EL EFECTO VILLACAÑAS
Si os pasáis por la Facultad un martes por la tarde es
probable que nos veáis, a los cuatro en la misma mesa, compartiendo café y
tertulia. Julián estará fumándose un cigarrillo y trasteando con mi reloj, que
siempre me quito porque me viene grande. Alberto removerá los hielos de su
bombón del tiempo, guardando sus opiniones hasta que le pida que hable. Y que
grite más. Ana ni siquiera habrá vertido su cortado en la copa con hielo,
empezará a decir algo para callar inmediatamente, y emitirá juicio cualitativo
sobre cada cosa que digamos. Yo ya habré acabado mi café y estaré pensando cómo
dejar en evidencia al actual orador. Siempre con cariño.
Y es posible que estemos hablando de sexo. Un buen día, o una
buena tarde para ser más exactos, alguien perdió esa reticencia inicial a hablar
del tema, y desde entonces no hay día que no salga, aunque sea de refilón. Al
fin y al cabo, ¿a quién no le gusta?. Al principio sólo éramos Julián y yo, los
oradores, por así decir, Alberto callaba estratégicamente y Ana preguntaba mucho
y contestaba poco. Pero con el paso del tiempo hemos ido mojándonos todos, de
modo que ya sabemos de qué pie cojea cada uno.
Lo que no todos saben es cómo Ana ha pasado de ser una chica
formal y más o menos reservada a participar activamente en nuestras
conversaciones más picantes. A mí me lo contó en confesión una calurosa tarde de
julio, y ahora yo lo voy a hacer público porque no se me da demasiado bien eso
de guardar secretos. Ana debería haberlo sabido.
Como la protagonista de esta historia es Ana, os voy a contar
algo más de ella. Tiene veintidós años, y físicamente no diríais que es la mujer
más atractiva del mundo. Es morena, de estatura normal, quizá tirando a baja. No
tiene un pecho de esos que te impiden subir con ella en el ascensor, y no viste
súper ajustada como las jovencitas de hoy en día. Pero en conjunto es adorable.
No sé qué tiene, no sé qué es, pero hay como un aura que la rodea y la hace
sumamente apetecible. En realidad está buena, pero a simple vista pudiera no
parecerlo. Ahora, es difícil no caer en su embrujo tras haberla conocido. Una
tarde hablando con ella y estás perdido.
Mi querida Ana, a pesar de su edad y debido aunque no quiera
reconocerlo a la sobreprotección paternal y la educación tradicional, inició
virgen, que no santa, este año 2005. Pero no lo acabará igual, no.
El ladrón de su virginidad no fue otro que L. S. V. de C., al
que para abreviar llamaremos simplemente Villacañas. Villacañas, o El Villa,
como solemos llamarle, es un compañero de carrera, de quinto año, eso sí, y que
a cambio de diez créditos a final de curso, daba clases prácticas en un par de
asignaturas. En una de ellas estábamos nosotros cuatro, y la pobre Ana cayó
presa de la erótica del poder. Porque otra cosa no podía ser.
El Villa no es nada del otro mundo. Bastante delgado y
no precisamente alto, no tiene culo y viste en un plan que pretende ser bohemio
y se queda simplemente en cutre. Su pelo con look de recién levantado de la
siesta está, no nos cabe duda, metódicamente peinado para causar tal efecto, y
suele lucir barbita, no la clásica de un día, no, sino de tres o cuatro. Que
conste que a mí el chaval me cae muy bien, pero físicamente no le encuentro
mayor atractivo que el ser el clásico profesor joven. Y mira que se lo digo a
Ana.
Pues ni caso. Nuestra Ana quedó prendada de su estilo
descuidado y sus delirios de grandeza y tuvo la fortuna, o el infortunio, según
se mire, de ser correspondida. Sí, El Villa podrá ser muchas cosas pero
no es tonto, y como quien no quiere la cosa fue de profesor enrollado con
nosotros para acercarse a Ana paulatinamente. Ana, que podrá no tener mucha
experiencia en estas lides pero es mujer, encontró la excusa perfecta para
meterse en su casa gracias a su común pasión por el género gatuno.
