FUI SUYA CUANDO ERA SIRVIENTA
Por: Silvia
Hubo una época, cuando yo tenía 24 años, en que debí trabajar
como empleada doméstica en una casa de familia, en la que mis patrones eran una
pareja madura, muy seria y respetable, con dos hijos, un varón, que por entonces
tenía cerca de 16 años, y una jovencita de 15, ambos estudiantes.
Mi trabajo no era muy pesado, pues, la familia no era grande.
Esto me permitía contar con algun tiempo libre que solía dedicarlo a mi arreglo
personal y a la lectura, lo que hacía encerrada durante algunas horas en las
tardes, en la habitación de servicio que me fue asignada, modesta, pero provista
de todas las comodidades necesarias, por lo cuál vivía tranquila y relativamente
feliz. Era mi propósito ahorrar para continuar estudiando y dejar ese trabajo en
busca de mejores perspectivas; entre tanto, desempeñaba mis obligaciones de
sirvienta con toda dedicación.
Aún cuando ya no era una adolescente, era una mujer joven, y
sin ser vanidosa, lo suficientemente atractiva para despertar en la calle la
atención de los hombres. Como tenía vencidos los primeros años de la
Universidad, la que abandoné temporalmente por razones económicas, me permitía
el lujo de escoger mis amistades, desdeñando aquellas que veían en mí una simple
sirvienta o empleada doméstica.
En cuanto a los jóvenes hijos de la familia, sólo con la
chica, que se llamaba Candy, conversaba un poco, tratándola siempre con mucho
respeto y llamándola "señorita" en toda ocasión. Ella dedicaba mucha atención a
sus amigas y a sus fiestas, por lo que permanecia en la casa muy poco tiempo.
En cambio, con el joven, cuyo nombre era Jaime, solo podía
intercambiar unas cuantas palabras de fría cortesía, pues, era demasiado serio y
formal, extremadamente dedicado a sus estudios, y por tanto, casi siempre
encerrado en su escritorio. A pesar de ser casi un niño, no pude dejar de notar
cuán guapo y encantador era, y cuán atlético y pleno de joven belleza varonil se
veía con la ropa deportiva que solia utilizar. Cuando yo sacaba su ropa de su
habitación para lavarla, solía llevarla antes largamente hasta mi rostro para
sentir su olor, ya que su aroma era para mí gratamente atractivo e incitante. De
esa manera mi imaginación empezó a divagar teniéndolo a él como centro, pues,
definitivamente el joven de la casa me atraía y excitaba.
Para realizar las tareas de mi oficio de sirvienta, yo solía
utilizar un uniforme compuesto de un vestido de color negro con botones blancos
en el frente, cubierto por un pulcro delantal también blanco que solo cubría la
parte inferior de mi vestido. No poseo ningún cuerpo escultural, pero mis formas
son firmes y agradables y mi turgente pecho se veía resaltado por el ceñido
uniforme que llevaba puesto directamente sobre mi ropa interior. Creo que no me
veía mal vestida así, pues, cuando alguna vez salia a la calle de esa manera,
los hombres me llenaban de piropos, unos mas atrevidos que otros. Así supe que
tenía senos muy atractivos para ellos. En efecto, en el espejo veía que mis
pezones resaltaban sensualmente, constituyéndose en la parte de mi cuerpo con
mayor atracción.
Un día en que ingresé a limpiar la habitación del joven
Jaime, después que este saliera hacia su colegio, mientras hacía su revuelta
cama, noté que las sábanas estaban húmedas en un sitio. Utilizando mi olfato
noté que la mancha encontrada, tenía el carácterístico olor del semen masculino,
el que había conocido en alguna de mis experiencias anteriores, durante mi vida
universitaria. El hallazgo que hice me sorprendió, pues, no imaginé hasta ese
momento que el joven serio y dedicado que tenía por patrón, ya casi era un
hombre, y como tal, debía tener algún tipo de actividad sexual. Desde entonces
casi sin proponérmelo comencé a observar con mas cuidado su ropa, encontrando
con alguna frecuencia los restos de probables eyaculaciones nocturnas ...... o
tal vez de sus masturbaciones? ....... quedé intrigada con el hecho, o mas bien
excitada por la curiosidad de saber mas al respecto.
Es así que durante el aseo diario de la pieza del joven
Jaime, buscaba signos de su actividad sexual, aumentando mi interés en observar
su varonil figura, hasta casi convertir en incontenible deseo mi afan de
observarlo e indagar entre su ropa y las cosas de su habitación. Era casi un
niño, yo era mayor que él con 8 años, y sin embargo me atraía. Mi imaginación
cada vez se desbordaba mas pensando en que era amada por él, que sus manos
tomaban las mias y luego acariciaban mi cuerpo. Llegué de ese modo a desearlo
intensamente; en mis fantasias, él me besaba con amorosa pasión y yo le
entregaba mi cuerpo enseñándole a gozar de él, convertida en maestra del
aprendizaje sexual que intuía que precisaba.
