Dado que era domingo, el movimiento de personas llegando y
partiendo de la playa, dificultó nuestra la salida del agradable refugio, ya que
de ninguna manera queríamos ser vistos por nadie saliendo del monte y menos por
nuestros amigos de los cuales nos habíamos despedido hacía mucho más de una
hora. Y de encontrarnos con alguno de ellos no podríamos explicar nuestra
permanencia aun por ahí.
Yo misma pude cerciorarme de esto, trepando, en cuatro patas,
sigilosamente, la duna de arena, como niña traviesa, entre las ramas. Desde ahí
vi como algunos de los amigos se prestaban a partir, otros, que por sus
actitudes era de suponer que recién habían llegado. No así la negrita, la misma
de la que habíamos estado hablando, momentos antes, con mi primo, a propósito de
su tío el mulato que se decía re caliente conmigo,. La pendeja estaba
cómodamente instalada leyendo mi revista. Solo ahí tomé cuenta que la había
dejado olvidada
No sabíamos desde cuando estaba ella en la playa pero parecía
demasiada coincidencia, y lo era, como muchas cosas de la vida.
Se lo hice saber a mi primo. Y este malicioso se ofreció para
ir a recuperar la revista.
A lo que yo, un poco en broma, mucho en serio y bastante
celosa, le dije groseramente:
"-Mira, hijo de puta, si me dejas sola aquí te corto la
pija.-"
Él, salamero, trepó la duna hasta alcanzarme y decirme cosas
cariñosas, como que: de ninguna manera me dejaría sola en una situación que me
desagradara o que fuese peligrosa y menos por otra mujer. .
Me dio besitos en la boca, que yo furiosamente encantada
respondía, a la vez que sus manos acariciaban mi cuerpo desnudo, ya que
únicamente lo tenía cubierto por el pareo, anudado por encima de mis senos, y
que como era, de los de tipo hindú, el más grande, me cubría bastante bien hasta
encima de la rodilla, pero por otro lado era muy fácil de abrir, desde abajo,
dejando expuesta mi entre pierna desnuda porque aún no me había vuelto a poner
la diminuta tanga ya que me estaba resultando muy incómoda por el roce en mi,
semi rasurada, bastante irritada y recién cogida vulva,.
Transformó, con sus manos y sus palabras, mi infantil y
repentino enojo en perversa complicidad cuando guiando una de mis manos hasta su
verga hizo que se la acariciara hasta recuperar algo de su dureza mientras ambos
contemplábamos la escena de la playa donde, entre otras cosas, la mulatita
sostenía entre sus manos la revista que nos había servido, un solo rato antes,
para ocultar los jugueteos de la mano de mi primo en mi entrepierna.
A pesar de la complicidad no pude dejar de decirle en tono de
provocador reproche, aunque divertidamente, que era demasiado degenerado.
Un poco preocupados por no poder, por ahora, salir de nuestro
refugio, aunque yo, en realidad no tenía ni un poco de ganas de volver a mi
casa, debimos permanecer más un tiempo ahí, como si estuviéramos de picnic
consumiendo las frutas y el agua, que yo había llevado, y conversando sobre
todo.
Mi Primo sentado en mi silla reposera, conmigo mimosamente
acurrucada de costado en su falda, había vuelto a vestir su bermuda para estar
listos a partir cuando las condiciones fuesen favorables y para que yo estuviese
más tranquila, ya que todavía, en el fondo, no había perdido el miedo frente a
la posibilidad de que fuéramos vistos; porque una cosa es estando re caliente,
especialmente en el momento del orgasmo que en mi, ahora me estoy dando cuenta,
no hay miedo o inhibición que valga y otra cosa es bastante calmados.