Sí, ambos tenían gatita, y Ana fue a conocer a la de
Villacañas, y es un decir, con un motivo del que no creo acordarme. Para el
"gran día" Ana escogió un top blanco ajustado, que tengo la obligación de decir
que le queda extraordinariamente bien, y una falda larga naranja rematada con
dos sencillas sandalias, blancas también. Llevaba suelto su negro pelo, ese día
estaba irresistible. El Villa iba como siempre, con unos vaqueros negros
desgastados, unas zapatillas de deporte negras y un jersey color oliva.
El Villa no vivía en la ciudad, sino en un pueblo
adyacente, de modo que fueron en su coche, un Ford Fiesta con más años que su
dueño, que por cierto, no lo he dicho, tiene veintitrés. El Villa se
mostraba muy animado, mientras que Ana estaba tal vez algo más cortada, quizá
imaginando en su mente lo que podía pasar cuando llegaran a su destino. Y tuvo
tiempo para hacerlo, ya que la carretera estaba en obras y había retenciones
importantes. Llegaron con mucho más retraso del deseado, pero llegaron. El
Villa avisó a Ana que no podría quedarse demasiado tiempo, porque quería
llevar a su gata al veterinario. Fue la primera excusa que se le ocurrió. A Ana
no le importaba, demasiado bien sabía cuál era la media de tiempo que un hombre
aguanta en la cama. Bueno, en la cama o en donde sea. El caso es que así,
haciendo como que realmente estaban allí por la gata, entraron en la casa y
El Villa la invitó a pasar al salón.
Allí estaba su gata, el motivo principal y también aparente
por el que Ana estaba donde estaba. La verdad es que era adorable, pero no tanto
como el joven que le estaba preguntando si quería tomar algo. Entonces todo fue
más fácil, Ana no estaba dispuesta a desperdiciar la oportunidad, y El Villa
no estaba dispuesto a dejar que la desaprovechara, así que mientras le servía un
zumo de melocotón tropezó sin querer evitarlo con la pata de la mesa manchando
su top. Ya, ya sé, es la clásica escena de película, yo le dije lo mismo a ella,
pero no se puede negar que funciona. Que si perdona, que si quítatelo que te
traigo una toalla, y en menos de lo que canta un gallo Ana ya tenía el sujetador
en la cintura y la boca de Villacañas en su pezón izquierdo.
Ana no se planteaba en aquel momento si era la mejor forma de
iniciarse en las artes amatorias. Eso de velitas y pétalos de rosas le pareció
una gilipollez cuando podía tener la lengua de Villacañas lamiendo sus pezones,
sus dientes mordiendo, sus labios chupando, mientras sus dos manos trataban, sin
demasiado éxito, desabrocharle el sujetador. Afortunadamente El Villa,
quien por cierto un par de minutos atrás parecía no enterarse de la fiesta, lo
tenía todo muy bien calculado, y dio un justo descanso a los senos de Ana a
cambio de acabar de desnudarla. Por su parte, Ana comenzó a desabrochar su
cinturón, para lo que demostró una inimaginable pericia, y en un momento tenía
la erección de Villacañas en la mano.
La suerte estaba echada, uno de los dos iba a comenzar con el
sexo oral y las ganas de sentir la lengua de Ana jugueteando con su glande fue
superior al hambre que sentía El Villa. La dejó hacer. Ana, sentada en el
sofá, sacó completamente el rabo de su profesor por entre la bragueta, y sin más
dilación se lo metió en la boca. Y es que en ciertas ocasiones todos somos un
poco autodidactas. El Villa, entre jadeo y jadeo, acababa de
desabrocharse los pantalones y los dejaba caer al suelo. Ana seguía a lo suyo,
que lo tenía chupado. El alemán no sé cómo se le dará, pero el francés, según
dice, de matrícula de honor.
