvimos en la playa con ellos. Antonio
me propuso hacer footing con él por la orilla mientras las chicas se entregaban
al ritual sagrado del bronceado. Acepté casi con pena y sin poder disimular el
deseo que los cuerpos prácticamente desnudos de esas dos hembras deliciosas
despertaban en mí. Y lo peor es que el cabrón de Antonio, más joven que yo, en
muy buena forma y acostumbrado a hacer footing casi todos los días, me hizo
correr por lo menos ocho kilómetros sobre la arena. ¡Por un momento pensé que le
íbamos a dar la vuelta entera a la isla! Y claro, por orgullo masculino, por no
quedar en ridículo, aguanté como pude la paliza.
A la vuelta, cuando nos aproximábamos de las mujeres, todavía
tumbadas y con los cuerpos morenos y brillantes por los aceites bronceadores, me
pareció ver que estaban muy pegaditas la una a la otra, juntas sobre la misma
toalla. Incluso advertí como jugaban con los pies, rozándoselos y
entrelazándoselos, mientras cuchicheaban cosas con las cabezas pegadas y reían
con complicidad.
Al vernos llegar se separaron un poco. Antonio se colocó
sobre Nicole y comenzó a hacer flexiones sobre su cuerpo, poniendo especial
cuidado en restregar cada vez que bajaba el paquete de su entrepierna sobre el
precioso culito de la chica. Al cabo de diez o doce flexiones se levantaron y
marcharon corriendo y jugando como críos al agua para darse un baño. Yo me tumbé
junto a mi esposa, cansado por el esfuerzo de la carrera. Enseguida me llamaron
la atención los abultados pezones, visiblemente excitados, que apuntaban
rabiosos rozando la toalla sobre la que estaba tumbada.
-Vaya pitones que luces, tesoro -le dije divertido mientras
le atrapaba uno de ellos entre dos dedos y se lo pellizcaba- Veo que esa zorrita
de Nicole está poniendo cachonda a mi mujercita.
-N... no, pe... ¡pero qué dices hombre!... -Contestó
visiblemente turbada aunque sin ninguna convicción.
-No disimules, cielo, y no te cortes, ¿qué más da? Estamos en
este paraíso de vacaciones, para disfrutar y pasarlo bien, ¿no? -proseguí al
tiempo que la besaba en el cuello- Me gusta verte así de excitada. Además, ¿como
reprocharte nada? Nicole es encantadora y su cuerpo es una auténtica tentación,
disfruta de él si lo deseas.
Sin responder, me atrajo contra ella y comenzó a besarme
metiéndome la lengua hasta la garganta, confirmándome lo excitada que estaba. En
pocos segundos me contagió su excitación y nos dejamos llevar por el deseo,
besándonos y metiéndonos mano como si estuviéramos en la intimidad de nuestro
cuarto. En ese momento, nuestros amigos regresaron del agua e hicieron una broma
sobre lo "caldeado" que se ponía el ambiente. No negaré que sentí un poco de
vergüenza al comprender que el jocoso comentario fue debido al tremendo lote que
me estaba pegando con Silvia, pero sobre todo por el descarado bulto que mi
polla empalmada provocaba en mi bañador.
En ese ambiente de buen humor y rebosante de erotismo
permanecimos un rato más en la playa. Nos bañamos e hicimos algunas fotos
juntos. En una de ellas aparecen Silvia y Nicole enlazadas y encarando la
cámara, mirando con caritas de putitas y con los tentadores pezones de ambas
apuntando al objetivo con descaro. Una foto que cada vez que la miro ¡me provoca
una erección inmediata!
Al cabo de un rato Antonio sugirió regresar al hotel para
tomar un aperitivo en el bar de la piscina. Una vez allí, Nicole propuso a mi
mujer darse una ducha para quitarse de encima la arena. Mientras Antonio y yo
hacíamos el pedido al camarero se dirigieron juntas, cogidas de la mano, hacia
las duchas, y desparecieron detrás del muro de vegetación que las ocultaba.
Pasaron los minutos. Un cuarto de hora después todavía
permanecían allí.
-Me da la impresión que las chicas están disfrutando mucho de
la ducha. –Me dijo Antonio, guiñándome un ojo y riendo divertido al verme mirar
extrañado hacia ese lugar. Y me propuso, dándome una sonora palmada en la
espalda, que fuéramos a sentarnos a la sombra bajo uno de los parasoles.
