VIDEOAFICIONADOS
¡Pero qué mala es la programación televisiva en verano!, y,
contradicciones de la vida, si no hubiera sido por ésta, ahora seguiría surcando
las aguas tranquilas que mecían la balsa de mi monótono matrimonio.
Ana estaba en el pueblo con mis suegros y las niñas. Los
meses de verano lo hacemos así. Yo voy los viernes y vuelvo los lunes, pero
entre semana me quedo de Rodríguez porque tengo que trabajar y desde el pueblo
tardo mucho en llegar a la oficina.
Por no bajar al video club revolví en el cajón que hay en el
mueble de la tele buscando lo que fuera; una película antigua, un vídeo de las
niñas, la boda del primo Josepe, ¡lo que fuera! Me llamó la atención una cinta
negra sin funda, con tan sólo una pegatina: Ana y Loli. Una de mis hijas se
llama Ana, como su madre, pero ¿Loli?, ¿quién era Loli?
Coloqué la cinta en el aparato reproductor, presioné el play
del mando a distancia y mientras avanzaban los primeros segundos fui de un salto
al frigorífico a por una lata de cerveza. Volví al sofá y la película había
empezado.
Carne, carne por arriba, carne por abajo. No, carne no. Piel.
Eso es, piel. Más piel. Piel con vello. Vello y... ¡no puede ser! Un trago de
cerveza sin apartar la vista y, pechos. ¿Qué era eso? Otros pechos. Pechos
femeninos. Gemidos. Sonidos guturales. Lenguas, labios. Luego una espalda. Si,
una espalda, un culo. Pelo. Rubia. Es rubia.
Era rubia. Una rubia despampanante. Sin duda, Loli. ¿Y Ana?,
¡¿qué Ana?!
Se detuvo la acción y el vaivén de la cámara se redujo lo
suficiente como para reconocer una pared o un techo. Una medida indeterminada de
gotelé blanco fue el único escenario que mostró la pantalla de mi televisor
durante unos minutos eternos. Aproveché para reordenar las escenas que ya habían
impregnado mis retinas.
Por lo menos dos mujeres. Una de ellas rubia, y la otra debía
portar la cámara porque apenas se la veía en los planos grabados. Y el techo. Mi
techo. Un trozo de la lámpara se encargaba de dejar la pista concluyente.
Continúe presa de la curiosidad, cerveza en una mano, mando a
distancia en la otra. Todo el tiempo del mundo por delante para machacar el
forward y el previous del mando hasta averiguar qué estaba pasando.
Forward. Ya estaba harto de techo y gemidos. Obviamente
necesitaba ver más. ¿Qué podía significar una cinta como esa en el mueble del
salón de mi casa? Reduje las escenas de techo y lámpara a cuarenta segundos.
Luego hormiguitas amontonadas en la pantalla anunciaban un corte en la grabación
y una nueva toma.
Los planos empezaron a ser confusos y la quietud que reinaba
en pantalla se convirtió en el caos de una cinta de videoaficionado, solo que en
lugar de un día de campo, la brusquedad de los movimientos me mostraba paredes
oblicuas, sábanas revueltas, sexos desnudos, bocas ávidas...
De repente se cortó aquel maremágnum de escenas rotas dando
paso al primer plano de una vagina, unos labios y un clítoris desencapuchado,
blanquecino, hidratado. Música de fondo. Música y gemidos. Unos dedos femeninos
se dirigían sin preámbulos hacia la cavidad. Índice y corazón, unidos,
paralelos. Aquella vagina se tragaba sin dilación la primera falange, la
segunda, la tercera. Entraban y salían, volvían a entrar y salían cada vez más
húmedos, cada vez más resplandecientes, cada vez más rápidos. Luego comenzó a
bambolearse la hendidura rebotando sobre un cóccix
imaginario que escapaba al plano cada vez más agitado e impreciso.
Hubiera dicho que era el sexo de Ana, pero escasez de vello
tan estéticamente recortado me alivió. No era posible. Si hubiera oído su voz
... Sólo música. Diría que la MTV. Ana nunca pone la MTV.
El lapso de escasos segundos que separaba un tema de otro se
colmó de gemidos. "Vamos, mi niña, dámelo todo. Quiero ver cómo te corres de
gusto". No era la voz de Ana, nuevo respiro. Menos mal que no era su voz.