La charla transcurría tranquila y amorosamente. Los
comentarios que hicimos sobre la conversación que él mantuvo con el mulato donde
este último le confesaba que siempre me tuvo ganas la respuesta de mi primo, en
broma o no, de "entregarme", familiar por familiar, a cambió, nada menos, que de
mi vecinita, la misma que hoy es mi compañera en el de curso computación, la
coincidencia de que, en esos precisos momentos, ella estuviese leyendo la ya
significativa revista y sobretodo nuestras reacciones al verla, sirvió para
coincidiéramos que era muy importante confiar el uno en el otro y aprender a
manejar el tema de los celos; porque, por más inédita y exclusiva que nos
pareciera, en esos momentos, nuestra relación y, por ahora, sentirnos a salvo
del temor a la entrada en juego de algún tercero/a, en realidad de un cuarto
porque no podíamos olvidarnos de mi marido, el padre de mi futuro hijo. Porque a
la velocidad y temperatura que avanzaba nuestra relación nos iban a pasar muchas
cosas que, para que no se transformaran en grandes cagadas, había que, sin dejar
de disfrutarlas, tener mucho cuidado.
Ahí me explicó lo que yo intuitivamente ya me había dado
cuenta: que cuanto más folláramos, y de la forma que lo estabamos haciendo, es
decir, con el máximo interés por dejarse llevar básicamente por el morbo sexual,
les resultaríamos más atractivos, sensuales y, sobretodo más provocativos al
resto de las personas, que desconociendo nuestra secreta relación, muchas veces,
tendrán, frente al otro, actitudes o dirán cosas que podrían llegar molestarnos
o, incluso, herirnos.
De cualquier manera, a pesar de la seriedad de los temas
tocados, no dejaba de acariciarme las nalgas, la raya de la cola y la
entrepierna. Sus caricias nos daban, al contrario que otras veces, un incentivo
para proseguir, quizás por primera vez, hablando muy en serio, profundo y claro.
Así que, por ser el momento justo, traje a colación el tema
mi marido porque entre otras cosas, si se cumplían mis deseos, sin lugar a
dudas, en los días venideros tendríamos que estar juntos, muchas veces delante
de él; por lo tanto decidí abrirme totalmente con mi primo y contarle todo lo
sentido al respecto en estos últimos días.
Mientras tanto uno de sus dedos ya se había detenido en mi
ano esperando respuesta. Y como si fuese un código, y en realidad un poco lo
era, contraje mi esfínter, "moviéndolo" un par de veces para confirmarle,
de esta forma, que estaba atenta a sus caricias.
Mi cuestión era, y así se lo decía en ese momento a mi
manoseador primo, que luego de estar con él haciendo todo lo que hacíamos,
decíamos e imaginábamos, ¡y de que forma!, la calentura se prolongaba a la hora
de llegar a casa y estar a solas con mi marido. Le conté que la noche anterior
me habían invadido unas sensaciones, de cierta forma, contradictorias. Por un
lado se me hacía difícil que no reapareciera la excitación en que estaba inmersa
la mayor parte del día. Cuando mi marido insistiera, quisiera tocarme o hablara
de sexo, mismo desde su ingenuidad, y ni que decir, cuando, como en la víspera
estando en la cama, "mi primo" había surgido como tema de conversación,
no solo lo había extrañado queriendo tenerlo cerca sino que tendría que
encontrar una forma de satisfacerle y satisfacerme.
Así que le relaté todo lo sucedido: el destino que, que no
solo simbólicamente, le había dado a su semen de la tarde anterior, acumulado en
el condón que yo había conservado como trofeo, como nuevo ingrediente en la
crema preventiva de las estrías, de cómo había dejado que mi marido la
esparciera por mi barriga, de cómo lo había masturbado con mis manos encremadas
y de cómo, en un acto de cierto sadismo, había retirado mi mano en el momento de
que comenzaba a acabar para con ella intentar introducirle el dedo más encremado
en el culo.
A esa altura acorde con la profundidad de la charla, además
de algunos besos, sus dedos ya me habían invadido por ambas aberturas buscando
lo más profundo de mi.
A la vez que sentía y disfrutaba estos manoseos, le planteé
las preguntas que se imponían en ese momento: ¿qué le parecía de como yo debía
actuar?, ¿qué hacer?, o, incluso, ¿qué haríamos? con las relaciones sexuales con
mi marido, cuando en realidad, lo que menos tenía, ahora, eran ganas de estar
con él. Por ejemplo, ¿cómo encarar esa misma noche o las siguientes?, ya no me
sería posible rechazarlo continuamente; tendría que hacerlo a pesar de que
algunas cosas no me excitaban y hasta me desagradaban, pero estaba casada
viviendo en su casa, en la misma cama y comiendo con lo que él aportaba con su
trabajo.