Despertaba sin embargo de mis sueños y fantasías, para caer
en cuenta que en mi condición de simple empleada doméstica, tenía pocas
posibilidades de conquistar y seducir al joven objeto de mis deseos. Veía que él
frecuentaba amigos distinguidos y seguramente junto a ellos se reunía con lindas
y elegantes jovencitas, en tanto que yo solo podía lucirme ante él con mi
inseparable uniforme de sirvienta, el que, junto con nuestra diferencia de edad,
se imponían como barreras muy dificiles de vencer. Por eso, y como pensé que
solo podría conquistarlo si le ofrecia mi cuerpo para su goce sexual, anhelando
que pudiera compensar con mi poca experiencia la belleza y elegancia de mis
rivales, me decidí a poner mi maximo empeño en seducirlo insinuándome a él de
todas las maneras que me fuera posible imaginar.
Estaba en ese propósito un día en que hacía el aseo de su
cuarto, estando él ausente, limpiando y trapeando el piso de su habitación,
encontrándome de cuclillas en el suelo, con la falda de mi ajustado vestido
subida hasta los muslos y con los botones superiores de su frente sueltos para
mayor comodidad, dejando así mis piernas y muslos descubiertos, al igual que mis
senos a la vista, cuando, sin haberme percatado de ello, me dí cuenta que el
joven había retornado a la casa, posiblemente en busca de algo olvidado, y al
pretender ingresar a su pieza se encontró conmigo en la pose indicada, es decir
atrevidamente expuesta, aunque en ese instante no fue mi intensión mostrarme así
ante él. El solo me miró, sin decir nada, y yo, al darme cuenta de su presencia,
le miré ligeramente a los ojos, y luego, procurando la maxima compostura, me
puse de pié, y bajándo la vista, con humildad, le dije: "perdón, joven" ...... y
salí de la pieza. El sin contestarme, ingresó a su cuarto, sacó algo y luego
salió a la calle.
Aquel incidente me dejó en aquel momento desconcertada, sin
embargo, para mi alegria, noté que desde entonces, mi joven patron no perdía
oportunidad de ver mi figura, dirigiendo su mirada a mi cuerpo, recorriendo con
sus ojos principalmente mis piernas y mis senos. ¡Sin proponérmelo habia logrado
captar su atención!. Por supuesto que desde entonces hice cuanto pude para
continuar atrayendo su mirada, sin escandalizarlo con poses demasiado atrevidas.
Cuando nadie nos observaba, le dirigía miradas intensas, sonriendole levemente
cuando notaba que él me veía. Cuando ingresaba a su habitación, aún, sin estar
él, procuraba usar un perfume intenso procurando dejar mi aroma en su pieza.
Cuando sentía que llegaba de la calle, estaba cerca de la puerta para ser yo
quién le abra, y no otra persona. Así aprovechaba el momento para ofrecerle con
la voz mas amable que podía, ya sea un refresco, o mis servicios, preguntándole
en forma comedida si necesitaba algo.
Por fin, un día fui gratamente sorprendida por su voz,
llamándome a su pieza. Era para componer algo que tenía siempre desarreglado: su
estante de libros. Aproveché el momento para decirle que si me permitía, yo me
ofrecia a mantener limpio y ordenado ese mueble. El me contestó en forma breve y
cortante, pero me asignó esa tarea que para mí era un motivo de ingresar a su
pieza no solo en la mañana para hacer el aseo general de su cuarto, sino también
en la tarde, aunque solo por breves momentos, sabiendo que en alguno de ellos
coincidiriamos los dos.
Por eso, para realizar aquella tarea, en un horario en el que
normalmente el resto de la familia reposaba la siesta de medio día, obligada por
el calor de la ciudad donde vivíamos, yo me me preparaba esmerandome en lucir
bien, cambiándome el uniforme de empleada, por otro recientemente lavado y
planchado. Lucia lo mas pulcra que me permitía mi condición de sirvienta,
lévemente maquillada y perfumada, pues sabía que muy probablemente él se
encontraría en su pieza en el momento en que yo ingresaría a ella. Y así fue,
despues de las primeras veces, observé que mi joven patrón cambió sus hábitos,
permaneciendo en casa en el horario en que me tocaba trabajar en su habitación.