Finalmente regresaron. Silvia vino a sentarse a mi lado y
Nicole, lógicamente, fue a la hamaca donde se encontraba Antonio. Sin ni
siquiera dar un sorbo a su Martini, se tumbó sobre el cuerpo del hombre,
frotándose sensualmente contra él, susurrándole palabras al oído, visiblemente
excitada, retorciéndose y ronroneando como una gata en celo.
-Vaya, esta chica vuelve de las duchas completamente salida
–comenté en voz baja a mi esposa- ¿Qué habrá ocurrido allí adentro? -Añadí como
sin darle importancia, preguntando sin preguntar y advirtiendo la actitud
evasiva de Silvia, que evitaba mirarme y darme una respuesta.
Los otros comenzaron a besarse con pasión, comiéndose la
lengua, acariciándose sin pudor, y en pocos segundos la verga de Antonio comenzó
a abultar obscenamente dentro de su pequeño bañador, tanto que buena parte de
ella sobresalía por arriba, quedando al descubierto. Nicole se frotaba contra
ella con las piernas abiertas, una a cada lado de la tumbona. Por lo menos diez
centímetros de rabo sobresalían del bañador de Antonio. Se levantaron y lanzaron
apresuradamente al agua de la piscina. Se agarraron al borde, a pocos metros de
nosotros, y, abrazados y devorándose las bocas, el cuerpo de Nicole comenzó a
moverse despacio, arriba y abajo, contra el de Antonio.
Podíamos oír con claridad los gemidos de la chica. Estaban
follando dentro de la piscina.
Volviéndome hacia mi esposa, que tampoco perdía detalle de lo
que sucedía en el agua, pasando una de mis manos sobre sus muslos y sintiendo mi
picha engordar, insistí:
-¿Qué ha pasado en las duchas, cariño?
-Esto... pues... la verdad es que... no sé, nada... ¿qué
quieres saber? –Contestó ruborizándose pero también visiblemente excitada.
-Vamos tesoro, no habéis pasado más de veinte minutos en las
duchas, juntitas y desnudas, hablando de la evolución del precio del petróleo,
¿verdad? –Continué, acariciándola cada vez más íntimamente, con la polla cada
vez más tiesa y mirando a nuestros amigos follar abrazados dentro del agua, con
expresión de gozo en sus caras y sus cuerpos pegados agitándose despacio- Quiero
que me lo cuentes, con todo detalle.
-Bueno, es verdad que algo si que ha pasado... –continuó
separando un poco los muslos y dejando que mis dedos comenzaran a acariciar su
sexo.
Guiada por la excitación que la poseía me explicó como nada
más entrar a las duchas Nicole se había desnudado por completo y le había
propuesto a ella hacer lo mismo. Mi esposa lo hizo y se colocó debajo del chorro
de agua tibia de uno de los surtidores. Nicole vino a su lado, bajo la misma
ducha, y la comenzó a acariciar con dulzura y sensualidad. Con el agua
resbalando por sus cuerpos comenzó a pasarle las manos por el cuello, los
pechos, la barriguita... y acercándose más, comenzaron a besarse en la boca...
Se interrumpió para decirme, como disculpándose, que se
sentía un poco molesta de contarme a mí, su marido, como se había excitado con
otra persona, y un poco culpable de haberse entregado y dejado hacer de esa
manera.
-Continua, cariño –La apremié sin cesar de acariciarla,
completamente excitado, empalmado y salido como un cabrón.
-Pues... después ha tomado uno de mis pechos con la mano y
acercado sus labios. Me ha chupado y mordisqueado el pezón despacito, la verdad
es que me daba mucho gustito sentir sus dientecitos, y no he podido evitar
comenzar a gemir. Ha comenzado a acariciarme entre las piernas y entonces me he
abandonado por completo a ella. He separado los muslos; primero me ha pasado un
dedito por entre los labios, me ha frotado con él sobre el clítoris, excitándome
como una loca y haciéndome desear que me lo metiera en el chochito. Le he rogado
que lo hiciera y me ha dicho que si, que iba a hacerlo, que me deseaba y que
quería verme gozar como una putita viciosa. Sus caricias y sus palabras me han
excitado aún más. Me ha metido la puntita del dedo y lo ha ido introduciendo
poco a poco, disparándome de tal manera las ganas de sentirme penetrada que la
he abrazado y tomando su carita entre las manos la he besado buscando su lengua.