Mientras yo hablaba, mi primo cariñosamente me masturbaba,
dedeándome delicadamente, el clítoris, la concha y el culo, haciendo cada vez
más deliciosa mi confesión. Acurrucándome bien contra él, levantando, un poco
más la cola, quería que fuera él quien dijera lo que ambos sabíamos. Y así lo
hizo, no sin antes, como siempre, haber introducido la punta de uno de sus
dedos, húmedo por los flujos de mi vagina, en mi ano, cada vez más dilatado y
cada vez más acostumbrado a ser dedeado,. Me aseguraba que teníamos, y en
especial, yo tenía que disfrutar lo que me resultase más positivo y excitante;
que tratara de evitar y me negara a lo que no fuera de mi agrado. Ya que de la
misma forma en que él, en esos momentos, dormía solo, y pensado lo que implicaba
tener una amante casada, tener que resignarse a no tenerla siempre que se desea,
compartirla, podía estar quejándose de ello, sin embargo lo estaba aceptando de
buena gana y disfrutando de mí l máximo durante el día. Me decía que yo debía
hacer lo mismo, o algo parecido, y dejar que el tiempo, sobretodo hasta llegar a
feliz término mi embarazo, se encargue de ir dándole forma a las cosas.
Pero incluso me expresó categóricamente, un poco, entre otras
cosas, para que no terminara complicándolo con mis quejas e insatisfacción
conyugal, y en esto fue, egoístamente, muy sincero conmigo, asegurándome que lo
mejor, por ahora, era que buscara lo complementario entre mi marido y él.
Graciosamente, por usar una sola expresión, su opinión era de que yo debía
aprovechar y divertirme al máximo esta "happy hour", en un dos por uno,
que curiosamente me estaba tocando vivir embarazada.
Esta filosofía, además de muy conveniente y excitante,
obrando en conjunto, no parecía difícil que pudiéramos, en pos de nuestro
placer, llevar a la práctica..
En ese agradable clima filosófico, por decirlo de alguna
manera, donde la complicidad era el componente intelectual, pasamos a planear y
plantear los movimientos que haríamos en la entrante semana. Él iría, a
principios de semana a la ciudad para tramitar el certificado de salud,
imprescindible para acceder a un empleo por temporal que sea, sobretodo en pubs,
cafés y discotecas, y de paso hacerse los análisis. A mí me hubiera encantado
acompañarlo pero a ninguno de los dos nos sobraba un centavo y por otro lado yo,
recién, tenía número para los chequeos médicos, en la asistencia pública, para
la semana siguiente. Además debía que hacer buena letra en casa de mis padres
porque vendría, en esos días a comer, el hermano menor de mi abuela, algo así
como mi padrino económico, que de seguro me preguntaría que quería de regalo
para mi cumpleaños. También quería agitar con mi marido lo de la casa, ya que,
ahora, me parecía una idea brillante arreglarla y alquilarla en el verano; me
imaginaba, si salía el negocio, era lo mejor económicamente para sobrellevar por
lo menos algo de los últimos meses del embarazo. Ni que decir, de que este
negocio implicaba de la seguridad de que podría estar a partir de esa misma
semana todo el día con mi primo.
Era tanto el entusiasmo que yo le demostraba al hablar del
futuro inmediato que a mi primo le causaba mucha gracia y alegría. Se burlaba de
mí haciéndome cosquillas a la vez que continuaba toqueteándome con un poco más
de agresividad
"- Que te conozco un poco, guarra. Te vas a calentar tanto,
conmigo en tu casa, que vas querer que te cojamos los dos.-" Me dijo muy
divertido.