De ese modo el frio saludo que me dirigía fue cambiando de tono hasta volverse
amable conmigo, aunque siempre, a su estilo, de manera muy lacónica. Sin
inmutarme por ello, de la manera mas inocente que podía aparentar, yo continuaba
en mi afan de conquistarlo, atrayendo sus miradas, pues, quería despertar su
deseo.
Me sentí feliz cuando, finalmente, una tarde, se acercó donde
estaba yo desempolvando y ordenando sus libros, para decirme que buscaba uno en
especial. Adiviné que ese fue solo un pretexto para acercarse a mí, y yo lo
aproveché muy bien, pues, procuré atraer su conversación preguntándole acerca de
sus libros y comentándole que las materias que estudiaba debían ser muy
dificiles, pues, para mí lo fueron cuando yo estaba en el colegio. Como no pudo
ser de otro modo, pues, finalmente los hombres son vanidosos, él quiso
explicarme sus conocimientos, en los mismos que fingí interesarme, aunque en
realidad, solo quería atraer su atención hacia mi persona, pues, cada vez que lo
sentía a mi lado, sentía que mi deseo por él crecía más. Esa primera
conversación fue casi como un acuerdo implícito y cómplice de conversar un poco
cada día, brevemente, pero lo suficiente para hacerme pensar que podía
conquistarlo y tal vez seducirlo cual era mi deseo. Sentía su presencia y su
joven y varonil figura me hacian estremecer de deseo, de un deseo irracional,
pero profundo. Veía sus labios sensuales, y me excitaba pensar que era besada
por él, y que sus bellas y delgadas manos recorrían mi cuerpo, tomaban mis
senos, descendiendo luego para acariciar mi intimidad, la que se humedecía con
solo pensar en él.
En uno de esos días, mientras yo tímidamente le preguntaba de
qué se trataba el libro que estaba limpiando, el joven Jaime se acercó a mí, y
tomándome por los hombros con un brazo, con la mano del otro me indicó en el
libro la respuesta a mi pregunta. Me estremecí ante su contacto y aún más cuando
suavemente me llevó del hombro hacia su escritorio, invitándome a sentarme ante
él para que me explique aquello que veíamos en el libro. Entonces, de pié, él se
puso detrás de mí para mostrarme aquello que había preguntado. Sorprendida por
su iniciativa y por encontrarme en tal situación, yo fingía atenderle, aún
cuando el contacto con su mano habia hecho que nazca en mí un estado de
excitación que procuraba disimular y que estaba originado en el leve contacto de
la mano de ese joven adolescente, menor que yo y casi un niño. El asunto es que
estando detrás de mí, el parado y yo sentada, el joven Jaime puso sus dos manos
sobre mis hombros y comenzó tímidamente a acariciármelos. Yo me sentía feliz,
viendo que mis sueños y fantasías estaban prontas a cumplirse, pero procuré
mantenerme rígida como si nada pasara, aunque al cabo de un momento comencé a
preocuparme notando que sus leves caricias no continuaban y al parecer él
pretendía retirarse sin seguir. Entonces tomé una decisión, y arriesgándome a
provocar su huída, incliné mi cabeza hacia una de sus manos y levanté el hombro,
reteniéndola así en una especie de corresponencia a sus caricias dándole a
entender que gustaba de ellas y deseaba que continúe. Con alborozo noté que
cumplí mi objetivo, pues, él no solo no retiró sus manos de mis hombros, sino
que despues de mantenerlas quietas un momento, tocó mi cabellera y descendió
hacia mi cuello que lo acarició muy suavemente, como si le diera miedo palpar mi
piel. Me mantuve quieta, esperando que continúe. No quise tomar ninguna otra
iniciativa, pues, no deseaba asustarlo. Al cabo de un momento, noté que algo
nerviosa y temblando ligeramente, una de sus manos descendió por mi hombro hasta
mi brazo, y desde él, disimuladamente procuraba alcanzar mi pecho, avanzando
lentamente centímetro tras centímetro.