También yo le he chupado un poquito los pezones, que también tenía duros y
sabían muy sabrosos, le he acariciado el coño e incluso le he metido el dedito
excitada al sentirlo tan liso y suavecito. Me ha gustado mucho, he pensado que
yo también debería depilarme así, ¿no crees mi amor? Porque se sentía tan rico
que hasta a mi me han dado ganas de comérselo. Con todo eso, pues me he puesto
muy, muy cachonda, estaba ya apunto de correrme. Nicole lo ha notado y ha vuelto
a comerme las tetas, me ha metido un segundo dedo y comenzado a dedearme rápida
y profundamente y yo, cariño, pues... no he podido evitar correrme, porque...
¡jolines, qué gusto me daba sentir su boca chuparme los pezones y sus dedos
follarme el coño!
Era Silvia, mi esposa, la madre de mis hijos, esa mujer
recatada a la que creía conocer tan íntimamente desde hace tantos años, la que
me hablaba como una ninfómana viciosa y me contaba como gozosa se había dejado
mamar las tetas por otra mujer, como le había suplicado que le metiera los dedos
en el coño y gozado con su follada hasta correrse. ¿Como describir mi estado en
ese momento? ¿Como explicar lo salvaje de mi deseo?
Tomándola de la mano y tirando de ella, la llevé casi a
rastras hasta nuestro bungalow. Fuimos directos a la cama y nos tiramos en ella,
comenzando inmediatamente a hacer un 69. Después de llevar toda la mañana
excitado y viviendo situaciones tan extraordinarias estaba ya para explotar. De
manera que muy poco después de sentir la boca de Silvia atrapar y engullir mi
verga, mientras le pajeaba el coño con los dedos y lamía el clítoris, me corrí
gruñendo de gusto como un animal y comencé a enviar lanzadas de esperma caliente
dentro de la boquita de Silvia, que por primera vez lo tragó gustosa y saboreó
como una puta, sin dejar de mamarme la polla hasta que cesó de eyacular, y
corriéndose a su vez separando las piernas como una perra y encajando enteros
tres de mis dedos en el coño.
Los días, repletos de tantas situaciones excitantes que sería
demasiado largo incluirlas todas aquí, iban pasando y las vacaciones llegaban a
su fin. El último día Antonio propuso que encargásemos una cena y nos la
hiciéramos servir en uno de los bungalows, para pasar nuestra última velada
juntos y en la intimidad. Nos pareció a todos una excelente idea y así lo
hicimos. Se propusieron como anfitriones y convenimos vernos en el de ellos.
Cuando llegamos, sobre las ocho de la tarde, ya habían traído
la cena, compuesta de varios platos fríos a base de pescado y marisco, así como
las dos botellas de vino que habíamos encargado. Nicole nos recibió más
deliciosa y provocativa que nunca. Con sandalias blancas y una cortísima
minifalda del mismo color que valorizaban de manera increíble sus piernas
fuertes y bronceadas. Una blusa ligera y corta, casi transparente, que dejaba al
aire su deliciosa barriguita y apenas tapaba nada de los voluminosos senos que
se apretaban y marcaban bajo la tela, y que permitía ver parte de sus pezones.
La chica estaba, como vulgarmente se dice, ¡para levantarle la polla a un
muerto!
Pero Silvia tampoco se quedaba muy atrás. Con un vestido
también corto y ajustado de color azul claro, terriblemente sexy, bajo el cual
solo llevaba puesto un minúsculo tanga negro.
Cenamos en la intimidad del pequeño salón del bungalow,
disfrutando de la deliciosa comida y del buen vino, con el rumor del mar como
música de fondo, a la luz de las velas y charlando agradablemente. La
conversación se animaba y hacía más íntima a medida que las botellas del
excelente vino blanco se vaciaban, derivando inevitablemente hacia temas
referentes al sexo, interrogándonos los unos a los otros sobre nuestras
fantasías y deseos secretos. Tras los postres, retiramos la mesa y descorchamos
una botella de champaña.
En ese momento un denso ambiente saturado de erotismo y deseo
se había instalado y comenzaba a envolvernos a todos, a apoderarse poco a poco
de cada uno de nosotros. Nuestros amigos, como de costumbre, no cesaban de
besarse y sobarse sin ningún pudor en nuestra presencia. Antonio se instaló en
el sofá y Nicole vino a sentarse sobre sus rodillas. Silvia se colocó junto a
ella, en el otro extremo del sofá, y yo en un sillón, a su lado.
Al segundo siguiente Nicole desabrochaba la camisa de Antonio
e introducía las manos por dentro para acariciar el pecho del hombre mientras
comenzaban a besarse, poniéndole al beso un vicio tal que atrajo nuestras
miradas irresistiblemente. Con las bocas entreabiertas, apenas rozando sus
labios y dejando ver sus lenguas buscare, frotarse y lamerse la una a la otra.