"- No si tanto, pero me encantaría que me dejara coger
contigo siempre que queramos y quizás hasta que él viera la forma en que me
ensartas por todos lados.-"- Le replique igualmente divertida
Bastó este corto dialogo para volver a estar ambos a mil,
pero sobretodo yo, por el entusiasmo y luego de ser la víctima de tantos
manoseos Él, desprendiéndose la parte de arriba de su bermuda, ya dejaba
nuevamente a la vista la cabeza de verga que se pegaba a su abdomen hasta su
ombligo. Poco a poco me fue girando empujando hacia abajo para pasármela primero
por la barriga y luego, desanudando la tela que los cubría, por los senos. Yo
até la tela a mi cintura y mis con tetas al aire, probablemente, por mi aspecto
físico, como ya les he contado alguna vez, parecería originaria de alguna isla
del Pacífico, de rodillas entre sus piernas abiertas, mientras abría totalmente
su brageta y bajaba su bermuda, con mi boca y sobre todo con mi lengua me
deliciaba en saborear el frenillo y todo el contorno de su glande. Luego de unos
largos chupetones acerqué mis tetas a su verga, quería que su pequeña boquita
besase mis pezones. Jugueteé con mis tetas de todas las formas, que a pesar de
que aún no manaban leche ya estaban cada vez más grandes y sensibles. Yo lo
masturbaba aprisionando el tronco de su miembro entre las dos, viendo su
cabecita aparecer y desaparecer entre ellas, y estirando mi lengua trataba,
algunas veces con éxito, de darle unos lenguetazos. Frente a esto, empujó, más
un poco, mi cabeza para que alcanzace con mis labios toda su pija.
A lo que yo, mientras, le pasaba la lengua o trataba de
tragármela toda, lo miraba a los ojos, exagerando mi mejor cara de puta,
incitándolo, porque lo conocía y él ya sacaba que significaba esa mirada,
a que me dijera más guarradas que por supuesto, no demoró en hacérmelas oír.
"-¿También así, deseas que te vea? Comiendo y chupando verga,
como tomando y saboreando un biberón. O te mata o se calentaría tanto, al verte
tan caliente que no va a poder no querer hacerte algo.-"
A lo que respondí fantaseando en voz alta totalmente
sacada de calentura:
" – Entonces, antes lo ato bien de forma que no pueda
acercarse, luego me prendo de tu pija para chuparla. Pero le dejaría una mano
libre para que, una vez super caliente con el espectáculo de mi lengua, sin
poder controlarse, no pueda dejar de pajearse, viendo como me divierto en la
boca y las tetas con la verga de mi degenerado primito. .-"
Esto era a lo máximo, lo que no era poco, a que habíamos
llegado en nuestras deliciosas guarradas verbales y si no fuera que deseaba
intensamente también tener la boca llena de pija hubiera continuado diciendo
cosas que mi voluptuosa imaginación no paraba de producir.
La verga, preparándose para eyacular, palpitaba en mi boca,
de donde habían salidos como palabras, tamañas perversidades, y terminé por
enloquecerlo cuando, pidiéndole que acabara sobre mis tetas de "putita
preñada" comencé a golpearlas fuertemente con su pija hasta que volcó toda
su casi transparente pero aun abundante leche. Pincelié, por segunda vez en esa
tarde, toda la superficie de mis sensibles senos, sintiendo el fresco placer al
pasármela por las zonas donde el sol y el sostén habían irritado. Me entretuve,
por supuesto, con ella en los pezones, y viendo, lo mismo que un rato antes, al
separarla, de su boquita partían hilitos de pegajoso de semen llegaban a
estirarse hasta varios centímetros de mi tentador pezón La exprimí, preocupada
de que no quedara lugar de mis lolas sin embadurnar, pero dedicándole especial
atención a los duros erizados y rosa-oscuros pezones que desde ahora en más,
estarían, por el placer que ya sentía, siempre prontos para ser chupados.
Había estado genial, pero yo continuaba a mil; los manoseos,
la conversación, hasta los celos, y sobretodo mis propias fantasías habían hecho
que mi organismo desbordara de adrenalina y cuantas inas, naturales era
capaz de producir, incluida la que te falta cuando te querés morir porque me
sobraba vitalidad. Pero había que salir de ahí, no quería de ninguna manera, que
justo en esos ardientes momentos, tener una discusión con marido, todo lo
contrario.