La contemplo mientras duerme a mi lado, desnuda. En el sueño
parece aún más infantil, porque no representa para nada su edad. Esto fue lo
primero que me atrajo de ella, pero al mismo tiempo ha resultado ser el
problema.
Porque, como los niños, es egoísta e inconstante. Como los
niños, se encapricha de un juguete, y no para hasta conseguirlo. Como los niños,
se cansa pronto de él. Y como los niños, inmediatamente pone la vista y el deseo
en otro, y arrincona el primero, que ya no le divierte. Solo que ya no es una
niña, y ahora sus juguetes somos personas de carne y hueso, con sentimientos,
que nos sentimos heridos.
No puedo decir que no lo supiera cuando iniciamos nuestra
vida en común. Cerré los ojos conscientemente, diciéndome "cambiará, yo le daré
el cariño que no ha tenido". Me equivoqué, como suele suceder cuando el amor te
ciega.
Ha habido muchos "juguetes" en el tiempo que llevamos
casados. Conozco muy bien los síntomas, que delatan cuándo va a la conquista de
una nueva marioneta de la que se ha encaprichado: está distraída y como ausente,
apenas habla, y tengo que arrancarle las palabras como con sacacorchos. Hace el
amor conmigo por obligación, solo cuando no le quedan excusas para eludirlo, y
finge el orgasmo, ¡no lo sabré reconocer!.
Luego, cuando consigue su meta, viene un periodo de
exaltación. Charla hasta por los codos, no puede parar quieta, y… Es posible que
sienta remordimientos, porque es ella la que me solicita, no muy frecuentemente
eso sí, pero ya no tengo que mendigar el favor de su cuerpo.
Después, cuando se cansa de su último juguete, todo vuelve a
ser como al principio durante una temporada, hasta que otra vez pone sus ojos en
un nuevo capricho.
Me doy cuenta de que solo yo he permanecido en todo este
tiempo. Creo que soy su refugio, la única seguridad en su vida, porque siempre
estoy aquí. Me conoce muy bien, y sabe que no puedo vivir sin ella.
La última vez fue distinto, tanto que me vi impulsado a hacer
lo que nunca quise: contraté un detective privado. Conozco las fotografías de
memoria, de tanto mirarlas. ¡Dioses, su mirada!. Los ojos empañados, destilando
amor, pero no es a mí a quienes se dirigen, sino a otro.
Y ha durado casi un año. El final ha debido ser diferente
también: cuando todo terminó, mientras nuestros cuerpos se encontraban de nuevo,
las lágrimas corrían a raudales por sus mejillas, en un llanto silencioso.
- ¿Qué tienes, amor? –le pregunté.
- Te necesito –respondió-. ¡Y te amo tanto!.
Se apretó contra mí aún más, como buscando el imposible de
fundirse en mi interior. Estaba tendida encima de mi cuerpo, piel contra piel, y
hubo un momento… Nunca, ni la primera vez, su amor había sido tan tierno. Jamás
había percibido en ella el deseo de darse como en aquel instante, el ansia de
satisfacerme más allá del sexo. Y su orgasmo no fue fingido, la conozco
demasiado. Llegó como una ola arrolladora, que nos arrastró a los dos, en una
vorágine donde había placer sexual, sí, pero también un sentimiento mucho más
intenso.
Luego… Unos meses después, ha vuelto la fase "distraída". Un
nuevo juguete ha despertado su curiosidad, y anhela conseguirlo. Lo sé muy bien,
¡ya he pasado por ello tantas veces!.
Sin embargo, anoche se me entregó, no distraídamente, por
obligación, sino de buen grado. Sus caderas se movieron cadenciosamente, con mi
masculinidad abrigada en el interior de su cuerpo, dándose de nuevo a mí, pero
esta vez sin fingir un clímax que no sintió. Simplemente, cuando consiguió
llevarme a la cima del placer, me besó suavemente en los labios, se tendió de
costado y se quedó dormida. Como una niña.
Voy a dejarla, pero no por despecho ni por celos, sino por
amor. He llegado a la conclusión de que la seguridad del refugio de mis brazos
cuando terminan sus aventuras, representa para ella una especie de "Tierra de
Nunca Jamás", en la que no se crece. Debe comprender que en el mundo de los
adultos, hay amor y placer, pero también dolor y soledad. Debe entender que
nuestros actos siempre tienen consecuencias, a veces irreparables. Debe darse
cuenta de que nada de lo que hacemos es gratis, y la vida se cobra un precio
normalmente muy alto, que ella nunca tuvo que pagar. Hasta hoy.
He aceptado un empleo por cuatro años en otra ciudad, a
muchos kilómetros de aquí. No la dejo desamparada en el aspecto económico: he
tomado disposiciones para que no le falte el dinero, y se queda con la casa. No
me llevo mi celular, no le hablaré ni me comunicaré con ella de ninguna forma en
este tiempo.
Después regresaré. Puede que comprenda mi decisión, que me
está doliendo hasta lo más hondo, y puede que no. Pero, si al volver me acepta
de nuevo, sé que entonces sí será todo diferente, y no deseará ya más juguetes,
porque habrá abandonado definitivamente el país de Peter Pan. Si no lo
comprende… no importa, mi amor por ella no morirá.
La beso en la frente, y su boca dibuja un mohín. Como una
niña dormida.
Dejo las llaves en el recibidor, tomo el pequeño maletín, y
cierro la puerta tras de mí. Hasta siempre, mi amor.