La chica subió las piernas sobre el sofá, puso uno de sus
lindos pies sobre el muslo derecho de mi esposa y comenzó a acariciarlo con él a
la vez que yo comenzaba a acariciarle el otro. Silvia estaba visiblemente
excitada, se recostaba en el sofá y adelantaba y separaba las piernas
entregándose por completo a nuestras caricias.
Nicole también separaba las suyas mientras frotaba con el pie
el muslo de mi esposa, ofreciéndome el increíble espectáculo de sus muslos
abiertos y la escasa tela del tanga blanco que apenas tapaba su coño, sobre el
cual Antonio había colocado una mano y lo acariciaba con los dedos. Entonces
nuestra amiga se levantó, se colocó frente a su hombre y nos brindó el
streap-tease más morboso y excitante al que jamás había asistido en mi vida.
Despacio y moviéndose de una manera increíblemente sensual y viciosa, se quitó
la faldita y la blusa, quedando finalmente solo con el minúsculo tanga. Se
arrodilló frente a su novio y comenzó a quitarle el pantalón.
Cuando se lo hubo sacado, la polla de Antonio, que no vestía
ropa interior, apuntaba tiesa y orgullosa al techo, atrayendo como un imán la
mirada cargada de deseo de Nicole y... ¡también la de mi esposa!
Nicole, arrodillada entre las piernas abiertas de Antonio,
comenzó a masturbarlo despacio, pelándole la verga con infinito mimo y cariño,
adorando el fálico miembro como si de un objeto mágico y frágil se tratara. ¡Qué
envidia sentía viendo esa mujer, tan hermosa y deseable, ocupándose con tanta
maestría de la polla de mi amigo! Nicole, mirando a mi mujer y con voz ronca de
vicio, susurró:
-Ven cariño, ven conmigo y acaricia esta polla, ven a
tocarla.
Silvia, indudablemente tentada, me dedicó una mirada como
buscando mi aprobación, y al ver mi viciosa sonrisa de ánimo y mi cabeza asentir
despacio, no dudo en ir a colocarse junto a Nicole. Agarró la base de la polla
de Antonio con una mano y acompañó el movimiento de Nicole.
Era la primera vez que veía a mi mujer postrada como una puta
ante una polla y cascándole un pajote, y, para que mentirles, fue algo que me
excitó como un animal, que me hizo perder el control y empujó a, casi sin darme
cuenta, desnudarme y comenzar también a pajear mi totalmente erecta verga.
Tras un par de minutos de pajear la tranca de Antonio,
Nicole, que me miraba machacarme la polla con miradas cargadas de deseo, animó
de nuevo a mi esposa...
-Mámale la polla a mi macho, putita, se ve que te mueres de
ganas, vamos, ¡chúpasela!
Silvia, esta vez sin buscar mi consentimiento, obedeció y
comenzó a mamar con ansia la verga de Antonio, el cual gemía de placer echando
la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos. Nicole se sentó en el sofá
recostándose sobre el pecho del hombre, con una de sus piernas sobre el asiento
y la otra posada en el suelo. Despatarrada, presa de un evidente deseo salvaje,
me invitó con la mirada a ir a su encuentro y yo, sin poder permanecer por más
tiempo como mero espectador, me arrodillé entre sus divinas piernas y comencé a
besar y lamer sus muslos mientras, despacio, le iba quitando el tanga.
La divina hembra se agarró las rodillas con las manos y
levantó y separó las piernas al máximo. Su delicioso coñito estaba a solo unos
centímetros de mi boca, completamente abierto, expuesto, deseoso y entregado.
¡Tan apetecible! Completamente rasurado y brillante de humedad, jugoso,
supurando deseo puro, ofreciéndome una de las imágenes más excitantes que jamás
había podido ver y vivir en la realidad. Coloqué mi boca sobre él y lo comencé a
lamer con indescriptible placer, dándole largos lengüetazos, mezclando mis babas
a sus jugos, chupándole el clítoris y lamiéndole también la raja del culo y el
ano. Sentía la mano de Nicole acariciar mi pelo y la oía gemir.
Deseando dar placer y satisfacer a esa magnífica hembra, abrí
mi boca lo más que pude y absorbí dentro de ella el coño entero de la chica,
procediendo enseguida a rozarlo con mis dientes y lamerlo y penetrarlo con la
lengua. A pesar de mi dificultad para respirar prolongué dicho tratamiento
mientras ella agarraba mi pelo de un puñado y se retorcía de gusto. Sintiéndola
tan cerca del clímax proseguí, respirando con dificultad por la nariz mientras
por la comisura de mis labios caían hilos de mis babas mezcladas a los flujos
del coño de Nicole la cual, entre fuertes gemidos, explotó en un intenso
orgasmo.