La cámara se acompasó con los movimientos de los dedos y las
caderas, y ya apenas me permitía distinguir lo que estaba sucediendo. El
material del que estaba hecha la lata de cerveza comenzó a ceder a mi
nerviosismo. La dejé sobre la mesa pero su deformidad le impidió mantener la
verticalidad. Pasé mi mano por mi frente sudorosa en un gesto reflejo que
trataba de calmar mi nerviosismo. No sabía si seguir o detenerme. Sentí miedo
por lo que pudiera ver y curiosidad por lo que pudiera perderme. Llevé la mano a
mi entrepierna y descubrí una erección bajo mi pantalón corto. Apreté mi capullo
tratando de contener la extraña sensación que me estaba ahogando, pero mi polla
se empeñaba en entresacar el lado morboso de aquella confusa situación y se
tensó dentro de mi puño.
La pantalla se tiñó de blanco, gris, negro. "Mírate,
tienes una cara de salida que me vuelve loca. Sácala más. Dame tu lengua.
Dámela". Y el negro se hizo gris, y luego blanco, y el blanco saturado se
enfocó progresivamente trazando los rasgos del rostro de la otra mujer. Ana.
¡MI!, Ana. El mando a distancia fue presa de la gravedad por la traición de mi
mano y se estrelló contra el suelo. Como otras veces, las pilas huyeron rodando
hasta quedar ocultas debajo del sofá. Y como otras veces, me dispuse a
rescatarlas deseando en esta ocasión ser una de ellas para rodar y rodar y rodar
hasta desaparecer mucho más lejos.
Me recompuse como pude y seguí frente a la pantalla.
Descompuesta, sudorosa, con toda la melena húmeda y
alborotada, jadeando como un galgo agotado tras la carrera más larga, con los
ojos en blanco, las mejillas sonrosadas y la lengua enardecida, afilada,
vibrante. Un grito frunció su gesto durante unos segundos en una mueca
desconocida para mí y después volvía a ser Ana, mi Ana.
Pues claro. ¿Qué esperaba? Era inútil haber tratado de
convencerme de otra posibilidad. Era mi casa, era mi lámpara,...mi cama, mi Ana.
Mi todo. Era mi todo.
Se abrió el plano bruscamente con el sonido de los muelles
del colchón de fondo y la voz en off tatareando al ritmo de lo que dictaba la
MTV.
Ana desnuda tumbada sobre nuestra cama miraba tímidamente a
cámara haciéndose un ovillo con su propio cuerpo, encorvando su espalda. Sus
manos se perdían entre sus piernas y susurraba turbada. "Ven, anda... Déjalo
y ven". Pero Ana no me decía a mí.
Previous. Necesitaba volver a ver ese gesto, ese placer.
Play. Ana, la madre de mis hijas, la mujer con la que me casé hace ocho años, la
socia de mis proyectos futuros, el amor de mi vida, Ana. Mi mujer desfallecía de
placer ante el cuerpo de esa tal Loli.
No podía más. Pause. Y se congeló esa imagen nítida, diferida
pero real, donde Ana, enloquecida por sus propios bramidos, bañada en su propio
sudor, convulsionada de placer sobre nuestra cama, disfrutaba con una mujer.
Me preguntaba si en los sueños hay un botón para el Previous.
No podía creer lo que tenía ante mí. Una mujer, ¡con una mujer! Ana estaba
montándoselo con una mujer.
Se derrumbó el universo entero sobre mis meninges. Se me
clavaron en la erección las espadas del cuadro heráldico de nuestros apellidos,
las llaves del apartamento que íbamos a comprar en Levante, las minas afiladas
de los lapiceros de colores de las niñas, el juego de güisqui que nos regaló su
hermana por la boda y que luce intacto en la vitrina, los diamantes del
solitario que le regalé por su cumpleaños, el cuchillo jamonero que nos afila su
padre, las escarpias de la estantería del trastero que colgué esa misma tarde...
Mi vida era una farsa y mi mujer la mejor actriz. Y mi polla, ¿qué era mi polla?
Inútil, inútil e insuficiente para ella.