Para entonces ya había dejado yo de hojear el libro que tenía
delante de mí, y él sin pronunciar palabra alguna sólo movía sus manos en un
evidente deseo de tocar mi cuerpo, el mismo que ya ardía a su solo y leve
contacto. Finalmente, después de minutos que me parecieron siglos, la mano que
se aventuraba a ello, llegó a lo que sabía que era el final de su recorrido,
palpando sobre mi ropa uno de mis senos con la palma abierta ya que era evidente
su tensión y nerviosismo de esa su primera vez acariciando a una mujer. Poco a
poco fue perdiendo ese estado, pues, noté que su mano se cerraba sobre mi pecho,
cogiéndolo en todo su volúmen, e iniciando con la otra mano el mismo recorrido
que concluyó con un intento de soltar los botones superiores de mi uniforme de
sirvienta. Notaba su inexperiencia, pues, sus esfuerzos eran vanos, sintiéndome
tentada a ayudarlo al notar su nerviosa desesperación, hasta que por fin logró
su objetivo, desabotonando mi vestido y logrando introducir su mano dentro de él
hasta tocar mi otro seno sobre la ligera tela de mi sostén. Así, mientras me
cogía de ese modo con ambas manos, fue jugando largamente con mis senos, bajando
las copas de mi sujetador, hasta tener mis pezones a su alcance, pero sin
atreverse a ir mas lejos, mientras que yo me estremecía de un cálido placer que
sentía que humedecía mi intimidad excitándome cada vez más, hasta que sin poder
contenerme, llevé mis manos a las suyas en cálida intensión de transmitirle que
estaba encantada con sus caricias, así fue que lentamente me volví hacia él,
atrayéndolo hacia mí mientras miraba fijamente sus ojos sonriéndole de la manera
mas tierna que pude, para luego, sin pronunciar palabra alguna, levantarme, y
llevar mis manos hacia su rostro atrayéndolo hacia el mío. Mi propósito era
besarlo, pero él, no sabía hacerlo y tal vez ni siquiera pensaba llegar a ese
tipo de caricia, por lo que se limitó a apoyar su rostro entre mi cabeza y su
hombro, ya que eramos casi de mi misma estatura.
Estando el joven Jaime en esa posición, pude sentir que se
encontraba muy excitado, pues, jadeaba ligeramente al respirar. También pude
sentir entre mis muslos el contacto del caliente bulto de su miembro erguido,
sintiendo unas enormes ganas de tocarlo, sin embargo me contuve, ya que deseaba
hacer mío a ese bello joven, seducirlo y entregarle mi cuerpo, pero sin que
sienta que era yo quién tomaba la iniciativa. Sin embargo, viendo que que él no
sabía cómo continuar, ya que solo se limitaba a tenerme cogida por los senos, me
atreví a llevar mi mano hacia su rostro para acercarlo hacia el mío,
ofreciéndole mis labios, los mismos que llevé hasta su boca para besarlo. El
trató de rechazar mi caricia, pero luego consintió en aceptar el suave contacto
de mis boca con la suya, ya que mi primer beso solo quiso ser una muestra de
ternura, para luego recién en los siguientes, poco a poco, transformarlos en una
caricia apasionada.
Me encontraba en ese momento ya totalmente excitada y estaba
dispuesta a entregarme a él, ya que solo deseaba tomar su joven y erguido
miembro entre mis manos, acariciarlo lentamente y prepararlo para introducirlo
dentro mío. Ardía en deseos de ser poseía por ese joven amante, llenarme de su
miembro y hacer que se derrame dentro de mí, dejandome inundada de la que
adivinaba sería su caliente y joven leche. El casi había logrado desabotonar
todo mi uniforme de sirvienta, sacándome a medias mi sostén, por lo que me
encontraba practicamente desnuda de la parte superior, y totalmente húmeda y
abierta en la parte inferior, por lo que en procura de brindarle la enseñanza
que precisaba, llevé una de sus manos hacia mi cintura y al poco hacia mi muslo
tratando de insinuarle que podía encontrar otros placeres mayores recorriendo,
palpando y acariciando todo mi cuerpo. El entendió mi mudo mensaje y comenzó un
torpe, pero delicioso recorrido hacia mis piernas, procurando subir la parte
inferior de mi vestido,
Nos encontrábamos en ese bello momento en el que todo pudo
pasar, cuando sonó el timbre con que los señores de la casa solían requerir mi
presencia cuando precisaban de mis servicios. ¡Menos mal que no fueron a
buscarme personalmente! ...... él se sobre saltó y me soltó de inmediato, cuál
si nos hubiesen sorprendido in fraganti. Viendo su actitud, me separé de él
procurando cubrir rápidamente mi parcial desnudez. El joven Jaime solo atinó a
balbucear una ininteligible excusa, por lo que yo debí decirle que no se
preocupara, que lo acontecido fue delicioso, y salí de su cuarto diciéndole con
una sonrisa que regresaría al día siguiente a la misma hora, mientras que en mi
interior me prometía que entonces lo haría mío y concluiría lo iniciado en esa
bella tarde, pues estaba decidida a calmar con él mi estado de excitación, hasta
satisfacer plenamente mi pasión, convirtiéndome de sirvienta en su maestra
sexual.
(Continuará)