Al incorporarme pude ver como Antonio y Silvia, ambos en el
suelo y ya completamente desnudos, se estaban comiendo la lengua el uno al otro,
mientras ella le pelaba la polla y sobaba los huevos, y los dedos de Antonio
pajeaban con rabia el coño totalmente entregado de mi esposa, la cual estaba
agachada en cuclillas con las piernas completamente abiertas.
Enseguida Antonio se tumbaba en el suelo y mi esposa acudía
presurosa a sentarse sobre él, sin olvidar empalarse previamente en su tranca
tiesa, y comenzaba a cabalgarlo presa de un vicio irrefrenable.
De nuevo, ¡qué increíble espectáculo! Mi querida esposa
estaba follándose a otro hombre delante de mis narices, despatarrada como una
puta encima de él. Con las manos apoyadas en su pecho, venía a clavarse entera
la polla del cabrón de Antonio con fuertes meneos de riñones, agitándose y
gimiendo como una perra en celo. Podía ver su expresión de intenso placer, sus
tetas balancearse con violencia arriba y abajo, oír el ruido que sus cuerpos
provocaban al chocar en cada embiste, sus gemidos... Repito, ¡increíble!
Nicole acudió junto a ellos. Agarró las tetas de mi esposa y
se las comenzó a apretujar, a retorcerle los pezones con los dedos,
incrementando con ello aún más si cabe el placer y la intensidad de los gemidos
de Silvia, la cual se corrió gruñendo como una gorrina.
Recuerdo que en ese momento me pregunté cuantos orgasmos
debía llevar ya esa noche.
Pero no por ello dejaron de follar, claro que no. Mientras
proseguían Nicole se agachó junto a su novio y le colocó las tetas sobre la
cara, que este atrapó con las manos y comenzó a masajear, metiéndose un pezón en
la boca y mamándolo con tanta intensidad que se oían resonar los chupeteos. La
chica había quedado con el culo levantado y expuesto a solo un metro de
distancia de mi. Aquello era más de lo que un hombre puede resistir.
Me acerqué a ella, la agarré por los riñones y sin ningún
recato la penetré así, desde atrás. Con una penetración lenta, que gocé
centímetro a centímetro, le introduje entera la polla y seguidamente comencé a
follarla con fuerza. Estaba poseyendo a esa preciosa zorra a la que tanto
deseaba desde que la había visto la primera vez, delante de mi esposa, la cual
seguía moviéndose encima de Antonio con su polla incrustada en el coño.
Estábamos los cuatro totalmente entregados al deseo, y la única razón que
existía en ese momento, la única motivación que nos animaba, la única ley que
nos gobernaba, era satisfacer esa lujuria y ese vicio animal.
No podría decir quién se corrió antes o después ni en qué
momento. Solo recuerdo que mi orgasmo fue alucinante. Recuerdo haber gritado de
gusto e inundado el coño de Nicole de mi esperma vertido en innumerables
lanzadas, cada una de ellas una intensa descarga de placer. Recuerdo haberme
retirado después de la chica y sentado en el suelo detrás de ella, agotado, y
haber visto los chorros de semen caer resbalando por sus muslos mientras ella
seguía agachada y besándose con Antonio.
Un rato después fuimos a darnos un baño a la piscina.
Regresamos para tomar una última copa juntos y acabamos volviendo a follar de
nuevo, esta vez cada uno con su pareja, muy cerca los unos de los otros y
mirándonos hacerlo mutuamente.
Así acabamos de celebrar nuestro quinceavo aniversario de
bodas y dimos por terminada nuestra segunda luna de miel.
Como les decía al principio, mi vida es otra desde esas
vacaciones. Silvia y yo, más enamorados, cómplices y unidos que nunca, estamos
permanentemente a la búsqueda de nuevas experiencias y placeres. Frecuentamos
los clubes de parejas, las saunas mixtas (como la que visitamos la semana pasada
y donde Silvia experimentó su primera triple penetración), hacemos intercambios
con parejas con las que entramos en contacto por Internet y, cuando el tiempo lo
permite, también nos gusta exhibirnos y follar al aire libre, en la naturaleza y
en sitios públicos.
Muy pronto, dentro de unas semanas, vamos a viajar para
conocer Suiza, invitados por Nicole y Antonio. No me cabe ninguna duda de que
será también un magnífico viaje.
Gracias por haber leído mi confesión.