Estación 210
A mi hermosa Mayru, perdón.
Cada uno de los días vividos en compañía representan cada una
de las estaciones que ha recorrido mi mediana e intrascendente vida.
Recuerdo como si fuese ayer tu arribo a mi primer estación,
con una valija plena de juventud. Con apenas diecisiete años, rostro de niña y
el cuerpo de mujer gestándose, atrapaste mis sentidos.
Tu risa clara y cristalina fue robando segundo a segundo cada
uno de los momentos de mi vida. ¿es tan difícil de soportar que la naturaleza
nos haya hecho llegar a este planeta con veinte años de diferencia? Tu tan joven
y yo tan plagado de luces plateadas que cubren cada centímetro de cabellera.
Quizá haya sido solo un beso, tan poco como un abrazo que nos
dimos al pasar, pero en pequeños pasos fuiste robando milímetro a milímetro mi
corazón añejo que ya nada recordaba de aquellos momentos en que ser feliz era
una manera de vivir.
¿Por qué has venido a soplar las agotadas brazas que quedaban
del fuego de la adolescencia? ¿Es tan fácil para una brisa joven hacer arder
leños que ya no recuerdan el crepitar por un nuevo amor?
La dosis de calor se fue repitiendo cada siete días, y con
ello la llegada a una nueva estación de pasiones reprimidas, de celos
escondidos. ¿cómo podría decirte que moría a cada palabra que me musitabas al
oído, mientras contabas cada una de tus desventuras y de cómo aquel ingrato no
sabía atesorar en sus brazos aquella ternura que dejabas en él? ¿es que acaso
podrías entender el dolor que se producía en mi cuando cada lágrima que bañaba
tus mejillas rodaba hasta llegar a humedecer mi piel?
No basta entender a un hombre, no alcanza para un ser tan
especial cobijarse en mis brazos para derramar en pequeñas perlas la amargura de
un amor que no es correspondido.
Las estaciones pasan y pasan, la ansiedad de llegar a cada
una de ellas se hace más necesaria en mi corazón renovado. Es difícil decir
cuanto añoraba ese beso de llegada, ese abrazo apretado que dejabas en mi cuerpo
cual marca que deja el hierro candente de una yerra que me hace tuyo lentamente.
¿Es capaz un hombre de amar tan intensamente a quien lo ha
hecho su confidente? ¿es aquella inocencia, propia de tu edad, el arma que
apabulla la corteza que se forma en derredor de un corazón que ha sufrido el
paso del tiempo?
Se ha perpetuado en mí el sabor de tus labios, con aquellos
besos robados que no supimos explicar, aquellas caricias que nos hicieron creer
que éramos cómplices de un sentimiento que crecía por cada una de las etapas que
se incineraban frente al fuego de nuestra pasión escondida.
Jamás he de arrepentirme de aquellas caricias, no podré dejar
en el olvido cada milímetro de tu cuerpo recorrido en la oscuridad de aquellas
salas, tu breve cintura rodeada por mis brazos, cada curva de tu piel bajo la
yema de mis dedos que parecía incendiar la brevedad de tu cuerpo.
¿Cuán dura puede ser la respuesta? ¿qué tan hiriente resulta
la voz de una persona? ¿cómo lastima la filosa lengua que ayer extraía la miel
de tu boca? ¿por qué llegamos a la maligna estación final?
Doscientos diez, estación terminal de aquel viaje tan pleno
de amor que no pudo soportar la diferencia de edades. No han sido menos las
veces que dije quererte, no han sido menos las veces que intenté amarte, y menos
aún las veces que añoré tenerte. Pero la oscura reacción de mis celos y la
indignación que me producía perderte me han alejado de ti.
No se si el tiempo, no se si el recuerdo, o quizá el
arrepentimiento sincero de aquellas palabras disparadas cuan arma de fuego
directa a tu corazón, podrán traerte a mi nuevamente.
Injusta estación, que apareció en mi mente aquella soleada
tarde en que nuestro tren llegaba a las doscientas diez etapas de vida.
Hoy, solo en mi estudio, no puedo más que recordarte. El
alcohol trata de borrar cada uno de aquellos pasos, mientras mi corazón y mi
mente te traen a mi memoria, como cruel castigo a no saber tratar la delicadeza
de una mujer que florecía a la vida.
Aún sigues siendo el motivo de mi viaje. Dios quiera pueda
encontrarte cuando el tren de mi vida vuelva a detenerse, sonriente, feliz y con
tus pequeños brazos abiertos al final del andén.
Alejandro Gabriel Sallago.