El teléfono me abstrajo de los escombros de mis pensamientos
en el momento cumbre de la inoportunidad. "Hola cariño. ¿Qué tal las niñas?
¿Todo bien?... No, no me pasa nada... Cansado, sí, pero han quedado muy bien.
Uf, sí. Un calor..., seguro que aquí más. Vale, un beso. Sí, que se pongan....
Hola, cariño... ¿has ido a la piscina hoy?, ¿y cuánto has nadado?..."
Hice todo lo posible para que no se notara. No era un tema
para hablar por teléfono, eso en primer lugar, y en segundo lugar, era
preferible que ordenara mis ideas antes de decirle a Ana que había encontrado la
cinta, que lo sabía todo.
Esa noche no dormí, hilé. Tomaron sentido tantas cosas... Las
cenas de algunos viernes con ese grupo de mamás del cole, las numerosas llamadas
a horas intempestivas de una pobre amiga que tenía problemas con su marido, las
mañanas de domingo haciendo footing, las tardes de los miércoles tomando café
con las antiguas compañeras, las clases particulares de inglés, el voluntariado
del hospital,... ¿Cómo pude ser tan ignorante?
Claro que, pensándolo fríamente, Ana nunca me ha dado motivos
para sospechar, y menos de sus tendencias. ¿Cómo iba yo a pensar...? Entre
nosotros el sexo funcionaba. Hacíamos el amor dos o tres veces por semana y
creía que ella disfrutaba tanto como yo. Probábamos cosas nuevas y, a decir por
lo que se oye en la oficina, yo me consideraba un marido bastante progre aunque
reservado, con la suerte de tener una mujer también muy innovadora, muy
receptiva. Sexo convencional, oral, anal, frecuente y satisfactorio. ¿Qué más se
podía pedir? Pues sí, por lo visto sí se puede pedir más.
A pesar de mi contrariedad, mi profunda tristeza y mi
desilusión, hice balance y decidí no arriesgar nuestra balsa con toda la
tripulación dentro. Era mejor esperar al menos por un tiempo a ver si aquello
había resultado ser no más que una aventura, una travesura o la consumación de
una tentación obsesiva. Han pasado los meses y he ido comprobando que la cosa va
más allá.
Todavía hoy sufro cada vez que intuyo una cita con Loli, con
Loli la despampanante o con cualquier otra Loli. Y ojalá haya muchas Lolis,
porque mientras sus tendencias no confesas no se condensen en una sola persona,
el problema es relativo. Temo que se enamore y entonces nuestra balsa se vaya a
pique.
Es muy duro tener que compartir a Ana pero la quiero
demasiado como para negarle un placer superior al que yo puedo ofrecerle. Me
siento insuficiente, impotente, complementario nada más. Muchas veces he pensado
en afrontar la situación ante ella, decirle que sé de su otra vida, confesarme
cómplice y encubridor, víctima de sus deseos... pero a estas alturas ya no es
necesario. A fin de cuentas, ¿quién soy yo para negarle a mi amor lo que yo no
puedo ofrecerle?
A dos años vista ya voy comprendiendo que la situación es
sostenible -por extraño que parezca-, por una única razón: Ana me quiere. A sus
Lolis las necesita, pero a mí me quiere, y me quiere incondicionalmente, me
quiere aunque no pueda darle todo. La prueba de ello es que en este tiempo hemos
alcanzado un acuerdo no escrito, ni siquiera es un acuerdo verbal, pero es
suficiente para ambas partes. Cuando Ana tiene -vamos a decir-, una reunión en
el cole, yo también tengo algo que hacer; echo un ojo al cajón del mueble del
salón y siempre encuentro algún estreno. Me acomodo en mi sofá, cerveza en una
mano, mando en la otra... Sólo a veces hace eco en mi cabeza aquel deseo de ser
pila de un mando a distancia; aquella que rodó y rodó y rodó en un intento de
extraviarse. Entonces me atormento pensando que me echarían de menos, me
buscarían, y pasado un tiempo prudencial si no apareciese, me sustituirían y
listo. Así que cuido muy bien que el mando no se caiga, que las pilas no se
desperdiguen vea lo que vea, sienta lo que sienta.
Espir4l,
Julio 2005