Villacañas la hizo parar antes de correrse, porque tenía un
poco de prisa y sabía que no habría tiempo para una doble ración de sexo, al
menos no para él. Como el muchacho es generoso, quería devolverle el favor a su
compañera, de modo que se arrodilló frente al sofá, separó las piernas de Ana y
se zambulló de cabeza, o de boca, entre las mismas. Ana dio un respingo cuando
sintió la lengua que había catado minutos antes ocupándose de otros labios.
Agarraba a su amante de los pelos, despeinándolo un poco más, si esto fuera
posible, y se pellizcaba alternativamente sus pezones con la otra mano. El
Villa sabía lo que se hacía, desde luego estaba claro que no era su primera
vez. Besaba los muslos de Ana, lamía aquí y allá, prolongando su placer,
demorando la llegada, con aquella dulce tortura. Ya andaba en plena succión
clitoriana cuando se sintió atrapado entre los muslos de Ana, que los cerraba
inconscientemente en respuesta al electrizante orgasmo que acababa de
proporcionarle. La lengua de Villacañas había resultado un gran sustituto de su
mano derecha.
Ana se incorporó como pudo y besó a su héroe, dispuesta más
que nunca a llegar hasta el final. El Villa también, pues según me dijo
Ana le encontró poniéndose el condón antes de darse cuenta de que lo había
sacado. Ana volvió a sentarse, instintivamente, pero El Villa la prefería
arriba, así que se sentó él y ella se situó a horcajadas. Dirigió el pene con su
mano y lo introdujo muy poco a poco, notando cada centímetro, hasta que entró
por completo. Ahora ya podría decir que había follado. Después de dos o tres
subidas y bajadas, lentas y pausadas pero nada dolorosas, para que Ana se
acomodara a la nueva situación, El Villa comenzó a imprimir un ritmo más
rápido. Pronto fue Ana quien pasó a dirigir la orquesta, apoyada en los hombros
de su hombre, cabalgando cual amazona liberada esa estaca que se perdía en lo
más profundo de su ser sesenta veces por minuto.
El Villa volvió a los pechos de Ana, que los tenía a
reventar, mientras dirigía su culo con ambas manos, arriba y abajo, como si a
Ana le hiciera falta. Volvió a coger las riendas, y cuando unieron sus fuerzas
fue demasiado para ambos, que se corrieron a los pocos minutos, primero él,
luego ella. Sudados y exhaustos, compartieron saliva una última vez antes de
desacoplar sus cuerpos. A Ana ni siquiera le importaba que aquella barba
pinchase. ¿Cómo le iba a importar, después de la etapa que acababa de cerrar de
un polvazo?
Afortunadamente para Ana y desgraciadamente para El Villa,
dicho polvo no fue lo suficientemente rápido como para estar presentables antes
de que llegara la novia de este último y descubriera a su chico con otra. El
Villa, avergonzado, no intentó disculparse, y se limitó a observar a Ana,
que obviamente estaba tan sorprendida como su novia. Sin embargo, no lo
demostró, no se ruborizó siquiera mientras acababa de vestirse ante la atenta
mirada de la cornuda, que no daba crédito a lo que veían sus ojos. Muy digna, se
despidió de ella mientras salía, dejando atrás su inocencia y adelante una
sonrisa dibujada en los labios. Según nos enteramos más tarde, El Villa
quedó soltero ese mismo día, pues los héroes no controlan su destino.
Y así fue como Ana se inició en el sexo de manera práctica y
pasó a enriquecer nuestras charlas sexuales. Desde entonces, éstas han subido de
nivel, ahora somos más sinceros y menos reservados. Ana ya se ha olvidado de su
profesor (nada como tirarse a alguien para quitárselo de la cabeza), Alberto, a
cambio, participa más que antes, Julián sienta cátedra y yo, por mi parte, tengo
más historias que contar. Al final, todos ganamos.
A Anita.